“Un incendio de sol naranja” por Marina Alonso Serena

Enero. Vacaciones de verano. Estamos yendo en auto a Pinamar. Malena y yo en el asiento de atrás. Ella, quince recién cumplidos, yo, once. Ella lee y yo, acostada con los pies sobre su regazo, juego con el GameBoy que me regalaron en Navidad. Mamá va de copiloto y su novio Eduardo maneja, la radio en AM pasa canciones viejas de Nino Bravo. Malena y yo nos miramos de vez en cuando, tratando de contener la emoción de conocer el mar. Sé que mamá está feliz de poder llevarnos de vacaciones por primera vez desde que papá se fue.

Llegamos a la casa, enorme, con un cuarto para cada una, un living con un ventanal que da al mar y olor a humedad; dejamos nuestras cosas en la puerta y corremos por la arena caliente hasta la orilla. Los ojos no me alcanzan para entender lo inmenso de lo que tengo enfrente, siento que todo mi cuerpo se transforma en el vaivén constante de las olas. Allá lejos el mar se besa con el cielo y por primera vez entiendo el infinito. Malena se sienta y contempla el mar, como hipnotizada, mientras yo me meto de a un paso por vez hasta llegar a la rodilla y me río hasta llorar.

Los días se convierten en un continuo de sol y salitre, la piel se me oscurece y los pelitos de los brazos se me ponen tan rubios que se ven blancos. Malena se llena de pecas y su pelo larguísimo también se aclara: parece una actriz de película. Conoce un grupo de chicos en la playa y se hace amiga. Son todos de su edad pero igual me lleva a pasear al bosque con ellos y a jugar a los fichines al pueblo. Todas las tardes, cuando empieza a bajar el sol, nos vestimos lindas, nos peinamos y salimos.

Una noche, uno de los chicos trata de besarla mientras yo estoy distraída jugando a las carreras, pero igual los veo y pierdo. Se me abre un agujero en el pecho y me inunda una desolación tan enorme que me pongo a llorar ahí mismo.

-¡Male, boluda, tu hermana está llorando!

-¿Cate? ¿Qué pasó?

-Debe ser porque perdió la carrera.

-¿No te quedan más fichas? Yo te presto si querés.

Sacudo la cabeza y hasta que no me abraza, no paro. Me da la mano y nos vamos, sin mediar palabra. El asfalto de la calle principal deja paso a la arena dura y recién cuando se me llenan los zapatos con la arena fría de la noche me doy cuenta de que estamos en la playa. Caminamos en silencio hasta la caseta de guardavidas y nos sentamos ahí.

-¿Qué te pasó, Catu? – me pregunta, sin enojo.

-No sé – le digo y me encojo de hombros.

-Caterina, dale, hablá conmigo.

-Te vi que te dabas un beso con Gastón – digo bajo y de corrido.

-Ah, eso.

-Sí, eso.

-¿Pero qué te pasó? ¿Por qué te pusiste a llorar?

-No sé, Male, de pronto me dio miedo de que te quieras juntar con Gastón sola y no me inviten más.

-No te preocupes por eso– me rodea los hombros con su brazo y me atrae contra su cuerpo- Vos vas a ir donde yo vaya, siempre.

-¿Y ahora qué hacemos?

-Quedémonos un rato más a mirar el mar.

Cuando volvimos esa noche, ya se habían ido todos a dormir.

Unos días después, Malena me lleva al centro un poco más temprano. Nos encontramos con un chico altísimo que nos saluda a las dos con un beso en el cachete. Yo miro de reojo cuando le da un montón de billetes arrugados y el chico le hace un guiño. Vuelve un rato después con una caja pesada, llena de botellas. Caminamos lento hasta la casa. Malena carga la caja un rato en una cadera, un rato en la otra. Yo estoy tan enojada que no le ofrezco ayuda, pero cuando llegamos a la puerta de atrás, le hago de campana para que pueda entrar sin que se den cuenta y guardar todo en el armario del cuarto.

Esa noche mamá se pone un vestido azul oscuro con brillos, largo hasta los pies, que la hace parecer una sirena. Eduardo, de traje y moñito, la abraza y se ríen juntos. Yo los miro desde el sillón, les tiro un beso con la mano y sigo sus siluetas hasta el auto, que se los lleva lejos. Un rato más tarde llegan las chicas con papas fritas y esas cosas. Malena me dice que dale, que no sea vaga y que me levante a ayudarlas. Colgamos guirnaldas de colores por el living, llenamos platos con papitas. Me hacen trepar a la mesada para llegar a una alacena donde están guardadas unas torres de vasos de plástico. Male trae la caja con alcohol, las chicas gritan y se ríen. Nos vamos todas al cuarto grande, se sacan la ropa y las chicas empiezan el ritual: cada una tira sus posibles prendas sobre la cama y se prueban todo. Se cambian las remeras entre sí, se tironean el vestido que a las más altas le queda muy corto, se fruncen la nariz cuando ese jean no funciona. Yo me aburro a mitad del proceso, me escurro hasta mi cuarto, a salvo de las risas agudas y me pongo mi remera floreada que se ata al cuello.

Cuando suena el timbre ya anocheció; las chicas gritan tras la puerta cerrada. Yo me asomo por la ventana para ver a todos los chicos reír y codearse en la puerta. Suspiro y les abro. Se desparraman por la casa. Las chicas salen, ponen música fuerte. Se ve que alguien trajo unas luces de colores, porque es lo único que va iluminando el living por partes.

Nahuel me saca a bailar una canción movida y nos reímos. Me cae bien Nahuel, es muy bueno. Los chicos lo cargan porque es gordito, pero el se encoge de hombros y se ríe mientras come algún chocolate. Siempre come después de que lo cargan y a veces me convida. Por el rabillo del ojo veo a Malena bailar abrazada con Gastón y me tenso. Siento el agujero en el pecho de nuevo, respiro bien hondo y contengo las lágrimas. Después de un rato no los veo más, me aburro de bailar y me siento en el sillón con un vaso de coca en las manos. A medida que avanza la noche, veo que todos se ponen más torpes. Una parejita se besa contra la biblioteca: en su distracción golpean con un codo el adorno del tercer estante y se cae al piso en un estallido. El ruido me abruma, la oscuridad, los puntitos incandescentes de los cigarrillos; no me doy cuenta de que Nahuel se sienta al lado mío hasta que me rodea con un brazo y trata de darme un beso. Le pregunto a los gritos si es boludo, le tiro la coca encima y salgo corriendo a mi cuarto. Una vez que cierro la puerta, me pongo el piyama, me acuesto en la cama y me aprieto dos peluches contra las orejas para no escuchar. Las lágrimas brotan al instante. Después de lo que parece una eternidad, me duermo.

Me despierta la sensación del colchón que se hunde bajo el peso de otra persona: Malena, con el pelo mojado de la ducha, goteando sobre su remera blanca de dormir. La miro indignada pero le hago un lugar. Malena se acuesta, me abraza. No sé si la humedad que siento en el piyama es del pelo o son lágrimas, asi que la abrazo fuerte y le beso la frente.

-Mamá nos va a matar – le digo en voz baja.

-Perdón– me contesta con la voz quebrada.

-Tus amigos hicieron un quilombo bárbaro.

-¿Me ayudás a limpiar mañana?

-No preguntés pavadas.

-Perdón.

Ahora sí sé que está llorando.

-¿Male, estás bien?

-No.

-¿Qué te pasa?

-No te puedo contar.

-Ah.

-Te amo– dice.

-Mentira

-Hasta el cielo ida y vuelta.

-Sos mala.

-Y te amo más que a nadie.

-Yo también.

-¿Mucho?

-Todo. Siempre.

Se acurruca y nos dormimos así.

A la mañana siguiente, mamá y Eduardo llegan en medio del operativo de limpieza y nos castigan con una semana de no ir a la playa solas ni juntarnos con los chicos. Malena se pasa horas encerrada en su cuarto leyendo o mirando por la ventana, en silencio y yo juego sola al Monopoly y al Carrera de Mente. Al quinto día de penitencia, mamá está tan preocupada por la quietud que nos da permiso para salir.

Es media tarde y hace calor, pero hay un viento que refresca. Mastico un mechón de pelo rebelde mientras sigo a Malena por la playa en dirección sur. Atrás de unos médanos están todos los chicos. Algunos acostados en lonas de colores. Otros juegan a la paleta, Malena suspira y los saluda con la mano mientras enfila hacia ellos. Le grito que me voy a jugar al bosquecito. Se detiene abruptamente y me mira fijo por unos instantes, luego camina hasta donde estoy, se agacha y me abraza.

-No te vayas lejos, Cate.

-No, Male, voy hasta ahí nomás. No tengo ganas de estar al sol hoy, prefiero jugar un rato a la sombra.

Le acaricio la espalda.

-¿Después me venís a buscar?– su voz se hace chiquita.

-¿Después cuándo?

-Antes de que se haga de noche.

La miro a la cara. Está seria.

-¿Qué te pasa, Male? ¿No me vas a contar?

-No, Cate, todavía no.

Le doy un beso en el cachete y me voy caminando hasta el bosquecito. Escucho risas a lo lejos.

Me adentro en el bosque y agradezco la sombra y el olor a pino. Camino sin rumbo y canturreo, disfrutando el ruido de las ramitas que se rompen bajo mis pies. Entonces veo algo moverse entre unos arbustos.

-¡Hola! ¿Quién anda por ahí?– digo en voz alta y clara, mientras me acerco al movimiento.

Hay una chica agachada, con medio cuerpo adentro de un matorral y no puedo contenerme:

–Hola, ¿estás bien? ¿Te pasó algo?

-Hola– me dice y me extiende la mano- Soy Aldana.

-Caterina– le sacudo la mano con extrañeza.

-Vos sos amiga de los pibes de allá ¿no?– hace gesto con el mentón, señalando la playa.

-No mucho, la verdad. Mi hermana es amiga, yo sólo los acompaño.

Aldana asiente, me mira. Tiene trece años, unas bermudas desteñidas y un pañuelo atado en la cabeza. Le sonrío y me devuelve la sonrisa.

-¿Querés ver?– señala el matorral– La Chuky tuvo cría la semana pasada.

Hay un plato con comida y un tacho con agua fresca afuera del pozo. Me asomo y veo una perrita mestiza que amamanta a sus cachorros. Siento el hombro de Aldana contra el mio. De repente me agarra calor, me incorporo. Le cuento que nunca tuve perro. Ella se ríe, me dice que Pinamar está lleno de perros que la gente trae por la temporada y que después deja atrás, y que le encanta ponerles nombre aunque se hayan convertido en salvajes. Mientras habla trato de descifrar si sus ojos son marrones o verdes. Me distraigo y ella se ríe de mí.

El sol se acerca al horizonte y tiñe el aire de naranja. Me acuerdo de Malena. Le digo que me tengo que ir, ella me pregunta por qué. Le cuento que estamos castigadas por la fiesta del sábado. Hace una mueca y sonríe de nuevo. No quiero que pare de sonreír nunca. Nos despedimos con un beso y me hormiguea la mejilla todo el camino de vuelta.

Esa noche no puedo dormir, hace calor y las sábanas me pesan sobre la piel, como si estuviera insolada. Male entra a mi cuarto, me pregunta si me siento bien, le digo que tengo dolor de panza. Se acurruca al lado mío y su respiración pausada me hace de canción de cuna.

A la mañana nos viene a buscar Gastón para ir a la playa. Malena lo hace pasar, mamá y Eduardo lo saludan; es todo tan raro que me río. Salimos y Gastón nos dice que se van a juntar en el muelle, que alguien consiguió unas cámaras de camión y las inflaron para hoy. Paso toda la mañana sentada abajo del muelle, mirando a los chicos saltar y salpicarse. No quiero estar acá. Mi cabeza se va todo el tiempo al bosque y los perritos, a la voz de Aldana y el olor de los pinos.

-Male, me voy un rato al bosquecito – le digo mientras me como un choclo.

-¿A qué bosquecito?

-Al de ayer, al de los médanos.

-Pero eso queda para el otro lado, Cate, nosotros nos vamos a quedar acá.

-Quiero ir al bosquecito, no quiero estar en la playa.

-No seas caprichosa, Caterina.

-¿Por qué me peleás? No queda tan lejos y yo sé cómo llegar.

-Te digo que no, estás a cargo mío y te quedás acá.

-Me podía haber ido y ni te dabas cuenta, Malena. Te pensás que no te vi dándote besos allá atrás?

Mi hermana me mira, furiosa, no sabe qué decir. Yo me paro, me sacudo las manos contra el short. Tiro el choclo en la bolsita de basura, la miro.

-Voy al mismo lugar que ayer, me voy a quedar ahí, te prometo. Venís a buscarme antes de ir a casa y no le contamos nada a mamá.

Asiente. Me abraza fuerte, me da un beso en cada cachete. Siento como si se estuviera despidiendo para siempre.

Aldana está sentada contra el tronco de un árbol, leyendo. Es un libro de gnomos y hadas.  Quiere aprender porque está segura de que en este bosque hay algo de eso. Cuando me río y le digo que esas cosas no existen, me dice que es porque soy una nena de ciudad. Habla con tanta convicción sobre la magia que le creo un poco y otro poco quedo hipnotizada por la forma en la que su boca juega con las palabras.

Los cachorritos abrieron los ojos hoy y son de un color violeta raro. Nunca vi un perro con ojos violetas. Se ríe cuando lo digo, me explica que con los días van adquiriendo el color definitivo. Son como ojos de leche, reflexiono, pero no se caen, solo cambian. Me mira y sonríe, le brillan las pupilas.

Esa tarde inventamos un ritual de magia para proteger a los cachorritos: juntamos ramas y unas flores amarillas que Aldana dice que son curativas y las disponemos en un círculo a la entrada del pozo, nos damos las manos y leemos del libro un hechizo. Lo repetimos y lo repetimos, cada vez más rápido hasta que lo sabemos de memoria y empezamos a girar. Cuando caemos al suelo, mareadas y muertas de risa, su mano sigue enredada con la mía.

Malena nos encuentra así, desparramadas entre las hojas del bosque, agarradas de la mano. Inmediatamente me suelto y siento el calor subirme por la cara hasta las orejas, no me animo a mirarla.

-Hola ¿quién sos? – dice Aldana, como si saliera de un sueño.

-Malena…- dice y hace una pausa- …la hermana de Cate. ¿Y vos?

-Aldana, una amiga

-¿Qué estaban haciendo?

-Nada– digo yo.

-Magia– dice ella.

Malena nos mira desconcertada.

-¿Vamos, Cate? Mamá quiere ir a comer al centro hoy.

Me levanto del piso, me sacudo las agujas de pino. No sé como saludar. No entiendo por qué, pero siento como si me hubieran pescado haciendo algo malo.

Esa noche, me acuerdo de que el año anterior, en la fiesta de quince de Malena traté de abrir un sobrecito de mostaza hasta que hice tanta fuerza que reventó y le manché el traje a un amigo de papá. Todos en la mesa se rieron y yo me sentí tan mortificada que no salí del baño hasta la mesa dulce. Más o menos así me sentí a la tarde.

Al día siguiente volvemos al muelle. Me siento a la sombra de la vieja estructura, mirando el mar sin verlo y deseando estar en otro lado. El sol gira sobre nuestras cabezas, la playa se llena de gente. Yo me meto al agua dos veces y me aburro rápido porque nadie se mete conmigo: los chicos están todos acostados en los toallones, charlando y riéndose fuerte. Me acuesto a unos pasos de ellos y siento que me voy a achicharrar pronto, hasta que una sombra se proyecta sobre mi espalda. Levanto la vista mientras hago un globo con el chicle, que se me pegotea en los labios cuando distingo a la figura que se recorta contra el cielo.

-¡Aldi!

-Hola – sonríe – te vine a buscar.

Mientras me levanto, miro para donde está Malena acostada: nos mira fijo, en silencio.

-Hola, Malena, ¿cómo estás?– la voz clara de Aldana la saca del trance.

-Hola… ¿como era tu nombre? – sonríe y yo sé que está mintiendo, es obvio que se lo acuerda. Aldana se acerca, le da un beso, le dice cómo se llama.

-Me vino a buscar- digo

¿Pero adónde van? ¿Qué van a hacer? Estás a cargo mío, Caterina, no te puedo dejar ir a cualquier lado…– mi hermana le dirige la mirada a Aldana– …es que es chica todavía, no sé si está bien que se vaya a otro lado con alguien que apenas conocemos.

Quiero llorar de la rabia.

-Yo me hago cargo, no te preocupes, siempre cuido a los hermanitos de mis amigos.

Me da vergüenza que hable de mí como si fuera una nena chiquita.

-De hecho, Gasti te puede decir – hace un gesto con el mentón – ¿O no que soy la babysitter favorita de Giorgi?

Gastón asiente sin muchas ganas.

-¿Cuántos años tenes?

-Trece– la respuesta parece satisfacerle.

-¿Y adónde van?

-Entró una corriente fría ayer y en la playa virgen hay un montón de cangrejitos, quería ir con Cate a verlos.

-¿Vos querés ir?– me pregunta y yo trato de contener el entusiasmo, que no se me noten tanto las ganas. Pero sonrío enorme y le digo que sí.

La playa virgen es más lejos de lo que esperaba. Aldana silba mientras camina y yo trato de seguirle el paso por un sendero que no conozco. Tiene el pelo atado en una colita desprolija y unas bombachas de gaucho gastadas, con parches en las rodillas. Irradia alegría. A mí no me duelen casi nada las ampollas que se me están haciendo en los pies. Cuando llegamos, vale la pena. La arena cede el paso a una gran extensión de piedra llena de socavones, resbalosa por las algas y el musgo. Me agarro de su mano para no perder el equilibrio. Ella sonríe y se le ponen los ojos chinos. Señala uno de los pozones y yo me asomo, fascinada, a mirar a los bichitos que se mueven bajo el agua clara.

Aldana me cuenta que vienen a la playa a reproducirse y que, hace muchos años, no había playa en Pinamar donde no te pellizcaran los cangrejos. Cuando habla, su voz me transporta a otro mundo y tengo que contener el impulso de acercarme hasta sentir sus palabras sobre mi piel.

Esa noche sueño que Malena en vez de brazos tiene pinzas de cangrejo y me persigue por el muelle hasta que no me queda otra escapatoria más que saltar al vacío.

Nos quedan cinco días de vacaciones. Después los grandes tienen que volver a trabajar y a nosotras nos van a llevar a la colonia de un club. Malena está contenta porque vuelve bronceadísima y se van a morir de envidia. Yo pienso en que tenemos volver y me quiero poner a llorar.

El martes Aldana me viene a buscar a casa. Mamá le abre la puerta, la hace pasar y le ofrece un vaso de jugo. Cuando bajo a desayunar la encuentro sentada en la mesa de la cocina, contándole a mamá sobre los cachorros. Le pregunto qué hace acá y me señala la puerta de entrada, donde hay apoyado un barrilete enorme de colores.

Hay un viento hermoso y a esta hora no nos vamos a encandilar, además hay menos riesgo de pegarle a la gente si se cae.

No sé remontar un barrilete – dudo un momento.

Me imaginé– Aldana sonríe con sus hoyuelitos y su paleta chueca– No te podés ir de acá sin haber remontado un barrilete.

-¿Por qué no la esperan a Male?– pregunta mamá.

-Va a ir a los fichines con los chicos hoy, seguro que ni quiere venir.

Me agarro un paquete de galletitas de la alacena y salimos.

Aldana tiene razón: no puedo irme sin haber remontado un barrilete. Corro por la playa sosteniéndolo hasta que, como por arte de magia, se desliza por el aire. Me explica cómo pegar el primer tirón para que suba y cuánto hilo darle para que no se caiga de golpe. Me rodea con los brazos para ayudarme a guiarlo y tengo que hacer un esfuerzo para no soltar el carretel. El tiempo se estira mientras el barrilete dibuja con colores en el cielo celeste y yo me pierdo en el calor de su cuerpo contra mi espalda y sus brazos paralelos a los míos.

Cuando Malena me viene a buscar, estoy desenredando el hilo que se nos enmarañó en la última caída. Espera paciente a que termine, sin hablar. Aldana mira el mar, también en silencio. La abrazo y le doy las gracias al oído.

-Estás contenta. – me dice Malena mientras caminamos de vuelta.

-Sí, me divertí mucho hoy.

-Se te nota, estás muy sonriente. – no encuentro ningún reproche en su tono.

-Creo que para la próxima deberíamos comprar un barrilete.

Malena se ríe, me besa la cabeza. Yo le abrazo la cintura.

-¿Vos estás bien? – pregunto.

-Corté con Gastón.

-Ah.

-Me dijo que los amores de verano duran sólo eso y terminamos

-A mí Gastón me parece medio nabo

Malena me mira y se ríe.

-No te lo quería decir antes, pero me parece que no entiende nada.

-¿Y por qué no me lo dijiste?

Me encojo de hombros. Después la estrujo fuerte y ella trata de hacerme cosquillas para soltarse, pero no puede del todo.

Esa noche salimos a comer afuera como cena de despedida y cuando mamá pregunta si la pasamos bien, siento el nudo en el pecho y le digo que sí.

La mañana antes de volver me despierto demasiado temprano y no me puedo volver a dormir. Tengo tres libros en la mesita de luz, agarro uno tras otro pero ninguno consigue distraerme. Pienso en qué pasaría si le dijera a mamá que me quiero quedar, que no me quiero volver todavía. Seguro que Aldana me alojaría en su casa y podría quedarme al menos un mes más. Me levanto inquieta, cruzo el pasillo y entro al cuarto de Malena. Me siento en la cama y se despierta. Me invita al calorcito que hay debajo de la frazada.

-Te despertaste temprano hoy. – dice por lo bajo.

-Me desperté y no me podía volver a dormir, no sé por qué.

-Para mí que es porque hoy es el último día.

-Debe ser… me siento un poco rara.

-Yo también. – murmura y me abraza

Esa tarde, como es sábado, vamos a pasear a una feria de artesanos que hacen en la plaza. Malena se junta con sus amigos, yo camino con Aldana. Compramos un corazón que se divide en dos y le graban nuestros nombres.

Mas tarde, después de darle un último saludo a los cachorros, nos sentamos en un tronco y miramos el mar juntas. La siento respirar pausada, como siguiendo el vaivén de las olas. El agujero en el pecho es inmenso.

-No me quiero ir– digo, al borde de las lágrimas.

-No quiero que te vayas – instantáneo, como si hubiera estado esperando que yo hablara primero.

La miro por el rabillo del ojo y su mirada está clavada en mí.

-Sos tan linda, enana. – se muerde el labio.

-Te voy a extrañar.

Entrelazo mis dedos con los suyos. No me contesta. Me mira fijo y le transpiran las manos. El labio entre los dientes es como un imán. Me acerco hasta que su piel, casi eléctrica, entra en contacto con la mía. Cierro los ojos y la beso. Su boca es lo mas suave que toqué en mi vida y no sé como voy a dejar de besarla alguna vez. Me acaricia la mejilla y su perfume me rodea. El agujero en el pecho me engulle entera y me invade una sensación que no había tenido antes.

Cuando me suelta, abro los ojos despacio y la luz del atardecer me encandila. Ella tiene los cachetes colorados y se muerde el labio otra vez. Nos quedamos con la vista fija en el mar que se vuelve del color de un incendio. Malena se materializa entre los médanos. Camina despacio hacia nosotras. De pronto ya no nos queda tiempo, las palabras se me anudan en la garganta.

-Te voy a extrañar tanto, Caterina. – dice, seria y me abraza con fuerza.

Me besa una última vez, justo en la comisura de los labios. Se aleja de mí rápido y el calor del aire se disipa. La veo pararse, saludarla a Malena y con una última mirada por encima de su hombro, se va. Yo sigo muda, anclada al lugar donde estoy sentada.  El medio corazón colgando contra mi pecho brilla naranja con los últimos rayos del sol.

El viaje de vuelta es larguísimo, hace calor y avanzamos a paso de hombre. Mamá y Malena hablan de chicos y de las fiestas de quince del año que viene. Eduardo me pregunta si estoy nerviosa por empezar séptimo, le digo que falta mucho, que no quiero pensar. Malena me mira cada tanto, seria, como si quisiera descifrarme. Cuando me pregunta en qué estoy pensando tan concentrada, le contesto:

-En la magia.

 

“Los mismos lugares” por Santiago López Quesada

Me senté con el Panza y le pedí la ventana. No tuvo problema. El Panza nunca tenía problemas con nada ni con nadie. Eso lo convertía en una de las personas más agradables para convivir, para viajar, hablar, emborracharse, fumar, lo que sea. Era el mejor compañero que uno podía tener. Además era el más divertido, un imán en los fogones.

Las primeras tres horas, mientras subíamos y los oídos se tapaban, no abrí la boca. Me quedé inmóvil con la frente contra la ventana y la mirada lejos, quieta, en pausa; escuchando las canciones que se sucedían en el mp3. De los Stones a Me darás mil hijos pasando por Los Redondos y alguna canción colada de Ismael Serrano. Una jungla de música que viajaba por mi cabeza. Era la única persona despierta en todo el bondi además del chofer. De repente las montañas, los caminos y las flores habían desaparecido. Atravesábamos las nubes y el bondi se frenó. Pensé que se había perdido. Nos hizo bajar a todos alegando que no se animaba a manejar el resto del camino. Se venían horas movidas.

Nos subimos a otro colectivo, mucho más viejo y más pequeño que daba la sensación de que a la primera piedra se desarmaría en mil pedazos. Solo un temerario podría dormirse. Me volví a sentar con el Panza. Está vez le dejé la ventana. El mp3 había agotado su batería. El bondi cruzaba a los saltos los precipicios. Tengo que admitir que empezaba a sentir miedo, vértigo, y bastante más culpa que la mañana anterior. ¿Y si se caía? ¿Y si nos moríamos todos ahí, en el medio de las montañas? El Panza leía como si nada. No aguante más.

-Che panza, tengo que contarte algo.

-Si, ¿qué pasa?

-Me mandé una cagada.

-¿Qué pasó, Coquito?

-La cagué a Romi. ¿Viste las minas que conocimos el otro día en Salta?

-¿Las rosarinas?

-Si, esas. Me quedé hablando toda la noche con una, la morocha petisa. La verdad es que empezamos a hablar, todo bien, sin pensar en nada raro y terminamos en la puerta de su hostel a los besos. Lo más raro es que en el momento no me importó, me dejé llevar. Recién ahora me cae la ficha. Me siento para la mierda boludo.

-¿Cuál es? ¿La que se parece a la hermana del Sapo?

-No, esa estuvo con Robert creo. La otra, la petisa tetona. Juli.

-Ah sí, ya sé cuál es. Esta buena. Bien ahí.

-Ya sé que está buena, Panza. La cosa es que la cagué a Romi.

-Sí, sí. Bueno tranquilo amigo, ya está ya lo hiciste. No te que hagas la cabeza. No lo vuelvas a hacer y listo.

-Si, gracias. Soy un boludo.

Admiraba el pragmatismo o la indiferencia del Panza ante estos temas. Por eso se lo conté a él. Sabía lo que me iba a responder. Sabía que me iba a tranquilizar un rato. El bondi también se había tranquilizado un poco y las cosas volvían a su calma natural. Un rato al menos. Todos hacemos el mismo recorrido. Con algunas variantes pero en definitiva todos vamos para los mismos lugares.

* * *

Cachi es un pueblo de Salta muy pequeño, muy lindo, con callecitas empedradas, las montañas al fondo, un cementerio muy pintoresco, una radio local, la plaza, la iglesia y un par de barcitos para comer y tomar una cerveza fría. No todos los jóvenes mochileros iban para allá así que el camping era más familiar que en los otros pueblos. Era todo lo que necesitaba para ese momento. Un poco de tranquilidad. Mirar familias, parejas, grupos, mirar sus ritos, sus comidas. ¿Por qué mi papá nunca me había llevado de camping? Si le encanta la naturaleza. ¿Cuáles eran sus modas, sus costumbres? Me pasé toda la tarde mirando a la gente del camping. La familia de la carpa roja, con dos hijos pequeños que daban vueltas por todos lados, que se perdían. La pareja de la carpa azul: el chico leía, y su novia le mostraba hojas y flores y le explicaba cosas que él asentía casi sin mover los ojos del libro. Ella era feliz. Las tres amigas de la carpa blanca, que se reían casi sin parar, tomaban mate, jugaban a las cartas. Por último, el hombre grande, solitario de la carpa negra, pequeña como un ataúd, que tenía todo perfectamente colocado. El tender con ropa secándose, el vaso térmico, las ollas, los cuchillos, sal, y todo lo que uno tiene en su casa. Esa era su casa. Y la moto su pareja. A la noche hicimos unos fideos un poco más ricos que los de la noche anterior. Tomamos un poco de vino. A las once lo único que se escuchaba eran los cierres de las carpas, alguna risa de las tres chicas, algún reto de los padres, y nada más. Nos dormimos temprano, cansados. Del viaje, de nosotros, de todo un poco. Tardé un rato en dormiré. Pensé en Romi, la extrañe. Pensé en Juli. La extrañé también. Pensé en mi cama, mi casa. Las extrañé muchísimo.

Me levanté temprano, descansado. El Panza tomaba mate con las chicas reidoras. Me sumé a la ronda, tímido. Era una mañana perfecta, con un sol cálido y un vientito tibio. Robert y Lucho seguían durmiendo. Siempre eran los últimos en levantarse. Entre el Panza y yo nos alternábamos. El primero en despertarse se encargaba de preparar el mate y comprar algunos bizcochos o galletitas. La sociedad funcionaba a la perfección. Para el mediodía estaban todos despiertos y decidimos activar. Nos fuimos los siete, las reidoras incluidas, a comprar fiambre, pan y bebida y a dar una vuelta por el pueblo. Llevamos las guitarras, la quena y el cajón peruano. Las reidoras eran muy simpáticas. No eran muy lindas pero le ponían la mejor onda. Tenían buen porro además, y bastante más calle que nosotros. Eran de González Catán. Nos apodaron “los chetitos”. Ellas eran “las barriales”. Tardamos un rato en ponernos de acuerdo donde almorzar. Los avatares de la democracia, de la convivencia y de los viajes. Al final nos decidimos por la plaza, a la sombra. Estuvimos un rato largo. Comimos, fumamos, y tocamos un poco. Robert, que era un aprendiz con la quena, con la guitarra era todo un profesional. Yo le hacía la segunda, y cantaba. Lucho seguía el ritmo con el cajón. El Panza armaba cigarrillos, y hacía reír a todos. Las barriales se animaban con algún estribillo y con las palmas. Todos estábamos muy bien. Pasamos una tarde muy agradable. Después las barriales volvieron al camping para poder bañarse ya que más tarde había que hacer larga fila para poder darse una ducha. A nosotros mucho no nos interesaba estar limpios salvo a Lucho que se fue con ellas. El resto fumamos un poco más y fuimos hasta el cementerio. Los nombres de los muertos eran mucho más originales que los nuestros. Les dedicamos algunas canciones hasta que empezó a caer la noche y decidimos volver por miedo a que alguno de los finados decidiera callarnos. Había sido un gran día y la mejor manera de rematarlo era con un buen asado, vino y cerveza. Dejamos los instrumentos en el camping, buscamos plata y nos fuimos para la carnicería; Lucho, ya bañadito, Yami  que era una de las barriales, y yo. Compramos vacío, choris, morcillas y verduras para una ensalada. Además de varias cervezas y una damajuana. Era sábado y el camping se había llenado bastante. Robert y el Panza arrancaron con el fuego.  Abrimos las cervezas primero para que no se calentaran. Me acerqué al Panza. Yo estaba muy tranquilo, muy contento y quería estar cerca de él.

-Panza querido. Que fueguito se mandaron.

-¿Lindo no? Estas ramas prenden como loco.

-Está genial.

-Che, Coco. ¿Viste quienes llegaron?

-Las rosarinas. La petisa morocha y las amigas.

De repente toda la calma, la tranquilidad que sentía, desapareció. Un huracán me retumbaba por dentro. Se me erizaron todos los pelos del cuerpo. No podía negar la emoción que sentía por saber que Juli estaba en el mismo camping. Era una sensación ambigua.  Por un lado quería que nunca hubiera existido aquel momento en Salta, deseaba no haberla conocido, quería estar tranquilo comiendo un asado con mis amigos y las barriales. Por otro lado quería que todos desaparecieran, y quedarme solo con ella, tomando algo, charlando sin parar, perdiendo el tiempo.  Traté de disimular lo mejor posible.

-¿Cómo sabes? ¿Las viste?

-Si boludo, las vi llegar hace un rato. Saludaron de lejos.

-No te puedo creer. Qué mala leche.

-¿Qué pensas hacer?

-¿Qué pienso hacer con qué?

-Con la mina.

-¿Qué voy a hacer? Estoy de novio.

-Está bien. O sea que está libre.

-¿Qué decís boludo? Más vale que está libre. Hacé lo que quieras. Pasame la birra.

No entendí bien que quiso decirme pero solo la idea de que la mina estuviese con el Panza me ponía muy nervioso. ¿Con tantas disponibles justo quería encararse a Juli? ¿O solo me quería joder?

Comí el asado con un nudo en la garganta. Se me habían atorado las palabras del Panza. No disfruté el vació, ni los choris, ni la cerveza. No disfruté de nada. Me reía por compromiso y para que nadie me preguntara si me pasaba algo. Odié al Panza como nunca. Había buscado serenidad en él y ahora quería vaciarle la damajuana encima y prenderlo fuego. Para colmo, era el centro de la ronda, el alma de la fiesta.  No pude soportar más. Excusé que tenía que ir al baño y me fui a fumar un cigarrillo lejos, a la oscuridad. Caminé hasta que no escuché las risas provocadas por él. Me apoyé contra un árbol con un vaso lleno de vino. Saqué los cigarrillos pero no estaba el encendedor. Se lo había dado a una de las barriales. Entonces  me acerqué hasta el primer grupo de personas que vi. No pude verles las caras hasta que estuve frente a ellas. A la primera que reconocí fue a la que se parecía a la hermana del Sapo, un compañero de la secundaria. La que creía que había estado con Robert. Después la vi a la rubia narigona, que no paraba de hablar, y por último a Juli, que estaba más atrás ordenando algunas cosas.

-Ey, qué sorpresa.

La rubia narigona tomó la palabra para variar.

-¿Qué hacés, che? ¿Todo bien?

-Sí, bien. ¿Cuándo llegaron?

-Hace un rato. ¿Qué onda este pueblo? Medio embole, ¿no?

-Qué se yo. Es tranquilo. A mí me gusta.

La rubia seguía hablando y yo lo único que quería era que se callase de una vez. Que se fuera a dar una vuelta con la hermana del sapo, y que me dejaran solo con Juli, que casi ni me miraba. Casi no me reconocía. Me estaba matando. Seguía ordenando, mirando de reojo. Yo intentaba hacerme el gracioso, el copado, me tiraba abajo a propósito, me hacía el humilde, el poeta, cualquier cosa con tal de que al menos me dijera algo. Les pedí fuego. Me senté con ellas con su permiso a fumar un cigarrillo. La rubia seguía su interrogatorio.

-¿Che y tus amigos en que andan? ¿Por qué estás solo?

-Están allá con unas minas. Yo quería estar un rato solo, tranquilo.

-Ah, qué onda, ¿no te divierten?

-Si, son buena onda, pero tenía ganas de estar un rato tranquilo.

-¿Más buena onda que nosotras?

-No… eso imposible. Ustedes son las mejores.

-¿Che, y alguno tiene onda con alguna?

-No sé, la verdad. Pero podes ir y confirmarlo vos misma.

Por fin la había callado. Podía tener un alto costo, pero no fue así. Por el contrario, vi cómo Juli sonrío tímidamente ante mi réplica. De todas maneras recogí, lancé una señal de paz. No quería tampoco tenerla en mi contra.

–Es chiste boluda, pasa que te veía muy interesada. Igual, si quieren vamos para allá, todo bien, tenemos vino.

Esto último ablandó a la harpía. La hermana del sapo se moría de ganas de ir a ver a Robert; y yo esperaba que Juli sintiera lo mismo. Nos fuimos los cuatro para la ronda.

Éramos diez en total. Nosotros “los chetitos”, las barriales que no se tomaron muy bien la intromisión de la hermana del sapo que ahora se llamaba Andrea, la rubia narigona harpía que se presentó como Poli, apodo que le encajaba a la perfección; y por último, Juli. El ruido parecía haber llegado a Cachi. La noche recién empezaba. Quedaba todavía más de media damajuana, un fernet de las barriales sin hielo, y bastante porro. Las rosarinas no aportaban nada más que su presencia. Agarramos todas las provisiones, los instrumentos y nos fuimos lo más lejos posible para no molestar. Antes, sumamos al solitario hombre de la moto. Era un yankee que estaba viajando por todo Latinoamérica con su Harley. Tenía cuarenta y cuatro años, había dejado todo para cumplir su sueño de hacer de la ruta su vida. Hablaba poco español, pero parecía buena onda, y tenía whisky bueno. Con Morgan ya completábamos el equipo de once.

-Ya fue. No caminemos más. Acá estamos bien, ya estoy cansada.- dijo Poli, que era una de las pocas que no cargaba nada.

Preferimos hacerle caso para no escuchar más sus quejas que habían empezado desde que tuvimos la idea de irnos del camping. Sacamos las guitarras para romper el hielo y de paso demostrar un poco de lo que éramos capaces. De lo que yo era capaz. Juli no conocía esa faceta de mí. Casi que no conocía nada de mí ni yo de ella, pero yo sentía una conexión que parecía venir de tiempos pasados. Desplegamos todo el repertorio de memoria, con una invitada de lujo. Andrea, la hermana del sapo tenía una voz encantadora y con cada nota desnudaba a Robert, y este la desnudaba con cada acorde. Se podía sentir el fuego entre ellos. También el frío entre Juli y yo. Una helada que se hacía cada vez más dura. Morgan la tenía atrapada con sus encantos obvios. Un cliché tras otro. Hacerse el boludo con el idioma, contarle de sus viajes, de su vida anterior víctima de un sistema opresivo, de su odio contra Bush, y todos los artilugios necesarios para levantarse a una sudaca que quiere ser hippie, que no cumplió veinte todavía y es la primera vez que sale de su ciudad natal. Mis clichés no eran competencia. Ni la guitarra, ni Spinetta, ni mi morral de llamas ni nada. Era un nene de pecho al lado del motoquero que surcaba las rutas en su Harley. Y tenía que soportar además como una de las barriales, Sabrina, apoyaba sus manos en mi pierna, me cantaba con una voz horrible y me pedía canciones de Los Piojos. Todos la estaban pasando muy bien menos yo. Hasta Poli estaba mejor que yo. Dormía plácidamente sobre una bolsa de dormir. El Panza se cagaba de risa con Yami y La Negra, las otras dos barriales. Lucho estaba compenetrado con el cajón. Robert y Andrea estaban cada vez más cerca. Morgan y Juli también. Yo miraba fijamente al Panza. Era mi única salvación. Ya no estaba enojado con él. Ahora me tenía que servir para luchar contra el yankee. Lo quería de mi lado.

Tardó un rato en darse cuenta de que lo miraba. Tardó, pero me conocía bien, sabía lo que tenía que hacer.

-Che Morgan, ¿Vos sabes tocar la guitarra? Tocate algo. Eu Morgan, Morgui. Play guitar. ¿Sabes?

Doce años de inglés y el Panza no podía articular ni una frase.

Morgan no sabía tocar la guitarra, tampoco le interesaba. Lo único que quería era irse con Juli a su tumba negra, perfecta. El Panza no le daba tregua y seguía insistiendo. Le sacaba charla, le preguntaba cosas en un spanglish primitivo. ¿Cómo pude haberme enojado con un amigo como ese? Robert y Andrea dejaron la música para darle paso a los vasos, a los besos y a los abrazos. Yo largué la guitarra automáticamente y entonces Lucho se fue apagando hasta escuchar solo la charla incoherente entre el Panza y Morgan, con algunos bocados de Yami y la Negra. Sabri me seguía hablando de Los Piojos. De los recitales en Atlanta con su vieja, y del tatuaje que se había hecho cuando ella murió con una frase de una canción. Con la mayor elegancia posible desvíe el emotivo monólogo a la conversación general de la ronda, de la cual se había adueñado Morgan con anécdotas de viajes en español de las cavernas. El Panza y Lucho lo escuchaban asombrados. A cada relato, más presumido me parecía. No bastaba con querer levantarse a Juli que ahora quería robarse a mis amigos. No lo pude soportar. Otra vez me escapé a la soledad de la nada, con mis turbios pensamientos. No quería llamar la atención, solo quería estar un rato solo, intentando pensar en otra cosa, en Romi quizás, en lo que sea que me alejara de esa ronda que me resultaba patética. No dije nada. Me levanté y me fui. Nadie pareció enterarse. El viril motoquero seguía hablando de osos, de rutas cubiertas de hielo, y a todos se les caía la baba. Poli seguía durmiendo y Robert y Andrea hace rato nos habían dejado. Sentí envidia por ellos, después me alegré por él.

Me acosté en la tierra y saqué el atado chamuscado de cigarrillos. Esta vez me había percatado de llevar conmigo un encendedor. Volver a pedir uno sería desnudarme en histeria y celos. Pité profundamente, el humo entró por toda mi garganta y me llenó. Me puse a pensar en Romi. Lo mucho que la quería, lo buena que era. Me sentí como el culo por lo que le había hecho. Pero también pensé que de todo esto podía aprender, que esto me iba a hacer valorar más a la persona que era ella. ¿Debería contarle? ¿O tenía que hacer como si nada y seguir total había sido un simple beso? Todavía tenía varios días para darle vuelta al asunto. ¿Y ella, que estaría haciendo allá en Brasil? ¿Habrá estado con otro? No, no creo que fuera capaz. La extrañaba. ¿La extrañaba? ¿Qué mierda me estaba pasando? Hacía una semana llorábamos abrazados en Retiro sin querer soltarnos. Ella a lágrima suelta y yo en silencio. Y ahora estábamos más lejos que nunca. A miles de kilómetros el mar de la montaña. Estaba tan confundido que no podía llorar, ni hacer ninguna mueca. Solo fumaba mecánicamente, pausado, hasta que una voz me sacó de un tirón de ese estado.

-Cómo habla este tipo, por favor. Qué pesado que es. Al principio era interesante, ahora ya me parece un pelotudo importante.

Me levanté de un salto. No llegué ni a medirlo. Fue tal la sorpresa de la voz de Juli que no pude disimular. Me acomodé frente a ella. Saqué un cigarrillo. Ella lo tomó y lo prendió. Yo seguía esperando. Lo había estado desde que la vi ordenando sus cosas en el camping. Pero ahora tenía la pelota en mi poder. Esta vez, la que me buscaba era ella.  Simplemente esperé a que siguiera hablando.

-¿Vos en que andas? Haciéndote el misterioso acá solo.

-También me cansé del yankee y me vine un rato acá a estar tranquilo a fumarme un cigarrillo.

-Hubieran seguido con la guitarra que era más divertido.

-Sí, lo que pasa es que estaban todos enganchados con las historias del tipo. Además Robert y Andrea estaban en otra claramente.

-Uh si, ¿Cómo están esos dos no? Hasta las manos.

-Hacen un buen dúo.

Le vi una pequeña sonrisa, igualita a la que me había regalado cuando enfrenté a Poli en el camping.

-Es verdad. Igual podrías haber seguido cantando vos solo, y tu amigo con el cajón.

Ya quería tirarme encima. El mar había quedado lejísimos.

-Puede ser. Pero pensé que ya era medio molesto.

-No te hagas el humilde. No te sale.

-No, no me quise hacer el humilde. Pero ya habíamos cantando bastante, tampoco queríamos aburrir.

-Como digas. ¿Vos cómo estás?

–¿Bien?

Solo eso se me ocurrió contestar. ¿Qué era esa respuesta? ¿Qué significaba esa pregunta?

-Ah, bueno, cuánta onda la tuya.

Es que sí, no sé, estoy bien. No sé qué queres que te diga. Tranquilo.

-¿Qué quiero que me digas? Básicamente que me digas algo, que no te hagas el boludo. Hace dos noches terminamos a los besos y a los abrazos en Salta y ahora, desde que llegué a este pueblo que no me miras, no me hablas, lo único que haces es tocar la guitarra y cantar. Todo bien, te sale bárbaro, pero ¿qué te pensás? ¿Qué me vas a conquistar así, haciéndote el boludo, tocando la guitarrita? No flaco, hacete cargo de lo que pasa.

Yo no entendía bien que era lo que pasaba pero no tuve alternativa. Ella la tenía, a la pelota, a las pelotas que yo no. La besé con fuerza. La envolví toda, la cuidé, la revolqué por toda la tierra. Nos prendimos fuego. La apreté contra todo mi cuerpo. Le hice sentir de qué estaba hecho. Incrédula, lo comprobó con toda su mano. Me agarró con fuerza, me lo estrujó. Me dolió, pero no me importó. Era su bronca que rápidamente se convirtió en calentura, y en suavidad. Yo le comí todo el cuello, le agarré el culo con fuerza, con las dos manos. Y después sus pechos. Dos tetas perfectas, redondas, suaves. Entraban una en cada mano. Eran esponjosas y estaban tibias, paradas. Seguí investigando su pequeño cuerpo, simétrico y hermoso. Bajé por la espalda que se doblaba, se erguía y se volvía a doblar. Llegué hasta el culo, esta vez por adentro de sus pantalones de bambula,  lo masajeé, le clave las uñas. La mano derecho siguió camino al muslo y subió hasta encontrar la gloria, hasta humedecerse, hasta empaparse. Me quedé a jugar un rato ahí, a explorar como un niño. Los dos jugábamos, nos investigábamos, nos disfrutábamos. El fuego era cada vez mayor. Le bajé los pantalones hasta las rodillas, después los míos. Por un segundo quiso frenar pero ya era tarde. Imposible apagar tal incendio. ¿Que importaba que nos vieran? ¿Qué importaba el futuro? Le corrí la bombacha, me abalancé contra su cuerpo y cogimos, primero con fuerza y después bajando el ritmo de a poco hasta quedarnos quietos. En paz. Solo oyendo nuestras respiraciones. La luna seguía ahí arriba, las estrellas también en esa noche de Cachi. Los demás no sé dónde estaban. No nos importaba. Allá, las montañas no dejaban pasar al mar.

(Continuará)

“No deseado” por Gabriel Reich (partes 1 y 2)

—Mirá Uri, tengo un atraso y me hice un test. Estoy embarazada de seis semanas. Fui a hacerme una ecografía y está todo bien. No estuve con nadie más que con vos y no estoy segura de querer abortar – me dijo Julieta, caminando por la esquina de la plaza de Anchorena y Córdoba.

* * *

Salí un viernes de la función. Fuimos al bar de a la vuelta del teatro, como siempre. Los pibes entraron y yo me quedé en la puerta. Estaba hablando por teléfono con un amigo que quería saber terminología judaica. Tenía un contacto para dar clases en una escuela hebrea. Dos chicas se acercaron caminando por la calle. Las fiché y sonreí y ellas me ficharon y sonrieron también. Sentí que habían escuchado parte de mi conversación.

Un compañero de elenco que había salido a fumar un pucho, en su afán de donjuán y pose tanguera, les dijo a las chicas que pasaran, que habían llegado al lugar indicado. Las chicas pasaron y se sentaron en nuestra mesa y, cuando corté con mi amigo, entré. Le había hecho entender que en el mundo docente hebreo no había lugar para goim.

Me senté y una de las chicas me preguntó si era judío. Definitivamente me había escuchado al teléfono afuera. Me transformé en Maimónides, Amós, Woody Allen, Karl y Groucho Marx, todos juntos. Mi religiosidad, la mística, la tradición, la comedia, las doce tribus y la mar en coche. Ella me contó que su padre era judío y su madre no. Siempre estuvo interesada, había viajado a Israel con esos viajes del derecho a retorno que fomentan los sionistas para poblar el pequeño país de oriente medio. Se llamaba Julieta. Morocha, ojos grandes y voluptuosa. Me encantó su escote y su nariz turca. Seguro su padre judío era sefaradí. Me gustaban sus ojos negros y que se riera de cada pelotudez que yo decía.

El bar fue quedando vacío y nosotros hablando cada vez más cerca. Pasamos de la mesa al sillón. Mi mirada se debatía entre sus ojos y su escote e intentaba todo contacto físico posible. Le tocaba la mano, rozaba su brazo y la abrazaba celebrando la más mínima idiotez. Me calentaba que estuviéramos tan cerca y que nada pasara de ahí. Recité versos de Romeo y Julieta, canté el Hava Naguila desentonando en yidish y cada vez que se terminaba la botella levantaba la mano y pedía otra. Estábamos bastante en pedo. Cada vez más cerca y cada vez más calientes.

¡Ah! Julieta perfuma con tu aliento el aire que nos rodea, dije muy cerca de sus labios y la besé. Metí mano por donde pude. Ella también. No me importaba que su amiga estuviera enfrente. A ella tampoco. La agarré del culo y la monté arriba mío. Le tocaba las tetas y ella me agarraba la cabeza muy fuerte. Me metió la lengua en la garganta y todo subía, hasta que en un momento le sonó el teléfono. Se levantó rápido y fue a la puerta a hablar. Me dejó solo en el sillón con el pantalón abultado y esquivando las miradas de su amiga. Volvió y dijo que era su mamá y que se iba. La quise acompañar pero me dijo que no, que estaba bien así y que iba a venir al teatro el viernes próximo. Cuando estaba saliendo, insistí en la calle:

Mira querida mía esos rayos de luz envidiosa que atraviesan las nubes encubiertas al oriente: todas las luces de la noche se han apagado y en la cumbre de las montañas cubiertas de brumas, se alza de plantillas la alegre mañana. He de marcharme para vivir o quedarme para morir.

Sonrió y se fue con la amiga. Por un momento creo que la amé.

Pasó esa semana. La Negra, mi garche fijo, me dejó una vez más diciendo que ya no le interesaba una relación inmadura, es decir, ser mi garche fijo. A mí no me importó mucho. Julieta iba a estar ese viernes en el teatro, con sus tetas y su nariz turca. Seguramente ya no se iría corriendo y pasaríamos una noche de pasión.

Ese viernes la función fue mediocre, pero reconocí su escote desde el escenario. Fuimos al bar y la algarabía post función sirvió, como siempre, para hablar cuando no había mucho que decir.  Que qué buena la obra, que qué bueno esto y lo otro, y ja ja ¿te gustó eso? no salió muy bien. Nos besamos. Me gustaban sus besos. Estaba tranquilo y tenía todo preparado: mi roomate se había ido a dormir a lo del novio, me había aseado hasta los poros, tenía unas velas en mi terraza, los forros en la mesita de luz y más vino por las dudas. Nada podía salir mal.

Estábamos charlando entre besos y justo cuando le iba a preguntar si quería venir a casa, llamó la madre. Ella se puso seria. Le contestó que estaba volviendo a casa y me dijo que se tenía que ir. Me quise morir. Estaba re caliente, había fantaseado con ella toda la semana y había dejado ir a La Negra así nomás. Pero ella no quiso saber nada. Esta vez la acompañé caminando, vivía a 5 cuadras del bar.

En cada esquina nos besábamos y tocábamos. Ella se calentaba pero me sacaba las manos y eso me calentaba más. Cuando íbamos por Jean Jaures, justo frente a la casa de Carlos Gardel, vi un porche divino. Como si Adonai mismo lo hubiese puesto para que uno de sus fieles pudiera descargar esa noche. La besé y nos metimos adentro del enorme hall que hay entre la entrada y la puerta del edificio. Le metí una mano entre las piernas. Estaba húmeda. La acaricié por adentro de las calzas y le metí un dedo. Ella me tocaba. Me abrí el pantalón, la agarró y se arrodilló. Me la empezó a chupar y yo estaba en la gloria. Con un ojo mirando que nadie pasara y pensando que quizás el propio Gardel hubiera vivido ese momento enfrente de su casa. Sus dientes en un momento me empezaron a incomodar un poco, así que la levanté. Ella se dio vuelta, bajé sus clazas, le corrí la tanga y se la metí. Estábamos cogiendo en plena noche del Abasto. Me encantaba ver su tanga corrida, su culo parado y grande moviéndose y disfrutando. Se estaba mojando mucho y era maravilloso. Acabé afuera. Pobre el encargado del edificio al día siguiente.

La acompañé hasta la casa de sus padres, íbamos abrazados. Nos saludamos con un beso largo muy lindo. Me fui caminando a casa contento. Había cogido, tenía una aventura para contar a mis amigos e iba a dormir solo.

Pasaron unos días. Llegaba la primavera y la temperatura subía. La Negra no me contestaba el teléfono, ni mis sms, ni mis mensajes en Facebook. Daniela se había mudado a Lanús y estudiaba en Ciudad Universitaria. Imposible encontrarla. La había conocido en el 160 cuando vivía en Pompeya. Podía llamar a Sofi, pero coger con Sofi significaba un montón de charlas y sentimientos que no estaba dispuesto a poner en juego. Además me habían contado que se estaba viendo con alguien, no podía rebajarme a que me dijera que no. Soltero es libertad pero también soledad.

Me pareció que era muy pronto para llamar a Julieta, pero por otro lado la había pasado bien y  ella podía sacarme a Sofi de la cabeza. Quizás no tenía que cerrarme tanto. Nos reíamos, era bonita, me calentaba y era medio judía. Si hacía falta podía presentársela a mamá para que no hinchara las bolas. La llamé. Ella estaba en la casa de unos amigos en Boedo, me invitó y fui.

Charlamos agradablemente. Sus amigos eran sobrinos o conocidos del poeta Fernando Noy. Me cayeron bien. Poesía y filosofía de vino y porro. Julieta estaba un poco callada, como cansada, no hablé mucho con ella, tampoco me dieron ganas, no coincidíamos en casi nada. Salimos, nos metimos en un taxi y fuimos a casa. En el viaje casi ni hablamos.

Cuando llegamos fuimos directo a mi habitación. Nos desvestimos y vi su cuerpo con luz. Su culo era más grande de lo que recordaba y vi estrías que no había notado. Le puse mucha onda y ella casi nada. Cogimos mecánicamente. Éramos un matrimonio judío con 30 años de casados llegando a casa, yendo al dormitorio y desnudándose sin hablar. Se me vinieron a la cabeza imágenes del matrimonio, el trabajo, los hijos, la rutina y una pelea matrimonial insípida por el control remoto. Se me bajó.

Ella se asustó. Me preguntó por qué la había sacado. Estaba un poco nerviosa y quería saber si el forro se había roto. Difícilmente hubiera podido romper un forro con la pija muerta. La tranquilicé y me saqué preservativo. Me hice una paja en la cama mientras ella me acariciaba. Acabé y llamó la madre. Julieta le dijo que iba para allá. Levantó sus cosas y se fue. Sin decir nada. Nos dimos un beso y salió.

El enamoramiento pasajero es increíble. Hay momentos antes del encuentro físico que siento amor profundo y sincero por alguien que después del segundo o tercer orgasmo quiero descartar para siempre de mi vida.

Para fines de septiembre la primavera estaba a punto caramelo. La Negra no contestaba, Daniela estaba con finales y Sofi había encontrado un nuevo novio. Así que una tarde le mandé un mensaje a Julieta invitándola a cenar a casa. De última siempre podíamos tomar mucho vino, emborracharnos, coger en la terraza y no vernos más. Nunca respondió. Dos semanas después apareció con un mensaje en Facebook: Disculpame pero estaba con algunas cosas y por eso no te di bola, quiero hablar con vos, ¿podemos encontrarnos?. Nos vimos en la esquina de su casa, frente a la plaza de Anchorena y Córdoba. Sonaba rara, me preocupé bastante.

Cuando la vi estaba seria y me dijo que tenía algo importante que decirme. Mi corazón se detuvo. Recordé el garche frente de la Casa de Gardel: era SIDA. Empecé a pensar en mi vida con SIDA. Yendo a la prepaga para reclamar mis remedios, haciendo quilombo, deprimido, sin ganas de laburar, sin nadie con quien coger por miedo, escribiendo crónicas deprimentes sobre mi enfermedad, sin laburo, pidiendo en la calle, la gente teniéndome lástima y muriendo de una neumonía en un hospital público.

—Mirá Uri, tengo un atraso, y me hice un test. Estoy embarazada de seis semanas. Me hice una ecografía y está todo bien. No estuve con nadie más que con vos y no estoy segura de querer abortar.

Hubiera preferido el SIDA. Mi corazón no volvía a funcionar como antes, latía muy fuerte. Me repetía a mí mismo tranquilo, no pasa nada, un aborto no es nada, se paga y será.

—Juli tenés 22 años, qué vas a hacer de tu vida, estás en el tercer año de psicología, no trabajas, vivís con tus viejos. Además yo soy actor. Vivo como un lumpen compartiendo un departamento. Tengo 26 y muchas ideas, y esas ideas están dan cierta luz, pero ni en pedo alumbran a toda una familia. No me parece que sea bueno para vos, ni para mí, ni para un bebé.

Las palabras me brotaban como si las hubiera pensado antes. En realidad alguna vez había ensayado el discurso. Se me durmió el brazo izquierdo y el derecho me picaba. Respiraba hondo, me rascaba, repetía frases pro aborto y trataba de no perder la paciencia.

—No nos conocemos, nos vimos un par de veces, me parece demasiado importante un hijo como para tomar una decisión. Yo no tengo trabajo fijo, no tengo plata, vos sos muy joven, no te recibiste, no nos conocemos.

—Sí, Uri, pero mirá, una amiga abortó y no quedó muy bien de la cabeza. Yo no quiero que me pase lo mismo. Mi viejo averiguó en una clínica para hacerlo, pero no estoy segura. Además vi la ecografía. No creo que pueda hacerlo.

—Juli pensá que es para toda la vida. Toda la vida, ¿entendés? Como un tatuaje pero que no te podés borrar nunca. Además abortar hoy en día es una pavada, vamos a un buen lugar, somos clase media, no te vas a morir por esto, pagamos bien y pim pam pum.

Había una parte de ella que quería pero otra no tanto. Por un momento pensé habíamos llegado a algo, me tranquilicé y volví a sentir el brazo izquierdo. El derecho todavía me picaba. Salimos y quedamos en que hablábamos. Ella iba a pensarlo un poco, pero había visto la ecografía. Un puntito del tamaño de un renacuajo la había hecho flashear en colores. De todos modos yo buscaría a un médico para que se informara sobre las posibilidades de abortar y olvidarnos para siempre del asunto.

Fui corriendo a lo de mi hermana, le conté la situación. Buscamos ginecólogos que pudieran ayudarnos. Encontramos, después de varios llamados desesperados, a una amiga de una amiga que nos dio un turno a los dos días. La llamé a Julieta y me dijo que no quería venir pero que fuera y que después le contara.

Fui con mi hermana. La ginecóloga nos habló del Misoprostol, una pastilla que es en realidad un protector gástrico pero que en los últimos años se usaba como abortiva antes de los tres meses de embarazo. Nos explicó todo y nos dio una receta.

Salimos esa misma noche a buscarlo. Las farmacéuticas nos esquivaban cuando escuchaban la palabra Misoprostol. Pasamos una hora de farmacia en farmacia en el auto de mi cuñado. Hacía unos meses que salía con mi hermana y esa era mi presentación oficial. No habló mucho, se dedicó a manejar y a controlar los nervios de mi hermana mientras ella controlaba los míos.

Llegamos a un Farmacity por el centro. La mina del mostrador me miró con cara de monjita descuajeringada y me dijo casi gritando que ahí no vendían el remedio. Le contesté que Dios la guarde en la concha de su madre virgen y salí. No podía más. Pensaba en la familia, en ser padre, en Julieta, en su madre, en mi madre, en la vida, en el arte, en la pastilla, en el aborto y la sociedad careta. Me picaba el brazo y la urticaria se expandía a la pelvis. En otra farmacia conseguí una loción para la picazón pero ni rastro del Misoprostol. Casi a la madrugada un farmacéutico gordo, desprolijo y totalmente dormido me vendió las píldoras y me fui a dormir, o a tratar de.

Al otro día la llamé a  Julieta y le dije que había hablado con la ginecóloga. Que conseguí unas pastillas y que no era tanto quilombo. Nos vimos en un café. Ella casi que no me miraba. Le di las pastillas en la mano escondiéndolas, como si fuese una baullo de porro. Hablábamos bajito. Le pasé un teléfono al que podía llamar por cualquier emergencia y le dije que la acompañaba en el momento que fuera a hacerlo. Ella me dijo que lo iba a hacer sola y que de hecho no quería verme nunca más después de esto. Acepté con gracia el desafío.

Pasó una semana y yo estaba apenas un poco más tranquilo. Todavía me venían flashes del embarazo, momentos de preocupación, imágenes de mi vida en familia. Laburar a la mañana, volver para cenar y mirar TV. El brazo me seguía picando y me había salido una pequeña protuberancia al lado de la oreja. Hacía dos años me habían sacado una igual del mismo lugar.

Era sábado, estaba por salir a hacer un show en una fiesta en algún lugar del conurbano y sonó el teléfono. Era Julieta llorando. Me dijo que no salió bien lo de las pastillas y que iba a seguir con el embarazo. Me quedé duro. El corazón me empezó a explotar. Le pedí que se calmara. Estaba muy nerviosa porque la madre estaba atrás gritando que se haga cargo. Le pedí que me pasara con su mamá. Cuando me atendió, sin un hola, sin un buenas noches, dijo gritando:

—Mirá Uriel yo se que vos sos judío pero yo soy muy católica y estoy en contra del aborto y del matrimonio homosexual.

—Señora cálmese, no sé de qué me habla, ¿cómo es su nombre?

—¡Clemencia me llamo! Y si ustedes hacen un aborto yo les juro que les hago una denuncia penal.

Tenía el corazón que se me salía del pecho, la protuberancia en la oreja latía y el brazo totalmente en erupción. Me senté y le pedí que me pasara con su hija de nuevo. Julieta me dijo una vez más que lo iba a tener. Le dije que nos viéramos y quedamos encontrarnos al día siguiente a la mañana.

Fui a hacer el show. Una mierda divertida por la que pagaban más o menos bien. En el viaje le conté la historia a Coca, mi compañero y jefe.

—Tengo que buscar un laburo, esto no me alcanza, voy a tener un hijo.

—Calmate, todo va a ir ok. No te das una idea la cantidad de gente tiene hijos así. La mayoría somos de casualidad.

—Es una cagada, una recontra cagada

—Eso no te lo puedo negar

La fiesta tenía entre los invitados varias mamás con bebés. Por momentos me perdía pero el show salió bien y comprendí la increíble tarea del payaso: podés estar totalmente deprimido y brotado pero hacer reír durante una hora sin sentir ni un puto síntoma.

Salimos con Coca y fuimos a tomar un café. El brazo izquierdo me hormigueaba y el derecho ya necesitaba corticoides. Por momentos sentía una opresión en el pecho que no me dejaba respirar. Coca me bancó hasta tarde, pasé por casa, me bañé, me fumé un porro y fui a la estación de servicio en la esquina de Córdoba y Agüero. Julieta estaba tranquila.

—Yo lo voy a tener. A mí no me importa si vos estás o no. Mis padres están bien económicamente y me van a ayudar.

—Juli ¿estás segura? ¿No querés que veamos a un buen médico? No le des bola a tu vieja, es un discurso antiguo.

—No Uri. Mi vieja está un poco pirada, pero con o sin vos lo voy a tener. Si querés andate y no te hagas cargo.

—Yo no me voy a ir, jamás pensé en irme. Además no puedo ir a ningún lado… me voy a hacer cargo de mi hijo. Pero esta es una decisión de los dos y vos la estás tomando sola.

Salimos, nos dimos un beso en la mejilla y quedé en que la llamaba. Necesitaba tiempo para bajar. Ese día hablé con mi hermana y a la una y media de la mañana caímos con ella en la casa de mis viejos.

—¿Qué pasó? —la cara de pánico de mi vieja era terrible.

—Me mandé una cagada mamá, dejé embarazada a una mina que no conozco y lo va a tener.

Por un momento mi mamá esbozó una pequeña sonrisa. Se alivió. No era SIDA y en definitiva las madres lo único que quieren es que procreemos para saber que su sangre seguirá viva por los tiempos de los tiempos.

Me largué a llorar desconsoladamente. Mi vieja me abrazó. Más fuerte que de costumbre. Mi viejo estaba ordenando papeles en la mesa, mientras yo lloraba y puteaba a la vida, levantó la mirada y me dijo:

—Ese pibe no es tuyo, te quieren embaucar.

Nunca más volvió a hablar del tema.

Las primeras semanas fueron duras. Traté de asimilarlo y se lo conté a los más íntimos. No podía aparecer un día de la nada diciendo hola este es mi hijo.

Me recomendaron una psicóloga. El consultorio estaba justo a la vuelta del hotel Alvear. Silvina tenía cara de esqueleto sabio. Alargada y medio deforme. Fumaba Parisiens. Me senté la primer sesión y le manguié un pucho. Le conté mi historia. Todavía no había vuelto a hablar con Julieta, que para entonces ya tenía casi tres meses de embarazo. Silvina preguntaba y yo contestaba.

—¿Querés ser padre?

—No

—¿Estás seguro?

—Si

—¿ En algún lugar de tu ser, de tus pensamientos, tus sueños, te imaginás algo de eso?

—Bueno… recuerdo una imagen, un sueño de una nena acercándose corriendo hacia mí y abrazándola.

—¿Y cómo te hacía sentir?

—Bien, creo que bien, era un lindo momento.

—Entonces quizás no es que no quieras tener hijos, quizás no los querés tener en esta contingencia, que en este momento te abruma.

—Puede ser…

Silvina me tranquilizó un poco y cuando estaba saliendo de la sesión me dijo:

—Estás seguro que no querés venir dos veces por semana, es recomendable por lo menos al principio

—No, por ahora estoy bien, creo no me hace falta.

En ese momento me sonó un mensaje. Miré y era de Julieta. Leí en voz alta, Uri, no quería molestarte pero quería que sepas que son 2 bebés.

—Uriel, si querés podés quedarte ahora o volver en dos días

—Vuelvo el jueves.

Salí por Callao enajenado. Pensaba en eso de que la tragedia más tiempo es comedia y lo único que podía hacer era reír y mover la cabeza de un lado a otro repitiendo frenéticamente no puede ser. Estaba pasando algo que no podía terminar de creer, que era un sueño, una broma del gordo Goldman. Caminé más rápido para tratar de no pensar. Me picaba el brazo y la pelvis. La protuberancia en la oreja latía. Llamé a Julieta, le pedí tomar un café con ella y nos vimos en un bar en Gallo y Córdoba. Llegué y estaba sentada con una Coca-Cola en su mesa, escribiendo un mensaje. La saludé. Me senté mirándola a los ojos, estaba tranquila. Yo no.

—Juli, ¿estás segura de que no querés abortar?

—No voy a abortar Uriel… Además quedate tranquilo… Si son varones les vamos a hacer el bris.

Ella siguió hablando, pero yo ya no podía escucharla. Me negaba. Los pañales, la comida, la escuela por dos. Iba a tener que trabajar el doble. No había retorno.

No quería estar más ahí. Ella no estaba muy comunicativa y yo no tenía nada más para decir. Necesitaba un refugio. Terminé la Coca y le dije que la llamaba. Me fui caminando a casa. Treinta y cinco cuadras. La llamé a Ceci.

—Ceci, son dos.

—¿Dos qué?¿de qué hablás Uriel?

—Son dos, Cecilia…

—Ay, Uriel me estoy depilando, ¿de qué hablás? Pará, ¿dos? ¿dos bebés?

—Sí.

—¿Vas a tener dos bebés?

—Sí.

Ceci se rió mucho. No podía parar de reírse y me hizo reír a mí.

—Ceci, ¿qué voy a hacer?

—Nada Urito, ¿qué vas a hacer? ¡Padre!

Estaba desesperado, obsesionado por volver el tiempo atrás, encontrarme a Cristopher Lloyd y volver a la noche del polvo. Pararme a mí mismo en la esquina de Jean Jaures y Lavalle y darme un paquete de forros, darme una palmada en la espalda y hacerme un guiño de ojo.

Lo llamé a Jony. Jony es uno de esos amigos que pueden empatizar con una situación así. Con él habíamos compartido nuestra primera casa como adultos independientes. Era un tres ambientes medio destruido en Ciudadela. El hermano hippie de otro amigo nos la había dejado, aunque nunca supimos muy bien  por qué se tuvo que ir ni a dónde.  Unos años después de vivir en Ciudadela, Jony se enamoró de una artesana brasileña y se fue de viaje con ella. A los seis meses intentó asesinarlo. Él podía entender sobre calcular algo mal y pagarla caro.

—Jon, tengo que contarte algo.

—Si, me contó Ceci.

—¿Y qué decís que haga?

—Mirá, tenés dos opciones: o la tiramos por las escaleras o tenés a los pibes y les ponés Jean y Jaures.

—Gracias, Jon. Sos un amor, pero necesito que me digas algo, amigo.

—No se qué decirte, Uro. Va a haber que remarla, no queda otra… igual fijate si son tuyos.

Mi viejo había tirado esa hipótesis al principio. Pero a mi viejo el tiempo lo volvió un ser desconfiado. Él tenía una distribuidora de calefones, le iba bastante bien. Uno de los socios empezó a robar de la empresa y ahí se fue todo al carajo. Se deprimió, y le vendíó su parte al socio restante.  A partir de ahí confiaba muy poco en él y menos en los demás. Para él, todos lo podían cagar y siempre hay que ir con mucha precaución.  Aún así, podía tener razón.

Volví y me metí en la cama de Ceci a mirar la televisión. El vicio mayor. Cuando era chico pasaba días frente a la tele. Mis viejos querían que hiciera deportes y yo no le veía el sentido a pibes corriendo atrás de una pelota para ganar o perder. Además a mi papá nunca le gustó el fútbol, así que cuando los varones jugaban, yo me quedaba charlando con las nenas. Mis viejos insistían, así que me anoté en lucha grecoromana. Usé esas mallitas ridículas y llegué salir segundo de tres en un campeonato en Mar del Plata. El básquet me gustaba pero era muy malo, no me concentraba. La natación también la disfrutaba pero me daba mucha paja. Lo que más me atraía era quedarme frente a la tele mirando cualquier poronga. Alf, La isla de Gilligan, Brigada A, el Chavo, Mork y Mindy, el Zorro, Batman, Beverly Hills 90210. El resto era enfermedad,  Indiscreciones con Lucho Avilés, Causa Común con María Laura Santillán o Hablemos Claro con Lía Salgado. Una tarde a los trece, mirando Yo me quiero casar y usted, me di cuenta que estaba perdido. Sin embargo me gustaba la forma en que Roberto Galán entrevistaba a los viejos, los dejaba hablar porque al principio decían lo mismo todos, pero después se soltaban y te sorprendían. A los catorce mis viejos decidieron subir en la escala social y poner cable. Esa fue mi perdición: maratones de Friends, The Nanny, That 70´s Show, Los Simpsons, Seinfeld, Buffy la Cazavampiros . Volvía de la escuela, me acostaba y cambiaba frenéticamente de canal.

Así que cuando me mudé con Jony a Ciudadela decidí dejar la televisión en lo de mis viejos para no enfermarme de rayos catódicos y hacer algo más productivo. Pero si estaba mal me perdía. En lo de mis viejos, en lo de un amigo o simplemente en la vidriera de una casa de electrodomésticos. Cuando nos mudamos a Almagro con Ceci ella me dijo que no podía vivir sin tele. Para colmo de males,todavía funcionaba el cable que había quedado de la inquilina anterior.

Una de esas tardes de cuelgue infinito, estaba plácidamente sedado mirando Intrusos cuando sonó el teléfono.

—Hola, ¿Uriel?

—Sí, ¿quién habla?

—Soy Carlos, el padre de Julieta.

—Ah, hola.

—Mirá ahora que ya no hay vuelta atrás, me gustaría tomar un café con vos, sin presión. Me parece que estaría bueno que nos conozcamos ya que voy a ser el abuelo de tus hijos.

—Sí. Está bien, en este momento estoy ocupado, dejame tu teléfono y te llamo.

Anoté su teléfono, lo dejé en el escritorio, en la montaña de papeles y tarjetas que no tocaba hacía semanas y seguí escuchando los chismes sobre el clan Süller.

Cada vez necesitaba hablar más con mi psicóloga y escuchar su voz grave. Sentir sus Parissienes y sus preguntas precisas. Era octubre y para esa época ya había pasado al diván.

—El papá de Julieta te dijo ya no hay vuelta atrás.

—Sí.

—¿Qué pensás de eso?

—Que tengo que seguir adelante.

—Ajá.

—Tengo que aceptarlo y hacerme a la idea de que voy a ser papá.

—Y eso, ¿cómo te cae?

—Como el orto.

—¿Qué quiere decir eso?

—No sé. Me da miedo. Tendría que dejar mis sueños, trabajar en algo que no me gusta. Y aún así no poder mantenerlos. Sentirme frustrado el resto de mi vida por un polvo malogrado en una noche de calentura.

Esa semana conseguí trabajar en otros dos eventos que me salvaron el mes. La llamé a la Negra para que viniera un rato a casa. No fue fácil. Al principio me dijo que no, que yo solo quería coger y después me borraba. Y era cierto. Me encantaba coger con ella, pero después me alejaba. Podía no llamarla por semanas e ignorarla cruelmente. Hacía cualquier cosa para encontrarla, la pasábamos bien,  nos divertíamos un rato y cogíamos hermoso. Ni bien acababa quería que desapareciera y hacía todo lo posible para que eso sucediera.

Le dije que le iba a preparar una rica merienda y que mirábamos la última de los hermanos Anderson en la tele de Ceci. Le dije que me estaba quemando la cabeza solo, que la necesitaba y que la quería. Dos horas más tarde vino, con sus jeans ajustados marcándole las curvas y, aprovechando la primavera, se puso una camiseta que dejaba ver su caballito de mar tatuado en el hombro. Abajo del caballito había un pulpo. Su idea era seguir llenando de peces el resto del brazo y me volvía loco la idea de meterme en el mar. La saludé en la puerta y me corrió la cara. Yo había comprado medialunas, unas pepas y preparé jugo de naranja, licuado de banana y café.  Ella se enojó y me recordó que había dejado las harinas, la leche y que ya me lo había dicho mil veces. Era verdad, me lo había dicho mil veces. Desde que dejó la militancia comunista había dejado de comer carne de vaca y de cerdo, después el pescado y ahora estaba yendo hacia el veganismo sin harinas, huevo ni lácteos.  Me molestaba que pusiera toda su fe en cualquier verga  mientras pasaba la mayoría de su tiempo en un call center.

Tomó el jugo y me pidió un mate.  Le pedí disculpas y le conté la historia de los mellizos que  hasta entonces se la había ocultado. Le dije que estaba mal, que no sabía qué hacer, que me pasaba horas frente a la tele y que no podía salir de la depresión. Al principio se enojó mucho. Cómo no se lo había contado antes. Después me preguntó si seguía con Julieta. Le dije que no, que nada que ver, que de hecho la estaba odiando un poco por haber tomado una decisión tan grande sin mí, pero que ella tenía la última palabra y yo estaba intentando aceptarlo. La Negra se enterneció y me abrazó. Armé un porro, tomamos mate y terminamos en el sillón. Yo estaba muy caliente. La levanté en mis brazos para ir a la cama y en ese momento sonó mi celular.

—¿Hola?

—Hola Uriel, ¿Cómo estás? habla Carlos, el papá de Julieta. Como no me contestaste, me atreví a llamarte de nuevo. ¿Te encuentro ocupado?

—Ah, Carlos, si, no. Estaba con unas cosas acá.

La Negra se puso la remera, se levantó y se fue enojada.

—Bueno mirá Uriel, ¿te parece si tomamos un café?

—Eh, si, dale —arreglamos encontrarnos en un bar. Cuando corté, la Negra estaba parada en la puerta. Me pidió que le abriera.

—¿Así que soy unas cosas?

—No, es que… era el abuelo de mis hijos.

Agarró las llaves, abrió las dos puertas, salió y las tiró en el pasillo.

Reconocí a Carlos ni bien entré al bar de Salguero y Corrientes. Anteojos casi culo de botella con marco de metal, canoso y cara de buen tipo. Estaba en una mesa tomando un café. Nos presentamos, me senté y pedí un cortado chico.

—Mirá, Uriel, yo quiero que mi hija y mis nietos estén bien. Yo estoy cómodo económicamente y por ahora puedo bancarlos a todos. Así que por eso no te tenés que preocupar. Lo importante es que aparezcas, por lo menos para que los chicos tengan una referencia de padre.

—Mirá Carlos, yo voy a estar. No me voy a ir a ningún lado. Yo pongo mi cara en cada obra que hago y la dirección donde me voy a presentar. No me puedo esconder. Los voy a cuidar y aportar todo lo que pueda. Soy actor, trabajo mucho, me va más o menos bien. Soy una persona responsable, no voy a desaparecer, también quiero lo mejor para esos chicos. No soy una mala persona.

Carlos quería imponerme respeto y un poco retarme por haberme cogido a su hija y haberle hecho dos pibes. Me contó que tenía un negocio de bijouterie en el centro y que había abierto otros dos en Morón.

—Yo trabajaba para mi padre en la calle Libertad. Él tenía una joyería y yo lo ayudaba. Pero en los ’90 le empezó a ir mal, a la crisis se sumó que mi papá ya estaba viejo. En eso conocí a Clemencia, salimos un tiempo y ahí nació Julieta. Después de un par de meses me fui a España a trabajar porque aquí no me iba nada bien. Pero la llamaba todos los días a Juli y la escuchaba por teléfono. Bueno, allá tuve otra hija con una señora. Cuando volví a Buenos Aires me casé con Clemencia y tuvimos a Damián, que ahora está por hacer su bar mitzvá.

En el subtexto de lo que Carlos estaba relatando tan amablemente pude entender que su historia era más embrollada de lo que contaba. Había embarazado a una goy y sobre la debacle menemista el padre lo mandó a España. Ahí conoció una mina y  tuvo otra hija. Se arrepintió y años más tarde, cuando murió su padre, volvió y se casó con la goy, que ahora se había vuelto una agente de la SS por haber sido abandonada con un crío por un judío. La historia era rara pero hacía que la mía pareciera un poroto y eso me alivió.

Nos dimos la mano y quedamos en que hablábamos y no le dijera a Julieta de nuestro encuentro porque ella no sabía. Él había sacado mi número de su agenda. Cuando estábamos por levantarnos, escucho una voz grave que me llama:

—¡URIEL!

Era mi ex jefe, La Mosca. Un director de teatro andrógino, mucho maquillaje, chiquito y de pelo rojo furioso. Yo había sido su asistente durante cuatro temporadas y fue él quien me dejó subir a actuar por primera vez a un escenario profesional. Era odioso pero querible. Una chica Almodóvar del under porteño. Carlos lo miró y me miró.  Yo saludé a La Mosca y me dispuse a salir del bar, pero él se opuso.

—Vení Urito, no seas maleducado —dijo con su voz grave y sus rasgos femeninos tan contradictorios.

Carlos me dio la mano, miró a La Mosca, me miró, suspiró y salió. Me acerqué a su mesa y me senté con él. Carlos siguió mirando desde afuera hasta que se subió al auto y desapareció.

—¿Qué haces, Mosca? Perdóname, es que estaba con el abuelo de mis mellizos.

A la semana me llamaron para un casting. Había mandado mi CV a más de doscientas direcciones y por  primera vez en meses alguien me había contestado. Era una compañía de teatro en inglés. Tenía que preparar un monólogo en castellano y después leer un guión con acento nativo. Sabía inglés, había estudiado en un instituto, tenía el First Certificate, había viajado y había trabajado con turistas. Ellos necesitaban bilingüe pero Igual me tenía confianza.

Era una casa en San Telmo, había un par de pibes en una sala de espera. Las que tomaban la prueba eran dos minas que parecían buena onda. Mi monólogo les encantó, había llevado un personaje creado en las clases de Cornelio, un profesor que estaba de moda en algunos círculos del under.  Con él habíamos armado un tipo medio baboso que contaba su primer amor de verano en Bahía Blanca. Después me dieron un texto en inglés que parecía de una obra contemporánea. Yo tenía que hablar con mi hermano, contarle que mamá nos había dejado una carta y que ella hubiese querido que la abriéramos juntos.

Era una escena muy realista y cuando empecé a leer el texto exageré bastante el british para que no se dieran cuenta que no era nativo. Sus caras se fueron transformando, entonces me puse más nervioso y exageré aún más el british. Se me vinieron los bebés a la cabeza. Un hermano hablándole al otro. Julieta había muerto y les dejó una carta en la que les confesaba quien era su verdadero padre. Me puse más nervioso.  Alargaba cada vez más las vocales. El acento pasó de latino british a pakistaní. Un minuto después una de las minas dijo gracias y la otra nosotras te llamamos.

Salí frustrado caminando por la 9 de Julio hacia el microcentro escuchando Rhapsody in blue de Gershwin y repitiendo mentalmente es el peor año de mi vida. Había perdido una oportunidad para laburar de algo que me gustaba y por buena guita. Casi en el Obelisco, me llegó un mensaje de un número desconocido: Hola Maradona. Pensé que se habían equivocado de número o que el gordo Goldman me estaba jodiendo. Le contesté ¿Quién sos? Un minuto después me llegó otro mensaje: Hacete cargo de tu sangre. Me imaginé a alguna amiga de Julieta medio forra, una pendeja aburrida sin nada que hacer. Me enervé un poco y quise llamar pero no tenía crédito. Busqué un locutorio y marqué.

—¿Hola?

—Hola, ¿quién es?

—¿Quién es ahí?

—Ah, soy Clemencia, la mamá de Julieta

—Ah, Clemencia, ¿cómo estás? ¿Qué son esos mensajes?

—¿Así que vos no te vas a hacer cargo de tus hijos? Sos un demonio como todos ustedes. Mi marido también es judío ¿sabés? Y me pasó lo mismo con él, son todos iguales. ¿Vos hacés eso con todas las chicas? ¿Las dejás embarazadas y te vas? Tenés que hacerte cargo de tu sangre. Voy a rezar por vos, ¿sabés? Para que salgas de esa locura, para que no jodas a nadie más.

—Esperá un poquito, Clemencia —le dije con tono firme y cortante. —Primero, no entiendo por qué me mandaste un mensaje anónimo como si fueses una nena de quince años. Me parece que, si vamos a ser familia, no es forma de tratarnos.

—No, porque vos y tu familia seguro son iguales. Ya los conozco, yo tuve que superarlos una vez, otra vez no, y no voy a parar, porque sos el demonio ¡Satanás!

—Mirá, Clemencia ¡te calmás! —le grité tan fuerte que el locutorio entero se dio vuelta a ver qué pasaba. —No decís una puta palabra de mi familia porque no la conocés y porque si nosotros vamos a ser familia no me parece que tu primer comportamiento sea una pendejada como mandarme un mensaje anónimo diciéndome Maradona. La semana pasada me junté con tu marido y le expliqué que no me voy a ir a ningún lado. Este tema me tiene tan preocupado como a ustedes. Voy a tener dos hijos la puta madre. ¿Te pensás que me chupa un huevo, Clemencia? Y si vos querés hablar conmigo me llamás y nos juntamos a charlar como gente civilizada, como hice con tu marido.

—No, pero yo no sé si sos casado, si tenés hijos, si hacés esto siempre…

—Mirá, Clemencia no soy casado, no tengo hijos y tengo los huevos en la garganta por esta situación. Si en algún momento querés hablar me llamás y nos vemos. Que tengas buenas noches.

Caminé por Corrientes muy nervioso. Esa vieja era la imagen de la locura y la iba a tener atada durante toda la vida. Lo peor de todo es que les hablaría mal de mí a mis hijos. Y ellos al principio no sabrían que su abuela les estaría mintiendo, creerían sus locuras y entonces me odiarían, odiarían a su propio padre.

(Continuará)

“Te amo” de Sofía Belsito

Te amo
firmé
copia carbónica con tu sociedad
anónima
y me entregué entera
impresa en la rúbrica
“persona física
asalariada a tu franquicia
transitoria”
(jornalera)
a contrato de palabra:
te amo
una vez por semana

Y vos
ingresaste a mi
todo
amor apertura
a mi
cariño librecambista
y te amé
¡sí! te amé precio dólar
te importé
a mi vida
para que no te importe
mi amor ahorro
paralelo
tu amor cipayo
privatista
vendepatria
forastero, turista
tu amor  veraneo
tu amor de temporada
temporada de descuentos
tus títulos a oferta

Ofertaste tu deuda
a mi demanda interesada
en folletos de beneficios
vencidos

Me casé en el período de prueba
tres meses a 99,90
sin reembolso
ni recompensa

Reventa emocional
remate impresionista
gran barata
mi cuerpo al costo
mi carne matriculada
a la muestra de lo que sería
tenerte

Vos oficial
(y único)
me buitreaste a fondo
yo blue
me ajuste a tu persona
te acorralé
para evitar mi quiebra
contracción a mis
capitales en riesgo

socia vitalicia
a tu superclub de romanticismo
de abierta inscripción y requisitos mínimos
testaferro de tus activas
la chica offshore
primera dama
de la segunda, tercera
cuarta
la acompañante, cómplice
la tributaria, contribuyente
la propietaria, accionista
a tu enriquecimiento ilícito
mi responsabilidad
toda
tu responsabilidad
limitada

Te amo
firmé
el resumen de tarjeta de tu amor impostado
desaparecimos del veraz
al paraíso
de tu fiscal compromiso
sin premios a la fidelidad
te contraje con deudas

Transacción de amor oportunista
absorbí
los costos, tus gastos fijos
respaldé tu hipoteca
tu capital depreciado
yo gravada
tu joven clienta inversora
tu chica con cara de
quiero!

Te quiero
sin depósito ni garante
te siento
mi hombre platinum
siento tu olorcito a ahorro
tu financiamiento democrático
ahora yo, ahora vos
ahora doce
y en doce te encajé en mis líquidos
y en líquido exigí
la explotación exclusiva de tus utilidades

Me acredité a tu sistema
prestándome a ser yo
embargada, compré
mi gran estafa.

 

“Luna de Fez” por Nicolás Chausovsky

Danielita era hermosa. Veinticuatro años. El color de su piel lucía un tostado natural. Sin dudarlo, elegía perderme en el negro profundo de sus ojos. Sus labios eran delgados y pedían a gritos que se los mordiera. Las ondas de su pelo caían sobre los hombros siempre descubiertos. Estudiaba psicología en la UBA y vivía en Boedo junto a sus padres. Nos habíamos conocido en las clases de teatro. Nos gustamos desde el primer día. Ella sabía que estaba de novio y, por eso, cada vez que intentaba un avance carnal, hacía todo lo posible por frenarme.

Durante los últimos meses habíamos estado franeleando fuerte mientras ensayábamos. Nos juntábamos a hacer ejercicios en un departamento vacío que tenía su familia a la espera de ser alquilado. Allí, repasábamos las escenas que después representaríamos en clase. Casi siempre elegíamos una situación en la que una pareja discutía y después se arreglaba fruto de la pasión que los unía. Era así como terminábamos a los besos y a los revolcones caminando sobre la permeable frontera que distingue ficción de realidad.

Un par de semanas antes de separarme, Danielita vino a ensayar al departamento que compartía con mi novia. Era sábado a la tarde, Pau había salido con su amiga Sol a merendar y me dio vía libre para invitar a mi compañera a casa. La escena que preparábamos para la muestra de fin de año era la de película Whatever Works de Woody Allen. Allí, personaje naive que interpreta Evan Rachel Wood decide darle un corte definitivo a la relación y  pone en aprietos emocionales a la soberbio intelectual caracterizado por Larry David.

Estábamos pasando letra en la cocina y, en un impulso fuera de guión, la tomé de la cintura. Deslice mi otra mano dentro su musculosa y con la yema de los dedos empecé a rozarle los pezones. Fui descendiendo hasta filtrarme dentro de su pantalón. Lo primero que sentí fue la suavidad de la tela de su bombacha. Se la corrí y empecé a acariciarle los labios de la vagina. La masturbé en forma suave y constante. Se humedeció. Esbozó un intento de resistencia que se deshizo en seguida. Ese movimiento de cintura me excitó. La pija se me puso dura. Me desabroché el jean y le pedí que me la agarrara. Nos besamos y nos tocamos un buen rato. Luego se arrodilló y me bajó los pantalones hasta los muslos. Volvió a atraparme la pija, la arrimó a su boca y la sostuvo con los labios. Tenía talento. Era una de esa habilidades que una vez que se aprenden nunca se olvidan. Como andar en bicicleta sin tocar el manubrio.

Se escuchó el ruido de las llaves. En los cinco segundos que Pau tardó en abrir la puerta y aparecer en la cocina, nosotros ya estábamos vestidos y separados por una mínima distancia que pretendía disimular lo sucedido. La piel sonrojada y el pelo despeinado de Danielita atentaban contra la puesta espontánea que estábamos montando. Pau la saludó en forma correcta pero fría. A mí me dio un largo beso en la boca. Nos había traído un budín de banana para acompañar el mate y el ensayo.

* * *

Mi departamento de soltero seguía teniendo el aspecto de un aguantadero. La mitad de las cajas permanecían sin abrir y, si no fuese por el colchón en el suelo, nadie hubiera pensado que allí vivía alguien. En esa escenografía, un viernes me decidí a invitar a Danielita. Estaba pendiente coger.

Ella tenía muy claro que su piel contrastaba a la perfección con los colores crudos. Las mujeres conocen las combinaciones que las hacen irresistibles. Mezclan perfumes con miradas, palabras con escotes o silencios con sonrisas cuando buscan provocar el hechizo. La alquimia que manejaba Danielita era un brebaje que fundía belleza barrial con dosis de ingenuidad adolescente. Además, llegó con una botella de Fernet.

Después del incidente en mi ex casa, solo nos habíamos cruzado una vez en clase. Con todo el quilombo mental que me estaba significando la separación había decidido dejar teatro. Unos cuantos SMS de ida y vuelta nos mantuvieron comunicados durante ese período, pero no mucho más. La depresión y la culpa me habían paralizado. Me faltaba valor y no tenía energías para encarar una situación de seducción. El retorno a la soltería lleva a la promiscuidad y la promiscuidad a exigencias de rendimiento en la intimidad. Imaginarme remando con sonrisas o chiste malos la posibilidad de una erección fallida me daba pereza. La paja funciona como un lugar ajeno a la mirada escrutadora de los otros y, por tanto, un remanso de confort emocional.

Destapamos el Fernet y servimos dos vasos con Coca. Charlamos un buen rato y nos actualizamos de la vida. Danielita había empezado a salir con un pibe que militaba en el PRO. No le parecía muy inteligente pero la trataba bien. Eso la conformaba. Yo le conté que no tenía para nada claro qué iba a ser de mi vida. Le mentí diciéndole que ya había encargado un sillón y una mesa ratona con la idea de darle otro aspecto a mi casa. Me preguntó de qué color iba a ser el sillón. Le dije que no lo tenía definido y que me parecía una excelente idea que fuera ella quien lo decididiera. Violeta, me dijo. Sabiendo que eso nunca sucedería, le dije que era una opción super acertada, que mañana mismo confirmaría el pedido con el vendedor y la besé. Danielita sonrió y me confesó que estaba enganchada conmigo. La volví a besar mientras nos arrastrábamos hacia el dormitorio. Dejamos caer nuestros cuerpos sobre el colchón y nos quitamos la ropa. Desnuda, Danielita era una muñeca. Armoniosa por donde se la mirara. Los bucles caían sobre sus pequeñas tetas que se erguían orgullosas. Usaba el depilado completo.  Su vagina se exhibía como una sutil rayita entre sus delgadas piernas. La abracé fuerte y apreté su pecho contra el mío. Mientras me recorría el cuello con la lengua me pidió que le mordiera la boca y le metiera el dedo en el culo. Le concedí el deseo con gusto. Luego la di vuelta para que se pusiera en cuatro. Jugueteé con mi pene, rozándole los labios de la vagina hasta que se me puso aceptablemente erecto y la penetré. No usé forro. Con una mano la tomé de la cintura y con la otra la sujeté del pelo. Ibamos a destiempo al principio. Ella adelantaba su cola y yo retrocedía la pelvis. La primera vez con una chica siempre me cuesta. Hasta ese momento, no había tenido sexo con muchas mujeres. Siete u ocho como mucho. Y con ninguna había sido igual. En un momento, Danielita enderezó su espalda e hizo que me fuera mucho más cómodo penetrarla. Encontramos una posición que nos calentaba a ambos. Empecé a metérsela cada vez más fuerte y a dejársela más tiempo dentro. Sentí como se mojaba hasta llegar al orgasmo. La pija se me había hinchando y estaba a punto de estallar. Danielita se soltó. Despegó su cuerpo del mío, se arrodilló en la cama y se la metió en la boca. Empezó a chuparla como si fuese lo único que le importaba en la vida. Mientras lo hacía, me dirigía la mirada. Su ojos eran ingenuamente perversos, casi infantiles. No pude más y eyaculé. Eso no la frenó. Danielita siguió tragando lo que le tocaba en suerte. Una sensación de angustia me invadió. Pensé en Pau, mi ex novia. Me sentí solo. Vacío. Cumpliendo una condena justa pero excesiva. Danielita terminó lo que había empezado. Se recompuso y me besó. Tenía restos de semen esparcidos por toda la cara.

* * *

Pasé casi toda la noche despierto. Dormité un poco la primera hora, pero después me fue imposible conciliar el sueño. Tenía la cabeza a mil. El tic tac del segundero del reloj de Danielita retumbaba en mi cabeza. Su brazo cruzaba en diagonal mi torso y tenía la mano apoyada suavemente en mi cuello. Una luz tenue ingresaba por las hendijas de la persiana debilitando la oscuridad del cuarto. Se notaba una marca de humedad que surcaba todo el techo. Me perdí recorriendo el detalle de esa rajadura que sobre mi cabeza se ramificaba e insinuaba tener vida.

Siempre fue Pau la que solucionaba los problemas de la casa. Con sus propias manos o encargándose de convocar al plomero o al electricista, era ella quien se hacía cargo. Yo no pagaba las cuentas. Ni sabía cómo hacerlo en el cajero automático del banco. Tampoco me preocupaba en aprender esas cuestiones. Me divertía verla metiendo mano en la mochila del inodoro para que dejara de tener pérdidas. Ella disfrutaba humillándome con mi torpeza para las manualidades. Era un gag que repetíamos y nos causaba gracia. Pau también se las rebuscaba con la guitarra criolla y con cuatro o cinco acordes acompañaba cualquier velada. Se sabía el punteo de Post Crucifixión de Pescado Rabioso y, cada vez que la tocaba, terminaba observándola cautivado y un poco más enamorado.

Hicimos muchos viajes durante los nueve años que compartimos. Atravesamos Bolivia con mochila, repitiendo el menú salchipapa con cerveza cada tres días y masticando hojas de coca como postre para no quedar tumbados por el efecto altura. En Brasil, alquilamos un choza inacabada en un playa perdida del litoral de Bahía. Allí, jugábamos a escribir nuestros testamentos. Como una humorada, lo que ella siempre me dejaba eran deudas y boletas de servicios que debía ir a cancelar en una inventada oficina en el microcentro porteño. Mi herencia eran castillos, Lamborghinis y cactus venenosos. Una tarde en Barcelona, nos metimos en esas cabinas en las que te sacas varias fotos seguidas. Improvisamos un dramón tipo novela mexicana en clave de comic. Habremos estado más de veinte minutos ahí adentro. Invertimos casi 50 euros en esa producción. Cuando salimos del cubículo, un par de viejas que esperaban su turno nos miraron con caras de indignadas. Pau les dejó como regalo la secuencia fotográfica que acabábamos de registrar.

La mancha de humedad volvió a ponerse por delante de los recuerdos que disparaba mi mente. La bóveda entera del cuarto pareció reducirse y la cama a ascender hasta dejarme aprisionado entre el colchón y el techo. La respiración se me hizo más corta y agitada. Exhalaciones e inhalaciones resonaban estruendosas como si fueran una voz interior. El recuerdo de un picnic en medio de la campiña del Valle de Loire con vino tinto, queso y paté empezó a tomar forma y se materializó como una imagen vívida en primer plano. Habíamos alquilado un auto en París y veníamos recorriendo kilómetros visitando castillos y viñedos en el sureste francés. Frenamos al costado de la ruta donde encontramos un mesa de tablones de madera. Descorchamos el chinon, una de las variedades de la zona, y nos dispusimos a saborear los manjares que traficábamos. Estaba fresco pero el sol pegaba y nos calentaba un poco. El cielo, azul eléctrico, huérfano de nubes. Apoyé mi mano sobre la de Pau y me detuve a mirarla a los ojos. Me vi reflejado en el celeste cristalino de su iris y le dije que, pasara lo que pasara, lo nuestro sería para siempre. Sonrió y me besó. Acercó su boca a mi oído y me susurró que eso, ella ya lo sabía.

(Continuará…)

“Maquinista Savio” por Santiago Adano

Otra vez el frío húmedo de la madrugada. En verano era fácil: a las cinco de la mañana ya se adivinaba alguna claridad y se podía andar desabrigado y tranquilo. Ahora, en mayo, los días pegaban duro, el frío se ponía intenso y levantarse se hacía cada vez más complicado.

Recién empieza el fresco, pensó José. Se vistió, se puso los borcegos blancos y salió. Desde Maquinista Savio hasta Capital tenía dos horas y media de viaje. A las ocho tenía que estar en el frigorífico. El trabajo era pesado. Pasaba el día manipulando reses de doscientos cincuenta kilos, empujando bloques de carne a través de la sierra, desechando bolsas de hueso sobre esos camiones que llenan la calle de olor a muerte en verano.

Algo de ese trabajo le había enseñado una forma de abstracción profunda, un estado que también identificaba a veces con estar arriba del ring: no pensar en lo que se está haciendo, no pensar si se está cortando al medio el cuerpo de un animal que anteayer pastaba tranquilo a setenta kilómetros de Bahía Blanca o corriendo alrededor de un tipo al que acaban de echar de la fábrica llenándole la cara de golpes. Solamente seguir en movimiento, hacia adelante, sin pensar.

Laburaba hasta las cuatro y de ahí José corría -literalmente corría- hasta el gimnasio, que quedaba a cuarenta cuadras. Había elegido ese trabajo porque además de dejarle una moneda estaba más o menos cerca del lugar donde entrenaba.

El gimnasio había sido originalmente una fábrica de casettes, y en algún depósito todavía quedaban rollos de cinta magnética y cajas llenas de carcazas. Al fondo una puerta de chapa daba a un galpón enorme, algo así como un estacionamiento vacío con paredes de ladrillo desgranado. A pesar del estado calamitoso del edificio y de las máquinas, la gente se acercaba buscando a Raúl, a eso en lo que se había convertido Raúl después de ganarle a Whitaker y a lo que quedaba de aquello en él. Lo cierto es que el viejo todavía conservaba cierta mística y era un buen entrenador. Más de una vez había puesto en su lugar a algún pendejo para enseñarle algo, para joder o porque se le había hecho el vivo. Era un placer verlo dando saltos sobre la lona; era viejo pero se movía rápido y bien, con una gracia tan pasada de moda como hipnótica. Hasta José había transpirado y sufrido el rigor de sus golpes en varios entrenamientos hacía algunos años. Un infarto lo dejó avejentado y frágil. Fue después de eso que tomó al pibe como su protegido. En el gimnasio todos lo aceptaron como el orden natural de las cosas, porque él era un fuera de serie y porque sabían que para el viejo, de alguna manera, era como seguir estando arriba del ring. José tenía en el boxeo su única motivación. Era bueno, era el mejor de todos, y Raúl prácticamente lo había obligado a seguir yendo cuando su papá se murió y la familia volvió a lo de los abuelos en Maquinista Savio.

José llegó al gimnasio un rato antes del horario en que entraba el viejo. Saludó a todos, se cambió y entró al galpón. Fue hasta el centro del tinglado vacío y se quedó parado mirando el techo de chapa roto, después trotó bordeando las paredes llenas de helechos y antes de completar la primera vuelta encontró una paloma muerta en el suelo. Tenía las plumas revueltas pero no parecía que la hubiera cazado un gato, era el plumaje ralo y desordenado de las palomas enfermas. Le miró los ojos. Estaban vacíos. Le parecieron de vidrio, y también le pareció que temblaban. Se encontró pensando en la Luli, en sus viejos cuando estaban juntos, en su vieja ahora, en la noche de ayer y en las noches de verano en Garín, en Raúl, en esa pelea épica que le ganó a Pernell Whitaker en el ’83 -que él vio pegado a la tele en la casa de sus abuelos- y en el día en que le dijeron que había tenido un infarto. Parado enfrente de esa paloma cerró los ojos y se quedó quieto.

Cuando el viejo llegó y empezaron a entrenar lo midió de una. Siempre, fuera como fuese, rendía más que el resto de los pibes, pero el quilombo con la Luli lo había dejado en orsai y no pudo dormir nada.  Se pusieron a hacer foco y después de los primeros saltos Raúl habló.

-Algo te pasa. Estás pesado.

-No me pasa nada, Raúl.

-Algo te pasa.

Siguieron dando vueltas por el ring, el viejo recibiendo tranquilo y José tirando golpes, los dos mirando fijo los ojos del otro y tratando de aprender algo. Cada tanto Raúl le metía una mano cruzada y el pibe se vengaba con malicia, tirando algún golpe bajo. Los dos transpiraban, y si bien ninguno estaba peleando de verdad se podía ver que había cosas en juego. Cuatro o cinco pibes se quedaron colgados de las cuerdas y el resto fichaba de lejos. Cuando terminaron el viejo se sacó las manoplas, le dio unas palmadas y se bajó del ring secándose la cara.

-Algo te pasa- le volvió a decir desde abajo.

José se puso a hacer bolsa. Se abstrajo mirando todos esos kilos de arena enfundada ir y venir al ritmo de sus golpes. De fondo sonaba un enganchado de Gilda que bailó mientras pegaba.

Un rato antes de terminar se tuvo que sentar. Nunca había tenido la necesidad real de descansar, pero ese día estaba roto. Preocupado, pensando en la Luli, pensando en las tetas de la Luli, en los besos de la Luli, no había podido pegar un ojo en toda la noche. Vio entrar al Kevin por la puerta grande y se quedó sentado. Raúl vio como se miraban y por viejo y por vivo entendió casi todo. El Kevin estaba sacado y venía resuelto. José estaba pasado y no se movió.

-Ya hablé con vos ayer- le dijo.

-No vengo a hablar, gato- contestó el Kevin sacándose la remera.

-Ya te dije que no quiero quilombo.

-¿Ah, sí? – gritó el Kevin, y miró a todos alrededor. Siguió hablando, pero dirigiéndose a ellos:

-Te garchás a la novia de tu cuñado y ahora no querés quilombo.

Silencio.

-Parate ahora, gato.

Todos miraban a José. Querían ver la pelea.

-Parate, dale. Vine corriendo desde la estación para estar igual de cansado que vos. Te voy a dar por mí, por mi novia y por mi hermana.

Raúl miraba a José. No tenía por qué ser un ángel, pero el viejo siempre había sentido que era un pibe diferente, honesto. De alguna manera, en algún lugar, esto lo desilusionaba. José vio todo en sus ojos. No supo por qué pero tuvo que mentir.

-No es verdad, Raúl. No es verdad, está chamullando, me tiene bronca.

El Kevin sacó el celular y leyó un mensaje en voz alta. Después lo tiró hacia donde estaba José y el aparato reventó como un fuego artificial contra la pared descascarada del gimnasio.

-Dale, subite al ring, te dije.

José miró a Raúl, se miró los nudillos, cerró los ojos y respiró antes de treparse al cuadrilátero. Tenía miedo, pero era el mejor. Los pibes se juntaron alrededor, agitando. Raúl se puso su abrigo, agarró la mochila y salió a la calle.

Cuando los dos empezaron a moverse José todavía no había decidido si iba a ganar o perder. El Kevin se agitaba furibundo, estaba bastante regalado con la calentura que tenía encima pero José lo conocía y sabía que pegaba fuerte, así que no se iba a arriesgar a quedar a tiro. Lo había visto voltear al ex novio de la Luli de un solo golpe cuando ya andaban juntos pero ella todavía no conseguía separarse. El pibe se había avivado y se puso denso, cayó a la casa de la Luli con un fierro pero el Kevin lo convenció de que hicieran un mano a mano quemándole la gorra, sobrándolo y tratándolo de cagón. Al final el otro dejó el fierro y el Kevin le rompió la boca.

José era un tipo de sangre fría. Medía los pasos y los golpes pero sin demorarse en cálculos ni especulaciones. Cuando entraba en ese estado de abstracción se quedaba ahí hasta que el otro estaba en el piso. A veces entre round y round se imaginaba cómo hubiera resuelto Raúl alguna situación, pero no razonaba más que eso. Ahora pensó en el viejo, lo buscó con la mirada, confirmó que se había ido y se desorientó. Sintió algo raro, una quemazón en la nuca y un mareo y le dieron ganas de fajar al Kevin. Algo se le encendió en los ojos y el Kevin lo vio. Dio dos pasos para atrás tratando de dominarse. Él también había visto al José tumbar a unos cuantos pibes en el barrio y le temblaron las piernas. Lo vio avanzar con una tranquilidad felina, seguro, saboreando los golpes. Cuando estuvieron cerca José tiró dos manos cruzadas para medir al Kevin, que ahora además de estar caliente estaba cagado y entonces por un segundo descuidó la guardia: José coló una mano en el espacio vacío entre los dos puños temblorosos de su cuñado y lo tiró al piso con una caída estrepitosa. El Kevin despatarrado sobre la lona lo puso a pensar de nuevo. Otra vez lo atacaron la quemazón y el mareo, pero ahora, mirando al Kevin tendido en el piso, sintió pena. Lo dejó levantarse. El Kevin sabía que tenía ventaja moral y se incorporó con tranquilidad, consciente del salvavidas que le estaban tirando pero sin una gota de vergüenza. Ya no le interesaba que la pelea fuera justa: si los pibes del gimnasio agarraban a José por la espalda y se lo sostenían, el Kevin le iba a dar hasta la mañana. Una vez levantado volvió a avanzar sobre José que lo recibió defendiéndose a medias, distraído. En ese frenetismo el Kevin quedó totalmente al descubierto otra vez, se dio cuenta y cerró los ojos para recibir un golpe que no llegó. Entendió que el Jose estaba en una, vio la oportunidad y se le abalanzó.

El Kevin labura operando un martillo neumático. Tiene los brazos duros como quebracho. José tiene las manos delante de la cara en posición de defensa, pero sin fuerza ni peso.

José mira al Kevin con una cara que el Kevin no entiende. El Kevin da uno, dos pasos, se acomoda, levanta el brazo derecho y lo descarga en la frente de José. El golpe es tremendo. La caída es lenta. Parece que se estuviera acostando. Queda tendido boca arriba, los ojos abiertos, escuchando el “uhhhh” de los muchachos del gimnasio que nunca lo habían visto en el suelo. José se pone a pensar por tercera vez en el día. Piensa en hospitales, en su vieja llorando, en un cartón de vino rico, en su ropa blanca de trabajo colgada en el patio, en una teta grande como el sol, en un perro. Siente un golpe en el riñón derecho. El ardor le hace cerrar los ojos y lo desespera. La adrenalina se dispara como un torrente y el José deja de pensar. Si estuviera parado el Kevin no abre más la boca en su vida, pero ahora recibe otra patada y otra más.

La respiración agitada de los dos, el sonido seco de los golpes, las exhalaciones del Kevin cuando golpea y del José cuando recibe, todo suena reverberante en el gimnasio, en medio del silencio que tapa todo como un frío.

“Los chanchos” por Cecilia Calvet

Era el primer matrimonio igualitario del pueblo. Para ellas, marimachas, negras, lesbianas, era el acontecimiento del año.

Belén y Paola se conocían desde chicas. Se habían criado en el mismo barrio. Paola estaba en la plaza del centro el día en que a Belén la volvieron a echar de la sala de videojuegos. Ahí, en ese entonces, sólo entraban los pibes. Belén entraba porque parecía uno más. Pero  cuando se daban cuenta que era ella, la sacaban a la calle. Al salir levantó una piedra del piso y Paola la sostuvo para que no rompiera la vidriera.

Una noche  de verano fueron a Febo, el boliche de cumbia al que asistían casi religiosamente cada sábado. Bailaban bachata. Mientras sonaba “Eres mía” de Romeo Santos, Belén la miró fijo.  Sin  perder el ritmo fue acercándose como midiendo la reacción de Paola. Se mantuvieron la vista por unos segundos que parecieron eternos. Se apretaron una contra otra. Se sintieron los cuerpos llenos de sudor, se acariciaron a más no poder y terminaron en un beso explosivo. Poco les importó la mirada atónita de la gente del boliche.

Belén era albañil, robusta, rubiona y de ojos azules. Tenía las manos ajadas y ásperas. A pesar de su cuerpo torpe, se las ingeniaba para ser una amante intensa. Hubo una época en que cualquier piba que tuviera dudas sobre su orientación sexual trataba de saldarla pasando por su cuarto, en una especie de secreto compartido guardado bajo siete llaves. Belén no era Belén era “La Belén”. Y sabía mantener el silencio de sus amantes. Cuando se encontraba con ellas en la calle o en algún negocio las miraba con complicidad. Sus amigas sabían decodificar esas miradas con total claridad.

Pantalones anchos, camisas leñadoras, cresta con los costados bien rapados eran la marca registrada de La Belén. Una cuidada desprolijidad en la que basaba su atractivo.

Paola era de pelo oscuro y tez blanca. Delgada, la miopía le deparó anteojos desde pequeña. Venía de una familia numerosa. Tres de sus cuatro  hermanas eran tortilleras. La cuarta se había hecho evangelista para tratar de redimir todas las culpas. Completaban el cuadro familiar dos hermanos. Uno se había perdido en el alcohol, como el padre. El otro se había dedicado a tener unos cuantos críos que se la pasaban en casa de su abuela para no ver a sus padres golpeándose e insultándose todo el día. A pesar de haber pasado hambre durante su niñez, Paola se las ingenió para salir adelante. Hacía unos cuantos años que trabajaba en un taller de costura. Logró hacer entrar a casi toda la familia en épocas en que el laburo escaseaba. “Lo primero es el trabajo” repetía hasta el cansancio. Su orgullo era haber llegado a ser la encargada de personal del taller.

***

Una noche en Febo, La Belén bailaba en la pista. Junto a ella estaba su amiga Chori. Aún eran solteras y salían a robarles el corazón a cuanta indecisa hubiera por ahí. Las dos tenían mucho levante y a veces competían por eso, pero sin dejar de tener códigos. Esa noche La Belén fue la ganadora. Sofía, la hermana de los Juárez, había caído bajo sus encantos. La Belén la observaba, acodada en la barra,  mientras ella bailaba en el círculo que formaban las parejas. Giraban alrededor de la pista al ritmo de la cumbia santafesina. En un momento, Sofía Juárez se acercó a comprar una cerveza. La Belén le dijo al oído que la esperaba a la vuelta, en la esquina de la plaza. Sofía sonrió y le contestó que sí tímidamente. La vida de la torta de pueblo nunca fue fácil.

Los Juárez eran un grupo de hermanos que siempre buscaban pendencia. Se generaba una especie de escozor cuando se los veía llegar. No hubo noche en la historia de Febo en que no terminaran haciendo de las suyas y esa fue una.

La Belén salió a encontrarse con Sofía. Detrás fue uno de los Juárez. Chori lo vio y decidió seguirlo. Se prendió un pucho y salió en busca de su amiga. La Belén estaba esperando en la esquina pero en vez de Sofía se aparecieron sus hermanos. Odiaban a las lesbianas. Odiaban que tuvieran más levante que ellos. Encima se habían metido con la princesa del clan. Chori corrió la media cuadra que la separaba y sorprendió con un cross letal de derecha al más petiso del grupo. Cuando vio que lo había volteado y que el resto se distrajo gritó:

– ¡Corré Belén!

De alguna manera la vida les había enseñado a defenderse. Esa noche terminaron en una esquina del barrio charlando hasta que amaneció. La Belén se puso a llorar. Estaba cansada de la vida de mierda del pueblo de mierda. Chori la consolaba. Siempre fue el sostén. Era fuerte, era invencible. Las pocas veces que La Belén caía, Chori la animaba hablándole mientras le golpeaba fuerte la espalda.

***

-Chori, me caso- dijo La Belén.

Chori era chongo. Le gustaba que le dijeran Chori y en la intimidad quería que se refirieran a ella en masculino. Era el amigo inseparable de La Belén. Cuando se puso de novia con Rocío formaron el grupo de las cuatro: La Belén y Paola, Chori y Rocío.

-Me caso en dos meses.

Chori tardó unos segundos en reaccionar. Levantó la vista, como no entendiendo mucho y después le pegó un abrazo fuerte. La miró fijo y sentenció:

-Esto hay que festejarlo a lo grande.

El sábado, durante la previa de Febo, Chori sacó el tema. Mientras sostenía el vaso de Fernet y pinchaba un trozo de queso de la picada dijo:

-¿Ya calcularon cuánta gente van a invitar?

-Y ponele que seremos unas ochenta personas– contestó La Belén.

-Mínimo tienen que ser dos lechones de 15 kilos- Chori se había puesto seria y decidida.

-Estás loca-dijo Paola- No vamos a hacer ningún lechón. No nos da el presupuesto. Se harán unas pizzas, sanguchitos, saladitos, y birra a morir. Podemos amasar nosotras y así nos va rendir mucho más la plata.

-No, amor. Chori tiene razón. Algo de carne tiene que haber- dijo La Belén y se tomó un par de tragos de Fernet.

-Una fiesta sin un animal muerto sobre la parrilla, no es una fiesta– dijo Chori.

-¿Pero de dónde los vamos a sacar? Sale como tres lucas comprar dos lechones– dijo Paola un tanto ofuscada.

-Quedensé tranquilas. El lechón va a estar- aseguró Chori.

-Dejate de joder, si no tenés un mango– dijo Paola arreglándose los anteojos sobre la nariz- Y vos Belén, agradecé que nos vamos una semanita a Córdoba de luna de miel. Acá se terminó el tema chicas, no se habla más.

 

Pero Chori no se conformaba fácilmente. Era brava y peleadora, cualquiera lo pensaba dos veces antes de discutirle algo.

Rocío era femenina. Delgada, de tetas chiquitas. Parecía una adolescente que aún no se había desarrollado.  Le gustaba usar vestidos ligeros en verano, el color rosa y los brillos. Odiaba que le dijeran que no parecía lesbiana.

Hacía unos días que Chori estaba rara. Rocío lo notó pero no sabía qué le estaba pasando. Dos noches antes de la boda, Chori estaba tirada en el sillón mirando tele. Fumaba un pucho atrás del otro mientras Rocío lavaba los platos. Agarró el vaso y tomó los dos últimos tragos de la segunda cerveza. Siempre tomaba sola, a Rocío no le gustaba el escabio. Se paró de golpe

– Acompañame, Ro.

– ¿A dónde querés ir, Chori? – contestó sin entender demasiado -Mañana tenemos un día largo. Las pibas necesitan  ayuda para terminar de preparar todo.

Chori sacó del bolsillo de la camisa el atado de Particulares 30 y encendió uno pitando profundamente.

-Vos seguime– dijo mientras sacaba del cajón del bajo mesada unas bolsas de arpillera.

-Dale Chori, no seas porfiado. No queremos terminar presos hoy. Podemos solucionarlo de otra forma.

-¿Venís o te quedás?

Rocío la siguió sin agregar palabra. La obstinación para reparar injusticias era lo que más le gustaba de su novio.

Salieron. Montaron la scooter 110.

Lo tenía todo pensado. Iban a ir al campo de la vieja Oyhanarte. Esa señorita de familia bien que tenía casi todas las tierras que rodeaban al pueblo. Desde joven había sido vieja. Y ya de vieja seguía siendo la señorita Oyhanarte. De su casa salía poco. Nunca se casó y, según se comentaba, toda su fortuna la heredaría un sobrino lejano que cada tanto venía desde la Capital a visitarla.

La señorita era dueña de tienda Blanco y Negro, ese almacén de ramos generales quedado en el tiempo en el que en algún momento se vendió desde querosene hasta ropa interior. Una esquina enorme de pisos de madera que retumbaban al caminar. Ahí trabajaba la tía abuela de Chori. Llevaba más de cuarenta años de servicio.

La puerta del garaje de la señorita era de rejas. Desde la calle podía verse su Ford Fairline inmaculado, sin uso. Estaba como recién salido de la agencia. Chori se volvía loca con el  brillo de esa máquina. Soñaba con manejarla. Pasar a buscar a sus amigas para llevarlas a bailar. Pisarla fuerte y hacer rugir el V8 de esa nave infernal.

La vieja era una pintura fresca de los años veinte. Trajecito sastre de dos piezas: saco y falda siempre de color oscuro. Cartera con manijas cortas sostenida casi contra el pecho y unos guantecitos blancos de jersey que llamaban la atención por su intensa blancura.

Tomaron la ruta. Hicieron exactamente 20 km hasta llegar a un camino de tierra. La luz de la scooter titilaba y alcanzaba a iluminar apenas mientras avanzaban en la noche cerrada.

Llegaron a una tranquera. Chori llevaba la carabina, sogas y un cuchillo. Puso el celular en linterna y le indicó a Rocío que ayudara a iluminar el camino.

Rocío estaba nerviosa.

-Volvamos amor, volvamos, está la gente que cuida acá, van a llamar a la policía.

-Callate, Ro dijo Chori y tomó el fierro por el mango.

Abrieron la tranquera. Conocían el campo, conocían la casa, conocían el chiquero. La tía de Chori era amiga de los caseros y habían estado ahí miles de veces. Se bañaban en el tanque australiano que se llenaba con el molino. Rocío nunca se metía porque le daba asco el verdín.

Tomaron el camino. A lo lejos empezaron a ladrar unos perros. Chori apretó la carabina contra su pecho y apuró el paso. Rocío temblaba y hacía fuerza para no llorar.

Transpiraban a pesar del frío. Nunca habían robado pero el pueblo siempre se encargó de hablar de ellas. Esta vez lo iban a hacer con razón. Llegaron al alambrado del chiquero, se bajaron de la moto.

Chori dejó la carabina, sacó el cuchillo y la soga. Sin titubear se abalanzó sobre un lechón y le clavó con fuerza el cuchillo. El animal se le retobó. Rocío se largó a llorar. Chori luchaba y su novia le gritaba que se fueran. Mientras, espantaba los chanchos con un palo. El silencio de la noche se convirtió en un coro de chillidos insoportables. El chancho gemía de forma desgarradora. Los minutos que tardó en morir se hicieron eternos.

La revuelta del chiquero era cada vez más ruidosa y el llanto de Rocío también. Lloraba y gritaba mientras los chanchos corrían confundidos alrededor de su novia. Se empezaron a escuchar tiros.

-Te dije Chori, los caseros. Seguro ya están viniendo. Vamos, vamos por favor. Nos van a matar.

-No pasa nada- dijo Chori y clavó el cuchillo con potencia hasta el corazón de otra bestia.

-Lo hacen para que nos vayamos, pero jamás se van a acercar.

Chori se estiró en el barró hasta alcanzar la carabina, apuntó al cielo y contestó con un par de tiros  para que supieran que les convenía quedarse lejos.

El segundo chancho cayó muerto al instante. Chori lo había encarado con fuerza bruta y sin dudar. Rocío se arrodilló y largó un llanto profundo mientras miraba a Chori llena de barro y de sangre. Lloraba pero no dejaba de pensar cuánto le gustaba su novio. Sentía una mezcla rara de terror y calentura.

-Dale Ro, ayudame, abrí las bolsas.

Los animales seguían enloquecidos. Ellas no se escuchaban. Tenían que gritarse.

Chori pateaba y corría  los chanchos con una fuerza descomunal mientras se deslomaba levantando los cuerpos de las víctimas para meterlos en la bolsa. Parecía un animal más en una lucha cuerpo a cuerpo con los chanchos.

Levantó la moto y le pidió a Rocío que se sentara y apoyara bien los pies en el piso para no perder equilibrio. Tenía las venas hinchadas por el esfuerzo bruto. Levantó de a una las bolsas y las fue poniendo en el asiento. El rostro le brillaba por la transpiración. Se sentó y dio arranque. Iban las dos apretando las bestias muertas. Rocío sollozaba y hacía fuerza para no caerse. Contraía las piernas para sostener los chanchos. La motito se contoneaba, las bolsas aun tenían reflejos de vida que hacían bambolear a la tripulación.

Despacio se fueron alejando. La confusión de gritos, ladridos y chillidos fue apagándose para dejarle paso al sonido de mosquito de la scooter en la ruta. De repente vieron de frente las luces azules del patrullero.

***

La Belén y Paola se casaron a media mañana. Se sentían orgullosas de ser ese día el foco de las miradas. La Belén lucía traje y corbata. Paola llevaba un vestido sencillo de color claro. El civil estallaba de gente. La calle se había llenado de curiosos y el tránsito estaba cortado. La ceremonia fue corta. Al juez se lo notaba nervioso, así que se sacó el trámite de encima rápidamente. Era un día hermoso de sol. Apenas empezaron a salir del recinto el arroz llovió a mansalva y todo fue risas y saludos. Había mucha familia, muchos amigos, muchos vecinos. Poco a poco, a medida que saludaban a las novias, posaban para la foto. Después emprendían el camino hacia la casa de la madre de Paola, donde se haría la fiesta.

Los invitados llegaron  y el patio se llenó. En las mesas estaban dispuestos los sanguchitos, los saladitos y la cerveza. Todos  se acercaban con hambre voraz. Comían un sanguchito mientras sostenían otros tres. También tomaban mucha cerveza. El calor colaboraba para que los vasos se vaciaran rápidamente.

El patio era muy grande y estaba repleto. Quedaba al fondo de la casa y se podía acceder desde los dos costados. La gente entraba y salía para ir a la calle, adueñándose de la fiesta.

La cocina quedaba en uno de los extremos, a mitad de uno de esos pasillos por los cuales se podía llegar al patio desde la calle. Las hermanas de Paola, su mamá, y algunas compañeras de fútbol de La Belén se habían puesto al hombro la ardua tarea de reponer todo lo que fuera faltando en la mesa. Las bandejas iban y venían al igual que las botellas de Quilmes Cristal.

La torta estaba en una mesa sobre un costado. Tenía los colores del orgullo y dos nenas de la mano hechas de mazapán. Al lado de la torta estaba sentado el Peludo Aguirre, un borrachín del pueblo conocido por su voz ronca. Cuando vio llegar a La Belén y a Paola gritó fuerte:

– ¡Viva las novias!

Y toda la multitud las aplaudió.

La fiesta no había empezado y ya se habían comido casi todo. Era el primer casamiento igualitario del pueblo y todos los que las querían estaban más que felices. El equipo de voley en el cual jugaba Paola se llevaba el primer puesto en la ingesta de alimentos. Los primos de la Belén, albañiles como ella, curtidos por el sol, querían llevarse el premio de bebedores.

– ¿Y ahora qué hacemos amor? No queda nada. Ni de comer ni de tomar – dijo Paola preocupada.

– ¿Y si hacemos una vaquita y vamos a comprar cerveza y pizzas? Ahora ya están todos con el pico caliente ¿Quién se va a negar a poner unos mangos?– contestó La Belén.

-Esto es un desastre- Paola estaba a punto de llorar y se tapó la cara– Vamos a quedar como dos ratas.

-Tranquila hermosa, de alguna manera lo vamos a solucionar.

-Nunca pensé que iban a comer todo tan rápido.– Paola lloraba y se secaba rápido las lágrimas para que no se notara.

-¿Si vamos a la pizzería del Colo y le pedimos fiado? El Colo es buena onda. No nos va a decir que no.

De repente se acercó un primo de Paola:

– ¡Ey, Pao! ¡Qué linda fiesta! ¿Podrás traer unos sanguchitos más para este lado? – dijo señalando su mesa vacía.

-Sí, ahora pido que les lleven – dijo Paola y sonrió forzadamente.

Levantó la vista y vio que llegaba Chori.

Se había comprado una hermosa camisa a cuadrillé para ese día. Tenía unos jeans oscuros de hombre, caídos porque le gustaba que se le viera el elástico del bóxer que para la ocasión era Dufour.

Traía en la mano una bandeja enorme. Con ella venían Rocío y Juan, el remisero amigo. Ellos también venían cargados.

-¡Llegaron los chanchos! – gritó Chori.

Uno lo traía ella el otro lo traía Juan. Rocío tenía la bolsa de pan para armar los sanguchitos. Completaban el menú dos fuentes de ensalada rusa que Rocío misma se había encargado de preparar.

-¡Llegaron los chanchos, amigas! – gritó Chori con más fuerza mirando a las novias.

Se empezó a reír de las caras de sorpresa de La Belén y de Paola. No lo podían creer. Sus caras de alegría eran dignas de una foto.

– ¿Cómo hiciste, Chori? – preguntó La Belén– me vas a hacer llorar de emoción, amigo.

-Vos te lo merecés. Una fiesta sin chancho no es fiesta – dijo con ese tono firme que la caracterizaba.

-¿Qué es esto Belén?- quiso saber Paola

– No sé, preguntale a Chori, yo no tengo nada que ver.

– Subamos la música che, que esto parece un velorio – dijo Chori y la cumbia se empezó a escuchar con más fuerza-

Después se dirigió al remisero.

-Juan, dejálo en aquella mesa– le dijo mientras acomodaba el otro animal en una mesa al lado de la torta

Rocío le había prometido a Chori no decir nada sobre cómo consiguieron los chanchos. Pero el orgullo que sentía por su novio pudo más.

-No sabés cómo luchaban los desgraciados.

Belén escuchaba atenta, llena de admiración por su amigo.

-Al final nos cruzamos con la cana. Por suerte era  el Chipi, el milico putañero que siempre se lleva chicas al camino de tierra.

-Las ensaladas las hizo Ro –interrumpió Chori– ¡Ataquen! ¡Cada uno se arma su sanguchito!

La carne de cerdo fue la más halagada de la tarde. Despedían un aroma increíble. Se  deshacían en la boca. No hay nada como el horno de ladrillo repetían los invitados.  Los chanchos fueron el sabor de la fiesta. Esa fiesta que para ellas fue el evento del año, y quizás el de la vida entera.

“Orilla” por Maite Varela

Trago y la garganta me raspa. Pero trago igual, porque ganas de tragar es lo que tengo, y porque la arena me hace dar cuenta de cosas cuando la odio tanto. Con descaro, con cada pluma asible, hasta la última gota, así lo cuenta. Un pecado, otra marca disruptiva de trofeo para ese pecho objeto avaro al que me arrimo irremediablemente ni por puta. Ese jugo que segrega cada vez que el otro peca, es la lubricación perfecta para ser ella tan natural. De acá para allá, de allá para acá. Pecho a lunares que se acerca hasta mi cara: con esa espuma no me embriago ni hasta pasado mañana. Te repudio, te vomito, con la fuerza del que salta al río desde una piedra inmensa, del tamaño de su falo, si tuviera uno. Cuerpito gentil que me vuelvo loca cuando por las tardes la veo entrar y no sé si adorarla o acribillarla. Cuerpito encantador. No he conocido en mi vida una pecadora tan grande. Qué sé yo si creo en el diablo.

Desde los días con ella tengo un sueño recurrente que transcurre en el interior de un auto abandonado. Una vez es Jimena con J, otra vez es Mora con M, otras veces no me dicen sus nombres. Los asientos de terciopelo morado no tienen el típico olor a nafta de los autos usados. No. Estos huelen a chicle y saben igual. Lo sé porque los lamo por confusión, cuando lo que intento lamer es la piel de Rocío con R, que en el medio suelta un grito casi lírico en el cual festeja lo que yo misma le hago con la punta de mi lengua. Sabrina con S se aparece de vez en cuando en mi auto en venta. Ese que uso para los placeres últimos en el quinto sueño de la noche. Tania con T, tan escondida. Sólo a veces se anima a entrar.

Esta vez la que se asoma a mi encuentro es Oriana con O. Me despierto confundida como siempre, y difícilmente me alcanzan las largas horas junto a la ventana, mirando a ese auto destartalado de la esquina, con el eterno cartel de “en venta”.

Llega Lucio con su cuerpo fornido, casi estatua, y se lanza sobre mí como un águila sobre su presa. Yo actúo a que soy suya, que me gusta, y mientras tanto, veo amainar el día por la ventana, sobre el viejo Dodge color vino oscuro.

Dudas. Dudas, dudas, dudas, no paro. Nos tomamos unas vacaciones con Lucio. Nos vinimos al sur para volver a intentarlo. Dudas, hermano, dudas. Estamos acostados boca arriba sobre las piedras del lago Futalaufken. Sobre nosotros las estrellas brillan para nosotros, haciéndonos preguntas, o dándonos respuestas, o qué se yo. Al lado mío Lucio yace esbelto, con todo ese cuerpo que contiene a Lucio, detrás de sus pectorales, su vientre firme, y su barba espesa que me dice que es hombre a más no poder, que me agarra y me da vuelta como a una media, que no hay tipo más espléndido que él en toda la Patagonia argentina.

Dudas. Dudas mamá, de si soy la nena que esperabas. Dudas, Dieguito, mi primer amor en los galpones de Barracas. Dudas. Dudas que me hacen saltar de las piedras como salta la leche de Lucio sobre mi piel cada vez que es hombre y más hombre; como salta la ficha de que alguien no es quien pensaba ser hasta entonces. Le digo a Lucio que me voy a la carpa, que me voy. Y él se queda tranquilo, con su pija y las estrellas.

El techo de la carpa me cuenta que otra realidad me espera desde entonces. Yo no sé por dónde empezar a contárselo al mundo. El silencio del lago me mece hasta que me quedo dormida. Entre sueños las veo a todas juntas sobre mi carne. Un mar de todas juntas me avasalla y yo estallo a carcajadas, soy feliz en sueños como nunca creo haberlo sido.

El cierre de la carpa intenta despertarme, pero no logra sacarme de encima a Jimena con J. Sus labios me envuelven la boca entera, su piel me lastima de lo suave que es, la quiero toda para mí, justo cuando por mi boca entra la pija que ya conozco. Lucio, volviste. Volviste y así me lo hacés saber. Qué alegría tenerte de vuelta, Lucio, justo a vos, tan suave, tan esbelto, el cuerpo de hombre que deseo, justo por donde lo quiero, por el centro de mi garganta, hasta el fondo. Gracias, Lucio, sos un amoroso.

De pronto recuerdo la sensación al entrar por mi boca las tetas de todas. Y Lucio inyectándome su pija perfecta hasta la campanilla de mi garganta. Pienso en Julieta, en Mariana, en Florencia. Pienso en todas, mientras un río blanco corre hacia afuera por la comisura de mi boca, en la penumbra de la carpa, a orillas del lago Futalaufken.

“Pureza” por Laura Cerioni

Cuando empecé a estar con Bruno el Chino llevaba seis meses muerto. El primer día de diciembre de 2004 los buzos tácticos lograron enganchar el auto que había caído sobre el Arrroyo Leyes. Adentro estaban el Chino y Pardo y tardaron tres días en encontrarlos. No daban con ellos porque el Seat azúl se había sumergido en una olla, 22 metros abajo.

Canal 13 transmitió ese operativo en vivo: la grúa levantado el auto, un brazo hinchado asomando por la ventanilla y los camalotes saliendo por la luneta.

Tenían 21 años, todos fueron al cementerio y los lloraron. La familia argumentó la precariedad del puente Bailey diciendo que, de no haber existido esa estructura provisoria, tal vez, podrían haberse salvado. La policía explicó que el auto tomó el puente muy rápido. Nadie, nunca, sugirió que se durmieron. Imposible, se sabía que habían arrancado el viernes y para el domingo seguían de largo cuando les pareció buena idea irse a pescar.

El Chino era amigo de Bruno y cuando se cumplió el aniversario del fallecimiento lo celebraron con una misa. Recorté el anuncio de El Litoral y se lo guardé en la billetera. Era una forma de advertirle, de recordarle los muertos.

La primera vez que lo vía Bruno estábamos en lo de Joaquín Torres. Calentó un plato y me preguntó si me molestaba. Claro que no, hay algo entre morboso y fascinante ver a alguien lidiar con sus vicios. Era invierno y hacía todo el frío que puede hacer en Santa Fe. Al día siguiente se votaba, por eso supe que su familia era de Coronda, como mi abuela.

Bruno me gustaba pero tenía novia, una muy Opus que siempre dejaba en la casa. Con algunas idas y vueltas terminó descartando a la chica de Adoratrices y empezamos a hacer todo juntos.

Como en esa Navidad de 2005, que después de la cena familiar fuimos con mi vieja a lo de los Torres. Mi mamá bailó un chamamé con Cacho, el papá de Joaquín. Le dijo “vení gringa” y fue increíble. Dicen que lo más obvio es lo menos evidente y por eso, ahí mismo, festejamos cuando Bruno mostró una piedra del tamaño de una bola de billar. Tan blanca, tan poco perfecta.

Un 25 a la mañana no querés poner la cara en tu casa. La piel viciosa hipersensible, el cuerpo que abandona y ojos que delatan. En ese estado mejor manejar hasta Sauce Viejo y acampar en las oficinas de la fábrica.

Estamos ahí y el olor a hueso podrido quemado de PB Leiner taladrada la pituitaria. Bruno abre la canilla. El agua sale de golpe, con fuerza. Abro las piernas para no mojarme, miro y aprendo. Se suena la nariz, inhala agua y me mira muy serio. Me explica el objetivo del ritual higiénico. Por suerte las oficinas tienen aire, por suerte Bruno puede dormirse rápido. Yo no, y todo suena mil veces más distante de lo que debería y a las vez muy fuerte.

A mí me divertía probar y combinar, medir efectos pero Bruno ya había elegido la suya y no era un problema: nos íbamos a casar cuando él llevara dos años limpio. Queríamos un Volvo familiar antiguo, una quinta en Sauce y labradores. Tomar era lo suyo y no podía ser tan malo, pensaba. Los duros mienten, pero no se van con otra y cuándo no sabía dónde estaba, sabía que estaba tomando.

El plan se interrumpió con la secuencia de los dos platos. Joaquín me contó que en realidad había dos: el que compartía y el que usaba sólo. Estaba jodido. Aprendí a odiar el olor a sangre en la nariz, la carne corroída, el ritual inútil. Los labios amargos, la piel gastada, los poros abiertos a las dos de la tarde por no haber dormido.

Cuando le tocó a Bruno hacía cuatro años que me había ido. Una mañana de febrero Joaquín me lo avisó por teléfono. Santa Fe tiene algo con las muertes en verano y nunca sabés si lo que te sofoca es la muerte misma o el calor húmedo que no habilita el luto digno. Habían jugado al fútbol, un golpe de calor, de nuevo la explicación sin sentido. No quise saber, no viajé a despedirlo.

Son las 10 de la mañana, miro a mí alrededor y veo gente tipeando. Me cuido, como sano y en la oficina una vez por mes hacemos pedidos mayoristas en la dietética. Uso dos cremas por día, ninguna tiene parabenos.  Me acuesto temprano, me levanto muy lúcida. Pienso que quizás, si hubiese merca avalada por un sello de calidad orgánico, volvería a tomar sólo muy de vez en cuando. Para que bajar lo áspero sea sólo eso, un trago amargo.

“Las cuatro muertes de la tía Nenena” por Clara Marín

Yo ya te extrañaba desde hacía mucho tiempo.
Pero la muerte es otra cosa.

Muñeca de piel blanca. Toda vos eras finita e infinita. Delgada como un pucho y perfume importado. Rosa chicle los labios, las uñas; de encaje las calzas; de piel los tapados; zapatos dorados.

Tu forma de existir era seduciendo. Varón, mujer o niño podías conquistarnos a todos con una mirada, con risas o caramelos. Y así vos conquistabas el mundo, lo exprimías a tu antojo haciéndonos sentir especiales, nos dabas lo que queríamos.

Vos eras especial. Vos eras de diamante y marfil.

Te pienso y me acuerdo de la búsqueda del tesoro para el día del niño con los primos, esa, en la que me escondiste las antiparras en el fondo de la pileta con un cartelito plastificado. La pileta con piedritas azules, único espejismo para combatir el verano en la ciudad-desierto. También cuando nos disfrazabas de negros mazamorreros y damas antiguas para repartir los pastelitos en los desfiles del 9 de julio. De las piezas con persianas cerradas y miles de camas que se convertían en cuevas para el cuarto oscuro.

Yo ya te extrañaba desde esa noche que volvimos de Europa y nos juntamos a ver las fotos. ¿Te acordás? Esa noche Felicitas no vino al asado en la casa de El Volcán. Raro, porque ella se había quedado a cuidar la casa durante nuestro viaje. La casa de campo que el abuelo había comprado por dos mangos y que vos habías disfrutado cuando eras chica y de más grande. La arreglaron tanto y quedó tan linda que era nuestra definición de descanso, vacaciones y felicidad.

A vos te ponía un contenta que tu hija pudiera disfrutar de la casa de tus recuerdos. La casa del abuelo, la que heredaron vos y mi mamá cuando se fueron todos los viejos. La casa más grande, la que más colores tenía. La que se quedaron ustedes dos, por consentidas o seductoras.

¿Te acordas de todo eso? Te acordas cuando mi mamá se ofreció a comprarte tu mitad, porque ella sí trabajaba. Tu esposo Horacio pensó que la casa era vieja, que era un buen trato venderla. Así la compramos, nos quedamos y me tocó vivir a mí los veranos. Eso te puso un poco triste pero te pusiste más triste cuando tu hija Felicitas y tu nieta Valentina venían a pasar las tardes a El Volcán y vos te quedabas un poco sola en tu pileta de piedritas azules.

El tío Horacio trabajaba todo el día para pagarte los asientos en primera y viajar a Disney llevando a tus nietos cuando cumplían 15. El tío laburaba para sacarte a pasear en los autos más lujosos, adornarte con las joyas más brillantes y emborracharte con los whiskys más caros.

Así empezaste un proceso adiabático, una petit mort que te desconectaba incesante a diario. El loop empezaba a las 5 de la tarde con un gin tonic y terminaba en un cansancio sin sentido entre vasos de whisky vacíos.

Esa noche en El Volcán, mientras preparaban el asado y veían las fotos (en la casa que supo ser tuya y ya no lo era) nos fuimos con Valentina y el Toby, mi dálmata, a jugar al parque. Se habían hecho amigos, Valentina y el Toby, mientras nosotros estábamos en Europa. Mientras cuidaban la casa que supo ser tuya y ya no lo era. Descansando en las hamacas me contó que el Toby se había portado mal, muy mal; que habían tenido que atarlo todo el tiempo.

Después fuimos a comprar puchos con el tío Horacio en su Land Rover verde bosque. Me encantaba ese auto porque era verde y rápido y pomposo. Y tenía olor a whisky y a perfume importado.

Cuando volvimos bajamos del Land Rover corriendo y saltando. No sé si vos estabas viendo, pero Valentina se frenó en frente del Toby y lo empezó a llamar a los gritos:

-Toby, Toby, Toby…

Entonces yo le dije: “Basta Valentina, te está mostrando los dientes, vamos.” Pero ella no pudo parar y como bramando un mantra repitió: “Toby, Toby, Toby”. Valentina estaba desesperada y el Toby también.

Mostró los dientes, sacó baba y de un salto se prendió al cachete de Valentina. Todo el resto fue mucha sangre, muchas toallas, el Land Rover verde bosque, todo manchado de rojo quedó navideño y partió a toda velocidad con destino a la ciudad. Sólo recuerdo la imagen del cachete de Valentina mutilado. Cachetito chiquitito, porque nomás tenía 8 años, ¿te acordás?

Nunca pude saber lo que sentiste esa noche, porque después de eso vino el juicio, los pasajes de avión, los cirujanos y un montón de lágrimas.

“Los tejidos son jóvenes y se van a recuperar pronto”. Y los tejidos se recuperaron pero nosotros no. Ninguno de los que estuvimos esa noche fue igual que antes. No hablamos más. Me saludaste para algún casamiento, vos siempre cariñosa, seductora, pero distante. Otra muerte, esta vez fue para mí.

Cada vez que pasaba por tu casa me imaginaba tocando timbre, la alegría de tu cara al verme, las dos sentadas bajo la glorieta, tomando algo, fumando un pucho, riendo juntas. Me imaginaba que nos volvíamos a seducir, que te convencía de verla de nuevo a mi mamá. Nunca me animé.

Las tardes pasaron. Me pareció lógico que nos contaran que tenías alzheimer, me pareció triste tu realidad. No poder ver más a tu hermanita, la más chiquita, la más regalona. Encontré sentido en que empezaras a confundir, a olvidar.  Otra pequeña muerte.

Así también podía imaginarte. Vos, tu melena corta platinada, el Virginia Superslim en la mano que reboleaba las uñas fucsias, explicando algún viaje, algún cuadro cuando; y sin aviso, abriendo tu boca chicle, te invade una mueca de sorpresa ante la nada. Me imagino exactamente tus ojos grandes buscando ayuda sin encontrar las palabras. También supongo que te dolía más malograr la seducción que no poder hablar.

Te cuento, ahora que ya no te importa, que nadie comió el asado, que al Toby lo fajaron con un palo de madera enorme, que mi mamá no paró de llorar por meses. Que por suerte mi visión borrosa de lágrimas no pudo retinar ese momento. Pero todavía recuerdo sus aullidos desgarrantes y cuando se lo llevaron al campo.

Por ese entonces me enteré de que siempre estuviste celosa de mi mamá, porque ella era la chouchou del abuelo, porque ella fue modelo cuando vos tenías la casa de ropa, porque luego fue independiente, porque después se casó con alguien que la quería. Yo sabía, porque así siempre me decía mi mamá, que todo lo que hizo fue tomándote a vos como heroína, pero con pelo oscuro. Yo quería que ustedes se vieran y se explicaran; pero al tiempo fue demasiado tarde, ya internada vos te negaste de nuevo a vernos. Ya no tenías buenos recuerdos.

Todo fue demasiado tarde. Vos ya estabas fría en el nicho, rodeada de los abuelos. Yéndote de nuevo.

Hoy mi mamá va a encontrarse con vos tiesa en el cajón. Se va a enfrentar a tus demonios. Hace tanto que no te ve, que no se va a reconocer en vos. Ella no sabe nada de tus celos. Y yo los entiendo, porque también soy celosa, y uso perfume importado y fumo muchos cigarrillos.

Te fuiste toda, pero yo ya me acostumbré a extrañarte. Todavía me queda marcado en el cachete un beso tuyo, finito.