“Best friends for ever” por Nadine Lifschitz

Vivi entró al colegio en segundo grado. Ella era china y yo judía. No había en el grado, otro chino u otro judío así que, sin mediar palabras, sobre todo porque ella no podía pronunciar ninguna, nos hicimos amigas.
Vivi era la hija del chino del almacén de Roseti. Todos los días llevaba al colegio dos latas de Coca- Cola y dos obleas Bon-o-Bon que compartía conmigo siempre. Así que mi nueva amiga no significaba solamente dejar de sentirme un bicho raro, sino también reemplazar el té dulce y el pan sin gusto de cada mañana.

El Dr. Luis Agote era un colegio chico, típico de barrio. Un primer grado, un segundo, un tercero, un cuarto, un quinto, un sexto y un séptimo. No era el único colegio al que iba, pero era en el que peor la pasaba. A la mañana al Agote y a la tarde al Scholem.
En el de la mañana mis compañeros me veían como una nena bien porque vacacionábamos en Necochea. En el de la tarde como una nena más o menos que solo iba medio día al colegio privado y que nada de Disney, aún en los gloriosos noventas.
Lo peor de asistir a dos escuelas todos los días era explicarles a todos por qué iba a dos colegios.
Había aprendido la respuesta que escuchaba decir a mi mamá cada vez: es para tener las dos educaciones, la pública y la privada.
La verdad era otra. Siempre sospeché, y luego confirmaron los años, que iba dos colegios porque mi mamá no podía pagar la cuota de la jornada completa del Scholem y, sin embargo, no quería resignar la educación judía de su hija.

Cada día me despertaba a las 8 de la mañana lamentando el hecho de existir. Se me notaba sobre todo en el aspecto desastroso que protagonizaban las ojeras oscuras, el pelo despeinado y el guardapolvo siempre mal abrochado.
Odiaba el Agote. Odiaba el patio de cerámicos que resbalaba y supo provocarme más de un chichón. Odiaba el frío que hacía en las aulas en invierno y el calor insoportable del verano que no se combatía ni con ventiladores. Odiaba la formación en donde cantábamos Aurora y el Himno. Y odiaba sobre todo a mis compañeros. A todos, hasta que llegó Vivi.

Durante todo segundo Vivi solo habló conmigo. Cuando la seño le preguntaba cosas, ella me decía la respuesta al oído y yo la decía fuerte frente a toda la clase. Si alguno de los chicos del grado la molestaba, yo la defendía y si alguno de los chicos me molestaba a mi yo miraba indiferente y me iba jugar con ella, con figuritas que traía también del almacén.

Lo primero que supe de Vivi fue que era más grande pero que la habían puesto en segundo grado porque no sabía nada de castellano y que no la habían mandado a primero porque era muy buena en matemáticas.
Lo segundo fue que su nombre no era Vivi, sino que se lo había elegido ella misma de una lista de nombres en castellano que alguna vecina le acercó apenas llegaron al barrio. En algún momento yo también había elegido mi propio nombre. La diferencia era que el mío lo elegí de una lista de nombres en hebreo que me acercó una de las maestras del Scholem preocupada porque la mayoría de mis compañeros si tenían uno y yo no. Algunos, de hecho, lo tenían en el documento porque su nombre en castellano y en hebreo podía ser el mismo. Era el caso de Uriel Kopelman. El chico del que todas gustábamos. Pelo rubio lacio, corte taza y ojos verdes. Tuvo el título de más pasable del grado durante toda la primaria. Yo elegí Ieudit sin pensar en su significado. Definitivamente mujer judía no era algo que me representara a los cinco años.

Cada tarde, cuando volvía del Scholem, pasaba por lo de Vivi. Como el almacén cerraba entre las dos y las cinco teníamos un rato para jugar con la caja registradora y todas las instalaciones. Mi momento favorito era cuando me tocaba ser vendedora. Pasaba los paquetes de galletitas por el lector de código de barras, tocaba todos los números de la calculadora y le explicaba a Vivi que no le podía fiar, aun sin saber qué significaba fiar.
Los días que no jugábamos en el almacén nos tirábamos en el jardín de mi casa a charlar. Le interesaba todo de mí y a mí me encantaba contarle historias que exageraba siempre. Era como un diario íntimo viviente. No me cuestionaba y me creía todo.

Su vida era distinta a la mía. Se limitaba al colegio del barrio y al almacén. Y a China claro, ese lugar que ella extrañaba tanto y al que añoraba volver. China, pensaba yo, era casi otro planeta donde la gente tenía la cara distinta, el idioma era distinto y el olor distinto. Vivi olía a almacén. Más de una vez traté de explicárselo: como a una mezcla entre galletita dulce, alga y humedad.
Pasó el segundo grado y Vivi aprendió a hablar, así que mi amistad con ella se hizo aun más divertida y yo deje de ser la vocera oficial para pasar a ser su mejor amiga.

El verano se nos pasó entero entre su casa de atrás del almacén y la Pelopincho de mi patio.
Una vez más me fui a Necochea con mi familia y volví tan enamorada de mi hermanastro que era de lo único que podía hablarle. De eso y de la playa que ella no conocía.
Me contó que en China vivía muy lejos del mar y que en realidad no era nada común irse de vacaciones.  Yo trataba de imaginarme su vida allá, su familia y su casa que por supuesto, no era parte de un almacén.

El primer día de tercer grado Vivi me contó que le había venido. No supe qué decir. Había pasado por la experiencia de mi hermana y yo todavía no entendía si era una tragedia o algo feliz así que solo recé porque no me pasara nunca.
Fuera de eso, todo marchaba igual entre nosotras. Todas las mañanas caminábamos las dos cuadras hasta el colegio escoltadas por Yani, la chica peruana fanática de Boca, que me cuidaba, trabajaba y vivía en mi casa.

Llegaron las vacaciones de invierno y Vivi me contó que se iba con su mamá a China a visitar a la familia. Estábamos muy entusiasmadas porque Vivi les iba a contar a todos sus amigos de su nueva amiga argentina. Me prometió que iba a traerme regalos y yo le juré escribir todos los chismes que pasaran en su ausencia para contarle a la vuelta.
El día anterior a irse vino a merendar a mi casa y me trajo una foto de nosotras dos abrazadas en el patio del colegio. Atrás de la foto había escrito con sus lapiceras marca Signo

Best friends forever

Al día siguiente fui hasta el almacén de Roseti. Nos abrazamos y le di una carta para que leyera en el avión. Tuve una sensación extraña cuando subieron al auto pero no hice nada, agité mi mano con fuerza y le sonreí lo más grande que pude.

Cuando Vivi se fue a China yo me fui a pasar las dos semanas de vacaciones a la casa que mi abuela tenía en Villars, en el partido de Las Heras. Una casa de campo bastante descuidada a la que nunca se le dió mucha atención pero que servía para pasarse los días cocinando dulces caseros o andando en bicicleta.

El primer día de clases yo estaba más entusiasmada que siempre. Mi mamá al fin me había comprado el guardapolvo con forma de vestido y eso tapaba amablemente el jogging azul heredado de mi primo y el buzo Hering dos talles más grandes, también de algún familiar.
Dejé que Yani me peinara y salimos camino al almacén.
Llegamos a la esquina y creí ver a Vivi. Me extrañó que no llevara puesto el guardapolvo, pero me acerqué igual. Cuando se dio vuelta no pude reconocerla. Tenía la altura de Vivi, el pelo negro y lacio de Vivi y era china como ella pero no era Vivi. Me quedé helada y miré fijo a la nueva nena china desconocida. En ese silencio intenté encontrar la respuesta a una pregunta que no dije pero que no dejó de sonar en mi cabeza ¿Dónde está Vivi?
Del almacén salió una china parecida a la mamá de Vivi que por alguna razón supo mi nombre, Hola, ¿Nalín?, Dijo mientras se acercaba. Vi en Yani la misma expresión de sorpresa y decepción que tenía yo. La nueva mamá china nos contó que su hija todavía no hablaba castellano y que pronto empezaría el colegio. Nos dijo también que Vivi me mandaba un beso grande y que antes de venir para Argentina habían hablado mucho de mí. Como no me salía ninguna palabra, Yani dijo que estábamos apuradas por llegar al colegio y que nos veríamos pronto en el barrio.

Pasaron los años y el almacén mutó en otros negocios. Desde venta de productos de limpieza, pasando por deliverys de comida china y hasta venta de artículos de MercadoLibre. Los dueños fueron cambiando con los negocios. Vivi nunca volvió, pero todos los chinos que fueron migrando a Chacarita llegaban a su nuevo país sabiendo mi nombre.

 

Anuncios

“Pista de carreras” por Juan Games

Papá estaba acostado sobre su cama completamente destapado. Se quejaba de la humedad y de lo incómoda que le resultaba la manguera del respirador. Sus ojos, como siempre, fijos en la televisión. Le encantaba mirar las películas de Humphrey Bogart, al punto que podía recitar de memoria los diálogos de Casablanca y de El tesoro de Sierra Madre, de principio a fin. Yo le había comprado hacía tiempo un reproductor de DVD, pero él prefería los viejos VHS porque decía que el ruido de la cinta le ayudaba a dormir.  Se jactaba de que cuando era joven la gente le decía que él se parecía a Humphrey. En realidad, solía decir, Humphrey se parece a mi. Ese era su chiste preferido, pero a mi no me hacía gracia. Tal vez era porque lo había escuchado tantas veces que ya no tenía efecto, o simplemente porque me parecía triste la imagen de él en la cama, comparándose a Bogart, como si no notara su pelo blanco y la piel gris, transparente, que dejaba ver las venas violetas que recorrían su cuerpo, infladas, algunas veces esquivando y otras chocando contra las manchas que la metástasis había dibujado.

Hacía siete años que lo habían diagnosticado. Siete años de silencio, donde no se hablaba del tema, porque si alguien lo nombraba, papá cerraba los ojos y se hacía el dormido o subía el volumen de la televisión y Eva, su tercera mujer, se iba a la cocina a buscar alfajorcitos de maizena y café.

Joaco estaba a mi lado, sentado sobre la moquette. Jugaba con los autitos que yo le había regalado hacía una semana.  Cada vez que me tocaba viajar a Asunción o Lima le traía uno de regalo, por amor o culpa. A él le encantaba llevarlos a lo de papá. Los estacionaba debajo de la mesa de luz y uno por uno los hacía recorrer la pista de carreras: el borde de la cama de Papi. Así le decían los nietos, el Abuelo Papi. La cama, antigua y de madera de cerezo, tenía unos largueros que parecían estar hechos a medida para los autitos de mi hijo.

—Que pare, me va a rayar toda la madera —dijo papá.

—Dejalo jugar que está tranquilo…

—Eva ya me mostró cómo quedó todo marcado el borde, ahí en los pies. Que juegue en otro lado.

—Esas marcas no las hizo él, ya estaban.

Papá lo miró a su nieto y sacudiendo los pies le llamo la atención. Joaco, que estaba en medio de una carrera que parecía importantísima, se detuvo y volteó para mirarlo.

—Jugá en otro lado, Caco.

Joaco, sin entender muy bien, me miró buscando una explicación. Papá insistió:

—O si querés podes ir al otro cuarto a ver los dibujitos, ¿si? Pero acá no.

Estiré los brazos para alzarlo.

—Vení Joaco, vamos a jugar al living con mamá.

Aproveché que lo tenía a mi altura y le di un beso en el cuello. Él se retorció y rió. Siempre se quejaba de que mis bigotes le pinchaban y le hacían cosquillas. Cuando yo era chico papá me hacía lo mismo. Una vez, para vengarme, agarré un cepillo de dientes que pinchaba tanto como sus bigotes, y mientras el dormía la siesta, le hice cosquillas en los pies. Primero se rió dormido, hasta que se despertó y me dijo dejame dormir, carajo.

Pía estaba leyendo un libro sobre arte contemporáneo que recién se había comprado. Ella siempre aceptaba acompañarme en mis visitas a papá, pero no le gustaba entrar al cuarto a verlo, así que se quedaba en el living, haciendo guardia sentada en el sillón de cuero. Nunca supe cómo hacía para no quedarse dormida en ese sillón.

—Pi, ¿lo cuidas un ratito? Papá no está de muy buen humor…

Ella se dio vuelta, sonrió y cerró su libro. Joaco alzó las manos y dándole a sus autitos la capacidad de volar, se le acercó haciendo ruido de avión.

Cuando volví a entrar Papá ya estaba muerto. Apenas crucé la puerta lo supe.  No me hizo falta acercarme a chequear su pulso ni apoyar la oreja contra el pecho. Su cara era muy parecida a cuando se quedaba dormido mirando la tele, con la mandíbula colgando, la lengua blanca y reseca, los ojos cerrados a medias. Parecida, y a la vez muy distinta. Como cuando alguien cambia de lugar algunos libros en una biblioteca. Todo parece igual, pero hay algo que no encaja.

En siete años hay tiempo suficiente como para prepararse e imaginar la escena miles de veces. En algunas lloraba a su lado en silencio, en otras, cliché hollywoodense, le sostenía la mano mientras él no llegaba a completar su última frase. En algunas le pedía perdón, en otras lo perdonaba.  Varias veces imaginé que le decía te quiero, otras te amo y una vez  le dije cagón justo antes de que cerrara los ojos.

Pero una es la mente que imagina, y otra la que vive, que se enfrenta al presente, que improvisa de forma automática y observa, escucha, siente, junta datos y se esfuerza para ver si todo eso tiene algo de sentido. Como cuando un perro mira al interior de un supermercado donde se metió su dueño y sin entender nada de lo que ve, se pregunta: ¿Cuando va a volver?

Me acerqué al pie de la cama y toque el raspón sobre la madera que le habían adjudicado a Joaco. Lo miré a Papá.  Me pregunté cuánto de él había en mí, Cuántos de mis movimientos, reacciones, malhumores eran suyos.  Y entre todo eso, seguro que también estaba el cáncer.

Atrás de una de las patas de la mesa de luz había quedado escondido uno de los autitos.  Lo agarré y lo sostuve sobre la palma de mi mano. Era amarillo y le faltaba uno de los espejos laterales. Apoyé el auto sobre la mano huesuda de papá y lo hice andar,  primero por sus dedos, y después fui subiendo, pasando por los nudillos que hicieron temblar el auto, y seguí hacia arriba, por la muñeca, como en aquel juego que él me había enseñado donde yo cerraba los ojos y él me rozaba la piel, de forma casi imperceptible, avanzando lento por la parte interna del brazo, desde mi muñeca hasta la altura del codo.

Subí un poco más y llegué hasta su hombro, tomé envión y agarré la curva que marcaba su cuello, y casi me entierro en la flacidez de sus cachetes, que los tomé de costado, con tratando de no volcar. Tuve que poner el auto en dos ruedas para traspasar la sonda del respirador y me detuve sobre su frente arrugada. Las cejas blancas de papá estaban despeinadas y las acomodé con cuidado.

Me pregunté si al momento de echarlo a Joaco del cuarto papá ya sabía lo que iba a pasar. Siempre me llamaron la atención las historias de la gente que minutos antes de morirse actúan como si ya lo supieran todo.

Volví a mover el auto, y las ruedas giraron lentamente por la rampa recta que formaba su nariz.  Pasé por sus labios, oscurecidos por tantos años de cigarrillo. Rocé con el chasis la barba, y pensé que de haber tenido un paragolpes con más filo, aprovechaba el viaje para afeitarlo, con cuidado, con mucha espuma, como a él le gustaba hacerlo cuando todavía se mantenía de pie. En el último tiempo esa tarea le había  correspondido a Eva, pero ella no tenía la paciencia como para hacerlo todos los días.

Llegué a su pecho y obedecí el camino que marcaban sus cicatrices debajo de la camisa. Avancé sobre lo poco que quedaba de músculo, zigzagueé entre los botones blancos del pijama. Su ombligo puso a prueba las suspensiones de mis ruedas. A Joaco le compro Hot Wheels, son buenos autos. Pasé liviano sobre el bulto que se formaba en su entrepierna.  Solo una vez me acuerdo de haberlo visto desnudo, cuando yo era muy chico. Fue en el baño, mientras él hacía pis. Yo lo miraba en silencio, sorprendido por la potencia del chorro que golpeaba y hacía burbujear el agua del inodoro. Se veía grande, rosa, blando. Creo que él se intimidó y me dijo que mirara para otro lado, o que saliera del baño.

Desaceleré un poco a la altura de la rodilla, porque él decía que Dios se las había dado frágiles, que por eso siempre se andaba cayendo. Sus canillas parecían ser la única parte de su cuerpo que habían permanecido jóvenes, sedosas como la madera de la cama, y tuve cuidado de no rayarlas. Llegué a los pies. Subí desde la base del talón pasando por la curva que formaba su arco, recorrí centímetro a centímetro, y pasé por cada dedo, hasta que llegué a tocar la uña de su dedo gordo. Levanté la mirada y le vi la cara. Papá ya no tenía cosquillas.

“La final” por Nicolás Villarino

Estaba en el baño, con los pantalones bajos, viendo una vez más las fotos de la página que habían armado los organizadores, y no hubiera podido saber cuánto tiempo llevaba así cuando escuché a mi compañero llamarme, preguntarme si estaba ahí, adentro del único cubículo que hay en el quinto piso. Le di a entender que ya salía, y él me dijo que Guadalupe estaba en línea esperando que la atendiera. Escuché que se rió al alejarse, pero no me importó, me subí los pantalones y salí. Cuando llegué a mi escritorio, levanté el tubo sereno aunque –reconozco– esperando que hubiera cortado. No porque me molestara que mi novia me llamara al trabajo, sino porque era el tercer llamado en el día. Cuando escuché su voz, me arrepentí de lo que había pensado y me puse en sintonía con su calidez y su estar siempre. Guadalupe quería que no me olvidara de pasar por el chino y comprarle cien gramos de queso de máquina para la dieta que había empezado. Riéndome con ternura, le dije que sí-mi-amor, que lo tenía en cuenta. Después me dijo otra cosa que no escuché bien y asentí, pero eso no le llegó, porque sólo hice el movimiento con la cabeza. Ni bien corté, me metí en Facebook y empecé a contestar los comentarios de aliento a la foto que subimos con los chicos. Faltaba un día, no podía esperar más. Ya a las diez de la noche estaba metido en la cama, con el bolso al lado. Me dormí con una mano apoyada sobre él.

El partido estaba programado para las tres de la tarde, así que quedamos en encontrarnos en el Obelisco bien temprano, a las ocho de la mañana, para salir desde ahí en una combi contratada. Era la final del campeonato, y la organización había fijado como sede a una cancha de La Plata. La idea era llegar tranquilos, hacer algunos trotes, comer pastas y después concentrar. Fue un campeonato espectacular. Sentíamos algo de nostalgia por lo que estaba a punto de terminar. Lo que había nacido como una joda a través de Facebook se convirtió en un ejercicio ritual, en un encuentro todos los sábados para jugar a la pelota, casi con la fijación y el sentido desinteresado y lúdico que teníamos hacía diez años, cuando éramos compañeros de colegio. Ahora ninguno estaba muy en forma, pero nos habíamos ido motivando con cada victoria. Cada partido ganado nos permitía tomar aire y volver a tomar carrera con unas ganas que creíamos perdidas. Siempre habíamos jugado al fútbol, incluso muchos de nosotros llegamos a jugar en clubes conocidos, hasta que llegó el momento de elegir y todos terminamos eligiendo el camino más seguro, y también el que era más acode a nuestras expectativas. Lo que no sospechábamos al principio fue que, con los treinta a la vuelta de la esquina, encontraríamos tan rápido un funcionamiento tan efectivo. Ganábamos, a veces jugando bien, otras sufriendo. Perdimos algunas veces sin mucho que hacer, pero nunca por goleada. Cuando estábamos en la mitad del año y del campeonato, como veníamos bien, nos ilusionamos y nos propusimos jugar la final, casi como una apuesta de las que no son por plata, sino por un honor que para nosotros tenía mucho sentido. Apoyamos esta ilusión empezando a entrenar todos los martes, siempre y cuando hubiera asado después del entrenamiento.

A medida que el campeonato se iba desarrollando, fue creciendo también un espacio y un sentimiento que habitaba principalmente en las redes sociales y que se propagaba a todos nuestros círculos. En el trabajo, varios sectores de la empresa me presentaban equipos para desafiarme: yo les respondía que en cancha de cinco ya no jugaba, que eso era para oficinistas con panza que se acalambraban al primer pique. Mi viejo me decía que me dejara de pelotudear y terminara de una vez la carrera de abogado, pero yo sé que le gustaba verme así de contento; mi exnovia le puso Me gusta a un montón de fotos de vestuario exultante y hasta me felicitó por WhatsApp. Pero de todos, sin ninguna duda, el acontecimiento más importante fue revivir los encuentros del curso entero, el curso del colegio de donde provenía el equipo. Las chicas –y los chicos que no jugaban a la pelota o eran muy malos– empezaron a proponer reuniones, salidas y comidas en las casas. Hasta insistieron, finalmente con éxito, en ver todos los partidos del mundial juntos. Pudimos sentir que teníamos dieciocho años, que contábamos nuevamente, todos juntos, con una fuerza del sinsentido, una ignorancia tranquilizadora ante las ocupaciones, unas ganas genuinas de hacer lo que se nos cantaran las bolas. Todo era una ilusión encendida, estábamos cómodos y felices entre recuerdos resignificados. La recreación de cada anécdota era un pequeño movimiento que garantizaba el pasaje hacia el recuerdo auténtico. Era como activar un código que cuidábamos entre todos, y conformaba, a su vez, una nueva vivencia.

En todo ese nuevo mundo fue que me enamoré –otra vez– de Teresita. Yo sospechaba que podía pasar, pero también creía que no era capaz de volver a sentir eso. De a poco fui aceptando la intuición que nació la segunda vez que nos vimos por primera vez. Habíamos empezado a salir en segundo o tercer año. Extrañados e inexpertos, nos nombramos novios ante los demás, pero a los pocos días cada uno se dedicó a probar por completo lo que iba descubriendo y nos olvidamos o nos avergonzamos de las cosas que habíamos sentido las veces que estábamos juntos.

Dentro de la comunión que generábamos en los encuentros compartíamos todo. Ya sabíamos cómo era la vida de cada uno, y por eso sabía que Teresita estaba en pareja y que además, su novia –nadie dijo nada, pero sé que todos nos sorprendimos mucho cuando lo dijo– había sido compañera de hockey de Guadalupe, durante la secundaria, ese mundo en potencia que pareciera contener todos los futuros posibles. Después escuché algo como que Tere estaba probando, pero no quise saber más nada. Por supuesto que no le conté a Guadalupe, que ya bastante protestaba por las veces que no aparecía a una hora prudente por casa y la dejaba mirando sola la serie que tanto nos había costado elegir. Esas noches, trataba de reparar la falta llevando helado y escuchándola atento un buen rato, después de los reproches, para que me contara las novedades de los personajes y así no tener que ver el capítulo. Cuando nos poníamos a dormir, trataba de abrazarla toda la noche. Lo que Guadalupe no lograba entender era que el campeonato era ahora, ¿quién podía saber lo que iba a pasar cuando terminara?

Teresita tenía la misma risa retenida, para adentro, que tanto me seducía e intrigaba antes, cuando la peleaba para que se animara a mostrármela sin pudor. Ahora la podía aceptar y mirar como un regalo. Había aprendido a querer ese gesto como una parte de la composición entera que se me iba metiendo cada vez más adentro de los sentidos. Nos fuimos acercando y mostrándonos más enteros, fuimos formando nuestro mundo dentro de ese gran mundo de los encuentros: compartiendo las sensaciones, cruzando cada vez más palabras y entendiéndolas y callándonos cuando ya no hacía falta más hablar. Todo dentro de las reglas y el devenir de cada encuentro. No hablábamos a solas porque nos divertía –y creo que nos era inevitable– jugar este doble rol lentamente, ante la indiferencia de todos los demás.

En la semana previa a la semifinal, cuando estábamos levantando la mesa, ella me dijo que tenía que ir para el lado de Belgrano, a la casa de una amiga. Como era cerca de mi casa le ofrecí llevarla, y después de decirme que no me molestara, que el 152 venía rápido y otras excusas, le hizo caso a su primera intención y aceptó que la alcanzara.

Ya en el auto puse el disco de temas lentos de los ochenta que nunca falla, aunque también me pregunté qué era fallar y qué acertar esta vez. Decidí que era mejor no pensar, era mejor dejar que las cosas pasaran. El viaje duró menos de veinte minutos, pero después nos quedamos en el auto dos horas. La mitad de ese tiempo abrazados, con miedo, como intentando alcanzar con los brazos algo que estaba lejos o demasiado cerca, y la otra mitad besándonos, con más miedo. Temblábamos porque sabíamos que lo que estábamos haciendo estaba mal, o quizás porque las reacciones sensibles a lo que nos estaba pasando habían rebasado nuestra capacidad de dirección eficiente y precisa del cuerpo. Temblábamos también, porque cada uno desde su asiento se arrojaba al vaivén de quedar colgado de la boca del otro, que era como la punta nerviosa de un centro que arde, y servía de apoyo y de impulso. Esto ya no era un registro del antes, habíamos llegado al cuerpo verdadero. Cuando ya transpirábamos demasiado nos sacamos la ropa e hicimos el amor como habíamos hecho una sola vez hace tiempo, pero decir esto es mentir, o por lo menos confundir, porque lo que hicimos no lo habíamos hecho nunca, ni juntos ni separados. El orgasmo compartido vino a cortar la marcha enloquecida de ese momento que fue hecho de segundos enormes, pegados con una materia sólida, pero de otro tiempo.

Nos quedamos escuchando algunas canciones más hasta que nos pareció una idea un poco ridícula y nos reímos mucho de eso. Pensamos en fumar, pero no hacía falta, todo el tiempo estaba siendo el mejor estado posible. Teresita tuvo que atender el quinto llamado de su amiga, que debía estar bastante preocupada o impaciente. Riéndonos también de los gritos de su amiga nos despedimos con un beso más antes de que ella saliera de nuestra guarida de vidrios polarizados y calor y empezara a correr, creo yo de la excitación más que del apuro. Puse en marcha el auto como si fuera la primera vez en mi vida, como si mi viejo me hubiera enseñado recién y me hubiera largado en una calle de tierra en la costa bonaerense. Llegué a mi casa y Guadalupe estaba gritando como loca, llorando como loca, decía que se sentía mal, que dónde estaba, que me había llamado mil veces, que me había dejado mensajes. Le dije que el encuentro se había extendido porque era el cumple de Cata, la pelirroja, mi mejor amiga de la infancia, que me disculpara. Me sentí mal, no quería mirarla, le volví a pedir que me perdonara, pero no me contestó y se fue  a la habitación. La seguí, pero ya no le dije más nada.

Cuando se calmó un poco se acercó a mi lado. La abracé fuerte y cerré los ojos. Esa noche no dormimos ninguno de los dos. Al día siguiente falté al trabajo, y mientras me lavaba los dientes, me dije que tenía que olvidar todo y renunciar a esta locura que había nacido, que tenía que respetar lo que veníamos construyendo hacía más tiempo con Guadalupe. Pero esto duro cinco minutos, y enseguida pensé que no me importaba lo que había formado, que ahora estaba buscando algo fuerte, algo en que transformar  mi vida. Entonces me sentí fuerte y salí a correr a la plaza con una convicción inédita desde que vivía en esa casa.

La final fue durísima. No hubiéramos podido hacerle frente sin el entrenamiento de una temporada entera, aun así, la verdad es que tuvimos suerte. La suerte del campeón. Metimos dos goles en el primer tiempo y nos colgamos del travesaño. Ellos descontaron y metieron presión, pero los contuvimos bien. Es verdad que desde afuera se sufre más, sufrí bastante, pero a la vez estaba tranquilo porque Mati jugó bien lo que le tocó. No voy a olvidarme más su cara de alegría cuando le dije en el vestuario que salía a jugar por mí. Tampoco me voy a olvidar de lo difícil que fue decirles a los demás que me había tirado un poco el gemelo y que no iba a jugar el segundo tiempo. Para mis adentros sabía que la molestia física se podía sobrellevar con esfuerzo, pero también sentía que había cumplido con mi parte, que mi campeonato había terminado. Creo que nunca me entendieron, pero me respetaron. Algún boludo dijo que me había cagado, pero preferí no darle bola.

Cuando salimos con Guadalupe de la cancha, fuimos a saludar a los chicos y yo me prendí un poco en las canciones y los saltitos. Yo también me sentía campeón. Estaban mis compañeros y compañeras, y estaba ella. No sé si me habrá mirado, porque las dos veces que me animé a mirarla no lo hizo. Guada se limitó a saludar a la pelirroja por su cumpleaños y, antes de que se diera cuenta de que en realidad no había cumplido años, la agarré de la mano y con un saludo general nos alejamos de ahí. Seguro ellos iban a ir a la casa de alguno a festejar, no niego que en un momento me dieron ganas de ir… ¿pero cuántos encuentros más podía haber?

La vuelta a casa fue tranquila, ni siquiera escuchamos música. Guada me dijo que podíamos ver la tercera temporada completa en lo que quedaba del domingo. Me preguntó si quería que hiciera pochoclos, y le respondí que sí, mientras miraba el celular. También me dijo que como era el cierre de una etapa iba a hacer comida mexicana. Le dije que me parecía muy bien.

Cuando llegamos a casa, como ella iba a preparar todo, le pregunté si no le molestaba que saliera a correr unos minutos, porque todavía tenía puesta la ropa de fútbol. Nos despedimos con un beso largo y casi apasionado. Salí corriendo y no paré. El tirón ni me dolía. La selfie había sido subida hacía cuarenta minutos, y por lo que se veía, estaba seguro de que esa era la casa de Tomás, aunque no hubiera ido en diez años. Eran veinte cuadras, así que tenía que llegar enseguida. El portero me abrió porque me reconoció –me dijo algo sobre lo que había crecido, que no escuché bien– y subí al cuarto piso directamente. Toqué timbre y Tomás me abrió desencajado, y enseguida gritó para que los demás miren quién había llegado, pero nadie escuchó o todos estaban en otra cosa, porque nadie miró. Ella estaba en el respaldo del sillón, parecía mirar el piso, sola en su planeta que no estaba ahí. Como un autómata, me acerqué hasta quedar frente a frente y en ese momento se dio cuenta, pero no alcanzó a reaccionar, porque le di un beso con un impulso que nos hizo caer al fondo del sillón, que parecía estar esperándonos. Cuando algunos se dieron cuenta, empezaron a aplaudir y hacer cantitos con nuestros nombres, pero supongo que después se aburrieron, porque no los escuchamos más. Nos quedamos tirados en el sillón toda la noche y llegamos al amanecer rodeados de jóvenes inconscientes alrededor. Cuando nos levantamos, salimos sin decirle a  nadie y en la puerta de calle el portero –que ya era otro– nos abrió sin problemas. Abrazados, por las veredas de una ciudad todavía dormida, empezamos lentamente a caminar.

 

“En familia” por Marcelo Alumbetti

Ayer le hice una paja a mi papá, hoy tengo libre y mañana me toca con mamá. Vicky se la tiene que bancar, porque sé que no le gusta que Nico se la garche, y a la tía Cintia, bueno, le gusta chuparle la pija a cualquiera. En casa nos vamos turnando, a veces rotamos y las parejas se van modificando. Los sábados, en cambio, son diferentes. Nos juntamos toda la familia, mi papá, mi mamá, mi tía Cintia, Vicky, Nico y yo, y cogemos todos juntos. La única que se queja es Vicky, la menor, que con once siempre tiene algo en contra.

Las sesiones comienzan casi siempre de la misma manera, mamá y papá empiezan a darse masajes y todos alrededor miramos en silencio. Después se suma la tía Cintia,  hermana de papá que, completamente desnuda, se acuesta boca arriba en el piso. Nico y yo empezamos a acariciarla, nos vamos acercando lentamente desde cada extremo de su cuerpo, él desde sus pies y yo besando sus enormes ojos verdes. Justo antes de encontrarme cara a cara con mi hermano mi tía se incorpora y se acerca a mi padre.

Mi madre empieza a moverse al sonido de una música invisible y mientras baila fuera de sí se desviste completamente. La música desaparece y ella detiene sus movimientos. En ese momento se coloca entre sus hijos varones y nos regala todo su sexo para que lo podamos degustar desenfrenadamente. Obviamente, a cada uno le toca lo suyo. Estamos como locos y tomamos los fluidos hasta que las lenguas se entumecen por esta infatigable tarea. Pronto nuestras bocas ya están completamente embebidas de tanto néctar

Vicky, a unos metros, con desgano comienza a acariciar su pequeña vagina, simula masturbarse pero es evidente que lo hace por obligación, su cara y los movimientos que hace, rústicos y mecánicos, la delatan. Cuando se aburre de acariciar a la tía Cintia mi padre deja sus labores y va hacia donde está mi hermana. Sin ningún preámbulo la toma suavemente de la nuca y arrastrando la cabeza de la niña hacia su zona genital, la obliga a practicarle sexo oral. Ella no dice nada pero es obvio que le gusta.

A mi derecha puedo observar como mi padre empieza a bombear de forma creciente dentro mi hermana, que agarrada de la baranda, apenas logra mantenerse en pie. Se puede escuchar un concierto de jadeos, los gritos de ella se confunden con los gemidos de él. Mi padre parece poseído y es tal la fuerza que ejerce que me sorprende  cómo es que mi querida hermana no se rompe. La verdad estoy un poco celoso pero también orgulloso de ella.

En un momento dado, y después de haber tenido diferentes variantes de sexo con cada uno de nosotros, mi padre toma a mi hermana de la cintura y la recuesta boca arriba sobre una vieja mesa circular. Como Vicky es súper caprichosa y no para de moverse, mi madre y tía la agarran fuertemente de los brazos, Nico y yo de sus piernas. Mientas los cuatro la inmovilizamos completamente, mi padre se sube a la mesa y se pone en cuclillas colocando sus enormes nalgas a solo diez centímetros de la cara de mi hermana. Finalmente aquello empieza a suceder, mi padre empieza a defecar sobre ella. De su ano se se vislumbra lo que pareciera ser el comienzo de un enorme bolo fecal. Pesada y de un color oscuro la materia empieza a caer sobre la boca de mi hermana y ella, con lágrimas en los ojos, mastica y deglute. En su cara no parece haber muestras de asco alguno sin embargo en un momento dado su cuerpo comienza a convulsionar, su cara se vuelve extremadamente pálida y cae por fin en un desmayo profundo.

En mi casa los sábados somos una familia feliz, salvo mi hermana Vicky, la menor, que con once siempre tiene algo en contra.

“In crescendo” por Joaquín Laurens

Nos habíamos escabullido abajo del escenario. El teatro era un buen territorio para explorar, para jugar: tenía muchos pasadizos, túneles, escondites, desniveles, lugares prohibidos. Sobre nuestras cabezas una orquesta filarmónica interpretaba una música de nombre imposible de pronunciar. No debíamos estar ahí y eso nos inyectaba adrenalina. Nos hacía sentir. Como a la gente del público, que se dejaba conmover por la música. Su abuelo, Don Justo, era el eterno encargado del teatro. Su casa quedaba al fondo y tenía una conexión directa con la zona de camarines. Por eso ir a lo de Lucía, o mejor dicho, a lo del abuelo de Lucía, era una aventura singular, atractiva. Ella también lo era, en su risa cuando yo hacía el mono, en sus falsos miedos, tan falsos como mi seguridad al abrazarla y tranquilizarla, en esa parte central del túnel usurpada por la oscuridad. Don Justo no sabía de nuestras expediciones, o sí, pero seguro que no sabía tanto. Nos movíamos sigilosamente bajo el escenario, adivinando las figuras de los músicos por entre las tablas que eran su piso y, a la vez, nuestro techo. En un momento divisé una hendija más grande, desde donde se podía espiar un poco más la escena. En una jugada un tanto más osada que yo, la invité a espiar conmigo. Por una cuestión geométrica de proyecciones angulares, distancias y espacios, el lugar de visión óptima estaba limitado a centímetros, en los que se tenían que aproximar, inevitablemente, nuestras cabezas. Desde allí la vimos, concentrada, compenetrada, comprometida. Era casi tan linda como Lucía. La imagen recortaba el vaivén del arco con el que tocaba el violín. La mayor parte del tiempo lo hacía con los ojos cerrados, solemne. Pero cuando los abría se le veía claro y profundo el mar del alma, se veían las olas serpentear al ritmo de la música por las curvas de sus iris, in crescendo, a la par de mis latidos delatores de la jarra loca de emociones que era mi cuerpito en ese momento. Temblaba pegado al de Lucía, que observaba extasiada, infinita. Pensé que se podría estar mirando a ella misma, en otro tiempo, en el mismo lugar. La mezcla del olor a tierra húmeda y madera, esa fragancia a antaño que se asienta en el sótano de las gustativas aromáticas, pasó a ser mi smelltrack sentimental por años. Entonces sucedió: de los ojos de mar de la violinista, en un punto álgido del clímax de la canción, brotó una lágrima que empezó a deslizarse por su piel de seda. Haciéndolo bien, como lo hace el agua, por donde es más fácil. Al llegar a un extremo del pómulo, la gravedad la llevó a su aposento, y cayó, dirigiéndose francotiradoramente hacia la hendija por la cual observábamos el mundo. Finalmente, flameando a través de ella, se depositó en la frente de Lucía, que contuvo la respiración, y el tiempo, esperando que yo hiciera algo. La miré. Me miró. Nos miramos. Nuestro mundo sucedía abajo del escenario. A veces los mundos se conectan a través de una hendija, vía lagrima, al son de la música. Le agarré una mano. Se dejó, y hasta me apretó un poco, ayudándome con la escasez de coraje. Como si una confederación de dioses, de varias jurisdicciones distintas, hubiese montando la escena. La escena. En ese instante: silencio. Nada. No se les podía escapar a los dioses ese detalle. Justo antes de que mi cerebro colapsara en pánico escénico, bajo el escenario, ordené a mis piernas salir corriendo de allí, a toda velocidad. Se escucharon los aplausos. Mi cuerpo, totalmente parasimpático, reaccionó como lo tendría que haber hecho yo. Avanzó y besó a Lucía, tímidamente, como si fuera el primer beso, que lo era. El sonido de los aplausos, al ritmo de la densidad del beso, crecía cada vez más. Se escuchaba el barullo que hacía el público al pararse de sus butacas, ardiendo sus palmas en estruendos, agradeciendo el espectáculo sobre el escenario, ese despliegue épico y virtuoso de la música amansa-fieras, y bajo el escenario, de dos niños en expedición, explorando la vida a través de una hendija, y aprendiendo de qué se trata.

“Magia” por Natalia Canteros

Cuando te pida un beso y corras a dármelo
hasta saciar el desierto de mis labios
Cuando sufras mi dolor al parir
y tus lágrimas oxigenen mi cuerpo
desearé entonces que espíes mis sueños
y ahuyentes mis miedos.

Cuando explores mi inquietud
hasta descubrir mi dolor
y hacer de tus brazos mi terapia
anhelaré que nuestros pies sean danza eterna
y que tus dedos bailen juntos a los míos

Y el día en que tu mente lea mi apetencia
encenderás el fuego que alimenta mi calma
y aprenderemos a masticar lento
mirándonos firme a los ojos.

Y si en algún momento tu voz me nombra
te mostraré lo que hay después del cielo
y te pediré que confíes en mi historia
para revelarte mis secretos.

Así,
como lluvia bendita que riega mi jardín,
una mañana despertarás
y querrás luchar por mis pasiones.
Y desde ese día,
desde ese mismo día,
prometo llamarte Magia

“El Roma” por Derek Dawidson

Gloria movía sus caderas al ritmo de la música que tocaba la banda. Las movía de un lado al otro, como si tuviese grilletes en los pies y quisiera zafarse. Era siempre el mismo paso y la misma canción en Roma. No Roma, Italia, Roma, el bar del Ruso Batog, donde sonaba jazz todas las noches. Aún no entendía qué tenía que ver Roma con el jazz, pero no se preguntaba mucho, porque Batog no tenía puta idea de jazz, como tampoco hablaba una palabra de italiano. Como tampoco hablaba ruso, porque en realidad era letón.

La canción que cerraba el show era una versión en español de Nature Boy, que Gloria interpretaba indolente, fingiendo elegancia. El Roma no era a lo que aspiraba, pero volver no era una opción. Tenía que aguantar un poco más, para que pronto el bar fuera suyo. El precio no era barato: mañanas de ronquidos, almuerzos asquerosos y noches de no pensar en el cuerpo gordo, peludo y sudoroso sobre ella.

Gloria no tenía nada, sólo el Roma, y no era suyo. El Ruso la había conocido en un prostíbulo de General Pico hacía tres años. La había escuchado cantar Diamonds Are a Girl’s Best Friend -en el mejor inglés que su fonética y su desconocimiento permitían- y le atrajeron los vestigios de algo que supo ser belleza. Le dijo que tenía un bar en Buenos Aires, que quería refinarlo, hacerlo de jazz. Quería que ella fuera la cara del bar. A cambio, deberían casarse: servicios de exclusividad. El Ruso tenía 62 años y ya se había cansado de pagar, además de que pronto se retiraría y alguien tendría que hacerse cargo del lugar. Ella no lo pensó demasiado, estar al precipicio de los cuarenta la impulsaba a tomar cualquier oportunidad a riesgo de que fuera la última.

Cuando llegó al Roma, supo que ahí concretaría su sueño. Apenas pudiera, se iba a ocupar de transformarlo en lo que siempre quiso: un teatro de comedia musical. De día sería una escuela y a la noche se presentarían shows. Se llamaría La Vie Bòheme, como esa frase que decían en Moulin Rouge!. El Ruso le había dicho que podía hacer lo que quisiese una vez que él se fuera pero, mientras tanto, debía respetarlo.

Una noche, el Ruso se había ausentado por su lumbalgia. Esto se estaba volviendo cada vez más frecuente, ya que sus dolores empeoraban y se le dificultaba moverse. Esa fue la noche en que conoció a Guillaume, un músico francés de paso por Buenos Aires. Tenía barba poblada, un aro en el lóbulo derecho y pelo largo en una sola trenza. Era amigo de uno de los integrantes de la banda, que lo había invitado a tocar esa noche. El flechazo fue inmediato. Llamó la atención de Gloria con un solo de trompeta impetuoso, casi rebelde. Ella rompió su habitual estilo y se mostró cantando apasionada, mostrando el rango vocal que había desarrollado durante años de práctica autoimpuesta. Empezaron a jugar en el escenario, seduciéndose musicalmente, tratando de impresionar al otro en una especie de competencia infantil. Intercambiaban miradas y sonrisas pícaras. A Gloria le encantaba su bohemia. Guillaume tenía la aventura y la libertad que ella deseaba. Ella, la actitud y la voz para conquistarlo.

Luego de hacer la versión en español de Nature Boy por enésima vez, ella fue a la barra a asegurarse de que todo estuviera en orden y lo vio sentado, tomando whisky. Se ubicó junto a él y empezaron una charla sin sentido, trivial. Parte del juego previo de lo que ambos sabían que ocurriría esa noche. Guillaume tenía un aire misterioso y melancólico que la excitaba. Entraron en ese juego del gato y el ratón, en el que ambos intercambiaban roles con el pasar del tiempo, pero no importaba quién fuera el cazador y quién la presa. Ambos deseaban cazar y ser cazados con igual intensidad. El mundo dejó de esquivarlos y se hizo su escenario. Sobre él, ellos llevaban el ritmo: lento como las caderas de Gloria, irreverente como la trompeta de Guillaume. Él no le prometió un bar de mala muerte en Flores. Le prometió el mundo entero y ella lo quería. Quería ver la Torre Eiffel de noche, tomar vino como agua y dejar manchado de rouge un cigarrillo larguísimo.

Esa madrugada, Gloria lo llevó a su departamento, un monoambiente en un edificio infinito de Once, su único espacio de soledad, que le alquilaba al Ruso. Con el noticiero de fondo, tomaron vino barato y fumaron Red Point. Cuando la última empanada recalentada había desaparecido, Guillaume, entre risas etílicas, sacó su trompeta y se puso a tocar. Gloria intentó callarlo, pero terminó sucumbiendo ante la música y se le unió cantando.

El vecino de arriba golpeó el suelo para hacerlos callar, pero ellos no lo escucharon. De todas formas, con el tiempo lo hicieron porque sus bocas estaban ocupadas besándose. Si hubiesen podido seguir ese juego sonoro mientras compartían labios y suspiros, no lo habrían dudado. Pero sólo se puede hacer el amor de una manera a la vez. Gloria no recordaba la última vez que había besado a alguien por placer. Fue como un nuevo primer beso: el goce y la adrenalina que la hicieron sentir adolescente. La barba de Guillaume contra su rostro, sus labios finos y sus ojos verdes tan cercanos la volvían loca. Era Satine besando a Christian a escondidas del Duque en los pasillos del Moulin Rouge. El sexo no se demoró demasiado y fue más ruidoso que la música.

Al amanecer, Gloria vio a Guillaume ya vestido, digitando en su trompeta. Le preguntó cómo estaba, pero no recibió respuesta. Él se puso la trompeta en el regazo y dijo me tengo que ig. Gloria de repente entendió por qué le resultaba melancólico su acento, un recuerdo se destrabó en su cabeza. Pierre, aquel viejo de su pueblo que la visitaba todos los jueves a la tarde cuando salía de trabajar de la estación de servicio. Era su único cliente que la hacía sentir cómoda. Esperaba con ansias los jueves a la tarde. Pero a la vez, la generosidad de Pierre la hacía sentir un animal de zoológico, al que le dan de comer por pena o diversión. Al menos eso pensaba al mirar a través de las rejas de su ventana, esperando ver al anciano llegar en su bicicleta.

Se puso una calza y una remera vieja y le abrió la puerta del departamento. El viaje en ascensor fue en total silencio. En la puerta del edificio, Gloria se despidió del amor sin un beso, mientras pensaba en los ronquidos, los almuerzos asquerosos y el cuerpo gordo, peludo y sudoroso.

Ese mismo paso y esa misma canción. Pero ahora, la elegancia fingida no era indolencia, era desencanto. Hacía fuerza para superar el nudo que ataba la voz en su garganta. El Ruso le dijo que esa noche quería que fueran a su casa, que tenía una sorpresa para ella. Gloria se ilusionó, Batog ya estaba pronto a jubilarse, su lumbalgia era cada vez más fuerte y él faltaba cada vez más al bar. Ya se imaginaba dando clases en su academia. Cuando llegaron a la casa del Ruso, los recibió un hombre alto, rubio de ojos claros, de la edad de Gloria. Batog le presentó a su hijo, Stefan, y su nieto de 5 años, Andrei, recién llegados de Letonia. La sorpresa de la existencia de un hijo le apretó aun más el nudo en la garganta. Cada vez que tragaba saliva, sentía que pasaban piedras por su tráquea. El Ruso había cambiado de parecer, ahora Stefan podría hacerse cargo del local para que Gloria cuidase de él y atendiera sus dolores. En ese momento, mientras sonreía falsamente y las lágrimas le corrían por las mejillas, mientras mentía diciendo que se había emocionado, se dio cuenta de que nunca había dejado el cautiverio. Sólo había cambiado de jaula.

“Flores Blancas”, por Marina Condó

 

Un toro corre fuerte por su vida y cae. Se vuelve a levantar. Su oreja izquierda sangra. Un hombre con ropa bordada y llena de oro se pasea orgulloso y se prepara para atacar. El toro se llama Augusto, tiene ojos color fuego y según su dueño, un porte digno de emperador. Augusto sabe lo que va a pasar y se resiste. Está enojado. Sus ojos encendidos como dos hogueras miran al torero sin piedad.

El torero se llama José Manuel Joselito Cuellar. Esta es su corrida número cincuenta y dos. Le gusta el olor a tierra mezclada con sangre. Ver al animal luchar hasta que no puede más. Le gusta que las gradas estén llenas y que en el medio de esa gente esté Ángela Lucía. Piensa en los ojos de Ángela Lucía, en su boca, en sus piernas enroscándolo. El bramido del toro lo devuelve a la corrida.

El hombre con capa color carmín se prepara para atacar. Mirándolo fijo, la bestia  corre hacia él. Unos cuernos levantan por el aire al torero que piensa en Ángela Lucía. José Manuel cae como si estuviera hecho de cristal y todo su cuerpo se rompe en mil pedazos. Después no siente nada. No escucha nada. Un toro brama al lado de un cuerpo ensangrentado y muerto. Las gradas están en silencio por unos segundos, luego aplauden.  Augusto los escucha y baja la cabeza. Una cortina de flores blancas cae al piso.

¡Matenlo!, grita Ángela Lucía tirando su copa en la arena. El toro la mira. Ángela Lucía tiene el pelo negro como las nubes que tapan la luna. Y los labios rojos como la sangre que pierde el toro por la oreja. El vestido ajusta su cintura y el escote deja ver más que suficiente. El animal la examina, la observa, la estudia. Sus ojos se incendian y de su nariz sale un humo casi transparente. Un nuevo torero de traje blanco y capa roja entra. Augusto mueve la pata derecha como diciendo adelante.

Francisco Antonio La Rata Girón estaba en su corrida número veintitrés. Él y su apodo venían de Badajoz. Ganar en Madrid podía sacarlo de donde estaba. Y Estela podría venir a vivir con él. Tal vez intentarlo de nuevo. Mostrarle que las corridas no son malas cuando se gana buen dinero.

La Rata Girón se pone en pose y sonríe a la viuda. Las gradas aplauden. Todos esperan ver al animal muerto. El torero levanta el brazo y dispara su lanza. La oreja izquierda del toro se termina de desprender. Augusto cae a un costado, arrastrando su herida por el piso. Ángela Lucía ríe. Las gradas vibran. Lo quiero muerto, ordena. Un toro herido se prepara para atacar. Su mirada casi azul pasa de Ángela a La Rata Girón. Animal y hombre quedan frente a frente. La Rata apunta al toro. Augusto lo mira, el humo de su nariz ya es negro. El torero lo nota y por un segundo se estremece. Un toro herido y ensangrentado lo embiste. La Rata Girón no siente nada. Lo último que ve es la pata del toro a punto de triturarle el cráneo. Una bestia bañada en agua roja grita. Sus ojos se cruzan con los de la viuda, se fijan en sus labios, en su escote.

Un nuevo torero se prepara al costado de la arena. El toro está herido y sabe que va a morir pero igual se pasea con el pecho en alto y pisando flores. Ángela Lucía decide parar la corrida. Augusto la busca, ella lo sabe. Voy a bajar yo, sentencia caminando al vestidor.

La viuda está impecable. Su traje negro acentúa sus ojos como si fuera de noche siempre. Sus labios parecen quemar. El botón de la camisa deja entrever su piel blanca y suave. La capa cae a un costado. El toro baja la cabeza haciendo una reverencia. Las gradas la aplauden de pie. Ángela Lucía levanta la lanza. Augusto se prepara y antes de correr la vuelve a mirar. Sus ojos en llamas la absorben, la disfrutan. Ángela está fija en esa mirada. Sus pupilas la hacen sentir desnuda. Le gusta. Torera y toro quedan frente a frente. Augusto corre. Podría haberla matado pero por alguna razón sólo la roza y la tira al suelo. Ella se levanta tambaleando. Se para erguida frente al toro que ahora tiene sus ojos fijos en su escote. Ángela le sonríe. Las gradas contienen la respiración.

Están cara a cara. Las miradas se chocan, se enroscan, se arden. Augusto brama disfrutando de ella y de su respiración como si su aire pudiera tocarla, lamerla. Ella se muerde los labios. La bestia va directo a ella. Ángela lo esquiva y de una estocada le corta la oreja derecha. Explotan gritos y aplausos. Ella suelta una carcajada. El toro a pesar del dolor parece que también. Se pasea alrededor de ella exhibiéndose. Ángela Lucía lo deja. Las gradas tiran flores que los abrazan.

Una vez más los cuerpos se ponen en posición. Augusto corre con todo lo que tiene de fuerza. Cuando la embiste, Ángela Lucía siente un brazo áspero que le roza la ropa, el pecho y la cara. Después, sólo huele el perfume de las flores.

Ella logra darle en el corazón justo cuando él la derriba. Por unos segundos el toro puede sentir el calor de su frágil cuerpo y el aroma de su pelo. Cae a su lado. Su pata roza su mano derecha. Las gradas de pie aplauden llorando. La arena se llena de flores blancas.

“Una eternidad” por H. Morel

A una amiga un tren le arrancó una pierna. Ella no lo recuerda, al principio dice eso. Recién lo cuenta cuando siente que tiene sentido contarlo. No se lo cuenta a alguien que no le interesa. La entiendo, hago lo mismo. Tendría dieciocho años cuando quiso cruzar un paso nivel y a mitad de camino se demoró (dice no saber por qué, la madre dice que fue por los zapatos y ella le responde que se calle que no estaba ahí). La entiendo, nunca nadie esta ahí. Capaz que se distrajo nomás, no fueron ni unos zapatos, ni una pollera: solo se distrajo. Luego se asustó y no se animó a terminar de cruzar, se detuvo sin ver el segundo tren. Quedó parada entre las vías de dos trenes, relata, uno que iba y otro que venía. El sonido de motores y de metales era ensordecedor; las máquinas tocaban las bocinas empeorando todo. Los trenes estaba llenos, en uno la gente era como fotos en las ventanillas, casi viñetas de una historieta aburrida. En el otro había personas colgadas de los estribos. Todos, unos y otros, la miraban incrédulos o aterrados. Más de mil desconocidos la vieron en el momento más importante de su vida, de pie ante una muerte casi segura. Algunos habrán pedido por ella, la mayoría por miedo a que el accidente les retrasara el viaje. Recuerda la cara de todos los que vio, dice. ¿Sabés cuánto dura una eternidad? pregunta siempre cuando cuenta la historia. Nada, esa es su respuesta. Nada, una eternidad es esa fracción de nada interminable en que se cruzan dos trenes y una está en medio, dice.

Lo cuenta con la firmeza de sus ojos negros, su sonrisa perfecta, de su pierna ortopédica, y no da lugar a duda. La entiendo, viajo seguido en tren. Uno de los trenes (no recuerdo cual) la succionó hacia las ruedas,  dice a veces, otras le echa la culpa al otro tren que con su viento la empujó debajo. No sé cómo sigue la historia, nunca escucho más. No quiero saber qué sintió, no necesito escuchar cómo fue el choque de sus cuarenta kilos contra cuatrocientas toneladas. La primera vez que me la contó a mi solo, la interrumpí ahí, le di un beso. Estábamos borrachos y no es una excusa, lo que quiero decir es que me vuelvo muy impresionable cuando estoy ebrio, ya estaba ensordecido con la primera parte de la historia, si seguía seguramente andaría todo el resto de la noche rengueando de puro empático que soy. La besé. Ella no se quedó atrás, pese a su movilidad reducida. Allí donde nos besamos, quedamos. Y seguimos adelante. Nos deslizamos por la pared hasta el parquet y unos almohadones. Borracho pero consciente cerré los ojos mientras le quitaba los jeans y fue muy, muy extraño la sensación de sacarle los pantalones y a la vez una pierna. Nos desnudamos rápido. La miré con tristeza pero preferí ver el vaso medio lleno. Su pierna sana era bellísima. La otra llegaba casi hasta la rodilla. Las cicatrices eran atroces, traté de no mirarlas pero el roce me helaba la columna. Pensé que lo mejor sería enfrentarlo de una vez, la besé y me distancié un poco para verla, le acaricié las heridas, la piel suave se interrumpía con una pequeña protuberancia, una cordillera algo áspera que cruzaba su piel como las vías en una llanura que empezaba muy cerca de la rodilla y subía enroscándose por su muslo. Había otra zona donde la cordillera era más leve y sutil, aun en la media luz veía dos colores de piel que se encontraban como dos mares. Mis dedos recorrieron la cicatriz tibia con un escalofrío clavado en los huesos. Luchaba contra el espanto. Y luego de la cordillera y los mares, el abismo.

La ausencia me estremecía. Ella se reía, imaginé que de mi cara pero no, con mis manos le hacía cosquillas. Me ofendí o me hice el ofendido, no recuerdo, estábamos borrachos. Me abrazó para que no me alejara pero hice fuerza y me puse de pie. Ella se quedó allí sentada sin más resistencia por retenerme que estirar un brazo. Di dos pasos para quedar fuera de su alcance, me sentí un hijo de puta. Estaba borracho, siempre me siento culpable cuando lo estoy. Ella se acomodó en un almohadón; sentada un poco de lado, su muñón que quedó oculto debajo de la otra pierna; así desnuda con su bella pierna estirada algo doblada parecía una sirena sobre una roca en un mar negro y quieto. Me acerqué, le tomé la mano y la besé. Luego la besé en los labios. Si fuera un cuento como la gente ella tendría dos piernas al abrir los ojos, pero como no es una historia de esas, solo la amé lo mejor que pude durante una eternidad. Me fui a obscuras dejando a mi sirena ebria, cuidándome de no tropezar con su pierna de palo.

“Nena buena” de Amalia Arias

En un momento de lucidez me doy cuenta de lo borracha que estoy. Es lunes. Mañana voy a tener que trabajar con la resaca de mi vida. La lucidez me dura unos segundos más. Él está desnudo al lado mío, mirándome, intuyo que esperando una respuesta.

Nos conocimos por Facebook, debemos tener algún amigo en común, o quizá frecuentamos los mismos lugares. Me habló una noche en que yo estaba en un cumpleaños y con unos tacos que me mataban. Le seguí la charla más por aburrimiento que porque me gustara: era bastante más grande que yo, divorciado y con dos hijas. Me compró un poco cuando me contó que era escritor y me mandó una foto de su biblioteca. Nunca habían usado una biblioteca para levantarme.

Escucho que me pregunta ¿y? ¿te copa? y no tengo idea de a qué se refiere. Lo miro, entre confundida y agobiada por el calor de la losa radiante y la transpiración compartida. No entiende que no entiendo. Le pregunto que si me copa qué y dice, tranquilo, que te pegue. Despacio, en la cara. Es como un juego. Pienso que escuché mal, que no puede ser, pero también sé que esa es la impunidad de estar al acecho: si todo sale mal, nunca nos volvemos a ver.

Cuando entramos a su edificio, a modo de precaución le pedí que me diera las llaves de su departamento, para no sentirme acorralada. A la distancia me parece ridículo, ahora las llaves están en el bolsillo de mi jean en alguna habitación y él me está preguntando si me puede pegar.

—Sí, me copa —

Los tragos que tomamos todavía sirven para hacerme sonar más convencida de lo que estoy. Me consuelo pensando en que, si hubiera querido, me habría pegado sin preguntar. Él acomoda las almohadas, me hace acostar y me pide que cierre los ojos. Sus dedos pasan por mi cara tan lento que siento sus huellas digitales. Cuando me relajo, escucho, como si fuera en otra cara, la primera cachetada que me dan en mi vida. Me enojo, pero es de mentira. Me gusta el juego, sé que estoy notablemente más húmeda que hace unos momentos. Repite la acción, me toca la cara, me acaricia el pelo y las orejas, me cuenta cosas hasta que me desconcentro, me alejo del juego y ahí es cuando siento, en mis mejillas cada vez más coloradas, el estallido de ardor.

Estamos así un rato. A mí me divierte también. Después cogemos fuerte y aprovecha para asfixiarme. Me tapa la boca y me cierra la nariz hasta que tiro con fuerza de su mano para que me suelte. Cuando por fin me deja respirar es como salir a la superficie de una pileta tibia. Acabo como nunca, creo que lo dejo sordo con los gritos, pero sé que le gustó escucharme.

Mañana me va a doler todo el cuerpo y voy a tener hematomas en la cara. Por el momento me tomo un taxi a la madrugada, no quiero quedarme a dormir. Antes de irme me dice que soy una nena buena.

* * *

Él se va de viaje a ver a su novia en Chile. No lo extraño.

Vuelve. Me lo informa una luz titilando en mi celular, un mensaje esperando respuesta. Hablamos, me cuenta que cuando se separó dejó de escribir, que ahora solo se dedica a enseñar a escribir textos académicos y ser tutor de doctorandos. Me manda fotos de las cartas que recibió, hace 20 años, en un intercambio con nuestro escritor favorito. Me dice que me quiere ver.

Voy a su casa. Me espera con la cena hecha, que me hace comer sentada en su falda. Me pregunta si fui una nena buena durante su viaje, si hice los deberes, me dice que él sabe que soy una niña obediente. Me habla también de sus hijas. Siento cómo mis pulmones ya no tienen suficiente lugar dentro de mis costillas, y la losa radiante me ahoga de vuelta. No quiero participar de esta escena, me quiero ir. Él se sirve un vaso de whisky y yo me acuerdo del muchacho bueno y simpático con el que salí la semana pasada, que jamás haría nada de esto, pero con el que cogimos horriblemente mal.

Mientras termino la cena, me dice que en Chile pensó mucho en mí y que me trajo regalos. Me da curiosidad pensar qué tipo de regalo me puede haber traído alguien que vi una sola vez en mi vida. Me alcanza dos paquetes. Uno tiene unos guantecitos negros con bigotes de gato que brillan en la oscuridad. Los probamos, me río, festejamos. Me cuenta que les trajo unos iguales a sus hijas. Me recuerda que hay un segundo paquete, aún cerrado. Rompo el papel que lo envuelve y sale una tira de cuero negro, con una especie de arandela de metal grande. Lo miro extrañada.

Mientras caminamos a la habitación, me cierra la gargantilla al cuello. Es absurdamente grande para mi cuello. Cogemos, cogemos bien, me acuerdo de que volví a verlo por lo bien que cogemos. En los dos polvos usa la gargantilla para ahorcarme además de taparme la nariz y la boca, y pienso en que decir no puede no servir de nada; en que estoy acostada boca abajo y arriba mío está un tipo que pesa el doble que yo, en que su peso me hace doler las costillas. Pienso que aún sin asfixiarme me podría matar aplastándome. Calculo cuántos minutos podré pelear si él decide no hacerme caso cuando le tiro de la mano. Estoy agotada, mi cuerpo se siente como barro flojo por la lluvia. De hecho, afuera llueve.

Después me cuenta sobre su ex esposa, de lo mala que era escribiendo cartas porque abusaba de las comillas y los signos de puntuación en general; me cuenta de sus hijas, cómo son, cuál es la favorita de los abuelos, por qué eligió sus nombres, qué les gusta hacer. Deja caer algunas oraciones sobre su novia chilena. Yo no cuento nada, ni sé cómo hacer para que me deje de hablar su vida. Le digo que me cuesta creer que alguien hable tanto, que pare un poco, pero cree que es chiste y sigue. Mientras sigue hablando sin que le preste atención, veo una expresión interrogante que ya vi antes. Asumo que otra vez quiere darme cachetadas. La vez anterior estuvo bien, así que hago una mueca asintiendo. Inesperadamente se levanta a buscar algo en su placard. Me estiro, o eso intento, pero mi cuerpo está en huelga así que tendré que esperar a ver cuál es la sorpresa. Me encantan las sorpresas, pero ésta me inquieta.

De algún lugar saca una soga larga y gruesa. Me cuenta que es la soga con la que las hijas juegan a saltar. Asumo que me va a atar y me da un miedo súbito. Deseo muy fuerte que si me va a hacer daño sea con cuchillos afilados. No quiero sufrir más de lo necesario. Sin embargo no me ata. Me pide que me acueste boca abajo, con una almohada en la panza. Hago caso. Siento la soga paseando por mis piernas desnudas como cosquillas, y de repente un ruido seco y dolor. No ardor, dolor de un golpe en la cadera. Me acurruco, me quejo, siento que mi estómago se revuelve, transpiro frío. Le digo, le pido que así no, que por favor, que eso dolió demasiado. Me calma, me seca las lágrimas que se me saltaron de los ojos y me sopla la cara para que se evapore el sudor. Mi corazón quiere escaparse y salir corriendo. Él empieza de vuelta el juego, quiero llorar del miedo a sentir otro golpe así, porque no sé si pueda aguantarlo sin empezar a gritar sin control. Otra vez la soga paseando por mis piernas, por mi cola. No sé qué cambia, pero esta vez sí siento ardor. Puedo manejar el ardor. Me contraigo y me relajo, como señal de que está bien, y seguimos un rato. Me divierte y me calienta, es toda una escena medio armada, pero funciona. Puedo adivinar cuando se acerca un golpe por el ruido que hace la soga cortando el aire, como un cuchillo afilado. En algún momento me toco la cola y me sorprende que la piel pueda levantar esa temperatura sin derretirse. Finalmente cogemos de vuelta, mientras pienso que la losa radiante de ese departamento puede matar a alguien. Mi cabeza se queda en blanco, le grito en la oreja y él grita conmigo. Se desploma. La previa a coger con él es darle lugar a un antojo y dejarlo crecer en mi cuerpo en tensión, en mis nervios crispados. El después es el después de un banquete obsceno, las terminaciones de mis nervios relajadas de toda la satisfacción que es capaz de sentir mi cuerpo.

Antes de quedarme dormida empiezo a vestirme, no quiero amanecer ahí. Quiero mi casa, mi ropa limpia, bañarme. Llamo a un taxi. Junto mis cosas, voy al baño e intento tener menos cara de recién cogida. Me miro en el espejo, la piel colorada como cuando tomo sol, pero de lo áspero de su barba. Mañana aparecerán los hematomas, ya veré cómo los oculto en pleno verano.

Cuando baja a abrirme la puerta, antes de despedirnos, me dice que le gustaría que conozca a las hijas, que van a estar con él éste fin de semana, que seguro podemos armar un plan divertido. Que a ellas también les gustan los gatitos y que me van a adoptar enseguida. Lo miro asombrada, lo saludo con un beso y un abrazo.

El taxista intenta hablarme, pero estoy callada. Pienso en las niñas con los mismos guantes que los que tengo en la cartera. Pienso en ellas jugando a saltar una soga sucia con mi flujo, mi transpiración y, seguramente, con pedacitos de mi piel. También me pregunto, mientras noto el dolor de estar sentada, qué podría pasar la próxima vez que nos veamos. Tengo marcas en las piernas, como si me hubiera quemado a rayas, las vi cuando me vestía. Sentí miedo al verme atada, sentí un dolor extremo cuando me golpeó y dejé que me lastime hasta dejarme cicatrices.

Aterrizo en la cama. Decido que no quiero volver a verlo, que ya está.

Me despierto, le aviso a mi jefe que me quedo trabajando en casa, que me siento un poco mal, aunque él no sabe que es literal: me siento sin apoyar todo el peso de mi cuerpo en la silla. Tomo Ibuprofeno y algo de Diclofenac, mis músculos duelen. Me voy a dormir. Al día siguiente uso jean en pleno verano para ir a la oficina. Así no se ven las cicatrices. Los golpes duelen pero no incomodan.