“La Pochi” por Alejandra D’Amico

—Cuidado mamá.

Señalo un desnivel que veo en la vereda, como hago cada vez que salimos juntas. Ella agradece sin despegar la mirada del suelo y aprieta fuerte mi brazo, pero no digo nada. Deja caer todo su peso abruptamente sobre una  pierna. Luego desliza la otra hasta encontrar tierra firme. Seguimos caminando.

De chica, mi mamá tuvo una enfermedad que apoda amigablemente La Pochi. La Pochi es la culpable que yo nunca haya podido jugar con ella en  la plaza, ni en la playa, ni en la montaña. La Pochi decidió qué lugares mi familia podía conocer. Es la única responsable de que yo mirara de afuera muchas cosas, como la carrera de embolsados del colegio en donde participaban madres e hijas. Madres que no eran la mía, hijas que no era yo.

La poliomielitis la atacó a los cinco meses de vida. La historia la escuché de su boca innumerable cantidad de veces: Cuando mi papá me levantó de la cuna, mis pies chiquitos no tenían fuerza. Se caían como atraídos por la gravedad apuntando al suelo. Cada vez que lo dice, con sus manos imita el gesto de sus pies de bebé como si se acordara vívidamente.

Durante años de los años tuve que dormir sobre una tabla de madera. La mayoría de los enfermos terminó conectado a una especie de burbuja con oxígeno hasta morirse. El virus se iba comiendo distintas partes del cuerpo, algunos quedaron ciegos y otros totalmente inmovilizados. Los juntaban para que no se siguiera propagando. Imagínate. Mi familia tenía una buena posición económica que me dio la posibilidad de viajar todos los fines de semana a la Capital a que me hicieran masajes, yo tuve suerte, gracias a eso hasta puedo caminar.

La historia de La Pochi, siempre con los mismos detalles. La imagen del dormitorio repleto de tullidos desafortunados me atormentaba cada vez que la oía, aunque fuera de refilón.

Mi madre se caía siempre con una facilidad asombrosa y aunque indefectiblemente brotaban personas debajo de las baldosas en su ayuda, yo observaba con vergüenza su cartera abierta desparramada por el suelo. Miraba con odio porque no saltaba a la soga, ni jugaba carrera de embolsados. Porque tenía miedo a todo y me lo transmitía. Porque era diferente a las demás mamás.

Porque era renga y no me gustaba.

Cuando era chica, no notaba que el andar de mi mamá era diferente, para mí fue siempre normal. Yo había crecido viéndola caminar: caminar y punto. Su ritmo no tenía nada de especial, hasta ese día en 4to grado durante un acto en el colegio, en que vi a mis compañeritas  cuchichear y   reírse a carcajadas mirándome.  Una empezó a caminar como un orangután, se sumó otra, y otra y las carcajadas aumentaban. Entre risotadas gritaban y cantaban: ¡soy renga, soy renga, como tu mamá! La señalaban a ella, y me señalaban a mí. Caminaban los orangutanes por todo el patio del colegio, todas iguales. Yo las miraba muda, paralizada.

Mi mamá  nos preparaba a mis hermanos y a mí una crema de chocolate que nos encantaba, nos daba la mano hasta que nos quedábamos dormidos con sus cuentos de ardillitas aventureras. Sus caricias eran tan suaves que todo en ella parecía ante mis ojos armónico.

A mi vieja nunca la vi en zapatillas, ni en ojotas, ni hubo un solo verano en que no se metiera al mar sin mi papá. Aunque estuvieran enojados él la tenía que acompañar. Nunca usó otra cosa que no fuera tacos. Taco chino con un enorme suplemento para maquillar la  diferencia de sus piernas, para que todo se notara menos.

De adolescente me escabullía con mi novio en mi cuarto y cerrábamos la puerta, tranquilos, porque la alarma siempre sonaba cuando la vieja se acercaba. Sus pasos nos anticipaban su presencia como una campana infalible.

Su andar siempre va a ser especial, su sonido sé que jamás lo voy a olvidar. Su lento caminar. Mi llanto ese recreo.

—Tené cuidado má, hay juguetes en el piso.

 Cuidado hija, no subas al árbol, no andes en patines, te podes caer y romper una pierna, no me hagas esto, no subas a ese trampolín, ¿Sola? No, no me parece, mira si te pasa algo.

 —¿Pero qué  creés nena? ¿Que soy tonta? No te preocupes, los veo. No me voy a caer.

Si mamá, mejor me quedo acá abajo juntando flores, me pongo casco, rodilleras, me dan miedo las alturas, nunca me voy a quedar sola, te lo prometo. Seguro yo no soy lo suficientemente ágil, seguro yo me voy a lastimar.

Dudo. Tiene a mi hija de meses  en brazos y no quiero herirla, pero tampoco quiero que sin querer le haga daño. Se la quito.

— Te digo que no me voy a caer.

—¿Cómo sabes mamá? Siempre te caés.

—Porque ando con cuidado hija, tengo a mi nietita en brazos.

No me convence, no se la devuelvo.

La vida me dio una mamá con una pierna corta, la nariz parada, las manos suaves y una imaginación infinita y yo le pongo la tilde a la perfección como adjetivo de belleza. Busco el equilibrio inmaculado en todo.

Hoy me toca a mí alimentar, educar y tener miedo. Hoy me toca a mí caerme, levantarme y entender que al fin y al cabo,  lo que falta o lo que sobra siempre  hace ruido. Como los tacos de mi mamá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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“Todos todos los pelotudos” por Cecilia Calvet

Germán entró al cuarto que compartía con su hermana menor y la encontró, como tantas otras veces, llorando.

—¡Mica! ¿Qué te pasa?

—Estoy cansada. Todos los pelotudos me tienen podrida.

—No llorés más Miquita, contame qué pasó.

—Estaba jugando con Leo y los pibes en la canchita del Barrio Brown —dijo Mica mirando para abajo —y vinieron unas que siempre me gritan y empezaron a decirme marimacho adelante de todos, ma-ri-ma-cho, ma-ri-ma-cho. Cada vez más fuerte y cortando la palabra en sílabas, así me gritaban. A mí no me gusta que me digan así pero ya estoy acostumbrada. Lo que me dio vergüenza es que me lo digan adelante de mis amigos. En un momento se la quise dar a una —hizo un enérgico ademán boxístico —pero me dijo que su papá era policía, así que agarré la bici y me vine volando para acá.

Terminó de hablar y largó un llanto profundo con una especie de hipo que cuando hablaba le cortaba las palabras.

Mica envidiaba a su hermano. Él podía hacer todo lo que ella amaba. Ir al club, andar en bici, jugar con los pibes, tirar piedras por ahí sin que nadie lo jodiera. Para ella no había mejor cosa en el mundo que jugar con él. Meterse en la pelopincho, pelear por la posesión de la manguera para hacer poses de fuentes, jugar a la lucha libre en la cama grande de Mamá (regla: pierde el primero que cae al piso). Por lo general esto terminaba con ella llorando y Germán tapándole la boca para que la madre no escuchara. Otro motivo del llanto podía ser la pelea de pies (reglas: recostarse en la cama enfrentados con las piernas para arriba y patear al otro. Pierde el primero que llora).

Un día clavaron unas maderas y armaron un karting. Las ruedas eran unos rulemanes que les había dado Luis, el mecánico de enfrente. Adelante le ataron una soga para tirar, los pies iban en una madera perpendicular a la tabla del asiento, casi pegados a los rulemanes. Girándolos para un lado y para el otro se lograba direccionar el vehículo. Primero tiraba Mica y Germán manejaba, después cambiaban. La pelea llegaba cuando ninguno quería llevar al otro. Finalmente tuvieron la brillante idea de hacer el tiraje a bicicleta: una Aurorita verde con cubiertas blancas, la más linda que se hubiera visto en kilómetros a la redonda.

—Vos podés hacer lo que querés y que nadie te joda —Mica seguía llorando —Yo quiero ser como vos, alta como vos, flaquita como vos, yo quiero ser un nene como vos.

—No llorés más —Germán la abrazó y le empezó a hacer los chistes que a ella le gustaban. Lo divertía que Mica pudiera pasar en un segundo del llanto a la carcajada.

* * *

Me llamo Micaela pero me dicen Mica. Mi compañera de banco es Camila y le decimos Cami. Somos amigas desde el jardín. El 8 de diciembre cumplí años y tomé la Primera Comunión. Hace un tiempo mi amiguita —así le gusta decir a ella —tuvo un accidente muy feo. Chocó con sus papás en la ruta. Estuvo muy grave pero ahora está mejor. Su mamá murió y su papá no se hizo nada. Cami dice que fue un milagro.

Fue la única que el día de mi comunión me llevó dos regalos. Vino a pesar de tener el ojo tapado con un parche blanco que me daba mucha impresión. Era el mismo parche que había usado siempre Fernanda Alcober, una compañera mala que odiaba que fuéramos mejores amigas. A Cami también le quedó una cicatriz muy gruesa y de color rosado en su cuello. Las compañeras que pudieron ir a verla a la clínica decían que comía por ahí. Yo no pude visitarla porque estaba internada en una ciudad que queda lejos y no tenía a nadie que me llevara.

Me sentaba con Cami desde primer grado y a veces ella era medio hincha, qué sé yo, pero la quiero. Nunca faltaba. Ese día que faltó vino una chica de otro grado y me dijo que Cami estaba muy mal y que la mamá se había muerto.

Casi me largo a llorar cuando me dijeron lo que había pasado y encima yo ese día me había puesto contenta porque iba a poder escribir cómoda con toda la mesa para mí. Y me sentí mal porque la quería y porque era feo lo que había pensado.

Siempre le contaba todo a ella. Cuando tuvo el  accidente le escribí una carta por primera vez. Con Cami odiamos las Barbies, nos encanta jugar a cosas divertidas. Andamos en monopatín, patinamos. Ella siempre dice que no quiere crecer nunca porque ser grande es aburrido, y que le gustaría ser patinadora artística. Por eso tiene sus patines con botitas blancas. Yo le digo que quiero ser el 10 de River y ella se ríe mostrando todos los dientes. Los de adelante los tiene un poco separados y muy chiquitos. Me dice que para eso hay que ser varón. Yo igual me río aunque no me gusta nada lo que me dice, porque parece que todo lo que me gusta es de varón. Y siempre la tengo que andar convenciendo a mi mamá para que no me ponga esos vestidos horribles de cuello con puntilla. Y tengo que andar poniendo buena cara, como en mi cumpleaños que mi mamá me dijo que le diga gracias a la tía Nelly que me regaló una Barbie. Y dije gracias pensando que nunca me van a regalar lo que yo quiero porque nunca me van a regalar la camiseta del Beto Alonso y los botines.

 * * *

Muchas veces, cuando la mamá de Cami vivía, íbamos a su casa después de la escuela. Nos íbamos caminando aunque quedaba bastante lejos.

Un día se pasó todo el camino pidiéndole a su mamá que le comprara papeles de carta. La mamá le decía que no porque esa semana ya le había comprado muchas cosas. Y le fue explicando todas las razones por las que no podía comprarle los papeles. La mamá de Cami siempre le tuvo mucha paciencia. Le decía las cosas mil veces, sin levantar la voz y pidiéndole que entendiera. A mí mi mamá nunca me explicaba mucho. No era no y punto. Nunca me compraban tantas cosas como a ella. Es que Cami es hija única y tiene tíos que le hacen regalos. Además su papá tiene una panadería a la que va todo el pueblo y gana muy bien.

Cuando llegamos a su casa Cami estaba muy enojada porque no le habían comprado los papeles de carta. Yo no sabía qué hacer porque no me gustaba que ella estuviera mal. La miré y le dije:

—¿Jugamos a la mamá y la mamá? —Se rió como hacía siempre que algo le daba vergüenza.

—Vos estás loca, Mica —dijo después de una carcajada.

A  mí me gustaba tanto su risa.

—Elegimos uno de esos bebotes que vos tenés, vos sos una mamá y yo la otra, ¿dale?

—Bueno, pero primero tenemos que casarnos —Cami se había tomado las cosas en serio.

Entonces yo le dije que bueno, que si quería primero nos casábamos pero que no todo el mundo que tenía hijos estaba casado. Ella me dijo que en realidad no nos podíamos casar porque éramos dos nenas. Pero era solo un juego y los juegos son así, ¿o acaso cuando jugamos a hacer ensaladas con las pelotitas que largan las plantas de mi patio no sabemos que son mentiras? Y si yo hiciera de nene y jugaramos a casarnos también estaríamos haciendo algo de mentira. A Cami le pareció bien lo que le dije y decidimos casarnos. Sacó de su ropero dos manteles blancos que tenía para la mesa de tomar el té. Pusimos dos peluches gigantes de cura y monaguillo. A mí me daba mucha risa porque eran Carozo y Narizota.

* * *

Desde que entré a la escuela sé muy bien que todos los que van al gabinete tienen problemas. Debe ser feo ir porque cuando volvés todos los del grado te miran con cara de lástima o se ríen. Igual nunca te salvás de que te miren así o de que te carguen. A mí me dicen Valderrama. Los varones me burlan. Por el 10 de la selección de Colombia me dicen así, y no porque me hayan visto jugar bien al fútbol. Jamás me vieron en la canchita del Brown. Dicen que mis pelos son como los de él. Y yo me enojo un poco con mi mamá porque intenta cepillarme los rulos, y por suerte mi abuela se pone en el medio y me defiende para que no termine pelada, pero igualmente me quedan los pelos todos parados y después mi mamá me los quiere atar. Ahí ya se arma una batalla campal que gano con la ayuda de mi abuela y me voy a clase con los pelos sueltos y endemoniados. Yo lo vi al Pibe Valderrama, así le dicen, lo vi jugando un partido y me parece que mis compañeros son unos exagerados porque yo no tengo tanta porra. Pero a la vez les viene bien porque encontraron algo con lo que cargarme y de eso se trata.

Peor le pasa a Cami que es gorda y todos se le ríen mal. A mí me pone muy triste porque veo que a ella le duele mucho que le griten cosas feas. Le duele tanto como a mí me duele que me griten marimacho. Ella la pasa feo cuando le dicen gorda. En el jardín por lo menos la cosa era compartida porque estaba Carlitos que también era gordo y le decían ca-ne-lón. Entonces Cami la ligaba menos.

Yo intento ayudarla diciéndole cosas lindas. Como que ella va a ser una estrella de rock, como Charly, porque estudia guitarra y toca muy bien. Le digo como Charly porque es el cantante que más nos gusta, una vez yo hice de él en una peña tocando una guitarra de cartón pintada mientras hacía la mímica de No voy en tren voy en avión. Ese día Cami se rió a carcajadas de mi bigote negro y blanco. También le digo que juntas vamos a bailar en el Colón porque las dos hacemos danza clásica. Esto del Colón lo saqué de mi tía abuela, a la que le gusta que me ponga la ropa de baile y le haga los pasos que aprendo en clase. Pone cara de ilusionada y mirando hacia arriba con los ojos perdidos me dice:

—Mica, ¿mirá si un día llegás al Colón?

Y yo ni sé lo que es eso pero me imagino que debe ser algo importante. La verdad es que yo solo voy a clases de danza porque me gusta Cami. Las zapatillas media punta y el rodete apretado con horquillas que pinchan son mi peor pesadilla.

Ese día la habían cargado mucho. Estaba llorando abajo de la campana. En esa misma pared había una Virgen gigante que nos hacía morir de miedo. El primo de mi mamá decía que no tenía por qué haber una Virgen en una escuela pública, pero nadie le daba bolilla porque lo tenían por loco. Como ese día en que acompañado de unas pocas personas salió con un megáfono para que no cerraran la línea de tren que llegaba al pueblo. Todos sufrieron que no hubiera tren, pero igual nadie hizo nada.

Cami estaba ahí, justo abajo de la campana y la Virgen. Las paredes chorreaban agua de humedad y estaban pintadas de un verde oscuro brilloso. La vi muy triste. Me acerqué y le dije que tenía que ser fuerte. Fuimos al baño para que se lavara la cara. Estábamos frente al lavamanos gigante, tomábamos agua con nuestros vasos plegables. Yo le decía que todos los que la cargaban eran unos tontos porque ella era muy linda y muy inteligente. Entonces Cami terminó de tomar el agua de su vaso, levantó sus ojos, me miró fijo, me dijo que la linda era yo y me dio un beso.

La frescura del agua de su boca se transformó en un calor muy fuerte. Sentí que los cachetes me ardían y que se ponían colorados hasta explotar. Cami tenía labios suaves con sabor a chicle  de tutti frutti. El beso duró un instante, mi cabeza no entendía qué pasaba y parecía que mi panza le quería explicar porque me hacía unas cosquillas que nunca había sentido, tanto que cuando Cami se alejó me agarré el estómago y me empecé a reír. Al darme vuelta vi en la puerta del baño a la maestra más gritona de la escuela.

—¡¿Qué significa esto?!

Nos arrastró, enojada, hasta el patio de varones. Nos preguntaba cómo íbamos a explicar lo que habían visto sus ojos. Nos puso en el medio y empezó a gritar y gritar como una loca que éramos un papelón, un ejemplo que nunca había que seguir, que nos miraran bien. Sé que siguió gritando pero yo ya no escuchaba. Sentí el calor del pis que corría por mis piernas, que mis pantalones de jogging gris se mojaban y mis medias también. Entonces rogué que mi guardapolvo me tapara toda esa vergüenza.

 * * *

Pasaron dos semanas hasta que volví a ver a Camila. Estaba con su papá. Pasaba por la vereda de enfrente de mi casa. Yo estaba andando en bici. Frené y me quedé mirándola. El corazón se me salía, me temblaban las piernas. Ella miraba el piso e intentó mover la cabeza para mi lado pero su papá le hizo un gesto con la mano y volvió a mirar para abajo. La seguí con la vista hasta que se perdió.

La escuela no es lo mismo sin ella. Cambiaría cualquier cosa con tal de volver a jugar en su cuarto lleno de juguetes. Dejaría el fútbol, dejaría de tirar piedras y hasta me pondría los vestiditos que sea si me dejaran volver a verla. Pienso en ella y me duele el pecho. Mientras la veía alejarse no pude parar de llorar.

Después de un rato me dio bronca no haber intentado acercarme. ¿Por qué no pude ser valiente? ¿Por qué me quedé inmóvil cuando la vi? Y vuelvo a llorar. Parezco una de las protagonistas de esas novelas que mira mi mamá.

Tiro la bicicleta y le empiezo a dar patadas y no me importa que sea la más linda en kilómetros a la redonda, y la pateo y lloro y lloro porque la pateo. Y me tienen todos cansada, mi mamá con sus novelas, el canchero de mi hermano, mi papá que no está nunca y todos, todos los pelotudos.

“Donde se condensa el universo” por Maite Varela

—¿Me das un beso de hasta mañana?

Todos los días era la misma historia: Vicente pasaba a buscar a Gina por el colegio, estacionaba el auto enfrente de su casa, se desabrochaba el cinturón de seguridad, y volviéndose hacia el asiento de al lado, con una sonrisa le preguntaba: ¿Me das un beso de hasta mañana?

Cada vez que Gina apoyaba sus labios sobre el cachete con barba de Vicente, ella quería más. Sabía que no estaba del todo bien lo que sentía por su primo. Pero lo que le pasaba con él nunca le había pasado con nadie, y la novedad del asunto volvía insignificante el detalle del vínculo. Lo que sentía era físico. No podía ignorarlo.

Así habían sido las cosas para ella desde su último cumpleaños. Ese día cayó sábado, y aunque no había habido escuela, Vicente pasó igual por su casa para saludarla. A Gina los diez le pegaron entusiastas. Apenas su primo entró al departamento, se le abalanzó encima como un cachorro de león. Él la atajó en el aire y le hizo upa. Le dio un beso, le dijo feliz cumple, Gini, y amagó para volver a dejarla en el suelo, pero Gina no se soltó. Las piernas se le habían agarrotado alrededor de la cintura de su primo, y desde abajo del vestido, un botón caliente la forzó a acoplarse a su torso como un imán. Para desprenderse, poco pudo hacer, o poco quiso. Vicente la miró serio y solo bajate, le dijo. Bajate, Gina.

Ella fantaseaba con que su primo sintiera lo mismo y que un día los dos tuvieran el coraje. Se imaginaba a los dos escabulléndose en la sobremesa de fin de año, justo antes del brindis, entrando a su cuarto, caminando apretados hasta su cama, sobre el acolchado de vaquitas de San Antonio y entre sus peluches. Ninguna de sus compañeras de escuela fantaseaba con ese tipo de contacto. Ni con un primo, ni con nadie. Y si alguna lo hacía, lo escondía tan bien como ella.

Finalmente Gina le dio a su primo el beso de hasta mañana. Él agarró uno de los bucles pelirrojos que le colgaban sobre la frente y al soltarlo dijo ¡boing!

—Mirá qué aburrida es la gravedad, siempre yendo al mismo lado, ¿y vos? Vos sos de otra galaxia.

Ella volvió a sentir en el estómago la insoportable sensación de no tener ni una chance de que su primo la mirara de otra forma, como la miraba a la hermana mayor de su amiga Mica a la salida de la escuela, o como a esa novia con la que fue una vez a su casa, a la que Gina sin querer queriendo le tiró la chocolatada encima. Vicente nunca la había mirado así, y eso a Gina la desesperaba.

Forzó una sonrisa, se bajó del auto y caminó hasta la puerta del edificio pensando en qué pasaría si al día siguiente le corriera la cara y le diera a su primo un beso bien puesto. Tal vez a partir de entonces ya no habría más clásicos y estúpidos besos de hasta mañana, y, en cambio, los habría de todos los tipos y colores. Todos los que Vicente querría que le diera una mujer, no tan prima, ni tan nena como ella. No había día en el que no lo pensara dos veces. Entró al edificio y lo saludó con la mano. Él le dio dos toques a la bocina y arrancó.

Esa noche su mamá, todavía con el uniforme del hospital puesto, le sirvió la cena y le preguntó cómo le había ido en la escuela. Sin sacar los ojos de la tele, Gina le respondió que bien. Comió siete moñitos con manteca y queso, y se quedó mirando Los Simpsons hasta que se hizo la hora de acostarse. Antes de dormir pensó en lo poco que faltaba para las fiestas. Apuntó directo hacia el infinito y como un cometa se dejó llevar por su imaginación. Con los ojos bien cerrados pudo sentir a su primo frotando su cuerpo contra el de ella. Vicente le rugía palabras calientes contra la oreja, para que solo ella pudiera escucharlas. Su respiración agitada y con barba le empañaba las pecas del cuello, y sus manos la tomaban con una suavidad tan firme que a ella le daba ganas de gritar. Cuando ya se habían transformado en dos leones en medio de la oscuridad, Gina explotó en silencio y se quedó dormida.

* * *

Felipe Sabatucci era el capitán del barco de quinto grado turno mañana del Colegio San Patricio. Era un enano maldito que con sus ojos azules llenos de pestañas negras azabache conquistaba al que tuviera enfrente. Se hacía mandar a dirección día por medio, sino todos los días, para reafirmar ante todos su reputación de quilombero. Cada llamado de atención, mala nota y amonestación, a Felipe le significaba una nueva aparición en ese pequeño círculo de chicos que se amasaba entre las paredes de la escuela. Docentes, no docentes, padres y alumnos estaban al tanto de la popularidad del niño demonio. Medía un metro veinte de altura y nadie sabía qué hacer con él, o tal vez no se animaban a hacer nada. Su madre formaba parte de la comisión directiva, y esa era la única razón por la cual no lo expulsaban.

Para la génesis de un líder hace falta que nadie recuerde cómo fue que empezó todo. Felipe tenía clara la táctica para reproducir casi sin ruido su mensaje amnésico. Su papel de conductor había empezado a perfilarse en sus primeros años de jardín. A los cinco aprendió a reconocer las características físicas que lo hacían distinto a sus compañeros. A los seis manejaba sin inconvenientes un altísimo nivel de elocuencia para exteriorizarlas en forma de burla.

Para ese entonces, ya había logrado imponer entre sus compañeros de quinto su propio sistema de condena para mantenerlos bajo su mando. Su método era tan cotidiano que pasaba desapercibido. Todos estaban tan absorbidos por él, que llanamente aceptaban que alguna vez, tarde o temprano, podía tocarles.

Cada lunes tomaba a uno de punto y no lo dejaba tranquilo hasta la última hora del viernes, cuando la condena caía sobre otro. Si un lunes se le daba por agarrársela con el Negro Hijo de Puta, era el Bolita de Mierda quien se reía con ganas y arengaba. Y si a la semana siguiente le tocaba a Mulo de Lisiada, era Gordo Llorón el que ayudaba dándole piñas en la panza hasta tirarlo al suelo y dejarlo sin aire. Mulo de Lisiada trataba de defenderse como podía, pero Gordo Llorón no paraba hasta tumbarlo. El que se comía la amonestación era el que pegaba, aunque a veces también la ligaba el procesado de la semana. Felipe siempre salía limpio.

Los que más lo apoyaban eran los varones. Incluso esos a los que Felipe tomaba de punto seguido. Que hasta ellos, y en especial ellos, lo avalaran, le concedía un poder natural para seguir siendo El Infranqueable. Las nenas, en cambio, a Felipe no podían ni verlo. Excepto Mochi y Lara, sus dos festejantes, o futuras groupies, como las había llamado Vicente al oído de Gina, esa vez que, al final del acto del Día de la Bandera, las vio peleando por cuál de las dos sería la primera en sacarse una selfie con su ídolo de un metro veinte.

La semana anterior le había tocado a Marquitos, aunque a él le tocaba casi todas las semanas. Tenía una hermana en silla de ruedas y ninguna capacidad para defenderse del acoso: Felipe se subía varias veces por día a un banco y desde arriba relataba las andanzas del Mulo de Lisiada y su hermana por las barrancas de la ciudad, incluyendo contratiempos de llantas flojas y gomas pinchadas.

Felipe era exigente con el cumplimiento de su propósito. A lo largo de la semana desempeñaba una doble tarea: A la par que denigraba al bufón de turno, día tras día iba perfilando a los nominados para la siguiente selección. El sistema de puntaje era arbitrario y no se discutía. Al final de cada día pasaba el parte:

—Gisela: Sos una Cara de Nada, no te reíste en todo el día. Mauri: Sos un Bolita de Mierda y lo sabés. Leo: le dijiste mami a la maestra. El tuyo voy a pensarlo para mañana.

Durante el show, los chicos de quinto se reían con ganas. Los burlados miraban para adelante, inhabilitados de hacer cualquier otra cosa.

A Gina le ardía cerca del estómago, justo abajo del esternón, cada vez que Felipe activaba el chiste que hacía que todos se rieran. Aún así, la mayoría de las veces participaba de la carcajada colectiva. El chiquitín tenía el ojo entrenado para cachar a los que no le festejaran las ocurrencias. Nunca se la agarraba de lleno con ninguna de las chicas, pero a las que no se reían, las cargoseaba en el parte diario.

Los viernes a la última hora, justo antes de que tocara el timbre de salida, los varones imitaban el sonido de redoblantes contra la tapa de sus bancos, mientras Felipe escribía en el pizarrón los nombres de los tres finalistas de la semana con sus respectivos apodos. Uno de ellos sería condenado a primera hora del lunes siguiente. Una vez que los tres nombres estaban a la vista de todos, Felipe entonaba la canción de cierre de la función: ¡Tiemblen, chicos, tiemblen! Solía nominar a dos de los más curtidos y a uno de los que no les tocaba nunca. Ese temblaba en serio. El resto festejaba y se sumaba al canto: ¡Tiemblen, chicos, tiemblen!

La maestra de turno era una mujer solitaria y de piel reseca que rondaba los cuarenta. A los dieciocho había decidido dedicarse a la docencia, y aunque a los diecinueve se arrepintió, terminó la carrera y aceptó la primera oferta que le hicieron para ser titular en el Colegio San Patricio. Ahí trabajaba hacía casi veinte años. Por las noches se cepillaba el pelo, se ponía su camisón color hueso con puntilla y antes de dormir soñaba despierta con su príncipe azul. De día iba al colegio y, entre risueña y resignada, desde su escritorio presenciaba el espectáculo que Felipe armaba ante su público. Ella también lo consideraba el cabecilla indiscutible de quinto. Lo tenía tan internalizado como el resto de sus alumnos. Su actitud pasiva dejaba un vacío de autoridad propicio para ser tomado por quien estuviera a la altura. Pese a su metro veinte, Felipe mantenía el trono con naturalidad.

Ante el revuelo que generaba el chico, a la maestra se le llenaban los cachetes de sangre y con paciencia le decía: Ay, Feli… sos un caso perdido… Por su gesto, parecía tenerle profundo cariño a esa carita de nene travieso, puro ojo azul marino. Parecía no querer desalentar su capacidad, ni entrometerse en el refinamiento de su talento. Si atrás de su sonrisa cómplice existía una estrategia pedagógica, la tenía tan guardada en su interior, como tal vez un deseo carnal hacia un Felipe imaginario de su edad.

Los lunes, con un chiste apertura de Felipe Sabatucci quedaba asentado quién sería el hostigado de la semana. A veces se hacía desear y hasta que no terminaba el primer recreo no decía nada. Los varones lo indagaban para sacarle el dato, y si ante algún nombre él se sonreía, entonces todos ovacionaban: ¡Es Pacheco, es Pacheco! Y apenas Pacheco pedía que dejaran de molestarlo, Felipe se le acercaba y en la cara le gritaba: ¿Qué querés, Gordo Llorón? ¿Que te dejen de molestar, Gordo Llorón? ¿Por qué no te vas a llorar un rato a la ventana, Gordo Llorón?

* * *

Un domingo a la madrugada se murió la mamá de Lucas. Su padre era un tipo ermitaño y cascarrabias. Apenas enviudó, decidió no contarle a nadie lo que había pasado y resolvió encargarse del asunto solo. Aunque los de la morgue le aconsejaron que dejara a su hijo con alguien mientras hacía los trámites del sepelio, el hombre no les hizo caso y al día siguiente cometió el desacierto de mandar a Lucas a la escuela como cualquier otro día.

En la formación de la mañana la directora anunció la tragedia en frente de todo el colegio. Gina buscó a Lucas en la fila de varones, pero no lo encontró. En cambio, cruzó miradas de sorpresa con varios de sus compañeros. De camino al aula la palabra huérfano fue la que más resonó en los pasillos, acompañada de unas cuantas risotadas nerviosas. Así de crudos podían ser los chicos de quinto. Más todavía con Felipe Sabatucci a la cabeza, que los mantenía entrenados para reírse con ganas de la desgracia ajena. La tele ya se había encargado de introducirles el tema de la muerte y la orfandad, pero que estuviera pasando en la vida real, era un acontecimiento. Cuando entraron al aula, Gina lo vio a Lucas sentado donde siempre, en el banco junto al suyo. Tenía las ojeras marcadas, parecía enfermo. Por lo general era chistoso y alegre, pero ese día apenas levantó la vista de su carpeta.

La maestra de Matemáticas consideró que la mejor forma de sobrepasar la situación era siguiendo adelante con el programa. Era una mujer rígida y seria. Mientras explicaba que las distancias del espacio se medían en tiempo, no hubo un solo chico que pudiera despegar los ojos de la nuca de Lucas. Salvo por la voz dura de la maestra, esa primera hora del lunes en el aula de quinto reinó un silencio de tumba. La necesidad de cortar con la densidad que había el aire era unánime. Cuando sonó el timbre del recreo, todos los varones salieron corriendo a los gritos. Lucas se quedó quieto en su silla.

Gina fue al kiosco y volvió al aula. Se sentó al lado de Lucas y le estiró un paquete de Pipas abierto. Lucas lo miró de reojo, dijo que no con la cabeza y abrió la boca por primera vez en el día:

—Me va a elegir a mí.

—¿Quién te va a elegir?— preguntó Gina.

—Felipe.

—No puede elegirte. Los candidatos son Cara de Moco, Gordo Llorón y Mulo de Lisiada.

—No importa. Me va a elegir a mí.

—¿Cómo sabés?

En ese momento Lucas giró la cabeza, miró a Gina a los ojos y le dijo:

—El viernes a la salida le dije Enano.

Gina se quedó dura, con una pipa a medio abrir entre los dedos y los dientes. Felipe Sabatucci tenía en sus genes el antecedente de un padre y una madre de un metro y medio de altura cada uno. La situación no le generaba expectativas muy elevadas. Quique Martins, el niño demonio de séptimo y su modelo a seguir, le dejaba en claro seguido que ese sería su talón de Aquiles de por vida. Él era muy consciente de lo que le esperaba y no podía soportarlo. No importaba cuán descansable fuera otro nominado, el que pronunciara enfrente suyo la palabra prohibida se garantizaba la condena. Todos sabían eso. Gina se quedó pensativa un momento, hasta que dijo:

—Bueno, pero se lo dijiste después de la final. A lo sumo te toca el lunes que viene…

—No, Gina. No entendés. Le dije Enano de Jardín. Y se lo dije enfrente de Poly.

Gina se atragantó con la pipa que estaba pelando y empezó a toser.

—¿Ahora entendés?— dijo Lucas, y volvió a bajar la vista hasta su carpeta.

Poly iba a séptimo. Para los varones era la chica más linda del colegio y la más linda del mundo. Era rubia, de pelo muy largo y se pintaba los labios como las grandes. Cuando se reía se le veían todos los dientes, y a su alrededor volaban mariposas. Donde rozaba el borde de su pollera, estaba la línea que dividía lo mundano de lo divino. O al menos así eran las cosas para Rogelio, el profesor de computación.

Gina se recompuso del ahogo, pero no supo qué responder. El viernes a la salida Lucas había sacado un boleto de ida al infierno eterno del bullying colectivo. Sin ninguna duda Felipe sería capaz de romper con su propio esquema de nominados, y aprovecharía cualquier recurso que tuviera a la mano para empezar a denigrarlo. Su falta era irreparable. La pagaría a la vuelta del recreo y tal vez para siempre. La vida entera podría transformarse en una gran semana de Lucas. Bien merecido lo tendría.

Se quedaron los dos callados hasta que sonó el timbre. En instantes volverían todos y se anunciaría quién la ligaría esa semana. Solo restaba esperar para ver si el enano podía llegar a tener un poco de compasión.

Felipe esperó a que todos estuvieran adentro. Entró airoso atrás de sus compañeros, con Mochi y Lara pegadas a sus talones. Les dijo algo por lo bajo y las futuras groupies soltaron una risita. Entonces empezó el show:

—Uy, miren quién está acá— dijo Felipe al pasar por adelante del banco de Lucas —¡Es el Huerfanucho! ¿Qué pasó, Huerfanucho? ¿Se te murió la mamá?

Cara de Moco soltó la primera risotada y Felipe lo miró con gesto de aprobación. Lucas lo miró desafiante, con la mandíbula apretada, pero no dijo nada. Tenía treinta pares de los ojos amenazándolo con aplastarlo contra el pupitre.

—¿Y? ¿Alguna novedad de tu mamá muerta?— siguió Felipe— ¿Ya se empezó a pudrir?

—¡Ay, Feli! ¡Qué asco!— gritó Mochi frunciendo la nariz. Otros dos se rieron.

—¡¿Qué tiene, Mochi?! ¡Se le murió la mamá al Huerfanucho! Seguro se quiere morir él también, ¿no Huerfanucho?

La carcajada fue eterna. Lucas se preguntó cuánto tiempo tardaría en llegar a Saturno, y en ningún momento sacó la vista de la punta de su lapicera, que se deslizaba por su hoja de carpeta. Gina leyó lo que escribía: Lucas Barrios Escobedo, su nombre completo.

—Ey, Huerfanucho. Qué pasa. ¿Te comieron la lengua los ratones? No creo, se la deben estar comiendo todos a tu mamá muerta, ¿no, Huerfanucho?

La risa parecía ir in crescendo. Ni uno solo amagó con parar. A Gina no le causó gracia y Felipe lo notó. No solo porque no se había reído, sino porque además lo fulminó con la mirada. Sabía bien que se arriesgaba a que Felipe la burlase, o a que incluso la eligiera para ser la primera chica en el podio de los nominados. Pero esa no era razón suficiente para que dejara de odiarlo.

Justo en ese momento, entró al aula la directora del colegio. Era una mujer de pelo blanco, cálida, pero con carácter rotundo. Solía pasar de vez en cuando por las aulas para hablarles un rato, y cada vez que entraba, se hacía el silencio. Hablaba despacio y con pausas, y a pesar de que usaba palabras que no estaban en el uso cotidiano de los chicos, ellos solían entenderla. Su presencia los volvía a todos chicos dóciles, incluso a Felipe Sabatucci.

Mientras todos terminaban de acomodarse, la directora caminó por entre los bancos. Cuando vio en el pizarrón la explicación de la maestra de Matemáticas sobre el tiempo y el espacio, se detuvo.

—Qué interesante lo que estuvieron viendo con Rita. El espacio se mide en tiempo. Qué curioso, ¿no creen? ¿Sabían que el tiempo no es lineal, como todos pensamos?

La directora se paró ante todos y se tomó el tiempo de mirarlos uno por uno a los treinta.

—El camino siempre está cambiando, chicos. Algunas veces para bien y, lamentablemente, otras no tanto -en ese momento lo miró fijo a Lucas, que estaba prestando atención a cada una de sus palabras-. Pero incluso en los momentos más difíciles, aunque les sea casi imposible pensar en positivo, tengan presente una cosa: Un día van a poder mirar para atrás con los ojos de la experiencia. Y si son fuertes, les aseguro que el resabio amargo va a transformarse en otra cosa.

En ese momento Marquitos levantó la mano.

—Sí, Marcos…

—Seño, ¿qué es resabio? ¿Puede repetir?

La directora suspiró.

—No importa. A lo que voy es a que el camino está para andarlo, chicos. Nada… se da… de manera… lineal… —dijo separando con aire las palabras. —Cualquier tipo de impostura con la que se manejen por la vida, los encierra. Tal vez todavía no se den cuenta, porque son muy jóvenes. Pero cuando sean más grandes, si tienen suerte, van a poder verlo con claridad. Lamentablemente hay algunos con menos fortuna.

En ese momento pasó la vista por el banco de Felipe. Él no la miró. La directora era la única persona del colegio ante la cual el niño demonio bajaba la mirada.

—Felipe, por favor, agarrá tus cosas y acompañame a dirección.

* * *

Ese día, a la salida de la escuela, Micaela le contó a Gina que extrañaba a su papá, que también se había muerto, y se puso a llorar.

—Se llamaba Dino. Era el papá más bueno del mundo -le dijo Mica con un hilo de voz.

Gina la abrazó tan fuerte como pudo, como si en ese abrazo su amiga pudiera olvidarse de todo por un instante, como le pasaba a ella cuando Vicente la abrazaba.

A la mamá de Camila le llamó la atención el ímpetu con el que Gina contenía a su amiga. La mujer se acaloró. Tuvo que abanicarse con la mano y no reparó un instante en comentarles lo que había visto a las otras madres.

—Esa nena Gina es un poco rarita, ¿no creen, chicas? ¿Vieron cómo está a los besos y a los abrazos con las nenas? Qué miedo, ¿no? No sé ustedes pero yo a mi nena le voy a decir que ni se le acerque. ¡Camila! ¡Vení para acá que tengo que hablar con vos!

—¡Pero mami, después de Sol me toca a mí!— le gritó Camila desde el otro lado del patio, donde sus amigas saltaban a la soga.

—¡Que vengas, Camila! ¡No lo voy a repetir!

—Ufa, ma, ¿qué pasa?

—Escuchame una cosa: No quiero que te juntes más con esa coloradita Gina.

—¡¿Por qué?! ¡Es mi amiga!

—Porque sí. Porque yo lo digo. Esa nena es medio rarita y no quiero que te le acerques. ¿Te quedó claro?

—Pero…

—¡Pero nada! Soy tu mamá y me hacés caso. Andá a jugar, que ya nos vamos a casa.

Para cuando Gina percibió que algo pasaba, ya se había corrido la bola. Por encima del hombro de Mica, vio a lo lejos a Camila rodeada de unas cuantas. No tardó en darse cuenta de que había un comentario dando vueltas, y que, cualquiera fuera, tenía que ver con ella. Todas hablaban a boca tapada. Si intentaron disimularlo, ninguna lo logró. Una la vio y la señaló. Gina leyó sus labios: dijo ahí está.

Con Camila a la cabeza, sus compañeras de grado cruzaron el patio en manada hasta donde estaba Gina, que sin saber qué le esperaba, se soltó del abrazo de Mica y esperó. Hizo fuerza para camuflar sus bucles color cobre contra la pared de ladrillos que tenía atrás, pero ni así logró difuminarse. Atrás de la línea en la que Camila puso el último paso, las demás también se frenaron.

—Mi mamá dice que no me puedo juntar más con vos -le dijo Camila, con su carpeta de Barbie de tapas mullidas entre los brazos.

—¿Y eso por qué?

—Porque sos rarita.

—¿Rarita? ¿Y eso qué es?

—Qué sé yo, preguntale a tu mamá.

Camila se dio media vuelta y su colita de pelo dio un latigazo en el aire. Las demás chicas se quedaron paradas en su lugar. Al igual que Gina, todas ellas acababan de presenciar su primer acercamiento a la palabra rarita. Como ninguna sabía qué significaba exactamente, ni si era contagioso, una a una fueron bajando la vista hasta perderse. Incluso Mica, que acababa de enterarse del veredicto.

—Gini.

Justo en ese momento su primo Vicente apareció del otro lado de la reja. Tenía puesta la campera de jean que a ella le gustaba tanto. Se levantó los anteojos de sol hasta la frente y le sonrió.

—¿Qué hacés ahí parada? ¿Vamos?

Gina atravesó el patio a zancadas, en dirección a la salida. Por el refilón del ojo derecho notó las miradas de sus amigas clavadas en ella. A un paso de estar afuera, alguien la agarró del brazo. Era Mica, que había hecho un pique hasta la puerta.

—Gini, no sé si es verdad lo que dicen. Pero si es cierto, ¡a mí no me importa!

Ella tampoco sabía si era verdad. ¿Qué quería decir que fuera rarita? ¿Significaba algo el diagnóstico, más allá de la novedad? Hasta ese momento no había tenido ningún síntoma extraordinario, excepto el del botón que se le incendiaba entre las piernas cuando fantaseaba con los besos de su primo, pero eso nadie más que ella lo sabía. Rarita. ¿Qué tan malo podría ser? Nada podría ser peor que su condición de prima de Vicente.

Su primo la estaba esperando en la vereda, y cuando se agachó para saludarla, vio que Gina estaba a punto de llorar.

—Ey, ¿qué pasó?

—Nada. Vamos.

—Pará Gini… ¿Tuviste un problema con alguien? ¿Querés que vaya a hablar…?

—¡Vamos, Vicente!

Gina caminó decidida hasta el auto de su primo y al tratar de abrir la puerta, casi arranca la manija.

—¡Esta cosa no abre!

—Está cerrado Gini… Bancá que te abro desde adentro.

Gina se subió al auto, se puso el cinturón y se quedó inmutable mirando por el parabrisas, esperando a que Vicente arranque el motor. Pero él no arrancó nada, y en cambio se sacó los anteojos, se volvió hacia ella y le preguntó:

—¿Qué pasó?

Por segunda vez en el día quiso desaparecer. Trató de apartar su atención a otro lado, bien lejos de ese mundo de a dos adentro del auto de su primo. Estaba confundida. Sabía que había algo malo en ella pero no sabía qué. Se preguntó cuánto tiempo tardaría en llegar a la luna. La pera le empezó a temblequear. Hizo un esfuerzo por mantener bien abiertos los ojos para que las lágrimas no se le escaparan, pero con un solo parpadeo involuntario, dos gotas gruesas se fugaron y se resbalaron por sus pecas, hasta dar con su pollera gris del uniforme.

—¿Es por la mamá de Lucas? Me enteré, Gini. Es un garrón…

—Sí, es por eso -mintió rápido Gina.

—Tranquila, no llores… ¿Tenés pañuelitos en la mochi?

Vicente la tomó por los hombros y la envolvió entre sus brazos. A Gina la sangre le empezó a latir en la frente, en la boca, entre las piernas. Mientras más se entregaba al abrazo, más se le acercaba su primo, más bajito le hablaba y más suave se ponía.

—Sabés que sos una genia y la mejor prima de todas, ¿no?

Gina no respondió. El río de agua salada que corría por su cara pecosa se secaba en la campera de su primo, y ella se dedicó a nadar en su pecho en lo que restaba de ese abrazo. Qué importaba si Vicente sabía o no de qué manera funcionaba su consuelo. Lo importante era que su aliento contra su oído a Gina la animaba más que un helado de frutilla, más que jugar en la orilla del mar, más que ninguna otra cosa. Él siempre le decía que para ella quería lo mejor, y eso era lo que él le estaba dando.

—Mirá, tu amigo Lucas.

Vicente señaló por la ventanilla del lado de Gina.

—¿Querés que los lleve a dar una vuelta?

Gina se secó la cara con la manga del pulóver azul.

—¿A dónde?

—Si querés vamos a la calesita. Hace mucho que no te llevo Te encantaba cuando eras más chiquita, ¿te acordás?

—¿A la calesita, Vicente…? Eso es para nenes…

—Pero si sos una niña. La más maravillosa de todas, por cierto. Dale, los llevo.

Gina se quedó callada, mirando por el parabrisas. La mejor prima de todas. ¿Qué le faltaba, además de años? ¿Pintarse los labios como las grandes? Lo miró a su primo y lo vio esperando una respuesta. Le gustó tanto como la primera vez que le gustó. Quería llevarla a la calesita. No tenía chance.

Gina no dijo más. Bajó la ventanilla y le gritó a Lucas, que caminaba pateando una latita de Coca aplastada.

—¡Lucas! Vamos a dar una vuelta, ¿querés venir?

Su compañero de banco se acercó mirando el pavimento.

—¿Una vuelta a dónde?— preguntó sin mucho ánimo.

—A la calesita. ¿Venís?

—No fui nunca— dijo Lucas.

—¡¿Cómo que no?!— se metió Vicente.

—No, nunca.

—Pero si queda a cinco cuadras de acá… Vamos, subite que los llevo.

 * * *

Gina caminó por entre los leopardos, las tortugas y los barquitos. A su alrededor, excepto Lucas, ninguno de los nenes superaba los seis años. Se montó encima de un caballo rojo, se agarró fuerte de su lomo y esperó a que la aventura empezara.

Lucas se subió a un autito doble que estaba cerca del caballo de Gina. Era la primera vez que se subía a una calesita. Su mamá lo había llevado a muchas partes, pero a la calesita nunca. Ese mediodía Gina lo había invitado a ir. Con las manos en el volante giró la cabeza y le dirigió a su compañera de banco una sonrisa. Ella se la devolvió.

En el camino, Vicente y Gina le habían contado que la calesita no era solo un juego de dar vueltas arriba de animales. El objetivo era la sortija. Había que atraparla en el aire y había que ser rápido. Por un instante Lucas vio la chance de condensar en ese palito todo el universo. Nada de lo que había pasado en las últimas veinticuatro horas era tan inmenso como lo que podía contener ese pedacito de metal.

En la primera vuelta solo una vez estiró la mano para probar. Cuando estaba por arrancar la segunda, vio a Vicente acercándose al calesitero, vio que le decía algo por lo bajo y después los dos miraron hacia el autito que Lucas manejaba. El calesitero asintió y no dijo más. Había puesto la misma cara que todos ese día al enterarse de que adelante suyo había un nuevo huérfano. Lucas no quiso ver qué pasaba después, aunque ya lo había visto todo.

Esa vuelta no buscó la sortija. El calesitero se la refregó especialmente en el hombro cada vez que le pasó por al lado. Lucas se preguntó cuánto tiempo duraría ser huérfano. Miró al centro de la calesita y la vio a Gina agarrada a la crin de su caballo, rojo como su pelo, como toda ella. Atrás de Gina, en el centro de la calesita, había un dibujo del pato Donald. La pintura de las plumas estaba descascarada, y a través de las grietas llegó a ver la madera del fondo. Por los parlantes salía una música de feria que se encapsulaba en su propio eco. Sonaba en sintonía con el pesar que esa mañana había emanado de los ojos de todos al verlo. Hubiese preferido no ver. Se encontró ahí sentado, todavía con las manos en el volante. Sus manos no eran muy grandes. Se parecían un poco a las de su mamá. Se preguntó cuánto tiempo duraría el vacío. La pintura naranja y blanca que cubría al autito también estaba cuarteada. Sintió ganas de llorar, pero no quiso que su amiga lo viera. No más de lo que ya lo había visto.

Gina contó con los dedos cuántos años le faltaban para tener la edad de su primo. No le alcanzaban las manos. Pensó en todo lo que tendría que esperar y no quiso. Antes de que arrancara la tercera vuelta, hizo fuerza para transformar a su caballo rojo en un cometa. Apuntaría directo al infinito y dispararía, se entregaría a lo que viniera. ¿Qué otra cosa podía hacer? Cuando abrió los ojos, su caballo todavía era de madera y ella seguía dando vueltas en la calesita. No importaba cuánta fuerza hiciera, su deseo la llevaba siempre al mismo lugar: al presente. Todavía no había terminado la vuelta, cuando se bajó de su caballo, pasó por al lado de una tortuga y de un avioncito, y se frenó al lado del autito de su amigo.

—Lucas —dijo Gina sobre la música— ¿Puedo ir con vos?

Lucas le sonrió con todos los dientes y le hizo un lugar. Ella se sentó al lado suyo como todos las mañanas en la escuela, agarró el otro volante y también se miró las manos. Eran las manos de una nena pecosa, eran sus manos de nena.

—Vayamos al infinito— le dijo ella.

—Justo a donde yo quería ir. –le respondió él.

Gina giró la cabeza y encontró a Lucas. Un nene de diez años al volante de un autito de fibra, dispuesto a comerse el mundo porque la sortija de la calesita le queda chica.

“Domingo de Resurrección” por Falvia YL

El infierno son los otros
Jean-Paul Sartre

Quería transformarme en planta. Cuando nadie se reía, cuando todos callaban. A veces pensaba que, cuanto menos me movía, menos llamaba su atención. Odiaba los silencios incómodos, sus muecas y sus gestos. No soportaba la opinión sobre mi vida. El gusto personal de cada uno me censuraba de manera inaudita. El cómo se debía vivir según ellos. Me hubiese gustado ver todo desde afuera. Por eso, deseaba con fuerza convertirme en planta.

Llevaba días sin dormir, llena de fobias sociales. Hacía una semana que mi padre había muerto. Estaba exhausta de velatorios, entierros y caras pálidas de muerte. Aparte de todo eso, tenía que soportar la opinión de mi familia en la mesa de domingo. Estaba muy en boga decir cuánto los habían ayudado a superar sus dramas las prácticas de la regresión. Solo me recomendaban ir a ver a Rolando: él lo había curado todo.

Alejo vio a Dios y cómo le pedía nacer. Vio a una enfermera que lo dejaba caer de una camilla apenas nato y así justificaba su homosexualidad. No lo culpo porque mi familia es homofóbica y sobre todo católica.

Belén vio que era hija de una doméstica. Dentro de mi familia siempre se sentía excluida por su color de piel. De esa forma justificaba ser racista con los empleados de nuestra casa.

Florencia vio en su segunda o tercera vida una guerra. En esa guerra, le pegaban en el pecho un culatazo con un arma calibre 22. Con eso justificaba sus ataques de asma en el medio de los partidos de tenis.

Carlota vio que uno de mis tíos era su eterno abusador. Así justificaba sus dolores en la vejiga, sus infecciones urinarias y también el deseo que sentía por sus sobrinos adolescentes. Solo se permitía tocar a los más grandes porque, según ella, ya entendían.

Todos vivían lo que habían visto con Rolando en sus regresiones. Era un secreto que iba de boca en boca y que se hacía presente en la cotidianidad. Si venía a casa mi tío Alberto, mi tía Lidia le pegaba un cachetazo diciéndole que era un pedófilo por haber violado a Carlota en 1880. Se iba desorientado. Nadie entendía estas reacciones, salvo quienes vivíamos en esa casa.

Mi tío Rodolfo había visto en su segunda vida que fui una amazona que lo había capado en el Mar Negro. Decía a mis espaldas que yo no traía un novio o que quería tener hijos in vitro seguramente porque en alguna de mis siguientes vidas había sido violada o era lesbiana.

Anestesiada, sin poder hacerles frente, cedí. Le hice caso a cada uno de ellos. Me terminaron llevando de la mano a sus creencias. Como las adicciones, las malas influencias aparecen en la vulnerabilidad. Me vi frente a ello. Me vi en el hastío. Entré en su mundo de regresiones. 
En ese momento, en mi mente, estaba lo que siempre predicaban. Si había un problema, debías ir a ver a Rolando. Seguramente algo había pasado en tu vida pasada que lo justificara. Entonces, decidí ir a verlo para sacarme las dudas o llenarme de unas cuantas más.

Me encontré con un hombre blanco, de apellido alemán y una casa de unos dos millones de dólares. Era un mano santa con un Golden Retriever. 
Me invitó a pasar y me senté en una especie de trono. Muy seguro de sí, se sentó en una silla enfrente y sacó un anotador.

Lo primero en lo que pensé fue que iba a ser como una sesión de terapia como las tantas a las que había ido. Me preguntó si alguna vez había abortado y si había sido abusada. Después de esas preguntas que me dejaron pasmada, me puso unos lentes con luces de colores y unos auriculares enormes. También hacía como de guía espiritual, al cual tenía que ir siguiendo para inducirme. Me iba preguntando algunas cosas mientras me decía cómo respirar. Y yo, creyente en ese momento, iba dejando que mi mente lo siguiera. Escuchaba cómo me preguntaba diferentes cosas. Fui transportándome a lugares y situaciones reales. Era como estar soñando. Pero a cada pregunta que Rolando hacía venía una respuesta lógica a mi mente. Nada estrambótico.

Así se fueron hilvanando las cosas, así me fui enterando de todo ese mundo absurdo, me di cuenta de dónde me había metido. Yo no veía las cosas que comentaban en las mesas de domingo. Cada uno de ellos, según relataban, vivió cosas maravillosas con aquel mago familiar. Personalmente creo que escueto habría de poner alucinógenos en el agua que su refinada esposa les ofrecía. El problema no era lo que veían ni lo que yo creyese. El problema era que mezclaban realidad con regresión. Vincularon esos dos mundos. Vivieron en esas realidades paralelas haciéndolas una. Yo no encontraba explicación alguna a sus relatos. Todo era una farsa.

Volví a mi casa con una pregunta en la mente. Estaban todos sentados en esa mesa, esperando qué es lo que tenía para decir. Hablé de Rolando, de su táctica y me senté a esperar sus devoluciones. Me dijeron que no todo estaba bien, que no entendían por qué yo no había tenido la capacidad de haber visto mis vidas pasadas.

Con intriga pregunté a mi tía Lidia y a mi tío Rodolfo por qué nunca me habían dado el pésame por la muerte de mi padre. La respuesta fue aberrante.. Mi papá, en el 1700, había sido un pedófilo muy reconocido. Había violado a niñas de entre tres y quince años. Entre ellas, Carlota, Belén y yo. Quizá pensaron que al saberlo, resolverían todas mis preguntas.

Me fui más confundida que nunca hasta la casa de mi papá en el campo, con la excusa de que quería juntar su ropa. Estaba desesperada. Ahora sí tenia interrogantes por resolver.

Decidí frenar en el medio del camino. Me quedé sentada en el auto unas horas pensando cómo utilizaban estas historias para justificar sus miserables vidas. Era una patología masiva.

Mi vida iba en contramano, las únicas personas de mi familia que quedaban vivas estaban involucradas en esto. Rolando me parecía insoportable, estoy segura de que él no creía lo mismo que predicaba. Yo no entendía la levedad con la que él manejaba cada uno de los incidentes que ocurrían en las regresiones. Hasta llegue a creer que seguramente en la intimidad de su casa, se burlaba de todos nosotros.

El hecho de que creyeran que mi padre me había violado a mí, a Carlota y a Belén era un salto en mi mente. Sentía que estaba rozando la superficie de un edificio con mis pies. Porque, si bien yo no creía que era verdad, ellos me lo hacían vivir como si fuese cierto. Lo iban a hacer toda esta vida y me resultaba insoportable.

Cada vez más me hacían pensar en mí, en que me pasó a mí. Por qué yo quería las cosas que quería y no otras. Por qué quería a quien quería. Tal vez no conocía a nadie como yo pensaba. Quizá cada uno de ellos me había hecho algo de lo que yo aún no tenia noción. Tal vez todo estaba en mis regresiones. Ya no sabia si yo era la que estaba mal y ellos estaban viviendo la realidad. En el borde de aquel vértigo, decidí que ya nada tenía solución. No servía más dar vueltas alrededor de esto, estaba todo destruido. Era una alcantarilla distópica.

Al día siguiente era Domingo de Resurrección. Los invité a comer a la casa de campo de mi padre. También invité a que se uniese a la ceremonia Rolando que, por supuesto, vino con su encantadora mujer. Todos se sentaron y yo solo sentí que mis manos temblaban en la mesa una vez más. Me sentía helada por momentos. Todos comían como en un día normal de Pascuas, como si nada ocurriese.

Dos horas más tarde, sentada en la misma posición sin movimiento alguno, solo me quede a deleitar lo que mis ojos me permitían ver. Alejo, a mi derecha, con esa gran sonrisa amanerada, empezó a salivar desquiciado. Carlota, sentada frente a él, con sus manos incestuosas, no paraba de retorcerse de dolores musculares. Rodolfo, mi tío, que aceptaba todo lo que decían, estaba defecando encima de sí. Mi tía Lidia, con su pelo rubio y su traje pastel, no paraba de vomitar. Belén, con su descuido y su resentimiento, tenía las pupilas más dilatadas que nunca. Florencia, siempre tosiendo, siempre alérgica, convulsionaba. La mujer de Rolando, con esa simpatía insoportable, tenía vértigo y cefalea. Pero la frutilla de la torta fue Rolando, con esos ojos celestes teñidos de rojo y asfixiándose en sus mentirosos mil quinientos pesos por sesión.

Mi problema no fue haberlos envenenado a todos con la comida que preparé aquel mediodía. Ni haberme sentado en la punta de la mesa con un irónico calibre 22. Mi problema fue no haber logrado mi redención. Fue no haber podido solucionarlo todo con la decisión que tomé. Ellos eran el infierno que me había tocado en esta vida. Pero no fue suficiente. Mi oscuridad no solo se apoderó de sus vidas sino también de la mía. Yo era igual o peor. Los vi morir lentamente, vi cada uno de sus estadios: desde los insultos hasta las súplicas. Todo en cámara lenta, en silencio, hasta que dejé de escuchar. Mi regocijo estaba a flor de piel, pero a la vez me sentía más ausente que nunca, me sentía fuera de mí. Nunca más voy a ver esas caras, esos gestos, esas atribuciones tomadas. Todas fueron cayendo lentamente sobre esa mesa.  Sucedió lo que siempre había deseado. Verlo todo desde afuera, estando sin estar. Me convertí en planta por un instante.

Me desperté con la cara pegada a uno de sus vómitos, o quizá me desmayé y no lo recuerdo. El olor de sus cuerpos que yacían putrefactos era insoportable. No aparecí en mi vida siguiente. Hubiera querido despertarme en el 2060. Hubiera querido estar en uno de esos tantos mundos, pero no fue así. Todo, mientras más lo palpaba, más irreal parecía. Caídos en esa mesa veía sus caras con los ojos entreabiertos, sus bocas llenas de liquido fétido hecho costras. No sé cuantas horas pasaron. No sentí la liberación que esperaba, ni siquiera de ellos. No había sangre caliente nueva por sus venas, ninguno de sus huesos sentí erguirse y llenarse de carne para volver ya resucitados. Ni siquiera había logrado salvarlos. Eso estuvo siempre fuera de mi alcance, fuera de mi poder. No logré redimirme, ni hacer que ellos regresaran con sus nuevas vidas. Sentí enfermar. El silencio ya no era confortable, me aturdía. Sus restos descompuestos me irritaban. Trataba de tocarlos a ver si despertaban de manera desesperada. Menos sentía jubilo o renacer como lo había pensado. Solo sentí asco de mi. Descubrí que entre todos esos muertos nunca pude resucitar, solo logré hundirme más en mi propio infierno.

 

“Tres poemas de amor y espanto” por Julieta Besse

Sos Oscar

Quiero que tengas un nombre menos común,
¿qué tal si te llamaras Oscar?

A partir de ahora vas a ser Oscar,
conozco uno y tiene casi sesenta años.
Hola, Oscar.
Oscar, no tenés versión femenina de tu nombre
Oscar, tenés panza y te sobresale del cuerpo
ya no me preocupa
que le parezcas lindo a las chicas.
Jugás al truco en el club,
con otros viejos, panzones
puteás a los gritos cuando perdés,
tu postre favorito, el queso y dulce,
más dulce que queso, porque si no te embroncás.
Ojalá
que seas Oscar y la tengas blanda
porque ya no se te para,
porque sos Oscar.

Leés el diario los domingos a la mañana
fumás y te sale el humo por la nariz
completás con una Bic negra
el crucigrama del diario.

Les gritás a los dueños de los perros
porque te cagan la vereda y no la juntan
Una aureola sin pelo te corona la cabeza
te escuchás unos tangos en la cocina
mientras calentás agua para el mate.

Oscar,  los lentes de ver cuelgan de tu pecho,
los de cerca y los de lejos.
Hablás fuerte porque no escuchás tu propia voz.
No te interesa salir lindo en las fotos
y te molesta que ya no se revelen
te gusta ir a la plaza a dar una vuelta
yo te veo pasar y pienso

Oscar, ¿Por qué no me llamás?

Sos un tupper

Sos un tupper
un objeto triste, desgraciado
y con poca dignidad.
Dentro tuyo transporto la comida a diario,
sos de plástico
cumplís la función
y gracias

Te caes, en la mitad de la calle,
se te sale la tapa.
Nuestro amor es una milanesa
de berenjena,
que empané ayer a la noche
cuando me esforcé y la cociné.
Lo hice con el mejor pan rallado que encontré
ahora la milanesa vuela por el aire,
toma fuerza, impacta y golpea en la calle,
golpea seco.
Rápido, la agarro,
como si así pudiera no mancharse,
de lo pisoteado, de la calle,
como así pudiera arreglarlo.
¿Podemos arreglarnos?

Guardo la milanesa, no me importa
la quiero conservar,
la quiero comer aunque esté sucia
aunque me puedas enfermar.
No te quiero tirar
la quiero.

Intento cerrarte, aprieto los dientes,
te golpeo bruscamente
tardás en cerrar
te resistís
sos un tupper berreta
o son mis manos que no saben tocarte.
Presiono los extremos
me da furia.

Sos vos,
sos un plástico transparente
que me deja ver hacia adentro,
tapa violeta
qué bronca me das
con esos rayones de cuchillo
porque estás usado y ya gastado.
Rayones en el fondo del contenedor,
son marcas profundas
tu recuerdo con forma
de serruchito tramontina
surcos que tracé en distintos momentos
nuestras peleas en el fondo del contenedor.

¿Qué tal si hubiera querido guardar
nuestro amor dentro tuyo?
Hubiera sido inútil.
No sos hermético
ni de buena calidad
no sos lo que creí
nuestro amor se escurre por la tapa
no contenés
ni estás limpio
ni limpio de rayones.
Te metí en el microondas
y  te doblaste
te derretiste
te desganaste y ya no quisiste.

Ahora tu válvula de vapor
no es más que un agujero
por donde puedo mirar
pero no se ve
más que oscuridad.

Sos el tupper que si presto
no quiero reclamar
sos un tupper de mierda
te creí Tupperware
quisiste ser Colombraro
pero sos un tupper marca Oscar.

Ahora se me ocurre una idea
que tal si te uso de tacho
para la comida de tu perro.

Sos un pedo atravesado

¿Cuánto gas puede generar mi cuerpo
de la impotencia que me das?
Te siento adentro de mi panza.
Gas profundo, con olor, denso,
que si lo dejo salir se nota,
se nota que me pudro por dentro.
Me duele cerca de las costillas, enroscado,
el sentimiento retorcido por dentro.

Quiero cagarme en vos, en ellos, en todo,
pero me cago en mí, a mí, encima, por dentro.

Te quiero hablar y no me sale la voz
sos un pedo quedado
porque nunca te alcanzan las ganas
no es el día ni es la hora
siempre decís más tarde

Quiero tirarme un pedo y  me duele la sien
no me sale
no puedo sacarte de adentro mío
sos un pedo atravesado que confundí con amor

Me  siento en el inodoro
con el torso hacia abajo,
apoyado en mis rodillas
intento una pose de yoga
la que siempre me hace pedorrear
pero ahora que vos sos el pedo,
y nadie me ve,
no sirve.

Un aroma espeso cubre el aire
pedo infernal que ahora
quiero catalogar y catar
concluir con que
es todo lo que no quiero
es lo podrido y debe escapar

Te quiero afuera
me purgo
me purgo de vos,

Cago blando y marrón oscuro
cago en forma de torta,
se acumulan los soretes blandos
y la mierda crece hacia arriba.
Es la torta de cumpleaños
que éste año no te voy a llevar
y no sé quién te la va a hacer,

Tu ego te obliga a dejar una huella
marrón, sucia, hedionda
dentro del inodoro
la trazás con el movimiento
el roce, la estela del amor,

Aprieto el botón
te barre el agua.

Te veo girar, nos veo dando vueltas
al asunto que no tenía otro final

Chau, Oscar.

“Cumbia nena” por Malena Kiss

Hoy es sábado, me toca salir. Sin pensarlo llegué a lo de Mili, siempre se juntan ahí. Remeras, polleras y vestidos vuelan por el aire mientas hacen poses. Ya sabemos que Cami se va a poner una minifalda porque tiene buen culo. Y Mey, como siempre, algo para que le miren las tetas. No soporto tener que decirles a todas que están lindas. Diosaaaa se repite como mantra de autoayuda pedorro. Me pregunto si se dan cuenta de que lo único que quieren hacer es llamar la atención. Cantan a coros te pones loquita de noche, te gusta salir con amigas, un brindis, vasitos arriba, y tú te pones loquita, mamita. Se me arma un nudo en la garganta y las veo horribles a todas.

Estamos apretujadas en frente de un espejo intentando ser otras. Yo nunca supe cómo pintarme. Son demasiados elementos todos parecidos entre sí. Como no tengo mucho pulso lo que hago después de ponerme el delineador es pasarme el dedo por arriba. Queda un poco desprolijo y me da un aire de reventada que me gusta. Tengo labios gruesos, me los pinto de rojo. Vos siempre me decías que te gustaba mi boca y me lo creí. Me siento una chica Almodóvar. Ya sé que es tonto pero me da cierta confianza para encarar la noche.

Después hay que tomar lo suficiente como para quedar anestesiadas. Parece que la única forma de hacerlo es con juegos de cuarta. Me gustaría disfrutar un trago tranquila, sentada, hablando aunque sea de algo sin importancia. Preguntarles cómo están. Martu siempre rompe las pelotas para jugar al Chico Tres, creo que es el único que entiende. Es bastante boba, por suerte es linda. Este es el momento de su semana. Lo único que le da satisfacción a su vida rutinaria es rechazar una fila de pibes en el boliche. Para armarse la escena impone y dirige esos juguitos berretas. Odio que me obliguen a tomar. Es una dictadura de la felicidad. Quiero disfrutar un vaso de birra mientras me quejo de lo chota que es mi vida pero ahí está la desentonada de Mili gritando: Canta que la vida es una fiesta, no hay mal que por bien no venga. No puedo creer que sea una abogada exitosa, este recorte de su persona es patético.

Llega el momento de salir. Muchas veces, por no decir casi todas, tengo que juntar fuerza. Me iría a dormir sin pensarlo. Pero como me dejaste el corazón un poco roto me convenzo de que por ahí esta noche te consigo un reemplazo. Corremos todas a la esquina desatadas con el alma en pedazos. Vamos a parar el taxi que nos lleva al paraíso de bolas de espejos y cumbia al palo. Quizá en esa multitud de gente sudada que baila sin ganas me olvido de vos.

La entrada al boliche es un capítulo aparte. Hablar con el patova de turno para que nos deje entrar gratis o de última nos haga un precio minita. Ahí es cuando tengo que reprimir mis ideas feministas, tragarme esas palabras de igualdad que levanto como bandera y dejarme llevar. Por suerte nunca me tengo que ocupar de eso. Lu se pone al hombro el equipo. Es como nuestra RR.PP., conoce a toda la movida y siempre nos hace entrar. Un poco la admiro, no sé cómo lo hace. Siento que si tuviera que ir sola no podría entrar o terminaría pagando una cifra obscena. Para ella es natural. Ni siquiera es que se los chamuya, es simpática y listo. Me daría vergüenza tener sus contactos de celular: Mati Rosbar, Patova Jet, Ale Brandy, Lucho Tinder. ¿Te acordás de cuando nos reímos de Tomi por guardar a la mina esa como “la gorda que garcha”? Me pregunto cuántos contactos nuevos tendrás.

Entro y suena una cumbia. Una calle me separa al palo. Humo y gente apretada. Me siento una boluda, podría estar en la cama viendo Game of Thrones. Pero no, estoy en medio de una masa de cuerpos sudados que se aprietan y se separan. Quiero teletransportarme a mi cama, no puedo. Me pierdo de todas la pibas enseguida. Doy vueltas un rato sola. La veo a Mey apretando con un chabón en una esquina, ¿cómo carajo hizo tan rápido? No está en su mejor momento, desde que Joaco la dejó, aumentó como diez kilos y piensa que cada pibe que se le cruza es el amor de su vida. Concluyo en que un escote desesperado levanta. Veo a las demás, pero me escapo. Me da vergüenza verlas bailando con esa emoción berreta. Sigo caminando sola, necesito observar este antro de humo con un poco más de distancia.

Cómo interactúa la gente acá adentro sigue siendo un misterio. La implícita coreografía nocturna, las minitas que se ponen a menear en el centro para llamar la atención. Y los pibes armando círculos alrededor, aplaudiendo para que vayan más abajo. No puedo evitar pensar que soy una extraterrestre, porque todos los demás parecen estar en sintonía. Mis ojos solo ven seres hechos de hormonas descontroladas. Me pregunto si tienen deseos de verdad, más allá de intercambiar fluidos. Y van cantando las letras de canciones que supongo alguien habrá escrito en joda o en pedo. Porque ¿cómo se te ocurre sino “las pibas, quieren chacha, por la cola, bien bien piola”?. Un grupo de chetitas bailando a saltos, cantando a gritos “déjate de joder y no te hagas la loca, anda a lavarte bien la boca”. Me río con soberbia. Y todas se emocionan con una de La Princesita, como si fuera una mártir con la cual se identifican, pero ellas nacieron en un country y fueron a un colegio bilingüe. Yo también soy cheta, siempre me lo decías cuando hacía esos comentarios. Pero era tu cheta.

¿Por qué me sigo sumando a estas salidas? Si lo que tengo es miedo a estar sola, esto es peor. Me la encuentro a Lu me cuenta que estuvo con Juan. No me puede importar menos, pero igual actúo interés. Y como hace un monólogo no sé da cuenta de que mi cabeza está en otro planeta. Pensé que como el bobo de Juan es amigo tuyo, por ahí estarías acá. Pero me dio vergüenza preguntarle, no quiero que se me note que sigo pensando en vos. No puedo ni decir tu nombre. Esto me pasa desde que soy chica, no poder decir el nombre del pibe que me gusta delante de los demás. Como si al pronunciarlo me delatara. Ese nombre encierra mis sentimientos y cuando mis labios largan el sonido que lo forman salen desesperados como un dedo acusador, como si no los pudiera contener más. Son nombres que funcionan como contraseñas de lo que siento. A los cinco años  no podía decir Lucas adelante de nadie. Ya no sé si me divierte o me deprime ver como, aunque el nombre fue cambiando, la sensación es la misma. Una palabra, un sustantivo propio que me desnuda frente a los demás. Hoy es tu puto nombre. Entonces no le pregunto nada para que no se me note. Y en cambio le digo que voy a la barra.

Necesito más alcohol para no pensar tanto. Me dan ganas de bailar. Después de un rato esta música del orto hace que quiera moverme sin parar. Voy al medio de la pista, cierro los ojos y dejo que la melodía extremadamente irritante entre por mis oídos y se me vaya escapando por la piel. El Polaco me canta solo a mí deja de llorar, deja de sufrir, ya no puedo verte más así, él no se merece tu amor. Disfruto sentir una masa amorfa alrededor mío que se mueve como ondas. Es un mar inmenso de cuerpos sudados, de cuerpos excitados, de cuerpos que rebalsan ganas. Me gusta sentir el calor general pero no quiero que se me acerque nadie en particular. Siento que si alguien me toca voy a estallar en mil pedazos. El ruido de ese rayador constante me está dando una sed absurda. Uno y dos Fernet más.

Me encuentro con las pibas y me voy a bailar un poco con ellas. Mientras meneo me doy cuenta de que ya no me molestan las letras. Me generan un enojo lindo que me hace vibrar. Escuchar que me digan puta o whacha me violenta de una manera hermosa. Soy Gilda, Laura, La Lechera, Andrea, La Colorada, Mabel. Todas ellas se apoderan de mí. Y bailo levantando los brazos y yendo cada vez más abajo. Los de Damas Gratis me susurran en el oído lo que tengo que hacer, les hago caso y muevo el culito. Se nos acerca un grupo de rugbiers giles. Cierro los ojos y sigo bailando. Esos agudos insoportables me llenan de electricidad. Y ese ritmo repetitivo me va anestesiando. Me siento una diosa cumbianchera. Se me escapa una carcajada en cuanto esta idea pasa por mi cabeza. Cuando abro los ojos me doy cuenta de que tengo a uno de los pibes muy cerca mirándome. Me sonríe.

Es uno de esos chetitos que están fuertes. Tiene ojos verdes, pestañeas largas y una barba linda, medio desprolija de las que me gustan a mí. Se me acerca, me agarra de la mano y me hace dar una vuelta. Me dejo, veo las luces pasar rápido y la gente se separa de nosotros. Me empuja cerca de su cuerpo. Me gusta volver a sentir que un cuerpo más grande que el mío me envuelve. Bailamos como tontos agüita, sobre tu cuerpo, agüita, al bailar, me desespero, me desespero. Me acerca con más fuerza y puedo oler su perfume. Tiene olor a coco y vainilla, hundo un poco mi cara en su cuello para ahogarme ahí. Me hace dar otra vuelta pero esta vez quedo de espaldas a él. Mi culo pegado a su pija, le meneo y me calienta. Nuestros cuerpos se frotan y me caliento más, siento como se le para. Una vuelta más y terminamos de frente. Me mira fijo con ojos carnívoros. Amo ese momento de chapar con alguien por primera vez, ese un micro instante donde te adelantás al tiempo. Quiero que alguien me mire así toda la vida. Siento su lengua en mi boca, mientras me agarra del culo y seguimos bailando. Me había olvidado lo divertido que era degustar otra boca. Le muerdo suave el labio de abajo, le gusta. Seguimos bailando mientras nuestras bocas se encuentran. Una vuelta más y vos.

Al principio pensé que te estaba alucinando. Estás lejos pero venís caminando para acá. Casi como un reflejo lo empujo al pibe. Me mira raro pero le doy la espalda y me acerco a las chicas. Te miro devuelta acomodándome el vestido y peinándome. Estás con una chica, la conozco, es amiga de Tomi. Es linda, es de esas pibas que le queda bien estar despeinadas. Ni el alcohol me pudo ayudar. Me desarmé por dentro. Creo que no se notó, soy buena actriz. El semblante de solitaria ya se acostumbró a mi piel. Te saludé, la saludé a ella. Fui simpática y te pregunté cómo andabas. Sé que me viste pero no me dijiste nada. Ni un comentario ácido ni un chiste, nada. Eso fue lo que más me dolió, ya ni te importo. Seguí bailando un rato más, cerca tuyo. Vi cómo la abrazabas y cómo le hablabas al oído. No por masoquista, porque necesitaba saber que era verdad, que lo nuestro ya no existe.

¿Sabés qué es lo peor? Vine pensando que acá podía haber algún pibe que me gustara, y que no fueras vos. Me resulta imposible. Me vino a buscar el rugbier, me agarro de la mano para bailar y me dio mucho asco. Ni sé que boludez dijo, solo vi su cara de gil y sentí asco. El asco es un afecto muy primario. Asco, los boliches me dan asco. Los pibes que no son vos me dan asco. Verte con otra me da asco. La cumbia me da asco. Y todo lo que tomé hace que mi cabeza estalle. Siento unas ganas de vomitar horribles. Corro sola al baño. Ven mi cara me dejan pasar. Me tiro en el piso y una cascada que es más grande que mi cuerpo se escapa sin que pueda controlarla por mi boca. El dolor subiendo por la garganta, el gusto amargo, ver lo que comí. Sale de mí como un chorro toda la frustración nocturna. Me siento mejor. ¿Sabés que después camine hasta mi casa llorando? Ya era de día cuando llegué. No pude salir de la cama durante todo el domingo. Sentía como si me hubieran pegado toda la noche, pero no tenía moretones.

“Soy macho” por Andrea Malaspina

Yo soy macho
Te pego
Te uso
Te deseo, te deseo mía, porque soy hombre y naciste de mi costilla
Porque me precisas, pedacito ínfimo de mi gran cuerpo fuerte.
Ese que deseas, lo veo en tus ojos mientras pasas bajando la vista en esa vereda de enfrente,
lo veo, lo siento.
Porque sin mí no sos nada, sólo una pequeña costilla sin cuerpo, una cosa inútil, un anexo, que
precisa un hombre , a mí, un hombre que te de lo que deseas, te acaricie, te clave hasta lo
más hondo, te diga que sos bella, pequeña costilla hecha completa gracias a mí.

Y si no te gusta el plan,
Te arrojo
Te quemo
Te pego
Te empalo

Porque sos invisible, costilla.
Para que yo me chupe los dedos al comerte y después tirarte a los perros.
Costilla masticada, roída hasta que no quede ni un gramo de carne útil.
Una costilla inservible después dela fiesta.
No digas que no, las costillas no tienen boca.

Porque sos muda.
Mía
Tan propiedad
Tan deseable
Tan lo que yo quiero.
Tan nada.

Tan enjoyada de mí
Pero sin mí
Tan nada

“Cirugía espiritual” (fragmento de ‘Bruja embarazada’) por Dalia Fernández Walker

Cuando me quise dar cuenta ya se había hecho la hora y me vinieron a buscar para llevarme al quirófano. Le di un beso a Nico, uno a mi mamá, y uno a la muñeca de Amma que había llevado para cuidarme. Amma es una gurú de India de la cual soy devota. La muñeca es una representación de ella, para que sus seguidores puedan tener su energía cerca cuando la necesitan. Esta muñeca fue bendecida por la gurú cuando estábamos en su ashram en India. Desde ese entonces, se transformó en uno de mis objetos más preciados, es como un vudú del bien.

Me subieron a una silla de ruedas. Una vez ahí, lo único que se me ocurrió hacer fue repetir el mantra (una frase de protección) que me había dado Amma en India. La pronuncié una y otra vez hasta llegar al quirófano, mientras un enfermero me arrastraba por los pasillos del hospital. El efecto de “travelling” que se producía con mi punto de vista sobre la silla móvil empezó a transformar la situación en una escena de una película sobre mi propia vida: todo pasaba con una cierta extrañeza, fluidamente. Nunca había andado en una de esas. Es como que te lleven en un cochecito de niño.

Cuando me hice el “Evatest” que dio positivo, no estaba segura de estar contenta por el embarazo. Más tarde, cuando me enteré de que había perdido el embarazo, me di cuenta de que en realidad sí lo quería. Típico mío, querer lo que no tengo o no puedo tener. Me daban tantas ganas de conservar esta situación, que ahora me tenían que hacer este “procedimiento” (nombre que usan los médicos para no decirle “operación”) porque a pesar de las contracciones luego de la pérdida no había expulsado los restos del embarazo. Estaba reteniendo lo que quedaba y no había ritual, meditación o remedio homeopático que lo hiciera salir.

¿Cuántas mujeres estaban pariendo en este momento en el mundo? ¿Cuántas haciéndose un aborto por un embarazo no deseado? ¿A cuántas en esta clínica le estaban haciendo un legrado como a mí, que sí querían su embarazo, pero no podían tenerlo?

Llegamos al piso menos uno y el enfermero me empujó hasta la puerta de la sala de quirófanos que decía “no pasar”. Las compuertas se iban abriendo y cerrando mientras me llevaba, iluminadas por luz de tubo, con paredes blancas y grises, pies de sueros, camillas y otros artefactos médicos a los costados. Todo me daba una sensación de extrañeza, lo había visto en la tele pero ahora me estaba pasando a mí. A pesar de todo, estaba tranquila, en paz. Me había entregado a esa situación todo lo posible, y ahí estaba, rezando mi mantra. El enfermero me dejó estacionada en la puerta y tocó un botón para anunciar que había llegado el paciente al quirófano. Sonó el timbre: su sonido era el tema “Bajo el mar” de la película La Sirenita. Miré al enfermero preguntándome si estaba delirando. No. El timbre efectivamente sonaba como el tema del cangrejo Sebastián y era larguísimo, uno de mis temas favoritos de la infancia.

Me vino a buscar una señora con cofia y me preguntó mi nombre y cuándo había comido por última vez, mientras me seguían arrastrando. No me daba la cabeza para absorber toda la información. Veía muchos objetos nuevos, gente con cofias… y, además, había muchos quirófanos ahí adentro, no me lo imaginaba así. Pensaba que sólo había uno, pero es un espacio con muchas salas de operaciones, una al lado de la otra. En una que tenía las puertas abiertas vi que estaban operando a alguien. Había dos mujeres hablando en la puerta de ese quirófano. Unos cirujanos le estaban sacando algo de adentro al paciente. Cuando se dieron cuenta de que yo estaba viendo, taparon la puerta con sus cuerpos para que no pudiera ver.

A la derecha de esa sala, estaba la que me tocaba a mí, y las puertas ya estaban abiertas. Era un lugar enorme. Estaba mi doctora vestida con pinta de operación para recibirme. Miré hacia adelante y empecé a sentirme como si estuviese suspendida en el aire. Algo me tomó energéticamente, sentí que podrían haber sido mis maestros espirituales que estaban trabajando conmigo para empezar a sacarme de mi cuerpo y prepararme para la operación. Miré todo el quirófano de nuevo y sentí muchas presencias. Vi como si fuera un sueño, entre sombras que se mezclan con la realidad, que había espíritus de todo tipo en el quirófano. Si me hubiesen dado tiempo de concentrarme podría haber dicho si eran hombres, mujeres, niños, o qué llevaban puesto. Entre ellos, reconocí a mis maestros y también pude sentir que estaban los maestros de los médicos y de sus asistentes. Además, había espíritus, quizás de la gente que murió ahí, no pude descifrarlo con exactitud. El total de humanos en la sala sumaba seis, pero con las presencias podría decir que éramos unos cincuenta en total.

Miré para adelante y me encontré con un médico joven, re atractivo, que tenía algo especial. Me gustaba. Me miró y se que también le atraje. Yo estaba en bata y en culo, con una cofia horrible, él tenía un ambo, pero igual me gustaba y pude darme cuenta de que yo le gustaba. Se presentó: era mi anestesiólogo y dijo que me iba a acompañar en toda la cirugía. Me gustó mucho que dijera la palabra “toda”. Sentí algo así como atracción sexual a primera vista. El pibe era obvio que era un intenso de los míos, tenía algo muy mágico y muy dark, era como un hipnotizador o un encantador de serpientes. Me dijo que tuviera cuidado cuando bajara de la silla de ruedas y me sentara en la camilla.

En ese momento, me hablaron todos los que estaban en la sala a la vez. El doctor me preguntó si tenía la vacuna antitetánica, y me acordé de que sí, que me la había dado hacía tres años cuando había ido a la selva venezolana para un encuentro espiritista. Por algún motivo hay cosas de ese viaje y esos rituales que me hacen acordar a esta situación. El resto me preguntó cosas sobre mi salud y lo que comí, entre otros temas.

Miré todo, quería absorberlo antes de entregarme, pero ya no tenía tiempo. El anestesiólogo churro me acostó en la camilla y me puso una vía en mi mano izquierda por la cual iba a pasar una droga que no me acuerdo el nombre y que me contó la doctora que es una anestesia medianamente suave. El chico me dijo que me iba a dormir, que me iba a dar oxígeno suplementario con una máscara y que cuando me despertara iba a sentir gusto a plástico en la garganta. Yo ya me sentía medio drogada antes de que me pusiera la vía, me había entregado, o era el shock, o eran los maestros espirituales haciendo su trabajo, no lo sé. El anestesiólogo potro me empezó a hablar de boludeces, parecía de esos pibes que te chamuyan en el boliche y te preguntan cualquier cosa.

La situación me dio miedo. Todo lo confiada que estaba hasta ese momento se desvaneció. Se fueron las visiones, se me borró el mantra de la mente y me sentí fría y sola sobre una camilla metálica en manos de desconocidos. El miedo subía desde mis pies hasta la cabeza y no podía pararlo. Odio los hospitales.

Para distraerme, el anestesiólogo comenzó preguntándome a qué me dedicaba. Mientras, yo miraba las luces del quirófano desde abajo estando acostada y empezaba a sentir la droga más pesada que jamás había sentido entrando a mi cuerpo. Le dije que era tarotista, es lo que digo para que la gente entienda lo que hago, y para hacerme la sexy. La conversación fue más o menos así:

—Soy tarotista.

—¿Posta? Me das un poco de miedo.

La droga estaba haciendo efecto y los médicos del fondo se iban desdibujando, sólo estábamos él y yo en conexión, mientras algo me tomaba.

—Miedo me das vos a mí, mirá a lo que te dedicás —le dije. Él se reía.

—Lo mismo digo de vos —me respondió.

—Me está empezando a pegar. Cuando quieras te invito para leerte el Tarot. Te va a gustar.

Pasaron unos segundos. La droga se seguía metiendo en mis venas, mi cuerpo entero se resistía a dejarla entrar, mi conciencia se aferraba todo lo que podía al ápice de realidad que quedaba, pero no tenía sentido.

—¿Si te toco acá, lo sentís? —me dijo él.

—Sí, por suerte, lo siento —le respondí.

Ya estaba diciendo pavadas tratando de levantármelo de lo drogada que estaba. Mientras tanto, temblaba, y a la vez, sentía que se me iba la conciencia.

—¿Sabés? Te va a contratar mi marido para que me hagas dormir en mi casa. Nunca me puedo dormir. Sos el único que me puede dormir —dije balbuceando, y escuché que todos se reían, mientras yo seguía diciendo cualquier cosa. Parecía que estaba hablando borracha porque las palabras se resbalaban.

—Y, Dalia, decime, ¿qué te gusta tomar? ¿Campari, champagne? Dijo algo más de por qué me estaba haciendo esa pregunta que ahora no puedo recordar.

—¿Me vas a invitar a salir? No me preguntes más boludeces porque no te las voy a poder responder. Me estoy yendo —balbuceé.

Los ojos se me cerraban y volvía a abrirlos con esfuerzo para seguir atenta a la conversación. No quería entregarme, ahora que había que hacerlo, no quería.

—No te estás yendo a ningún lado, yo estoy acá con vos y vos también estás acá conmigo.

Mientras charlábamos hacía unas cosas atrás de mi cabeza con sus equipos.

—Tengo miedo, me está latiendo muy fuerte el corazón.

—Y, es normal, estás asustada.

—Tengo mucho miedo, cada vez me late más fuerte, ¿estoy bien? —dije ya perdiendo lo poco de conocimiento que me quedaba. Los ojos permanecían cerrados por momentos y los volvía a abrir, sentía que se me iban para atrás, que perdían la órbita.

—Sí, no te preocupes, pero te está latiendo muy fuerte el corazón —chequeó el monitor y me pareció que le di un poco de pena de lo asustada que estaba.

Puso cara de preocupado, seguro que quería que me durmiera ya mismo. Me parece que abrió la movida para que pasara más droga y me durmiera lo antes posible.

—Pensá en el Tarot —me dijo, como palabras mágicas.

—Voy a pensar en una carta que me guste —dije con mi último esfuerzo.

¿O lo pensé? No puedo saber si en ese momento estaba hablando o imaginando o pensándolo. Entre sueños, visualicé como pude la carta de “La Templanza”, que representa la sanación, la entrega, la protección de otros planos que para mí me iban a cuidar en la operación.

—Tengo miedo —volví a decir.

Y me puse a llorar, de la nada, un llanto fuerte y profundo, un llanto de la última entrega, de rendición, del final, un llanto enorme, gritado y diferente. Me dormí un segundo, o lo que pareció un segundo. Enseguida me desperté gritando, todavía no habían arrancado, todavía no había pasado nada.

—¡Lo voy a extrañar! —aullé casi inconsciente, como hablando cuando me despierto de tener una pesadilla, con lo poco que me quedaba de conciencia, mientras lloraba y me movía en la camilla. El grito resonó en toda la sala.

—¿A quién? —dijeron todos a coro medio entre risas en el quirófano.

—Voy a extrañar mucho a mi bebé —grité llorando al aire.

En mi recuerdo, no terminé de decir la frase, que ya había perdido el conocimiento.

 

 

 

 

“La expansión de la materia oscura” por Juliana Mazia

Hace meses que convivo con un miedo espasmódico. Una punzada en el pecho que me invade por sorpresa reiteradas veces y altera el eje gravitacional de mi vida. Es imposible negar la muerte cuando es una amenaza constante.

Es sábado a la noche, estoy acostada en mi cama y apago el televisor. En el último capítulo de Cosmos, Neil Tyson insiste con el hecho de que la Tierra no es más que un pequeñísimo lunar azul pálido orbitando alrededor de una estrella dentro de una galaxia inmensa. Esa galaxia está rodeada por millares de otras galaxias, cada una formada por billones de estrellas y planetas. Mi núcleo familiar se conforma por un padre, una madre y una hermana. Somos un sistema. Nuestras órbitas se definen por la energía de los otros. Miro el reloj que marca la madrugada. Mi papá duerme en su casa en este momento. ¿Qué tan cercano será el sueño a la muerte? Respiro. Ahora sé que la Tierra tiene dos posibles finales: puede derretirse al ser engullida por el Sol o congelarse al escaparse de su órbita. No sé qué opción prefiero. Me sudan las manos. No me puedo dormir. Agudizo el oído y puedo escuchar los sonidos de la casa del vecino. La pared débil que separa nuestros monoambientes no sabe contener el ruido oxidado del vaivén del resorte de la cama que delata que está cogiendo. Los gemidos agudos y palpitantes me tranquilizan. Mis ojos se cierran despacio, pero mi cerebro no se despega de mi conciencia. Siento los pliegues de mis sábanas anudarse a mi cuerpo.

Cuando una estrella gigante está a punto de morir, brilla más que nunca. En el cenit de su vida se enciende, se expande y estalla en mil pedazos. La supernova es esa explosión devastadora. Para nosotros, los terrestres, no es más que un punto diminuto que brilla un poco más que los otros.

Casi en la vigilia, me convenzo de no tener miedo. ¿Por qué temer a la oscuridad del universo? A lo largo y ancho del espacio conocido, no hay un solo planeta con seres vivos. El único es la Tierra. Me imagino flotando al lado de la supernova. Imagino a mi cuerpo en medio de la explosión. Insisto con materializar el miedo en mi mente. Tengo la fantasía de que obligarme a atravesarlo de forma anticipada va a amortiguar el dolor que me espera amenazante en el futuro. La imagen de un cadáver. Tengo que acercarme, pero no puedo. El rigor mortis me repele, me descompone. Eso no es un humano. Un muerto no es un humano. Mi cuerpo en descomposición, devenido en tripas y sangre. Me da asco, quiero vomitar. Me despierto bañada en sudor.

Desde el Bing Bang que el universo se mantiene en constante expansión. No están muy claras las razones, sólo se pudo definir que entre los cuerpos celestes visibles existe lo que los científicos llaman la materia oscura que sería el elemento que los empuja. Si hubiera que describir el universo, habría que decir que es un océano de oscuridad con pequeños destellos luminosos. Los planetas y las estrellas son brillantina espolvoreada en una inmensidad negra.

El cuerpo de mi padre se consume lentamente, y en su interior se expande la materia oscura. Pensar que no somos nada no alivia el dolor de la pérdida inminente. Tengo sueño. Pienso en mi consciencia luminosa flotando en el océano oscuro de mi inconsciente. Mi memoria selecciona algunas imágenes y olvida todo lo demás. Sólo pienso en el ritmo. El tic tac del reloj. El clímax del orgasmo.  De a poco me tranquilizo. Ni siquiera la Tierra es infinita. Escucho mi respiración pausada, tranquila. ¿Por qué siento tanto miedo?, me pregunto por última vez. Me desvanezco. Cuando estoy dormida ya no me duele nada.

 

“El peso invisible” por Marina Casas

Cuatro gotas. Eso es lo que dijo el viejo psiquiatra que creyó entender mi angustia por un multiple choice de diez preguntas. Hizo la receta rápidamente: cuatro gotas en cada una de las cuatro comidas del día. Creo,  sin recordar con claridad, que nunca más volví a ese lugar que en vez de transmitir algo de calma, me llevaba al encuentro de algo siniestro. No era sólo por la puerta de madera sin timbre cayéndose a pedazos, ni por su escalera caracol a oscuras ni por el diminuto consultorio sin un solo cuadro o adorno. Era, más que nada,  por la sensación de estar muerta o de querer estarlo en el lugar donde esperaba sentirme con un poco más de vida.

Igualmente acepté, sin dudar más, el ritual del ansiolítico como parte de mis días. Mis ideas podían estar en contra de toda supuesta solución mágica pero mi cuerpo pedía a gritos una paz que no llegaba.

El movimiento de mi cuerpo era constante. No podía mantenerme sentada en una silla por más de algunos segundos. Reacomodaba mi posición con el mayor disimulo posible para que quienes me miraban no empezaran el juego de etiquetarme en una categoría diagnóstica que habían aprendido seguramente por Internet. Mis manos empapadas en agua hacían que cualquier lapicera se me resbalara. En clases escribía nombres, dibujos, líneas y cubos en todos mis pares de zapatillas hasta arruinarlos. Era una pura descarga motora.  No podía escribir nada de la historia de esa angustia de la que nada sabía. Sólo la sentía.

Los dichos del cuerpo eran cada vez más intolerables. La taquicardia se volvió familiar. Convivía con un corazón que buscaba salirse de su lugar, que bailaba queriendo desafiar los bordes del cuerpo, que como una alarma me recordaba que yo no estaba bien. Un corazón que no descansaba ni de noche. Lo escuchaba pegar fuerte contra el colchón cuando boca abajo intentaba que apareciera el sueño. Mis huesos del cuello, dedos, brazos y cadera sonaban a toda hora, como instrumentos ruidosos que querían hacerse escuchar sin poder obtener un ritmo o melodía amigable.  Mis costillas eran como cuchillos filosos clavados en el cuerpo, me encerraban.  Creía  morir en cada respiración. Cada una se volvía una difícil victoria.

Un martes caminaba casi corriendo, como lo hacía siempre. La ansiedad me carcomía, no me dejaba parar, haciéndome sentir tan viva y tan al borde de la muerte. Era el único día de la semana en que dejaba mis calles habituales de San Telmo, las que formaban un cuadrado perfecto como esos que constantemente necesitaba dibujar. Así dejaba la  adolescencia, saliendo de la burbuja de un pueblo para entrar en una ciudad que sólo me ahogaba.

Había empezado terapia. Apostaba a otra forma de estar un poco mejor para no depender del efecto de un fármaco en mi cerebro. Ese día salía de la segunda sesión en Saavedra, una zona desconocida. Iba hacia la estación para tomar el tren a Retiro. Caminaba con la inocencia de no mirar alrededor, con la música en mis oídos, intentando armar un mundo en el cual sostenerme.

La trenza en mi pelo se desarmó  por completo. Sentí el tirón fuerte que me llevaba hacia atrás y hacia abajo mientras caían también mis auriculares blancos. Eso fue lo primero,  la realidad y desconcierto de tener enfrente a alguien que pudiera dominarme. Después fue la sangre entre mis dientes saliendo fuera de mi boca por el impacto de un puño en mi cara. Su objetivo era desorientarme, ¿para qué? me preguntaba,  incluso en ese momento en el que no podía pensar. Solamente sentía dolor y repasaba con la lengua que mis dientes se encontraran todavía ahí, inamovibles.

Caí al piso y no sé en qué orden sucedieron sus acciones y las mías. No sé cómo ni en qué momento quedé sentada entre ese hombre que me miraba y  los arbustos pegados a las vías, en las que de un  momento a otro, mi cuerpo muerto podría aparecer.

No me dijo nada, no me pidió nada, sólo me miró. Los segundos velozmente se volvían eternidad. Esperé el siguiente paso de lo que parecía un plan calculado. Pensé que ese tal vez fuera el día de la violación que me aterroriza. En ese momento no era consciente del lugar que en mí ocupa un abuso inexistente. Estaba rendida ante la posibilidad de que mis piernas se vieran forzadas a abrirse. Con lentitud, saqué mi mochila de mi espalda, tímidamente la puse frente a mí, ofreciéndosela. Elegí jugar la carta del robo, deseando que ese hombre se llevara no sólo todo lo que lo que cargaba en mi mochila, sino también ese peso invisible que se materializaba en mi cuerpo. Se agachó y la tomó. Respiré, me alivié.  Se subió a la bicicleta que recién en ese momento vi con claridad. Vi también la gorra roja con visera que llevaba puesta, tapando la mayor parte de su cara. Se fue.

Me levanté llorando entre gritos. Toqué mi bolsillo izquierdo recordando que minutos antes había guardado ahí mi celular. Llamé al  psicólogo, volví a su consultorio y me devolvió la plata que acababa de pagarle para que me tomara un remis.

Volví sin llaves, billetera, documentos, agenda y apuntes. Esa noche sonó mi celular, mientras tirada en el sillón, apretaba un hielo contra mi boca dolorida. Era un taxista que había encontrado la mochila en una esquina de su barrio. Le pasé mi dirección y dijo que venía en unas horas. Lo esperé con la ansiedad más esperanzadora, la de recuperar algo perdido, pero el taxista nunca apareció.

Al día siguiente me sentí bien, tan bien como hacía días y semanas no me sentía. Mi cuerpo estaba un poco más liviano, mi cuello más flojo. Inspiraba sin pensar que el aire me aprisionaba.

Un golpe que dejó rastros de trauma logró calmar a un cuerpo que se desintegraba como arena. Entendí que lo que pasaba a mi alrededor no era lo que podía quebrarme. Cuando para el mundo nada te falta y aún así crees morirte todo el tiempo, vivir la posibilidad real de que te aplaste la muerte puede resultar lo más tranquilizador. El problema que me habitaba sólo ocurría en un lugar interno, la pregunta que me atormentaba era sólo cómo seguir respirando, porque aún lo más natural puede volverse  lo más extraño y hacerte tener miedo.