“La lucidez de la escalera” por Guido Gamba

…cautelosos como serpientes, y sin embargo, inocentes como palomas.
Mateo 10:16

 

Vamos a suponer que todo salió tal cual lo ensayaron. El auto de tu vieja estacionado en la frontera de las cámaras de seguridad de la policía, cerca de la intersección de las calles Céspedes y Conesa. El cambio de ropa en el no man’s land a la vera de las vías del Mitre y antes de los departamentos con porteros, vigilantes, ortivas y paredes de Durlock. Vamos a suponer que todo eso salió bien y que se volveron intrackeables hasta llegar a la casa del Chamán y del gordo Julián.

Tenemos que asumir, además, que el éter líquido que te habías afanado del colegio era verdadero y que la boluda de Vanesa respetó el timing y siguió al pie de la letra tus instrucciones. La primera, embeber el pañuelo en el momento inmediatamente anterior a usarlo –el éter tiene un punto de ebullición bajísimo, hierve hasta con el calor de la mano humana (promedio 36°C versus los 34,5°C que requiere la solución para evaporarse). La segunda, hacerlo cuando el gordo Julián estuviese en reposo; no dormido-dormido, pero sí quizás adormecido. Eme y vos habían resuelto que el sopor post-garche era el momento más adecuado, por lejos. Las otras alternativas eran inviables, porque ya despertarlo o ya hacerlo de prepo mientras despierto habría sido un problema. La excitación de levantarse de golpe o de luchar contra un ataque imprevisto libera un tiro de adrenalina que aumenta el ritmo cardíaco, la presión arterial y te pone el cuerpo en modo warning; estado que, por cierto, se caga en el pull anestésico del éter. Además de todo, Vanesa fuma, gesto que se convierte en una coartada infalible para levantarse de toque de la cama.

Esperemos, con más dudas que certezas, que el gordo Julián no haya recuperado su peso perdido. La anestesia se establece en proporción al peso. Siempre. Habías calculado la concentración a razón de ochenta gramos por metro cúbico para estar seguro. El éter pega sueño en concentraciones mayores a más o menos quince mil partes por millón (abreviado “ppm”). Pero es un pibe que tendió siempre a subir y bajar bastante de peso. El gordo Julián, pobre, había sido objeto de bullying la mitad de la secundaria. Era un tonel. Estuvo deprimido un rato y después le empezó a meter huevo al gym. Salía a correr y hacía fierros. Una concentración de solución etílica superior a cien lucas ppm entraña riesgo de muerte. Too much. Igual no te preocupa, porque hay más chances de que te quedes corto a chances de que te pases.

De donde viene Julián, los gordos solamente zafan del escarnio público si son muy graciosos y autoconscientes de su estatuto, o bien si son parte del pack de rugby. Un hooker, un pilar, todo bien con ser gordo; pero el gordo Julián, sin mucha parla, trotaba y al toque se aferraba boquiabierto y rozagante a su bazo, como si su bazo y las costillas aledañas fuesen los hilitos que lo ataban a la vida. Con los fierros y la práctica se puso algo más canchero. Un falso self estéticamente impugnable, pero estaba okey. Las aprobaciones y los gestos de sorpresa no tardaron en llegar y a todas luces fue ese reconocimiento tímido pero constante lo que engendró a esta criatura anfibia: por una parte, manejado por un resentimiento implacable y una envidia ansiosa de reivindicación; por otra parte, dominado por una depresión moderada, con la sensación permanente de que en el fondo todo es una joda y que él, en el mundo real, no se merece nada bueno. Igual, por suerte, hoy son más las noches que duerme enroscado y con los ojos abiertos, como las víboras, que en posición fetal. Pero cada tanto enternece.

Eme te había contado que su profesor de Clínica Forense siempre decía que a los adolescentes en conflicto con la ley se los podía apaciguar de dos maneras –en realidad, decía “amansar”, porque la metáfora viene del campo y viene de los caballos: ya pegarles hasta doblarles la voluntad a fuerza de rebencazos, o bien acariciarlos, susurrarles al oído y ganárselos por ternura e ilusión de reconocimiento mutuo. El gordo Julián le había escrito a Eme de tarde, un día de semana: dos detalles anodinos pero que hablaban de un compromiso y un deseo sinceros, lejos de la booty call y el “en qué andás” del que se reniega al día siguiente.

hola eme. como estas?  te escribo sin vueltas porque paja el protocolo del chat. estas con alguien? te pregunto así de una porque me gustaría salir con vos. ir al cine, merendar, escuchar música o ir al río a andar en bici. empezar de cero y con menos intensidad, trankis. te mando un beso. ojalá tengas un sí J. beso

Claro que Eme tenía un sí: es de las que susurran. En su momento a vos también te susurró, ella, pero vos sos de los que prefieren el rebenque. Eme iba a plantar al gordo Julián. Lo iba a plantar todo perfumado y disfrazadito con sus mil tics y con sus mil inseguridades. Todo Kevingston o por ahí todo Abercrombie o todo Tommy, con suerte, en esos nuevos cafés berretas de Palermuchi donde todos los patitos van a sentirse cisnes por un rato. Ahí iba a aparecer luminosa y esperanzadora Vanesa con su cara de boluda para redimir a todo su género.  En pocas palabras: sí, su plan quedaba enteramente en manos de Vanesa; la del Evita, la que el gordo Julián se iba a llevar de premio consuelo a la casa que comparte con el Chamán; donde los iba a meter a ustedes, después de dormir al gordo y antes de borrarse del mapa; borrarse del mapa mientras Eme y vos recorren la casa enterita. Sonaba infalible.

Igual ahora todo eso no importa. O importa poco, en todo caso, porque ahora estás adentro de un armario contrachapado. Es oscuro pero espacioso, todo aglomerado y melamina. Medio berreta. Las puertas se sostienen enclenques. Las correderas deben ser de plástico. Está lleno de ropa sucia. Sentís la textura húmeda, pegajosa aunque tersa en tus brazos y en tus pies descalzos. El olor es horrible y es tan fuerte que se transforma en sabor amargo. Te mordés la lengua para frenar las arcadas porque este es el silencio más religioso que trataste de hacer alguna vez en tu vida. De afuera se escucha cómo el viento agita las hojas de los ficus sobre la calle Palpa. El silencio es bien porteño a la madrugada.

***

Al Chamán lo conociste hará cosa de diez años. Nunca fue santo de tu devoción ni hay que mezclar aserrín con pan rallado, ponele, pero es un tipo divertido. Eme lo conoce de toda la vida. Ella tiene una capacidad sobrenatural de volver épicos y tridimensionales a los personajes más pedestres. Inventa mitologías y te saca de cualquier lado criaturas redondas y acabadas. Con vos siempre lo logra: todos son héroes trágicos que, a fuerza de sinceridad, ingenio y mucha pero mucha suerte logran sobrevenir a sus peores monstruos y temores. Son personajes que la pasan mal, como vos la podés llegar a pasar mal; tienen insatisfacciones y disyuntivas imposibles de resolver. Pero ellos logran, de alguna forma extraña, gambetear todo eso y caer parados. Sobre todo, lo logran con humildad, lo logran con un tonito nonchallant que te exaspera. Te suele dar una mezcla de envidia y curiosidad –incluso, ganas de aprender.

La carta de presentación del Chamán es que tuvo un accidente en moto a los 17 años. El interno 314 de la línea de colectivos 166 se comió entera la Zanella 200cc. Arriba iba el Chamán, manejando, con su novia de 16 años. La novia murió y el Chamán un poco también. “En un sentido más humano y menos médico. Su dolor iba por adentro”, así te lo contaba Eme; que después de eso el Chamán nunca pudo ni siquiera volver a pisar la escuela; que ahí se metió a trabajar en la aduana con un amigo de su familia que necesitaba un chepibe de confianza; que la escuela no la terminó nunca y que ya, a los treinta y tres pirulos, obviamente no le interesaba; que no le interesó nunca aun yendo al segundo secundario más cheto de Ramos Mejía. Ahí a vos te causaron gracia, en su momento, dos cosas. Primero, que Eme hubiera dicho el “segundo secundario más cheto” y que no lo hubiera hecho con sarcasmo ni en chiste, tan hábil que es para el sarcasmo y el chiste. En segundo lugar, te costaba creer en el espesor emocional de este muñeco que a vos te parecía, en el mejor de los casos, un peronista pre-lingüístico, un matancero de paladar negro y primitivo; que es lo mismo que decir sin conflictos o dobleces, pero no es tan fiero el león como lo pintan. Siempre lo viste de noche, al Chamán, y siempre te dio miedo su intensidad y sus monólogos infinitos de labia deliciosa y articulada como los circunloquios y las racionalizaciones imposibles con los que justificaba lo indefendible desde una especie de gallardía bonaerense y avasallante y tosca y violenta y la espuma de baba blanca que se le acumulaba en la comisura de los labios como se acumulan basura y bolsas de nylon en los retenes de los meandros de riachos y canales. Él tan merca y vos tan faso.

El Chamán vive con el gordo Julián un poco por caridad y otro poco porque no puede bajo ninguna circunstancia estar solo. Es un pibe que sólo encuentra refugio en su entourage: una suspensión socialmente aceptada de sus pensamientos oscuros, provista por una parva de cortesanos que siempre “están ahí”.

“Cómo no le van a dar pelota si tiene una bolsa de dólares en el placard”, decía Eme. “Pudriéndose en el placard”, una bolsa de dólares; comiéndosela la humedad y las ratas y las polillas, al lado de un piloto Perramus color beige. “Horrible”, decía Eme. Si les sale bien, olvidate, no los engancha nadie. El Chamán jamás podría denunciar el robo porque nunca tendría que haber tenido esa guita en primer lugar. Es mucha guita. Mucha; y toda es plata de él, se la hizo solito. Se la hizo trabajando en la aduana. Subfacturar containers es un trabajo sencillo. Prácticamente todo el contrabando llega directo al puerto de Buenos Aires. Los bagayeros hasta la pija en el río Pilcomayo, el tráfico hormiga, los micros llenos de cholas y de paraguayas que bajan desde Formosa o desde Salta a poner una mantita en la avenida Avellaneda o un puestito en Consti, gilada total. Todo entra al puerto en unos freightliners gigantes, que en un día pueden bajarte más de doscientos containers. De esos, sólo se revisa uno de cada diez. Si te sale treinta lucas verdes entrar tu contenedores de veinte toneladas de juguetes chinos, el Chamán te pide diez luquitas dólar para hacerlo pasar por quince toneladas de pilas, ponele, y que pagues solamente diez mil. Veinte lucas verdes total. Win-Win: el Estado factura, vos te ahorrás diez, el Chamán se guarda otro tantito y todos contentos.

Para la AFIP, es un modesto monotributista de categoría C. Promedio, hace pasar 8 containers por semana. Vos ya habías hecho las cuentas hace rato. Es prácticamente imposible no ser tan trucho como la época que te toca vivir.

***

Iba a tomarles no más de cuatro minutos. El gordo inconsciente. Vanesa saltando los escalones de a dos a la planta baja. Pero sin hacer ruido. En medias. En puntitas de pie. Vanesa abriéndoles la puerta. Con Eme revisar las seis habitaciones con armario que tiene la casa en la planta alta. Revisándolas como unos ninjas con linternas de LEDs. La casa es un chalet de dos pisos con altillo, un jardín al frente y fondo grande, claramente de la década del noventa. Esa arquitectura del color, de la fantasía, ladrillo a la vista con intentos de columnas neoclásicas. Faltaba el arroyo artificial con puentencito. Segundo piso de habitaciones espaciosas con un pasillo comunicador que las recorre y conecta a todas. El altillo devenido una especie de playroom, como corresponde, de barandillas de madera torneada y con alguna ventanita triangular rarísima en altura, producto de esos techos a varias aguas y ángulos absurdos. El Chamán había hecho sacar la alfombra que tenía para poner un piso hidrolaqueado que le había quedado bastante lindo. Eme y vos conocían la casa de memoria. Cuatro minutos entre los dos. No más de cuatro minutos. El gordo Julián se iba a despertar solo, sin señales de Vanesa. Ni un apellido, ni un celular, ni ningún rasgo que la vuelva diferenciable del resto de su generación y de su extracción social.

La figura intercambiable de “Vanesa” fue idea de Eme, como para variar. Quedaba resolver la cuestión de de dónde sacarla. Por primera vez les pareció que Diego y su militancia podían serles útiles –y  eso que lo conocen hace mil, desde la primaria. Viene de una familia comme il faut de las Lomas de San Isidro. Todo ética del esfuerzo articulado con plata vieja. En la secundaria se dedicó a organizar fiestas míticas en las casaquintas gigantes de sus amigos hijos-de. Iniciativa de entrepreneur, locuacidad charmante y poder de convocatoria; todo aprendido y aceitado al calor del cachengue a puertas cerradas de la reunión privada. A ustedes les parece que Diego cree que con la militancia está poniendo a laburar su maquinita del chamuyo y del verso para fines más nobles. Lo quieren igual.

Desde que se borró parcialmente de la vida de ustedes para dedicarse a todo esto, Diego siempre quiso que Eme y vos lo vieran en acción. A ustedes por lo general les daba fiaca, pero esta vuelta el fin justificaba en serio los medios.

Se juntaron a tomar un café después del laburo, como siempre. Arenales y Carlos Pellegrini. El café de Ricardito Alfonsín. El mozo los conoce. Tiene lindas mesas afuera. Habían llegado sobre el pucho y Diego estaba afuera, como yéndose. Tenía ojeras, la camisa celeste y los zapatos negros gastados. Todo uniforme del Ministerio. Ahí le preguntaste si le pasaba algo. Dijo que no, que la militancia, que había estado todo el día recorriendo Buenos Aires y que ahora tenía que terminar de organizar los micros para el cierre de campaña. Asintieron los dos a pesar de no entender muy bien qué era lo que cansaba tanto de hacer esas cosas. Lo diagnosticaban, medio en chiste medio en serio, como una especie de fantasía de la ocupación. Era imposible que Diego te reduzca a una descripción sobria, con tareas concretas y mensurables, lo que siempre definía lacónicamente como “militancia”.

Frenó un taxi y los subió a los dos, mientras hablaba por teléfono con una tal “Dori” y decía cosas sueltas como “tres micros”, “San Cristobal”, “los hijos de Zannini”, “estemos tranquilos”, “tirarles de la manga”  y “cómo le gusta el enchastre a esa mulera”. Sintaxis militante.

–Olvidate. Estos pibes son carne de cañón.

Eme te lo dijo haciendo una mueca graciosa con la boca y revolviendo la mirada para su derecha. Ese es un gesto muy suyo, el eye rolling. Sentís que te está boludeando, y probablemente sí, te esté boludeando. Pasa seguido. Acá los estaba boludeando a ellos, in absentia, y te parecía bien.

–Esto nos viene bárbaro, boludo. Agarramos a alguna pelotuda con ganas de pelar la concha por la Patria Grande y chau, ya estamos.

Diego no escuchaba nada porque seguía al teléfono. Mejor así, mejor que no sepa nada. Vos asentías. Te solés marear mucho cuando vas sentado atrás en el auto. Te pasa desde que sos chico.

La Unidad Básica tiene luces blancas. Unos tubos fluorescentes que le dan ya de movida un aspecto entre tristón y berreta. El mobiliario es más bien austero. Un par de paredes con humedad, otras con arreglitos en el revoque recién pintados. Mucho póster, mucho buitre, mucha patria, mucho Él y mucho Ella. Abrazos, amor, pueblo, etcétera. Toda la parafernalia enmarcando una mesa de aglomerado abierto por la humedad, una biblioteca con dos estantes semi vacíos, una docena de sillas de plásticos de jardín marca Mascardi y otros tantos banquitos plegables presumiblemente comprados en Easy. Todo ocupado. Afuera, otro puñado de pibes parados en la puerta.

Diego empezó con su alocución. Que no hay que bajar los brazos, que hay que militar más, que hay que dejar de lado los individualismos y la jactancia intelectual, que tenemos que salir a bancar las decisiones de la capitana a pesar de no compartirlas, que cuando se pone todo en juego no es el momento de mezquindades. Después delineó rudimentariamente un plan tan pero tan tonto que no podías creer que les haya parecido adecuado o ni siquiera factible, especialmente en ese contexto de solemnidad donde todos se limpian la garganta, se golpean el pecho y casi se persignan antes de levantar la voz. El plan de Diego era que cada militante se apropiara de, al menos, dos documentos de identidad de familiares o amigos que se sabían gorilas. Eme te miró extrañada. Vos no lo podías creer. Ahí la vieron a ella en la primera fila, abrumada y aplaudiendo con lágrimas en los ojos. Las venas del cuello parecía que se le iban a reventar. Estaba agitada y seguro tenía el corazón a mil. A vos te daba bronca. Pensabas en el tiempo y la energía malgastada en este lugar de mierda mientras Vanesa gritaba viva la patria y ponía los dedos en ve corta. Te daba bronca porque sentías que estaba enrostrándote a vos su entrega. Te cagaba a bifes con su convicción y compromiso, como si te estuvieses perdiendo de algo. En una de esas te gustaría por un minuto sentir que sos un poco más que la vocecita y el tic tac que te suena en la cabeza. A ver, tampoco es que te va tan mal. No te va nada mal, de hecho, para ser tan indolente y tan underachiever. La realidad es que sos bastante genial. Si pudieses enfocarte como se enfoca la pelotuda de Vanesa, andá a saber. Pero vos no dabas nada por nadie y Vanesa militaba en el Evita. Musculosa negra, calzas, pollera negra por las rodillas con lunares blancos y zapatillas Converse negras con los cordones atados raro. En el mejor de los casos, estudiaba en Sociales.

Eme se le acercó. Que tiene un amigo de la orga que está armando otra movida para asegurarnos las elecciones. Que no se olvide de robar los documentos de identidad, como decía Diego, pero que nuestro plan era un poco más preciso e inmediato y que, por eso, requería ponerle un poco el cuerpo. Seguro que Vanesa se relamió y pensó que esta era la suya.

Eme te hizo el gesto y te acercaste. Estabas de camisa y pantalón de vestir. Pasabas por un pibe del Ejecutivo vos también. Todo uniforme de la rosca. Agarraste el celular e hiciste como que estabas hablando. Lo hacías fuerte porque querías que te escuche:

–No, Dori, tranquila. Tenemos que estar tranquilos, ser prolijos, no perder la cabeza. Nada de ir a tirarle de la manga a los hijos de Zannini. Así no. Te llamo en un minuto que tengo que conversar acá con una cumpa. Beso.

Vanesa te dijo “cumpa”, te dio un abrazo fuerte. Le dijiste que sorry por estar al teléfono pero había asuntos medio urgentes que tenías que resolver. Ella entendió. Le contaste que estaban desarticulando la red de punteros en el primer cordón que la oposición había consolidado los últimos dos años. Le contaste que les faltaba uno solo, un gordito llamado Julián que vive en Colegiales y que, el domingo, va a llevar a más de 300 tipos a votar. Le explicaste lo de los remises, los sobres firmados, la calesita. Ya lo sabía o por ahí te lo creyó. Ella se tenía que encontrar al gordo Julián después de que Eme lo plantara. Se lo íbamos a dejar en bandeja para que se la llevara a ella a la casa. Una vez ahí, tenía que dejárnoslo dormidito, nomás, que nos ocupábamos nosotros. Le pareció espectacular. Dijo esa palabra, de hecho, “espectacular”.

Vanesa se iba a creer la historia del gordo-puntero de entrada, a pesar de que la relación de Julián con la actividad política es prácticamente nula. Nunca fue ni siquiera a votar. Más allá de este datito anecdótico, la verdad es que no había nada en ese gordo que no fuese aspiracional berreta y que no interpretase el physique du rol que, en el sentido común, se asocia con el mindset del militante del partido tilingo opositor. Desde su ropa de mierda hasta su acting de y griega bien sonora que te refriega en la cara sus credenciales sociolectales. El gordo Julián venía de esa clase media bastarda y maldita del decadentismo menemista: familias de poder limitado pero de ostentación barroca y de mal gusto, más tarde caídas en desgracia. Una clase antes pudiente, pujante e inclemente con todo y para todos. Hoy, más que pudiente, es deseante; y más que deseante, es deseante en low cost. Mucho “quiero pero no puedo” o “quiero pero puedo en 24 cuotas o 18 cuotas sin interés” y que junta puntos con la tarjeta y millas y toda esa gilada desgarradora que le recuerda que, antaño y otrora, pudo bastante seguido ir a buscar cobijo más al norte. Iba a estar todo bien siempre y cuando no hablasen de política. Porque la nula articulación de Julián lo dejaba en offside hasta para las súper laxas reglas de juego de la derecha décontractée. Es que el gordo Julián no puede ser más que eso: un wanna-be de los has-been.

***

El gordo Julián sigue planchado. Calculaste bien la solución de éter. Una buena. Incluso Vanesa, against all the odds, fue bastante poco boluda. Una buena para Vanesa. Ahora bien, creías que el Chamán estaba en el sur, para votar el domingo. El golpe de la puerta, las luces del pasillo a planta baja y su saludo a los gritos te dan la pauta de que no está en el sur. Una mala.

Entrás en ese mood divino que cada tanto te agarra y te metés a recapitular cómo carajo llegaste a ponerte en este lugar tan incómodo. Te lo decís en un sentido metafórico pero también literal. Después de todo, al toque que escuchaste los gritos te metiste en el placard y ahí seguís: encerrado en un armario lleno de ropa sucia. La vida te va prestando estas chispitas de tortura a granel y vos te las vas vendiendo al menudeo. Ese es un poco tu insight con respecto a la vida.  Fijate que hace como trescientos o cuatrocientos años los franceses inventaron una expresión hermosa para bautizar ese sentimiento de cuando te vas de una conversación, por ejemplo, y se te ocurre una respuesta ingeniosa y aguda pero totalmente a destiempo: la “lucidez de la escalera”, evocando derechito ese momento en que el actor descend l’escalier del escenario ya terminada la función y justo se le ocurre la mejor línea que podría haber improvisado durante la obra. Ahora te das cuenta de algo revelador: en la casa de la calle Palpa, se ve que el gordo Julián no es el único que nunca vota.

Escuchás cómo nadie responde a los gritos y cómo el Chamán sube rápido las escaleras y le pregunta a Julián si sigue con “la mina”. Por los ruidos, deducís que entró a la habitación y se encontró con el gordo en pija dormido en una posición rara. Sin responder. ¿Vanesa habrá descartado el pañuelo? El olor del éter es fuerte y al ser tan volátil es bastante buchón cuando se evapora en un espacio cerrado. El Chamán no es boludo. No lo escuchás más. No escuchás nada más, de hecho.

Te das cuenta, ahora, de que el Chamán está en la misma habitación que vos. No lo oís ni lo ves, pero lo sentís. Es una sensación rara la de sentir una presencia. Te habría sonado new age pero porque nunca te habías encontrado encerrado en silencio en un armario ajeno, enclenque y ajeno, rodeado de ropa sucia.

Ves cómo se dibuja una silueta por la columna de luz. Luz tenue. Acción seguida, el armario se mueve y se agita medio terremoto y la puerta corrediza se dispara catapulta. Es mentira que las peleas duran mucho. El ruido del golpe te deja zumbando los oídos. Sentís cómo unas manos te agarran del cuello y te arrancan de la ropa sucia y te tiran en un mismo movimiento contra el piso y contra algún otro cuerpo contundente. Una cama, una cajonera, da igual porque duele lo mismo. No te estás dando muy cuenta de lo que pasa, pero te duele la cara y te late la boca. Las peleas duran nada cuando hay asimetría de información o de fuerza. Ves la cara del Chamán dibujándose en un claroscuro azulado contra la luz de la ventana. Nunca le viste los ojos así, mirándote desconocido. Dos, tres, cuatro manos a la cara. No sentís la nariz. Tratás de decir algo, tipo “basta” o “pará” o “ya está” pero no te sale nada. Te atragantás con el sabor metálico de la sangre, mientras pensás en todo lo que podrías estar diciendo.

“Efe y Be” por Mariano Dawidson

Suena el primer arpegio de Liebesträume en el piano. Efe, sentado desnudo en taburete, toca Liszt con los ojos cerrados.

Be atraviesa el departamento vacío y destrozado. Sus pies descalzos se dibujan en el parquet negro de tizne, el ambiente está marcada como un mapa de lo que sucedió. Los pasos de ambos. Las sillas tiradas.

Se saca el pañuelo del cuello y lo deja caer al suelo. Levanta la remera y con ella sacude lo que queda de hollín en su cuerpo desnudo. Se detiene frente a la ventana. Su silueta se recorta en las viejas cortinas de voile estalladas por el sol naranja del amanecer. La textura de su piel como durazno se eriza lentamente con la música, al compás de las yemas de sus dedos mientras recorren su vientre. El aire fresco que entra por las hendijas de la ventana rota le endurece los pezones.

La violencia de la noche anterior está grabada en el aire. Arriba del piano, el cenicero rebalsado de cigarrillos armados a medio fumar.

Liszt suena en en toda la habitación. Suena desafinado. Efe lo sabe pero sigue. Be no escucha la música, no la del piano. Siente lo que desafina en el interior de ambos. Se acerca a Efe y lo acaricia por detrás. Recorre sus hombros huesudos con las palmas de las manos. Se acomoda el pelo detrás de la oreja y se agacha para besarle los omoplatos. Efe con un sutil movimiento que resulta imperceptible desde afuera, que le nace desde su plexo solar, la rechaza. Be siente el escalofrío recorriendo su espina dorsal y lo resiste. Respira hondo y lo besa nuevamente.

Efe no se detiene. Las notas que recorren su mente empiezan a desmoronarse cayendo peldaños abajo por el pentagrama. Primero su mano izquierda y luego la otra, por fin abandonan el esfuerzo y el llanto nace desde adentro como una estampida irrefrenable. Ella lo abraza conteniéndolo en las embestidas torpes de su desahogo.

* * *

Suena el primer arpegio de Liebesträume en el piano. Efe sonríe mientras toca. Lleva puesta una camisa sin mangas y un moño de satén. El cenicero limpio está apoyado arriba del piano. Be, parada tras él, lleva un vestido floreado que cae sobre su piel desnuda como si de nada se sostuviese. Pasa su lengua húmeda por el papel para terminar de enrollar un cigarrillo. Lo enciende y pita profundo. Se lo saca de los labios con los ojos cerrados y lo lleva directamente a los labios de Efe, quien no deja de tocar. El cigarrillo se consume lento al ritmo de su respiración. Be lo acaricia con las yemas de los dedos recorriendo sus hombros huesudos. El piano suena completo en el departamento enmudeciendo a las veinte personas que lo habitan en absoluto silencio. Por el tiempo sin tiempo que dura la música son solo oídos.

Efe toca con todo su cuerpo, feliz de la cara para adentro. El final llega lento e inevitable. Se suelta en la habitación y los abraza, los conmueve. Los armónicos de las ultimas notas se apagan en las copas vacías y en el vidrio de la ventana que da a la calle. El silencio dura algunos segundos. El vidrio sigue vibrando pero Efe ya no toca. Los cuarenta ojos se abren redondos en un calderón que se vuelve eterno.

Cuarenta ojos, cuarenta oídos y veinte nudos en el estomago. Las manos apagan las luces con movimientos precisos y el departamento queda a oscuras. El más cercano a la ventana se asoma sigiloso para ver. Para ver lo que no quiere ver. Lo que ya todos saben. Esperan que se de vuelta para confirmar lo obvio. Los ojos vidriosos del centinela desencadenan las acciones de la emboscada. Todos saben lo que tienen que hacer así que lo hacen rápido y en silencio.

En la esquina dos camiones mantienen el motor en marcha. Del primero se abren las puertas traseras y las botas negras caen de a pares sobre los adoquines húmedos.

Marchan hasta la entrada del edificio y se forman esperando la orden. Un zapato de cuero aplasta un cigarrillo consumido hasta el filtro. Los sin-rostro irrumpen en el edificio volteando la puerta de entrada. Se dividen de manera ordenada, en números pares, y lo revisan todo. De abajo hacia arriba comienzan el rastrillaje. Se cubren, golpean y entran. Tiran todo, no hacen distinción entre hombres, viejos, mujeres o niños. Quien resulte sospechoso es revisado y si las sospechas continúan es reducido y arrastrado al camión de pasajeros.

Rastrean una pista certera, saben lo que buscan. Primero la planta baja, luego se despliegan hacia arriba por las escaleras. Departamento por departamento. Cualquier tipo de resistencia es tomada como posible amenaza y las represalias son automáticas e infalibles.

Mientras los sin-rostro marchan escaleras arriba, en el último piso se preparan para recibirlos. Dentro del departamento Be y Efe saben lo que tienen hacer. No hay tiempo de despedirse ni de pensar como individuos, cada uno hace su parte de forma mecánica y precisa. Con las luces apagadas se mueven en silencio preparando lo que va a suceder. Los más jóvenes se apostan a los costados de las puertas, las mujeres bajo los pocos muebles robustos. Be levanta unas tablas del parqué que no están pegadas al suelo y saca una caja metálica. Efe se tira debajo del piano y corriendo una tapa falsa y saca dos bidones pequeños, cargados, que llevan conectores en la tapa. Los acomodan en en centro del living y conectan todo con precisión.

Las escaleras. El tercero. Las maderas ajadas de las puertas sin llave retumban en los pasillos vacíos.

Dentro del departamento se dibujan siluetas amorfas a la luz de la ventana. Los brillos de las pupilas se descubren ocultos en la negrura.

Por fin las botas llegan al último piso. Dos pares se detienen frente a la entrada. El silencio que aturde. El tiempo se vuelve laxo, gomoso, deforme. Hasta que la puerta vuela en pedazos. Los sin-rostro entran de a pares rompiéndolo todo. Una luz de bengala entra rodando por el piso e inunda la casa de humo y rojo. Los escondidos salen como perdices y son atrapados al vuelo, reducidos, callados antes de poder gritar.

Los destellos de las armas eléctricas congelan las figuras como si estuvieran estáticas, inmóviles en el aire, en el suelo, en las paredes. La resistencia es inútil, unos tienen armas y armaduras, los otros son solo cuerpos humanos defendiéndose, tratando de escapar dentro de la jaula. Los hombres y mujeres salen encapuchados o son capturados al intentar huir.  En el centro del living yace un bulto bajo una manta, a través de ella una luz titila. Uno de los sin-rostro se acerca y de un tirón lo descubre. La luz titilante queda frente a él y se refleja en su casco. Se miran fijo. Uno, dos, tres. Es tarde para correr aunque lo intente. La luz enceguecedora llega antes que la onda de calor. Luego un sonido seco y profundo que apaga todos los otros sonidos.

Después de unos segundos la negrura se vuelve a convertir en formas. El sonido agudo y sordo del silencio se transforma en quejidos ahogados. Los sin-rostro en pie levantan a los caídos. El hombre de zapatos de cuero, desde abajo, ordena la retirada. Las botas marchan  escaleras abajo. Se escuchan sollozos bajo las capuchas de los que están tirados en el camión de pasajeros hasta que el golpe de la puerta apaga todo.

Aceleran los motores y el segundo camión arranca antes de terminar de cerrar su puerta trasera. La caravana se pierde en las callejuelas. Todo queda en silencio. De a poco algunas luces vuelven a prenderse.

En la terraza del edificio Be y Efe se abrazan. Él apoya sus manos en el vientre a ella quien no aguanta el llanto. Be esconde su cara en el pecho Efe y se deja abrazar mientras llora. El cordón suburbano vuelve a la normalidad.

“Cuchillos” por Luciano Casamajor

El sol atraviesa la ventana, revelando infinitas partículas de polvo en suspensión, y hace centellear los once cuchillos recién lustrados que descansan sobre el acolchado color pomelo. Estoy parada en medio de mi pieza. Estoy en bombacha y con una remera de Betty Boop que ya me queda chica pero la sigo usando de entre casa. Me ato el pelo. Sigue mojado: gotea por mi espalda. Pongo Como conseguir chicas, salto al tercer tema, Fanky, y subo el volumen del equipito Sanyo que me regalaron Iván y papá para mis dieciséis. En la tarjeta estaban los dos nombres, pero sé que lo compró mi hermano porque papá nunca hubiese elegido algo así y porque además estuvo las dos semanas anteriores a mi cumpleaños rengueando de la cama al living, siempre colgado de mi brazo.

Suena el riff de piano. Me agacho y levanto a Dauna en el aire: dos kilos de cedro de Misiones. Al contrario que un bebé, pesaba más antes de nacer, o sea hace tres años. Ahí era sólo un bloque con el que papá y yo salíamos de la maderera. Todavía no la había serrado en dos, vaciado y pulido. Me acuerdo de todas las herramientas carísimas que tuvo que comprar. Tardó un mes entero en construirme la valija.

Charly canta que gozar es tan diferente al dolor. Acaricio el lomo forrado en cuero de Dauna. Es el cuero de un novillo que teníamos en ese entonces. Papá lo había aceptado a cambio de un trabajo para un vecino de chacra y lo carneó cuando se recibió Iván. Esto fue hace dos años, pero yo todavía lo siento suave y caliente como si siguiese vivo. Tiene algunos agujeritos de polillas y la quemadura de pucho. Cómo lloré y me puteé, por arruinar a Dauna y porque papá se iba a enterar que había empezado a fumar. Con el tiempo la terminé aceptando. Sé que él la notó pero nunca me dijo nada.

Abro la valija. Me recibe el olor a barniz de sus entrañas. Obvio que me acuerdo cuando se lo pasé. Ahí yo ya había entendido que Dauna iba a ser para mí, entonces le hinchaba a papá para que me dejara ayudar. “Tenés catorce años”, me contestó una tarde. “Vas a durar diez minutos con el pincel y te vas a aburrir”. No sé si lo dijo en serio pero me jodió tanto que al otro día me desperté antes que él. Cuando entró al taller con el mate y la pava, yo ya había terminado de barnizar la mitad. Seguí sin darme vuelta. Lo escuché sentarse y después chupar la bombilla por una hora. Cuando paré a descansar la mano me ofreció uno. El olor acre del barniz se mezclaba con la yerba amarga y caliente. Tomé sin poder evitar la cara de asco, y él partió de la risa.

Meto los dedos en los compartimentos donde van los cuchillos y los sacó llenos de polvo. Soplo pero es una batalla perdida. Miro los cuchillos, mis cuchillos. Levanto uno y lo pongo en la palma de mi mano derecha, sintiendo el peso. Cierro la palma y aprieto. Mis dedos muerden el mango hasta ponerse rojos. Dejo el cuchillo. Agarro otro. Lo apunto hacia adelante, a una garganta invisible, lo sostengo un segundo y después tajeo el aire. Las pelusas huyen asustadas. La hoja es triangular, alargada y resplandece. La acaricio con la yema del índice. Está fría. Llego a la punta. Hago presión. Aparece una perlita roja en mi dedo y la chupo, dejando que el sabor a hierro inunde mi boca.

Dirijo el cuchillo contra el calendario clavado en la pared. En letras rojas gordas dice mil novecientos noventa y siete, y abajo noviembre. Busco el cuadrado con el número veintiuno, el de hoy, el del Encuentro, y le hago una marca invisible que me quedo mirando. Suenan golpes.

-Shifra- se cuela la voz de mi hermano Iván desde el pasillo.

-¡No entrés! ¿Qué pasa?

-Vení a poner la mesa, dale que nos tenemos que ir y voy a llegar tarde a la guardia.

En la puerta entornada alcanzo a ver su ojo izquierdo que me mira sin entender qué carajo estoy haciendo.

-Ahí voy. Cerrá la puerta.

Desaparece sin hacerme caso. Charly repite por última vez déjalo que suba. Dauna sigue vacía así que guardo mi colección, cada pieza en una almohadilla. Después la cierro, la trabo, la acaricio, la agarro de la manija y bajo a la cocina.

* * *

“Bienvenidos a Cañada Azul”

Iván dobla en el cartel. Pasamos la estación de servicio que siempre marca el inicio de un pueblo. La ruta se hace avenida de adoquín con nombre de prócer. Los campos y vacas se convierten en vidrieras y personas que nos siguen con miradas vacunas. Iván baja la ventanilla y saca un brazo. Cada tanto cruza una mirada con alguien, inclina la cabeza sonriendo y le devuelven el saludo. Yo también lo miro, miro su delantal y su valija negra, que es más grande que Dauna pero no tiene nombre porque mi hermano no hace esas boludeces.

Paramos en la plaza. Yo lo sigo observando.

-¿Qué pasa?- me dice divertido.

-Nada.

-¿Tengo mucha cara de dormido?

-Un poco, pero te queda bien.

-Bueno, bajate que tengo que rajar al hospital. ¿Venís a cenar? ¿Volvés sola?

-Obvio, no te preocupés. Gracias.

Me bajo y empiezo a caminar. Iván arranca. Por encima del motor me dice riéndose:

-Cuidate, ¡y no te cortés sola!-

Me doy vuelta para gritarle que es un gil pero la F-100 roja ya está llegando a la otra esquina. Dobla y se pierde de vista.

La plaza de Cañada Azul podría ser la de mi General Lapache o la de cualquier pueblo de Buenos Aires. El sol pica y el aire está cargado. Mis zapatillas levantan polvo mientras las arrastro. Dauna pesa. Me siento una babosa perdiendo su humedad. Llego a la entrada del hotel “La Reina” sudando, me tiro contra una pared y me desabrocho el cuello de la camisa a cuadros. La puerta doble vidriada está abierta y revestida de afiches relucientes con esos dibujos típicos de Molina Campos abajo del título “Doceavo Encuentro de Cuchilleros”. Paso un dedo por la impresión plastificada. Me resulta fea pero parece cara. No tengo idea quién la habrá pagado.

-¡Viniste nomás, rusita!

Mi tío Cachorro está parado en el umbral, con una sonrisa amarillenta y dos manchas de chivo en la remera celeste, abajo de los brazos extendidos.

-¡Rusita!- repite, da un paso largo y me pega un abrazo tan amoroso como caluroso. Este hombre es el hermano que mi viejo prefirió a los de su sangre.

-Cacho, aflojá que me desmayo.

Nos separamos. Me mira de arriba a abajo y me palmea en el hombro como si fuese su caballo preferido.

-Qué te dan de comer que estás tan alta y preciosa. Igualita a la Sabrina, que en paz descanse.

Siento que me va a dar un terrón de azúcar en cualquier momento. En vez de eso, esconde los dientes y agrega:

-Che, ¿cómo está tu viejo?

Lo miro fijo y él me entiende. Para que me preguntás cosas que ya sabés.

-Ahí anda, la va llevando. Te manda un abrazo y pregunta por qué carajo hicieron el Encuentro acá.

-Lo mismo pienso yo, rusita, lo mismo -Cachorro se lleva una mano callosa a la barba gris y negra que le cae hasta el pecho y se la peina poniendo cara de amargura- Es una canallada para tu papá, con su estado. Pero este Frauer… el importador, ¿viste?

-Ni idea.

-Bueno, él maneja el evento ahora y está haciendo las cosas distinto.

Vuelvo a mirar los carteles. El boludo que los diseñó eligió poner dos gauchos con rebenques. No hay ningún cuchillo.

-Parece que va a venir mucha gente, como cincuenta vamos a ser. Ya no entrábamos en una casa, y el hotel lo consiguió por un contacto en la Municipalidad. Pero igual, es una canallada.

-Bueno, ya está. Entremos que me muero de sed.

Cachorro me consigue una botella de agua y nos sentamos en unos mimbres de la recepción. El hotel está lindo, se quiere hacer el antiguo pero se nota que se estrena. Frente a nosotros hay un mostrador en ele. Después la planta baja se estira unos metros hasta una puerta grande.

-Contame de Frauer- le pido a mi tío y al segundo me estoy arrepintiendo. Te quiero Cachorro pero qué aburrido que sos.

Lo dejo hablar mientras mis ojos vuelven a la puerta del fondo. Hay una chica parada con una lista de asistencia. La acompaña un semicírculo de stands de plástico y media docena de promotoras, muy maquilladas y tatuadas de logotipos. Alcanzo a ver cómo le ofrecen a la gente que todavía no entró revistas, estuches, cuchillos, afiladoras, navajas.

Los ojos se me van hacia un chabón que desentona muchísimo con su campera de cuero negro y tachas, y el pelo rapado a los costados, con las puntas azules. ¿Quién es? Me muerdo el labio inferior. Está bárbaro. Cachorro sigue hablando como si yo fuese un micrófono. El extraño fuma, mira para los costados, tantea mercadería. No entiendo qué hace acá. Debe ser un curioso del hotel. Me sonrío. Él se despereza. Sobre su espalda enorme lleva escrito SINNER. ¿Eso es un nombre? Sinner. Rarísimo. No parece judío. Me gusta.

-Eu. Shifra.

Cachorro me sacude del cachete.

-¿Qué?

-Vamos que arranca.

Nos levantamos. Sinner habla con la chica de la entrada. Ella se ríe. Es una morocha tan plástica que no me sorprendería que se derrita. Lo deja entrar. No puede ser. Entonces… ¿es un cuchillero? Increíble. Uno de los nuevos, uno de los que trajo el alemán ese que dijo Cachorro. Pobrecito Sinner. Se imaginó cualquier cosa. Va a salir corriendo cuando vea el Encuentro.

-Shifra Lesnik- me anuncio.

Entramos a un salón. Las sillas de caños, la tarima de durlock y la tabla con caballetes haciendo de mesa delatan que no es un auditorio. Seguro es el comedor del hotel o algo así. Un par de ventiladores de techo ruidosos revuelven el aire caliente. Les cuelgan unas lámparas gordas, llenas de bichos muertos, con foquitos amarrillos que intentan iluminar el espacio pero no les sale muy bien. En las paredes cuelgan más afiches plastificados del Encuentro, ahora con letra verde con un efecto 3D horrible y otra vez muchos logotipos de marcas. Nada de este lugar me recuerda al último encuentro al que fui con papá. ¿Y quién es toda esta gente? Nunca vi tanta y no conozco a casi nadie. Siento un aura rara, espesa, como de siesta intranquila. Me empieza a joder la cabeza. Me masajeo las sienes y pestañeo despacio mientras Cachorro nos elige sillas en la cuarta fila.

-¿Vamos más cerca de la salida? -le pido- Tengo mucho calor.

-Pero con la luz de mierda que hay no voy a ver nada. Mirá, acá estamos abajo del ventilador.

Estás viejo, Cachorro. Nos acomodamos. Dauna descansa en mis piernas. Se hace silencio, bajan las luces y nos quedamos casi a oscuras a las dos de la tarde. Unos pasos hacen rechinar la tarima. El reflector ilumina una pelada con traje y un micrófono.

-Buenas tardes, ¿cómo andan? Bienvenidos a este encuentro número doce de cuchilleros. Tranquilos que es el nombre nomás, nadie va a terminar en el hospital, ¿no?

Algunos se ríen. Yo no. El calvo se alisa el saco y sigue:

-Bueno, bienvenidos cuchilleros y cuchilleras, hoy somos muchos, hay muchas caras nuevas, gente de todas partes tenemos, ¿no? A ver, levanten las manos. Vinieron de La Plata, a ver, una pareja, bienvenidos. De Capital Federal también, tenemos tres, cuartro, ¡siete!, siete de Capital, bienvenidos también. Y me dijeron de más lados, ¿de Concordia puede ser?, ¡sí, allá al fondo! -Cabezas en la audiencia giran a medida que él habla- Qué viajecito, che. ¿Me faltó algún lado?

-¡Pergamino!

-¡Rosario!

-Acá Chascomús.

-¡De Choele Choel!

El comedor se llena de cuchicheos. No entiendo nada. Parece el recreo de una escuela. Cachorro mira para todos lados nervioso. El pelado espera sonriente el silencio, y cuando llega dice:

-Había ganas de juntarse, ¿no?

“Siii” corea el público y estalla en risas. Se dispara un flash; recién ahí noto a los fotógrafos camuflados entre las sombras.

-Había ganas de juntarse- repite- Hacía dos años que no salía un encuentro, ¿no? Yo me voy a presentar, muchos ya me conocen, me llamo Gustav Frauer y hoy estoy de anfitrión. Pero les tengo que confesar algo: es recién el cuarto encuentro al que vengo. Qué chanta, ¿no? -hace una pausa- Soy un caradura, ya sé. Pero es que yo me enamoré de este evento. De este ritual. Me acuerdo cuando lo conocí, hace ya siete años, yo trabajaba de viajante. Me estaba tomando una caña Legui en una cantina perdida cuando me pongo a charlar con un tipo, macanudísimo. Me cuenta que esa tarde en ese pueblo en la casa de no se quién se hacía un encuentro de coleccionistas de cuchillos. Y a mí que me encantan los cuchillos, y las cosas raras, pensé no me lo puedo perder. Cuando entre con el hombre éste, me miraron torcido: eran quince tipos, se conocían entre todos. Gracias a Dios me dejaron quedarme. Se cebaron unos mates y empezaron a sacar unas facas enormes y a contar historias. Y yo ahí pensé: si salgo vivo de acá encontré mi lugar.

Aplausos. Frauer sonríe, tiene los dientes muy blancos. Creo que está maquillado. Me da asco. ¿Está improvisando o se aprendió todo este discurso de mierda? ¿Por qué papá nunca me habló de él?

-Pero algo no me cerraba. Me parecía un crimen que fuésemos tan pocos. Esto había que compartirlo con todo el mundo. Me explotaba la cabeza de ideas. Pregunté quién organizaba todo el asunto y ahí me presentaron al fundador, a Gabriel “el ruso” Lesnik-

El intento de auditorio se me vuelve más oscuro. No sé si quiero estar acá.

-Él es el responsable de que todo esto exista. Hoy no pudo venir por problemas de salud pero yo les pido un aplauso muy fuerte para él.

Más flashes y la gente vuelve a aplaudir muy fuerte, casi con violencia; el sonido me aturde. Me miro las manos, aferradas a Dauna. No, definitivamente no quiero estar acá.

-Cuando le conté todo lo que podíamos hacer con el encuentro, se imaginan qué hizo el ruso… casi se me viene encima. Un personaje.

Quiero que nunca más diga “el ruso”. Quiero que deje de hablar de papá. Quiero que mucho viento y mucha luz entren en el salón y descuelguen todos los afiches.

-Me hizo acordar a mi padre. Otho Frauer. Él nació en Münich y vino a la Argentina escapándose de la guerra. Bueno, en realidad quería ir a Estados Unidos. No era tonto el viejo, ¿no? Mi papá era muy habilidoso, sabía hacer de todo. Se levantó la casa sin ayuda de nadie. Yo le decía “¿Por qué no te ponés un taller? Contratás un par de empleados, les enseñás”. Él me miraba y respondía: “Los argentinos son todos vagos”. Y a mí no me daban ganas de discutirle. Claro, ahora entiendo, sería porque soy argentino, ¿no?-

Las carcajadas ya hacen de fondo del discurso: Frauer las sobrevuela y yo no me las banco más. “¿La botella de agua?”, le pregunto a mi tío. “La tiré antes de entrar. ¿Te sentís bien?”. Le quiero contestar pero tengo un nudo en la garganta.

-A los cincuenta y cuatro años mi viejo se cortó los tendones y nunca más pudo trabajar. La hiperinflación le comió los ahorros. Yo lo tuve que mantener el resto de su vida. Y todo lo que él sabía se perdió-.

Silencio en la sala. El tiempo parece suspenderse. Me arde la frente y me chorrea de sudor. Cacho me vuelve a preguntar en voz baja y alcanzo a asentir -Por eso quiero mejorar este evento, esta pasión de ustedes. Quiero que sea todo lo que puede ser. Hoy, acompañados por la gente de Viper, de Steinhalve… –para calmarlo pero la cabeza se me parte- gracias al encantador Hotel La Reina -este tipo no para de hablar, tengo la boca pastosa- la Municipalidad de Cañada Azul -¿por qué papá no me dijo nada?- ahora estas señoritas les van a dar -no aguanto más –gracias por compartir mi sueño.

Aplausos.

Me paro. Promotoras con folletos bajan de la tarima. Encaro la puerta. Frauer sonríe y aprieta manos. Cacho me mira y se empieza a parar. Estalla un flash. Le hago un gesto. Otro flash. Se queda pero no deja de mirarme. Otra voz el pelado blande el micrófono y vuelve su voz, pero yo ya camino hacia la luz, yo ya estoy afuera, cierro la puerta y me apoyo contra ella.

No hay chica. Los stands están vacíos. El hotel parece vacío. Sólo estoy yo con el latido en mi cabeza. Y enfrente, un pie contra la pared, el cigarrillo prendiéndose fuego, la mirada fija en mí, Sinner sonríe y me dice:

-¿Todo bien?

* * *

Me siento una boluda ¿Por qué se ríe tanto de mi pregunta?

-No, Sinner es una palabra en inglés. Me llamo Juan Cruz.

-¿Y qué significa?

-Buscala en el diccionario.

Estamos en un bar cruzando la plaza, abriendo la segunda Brahma.

-Qué poco útil que sos.

-¿Y Shifra? ¿De dónde viene?

-Es hebreo. Significa valiente.

Mentira. Significa linda. Le estoy mirando la cicatriz: un gusano rosado clarito que le repta de la oreja a la pera.

-¿Sos muy valiente vos?- pregunta, con un tono que me hace subir los ojos y chocarme a los suyos, color verde intenso, separados por una nariz aguileña.

Agarro el chop de cerveza, tomo la mitad, trago lento. Aprieto las piernas, que me tiemblan apenas, contra Dauna.

-Depende si vale la pena el premio.

Él sonríe, primero un poco, después muchísimo. El gusano se estira. Se empieza a cagar de risa. Qué le pasa a este tipo.

-¿Qué es tan gracioso?

Él sigue. Es una risa fuerte pero alegre, sin sarcasmo, que me muestra fotos de su boca. Cuando se calma me dice:

-Te queda bien el bigote-, y me señala la boca con un gesto.

Me vuelvo a sentir una boluda. Me paso rápido una servilleta por los labios y después me río, porque ya fue.

Le pregunto cómo llegó acá. Él pide otra cerveza y habla de una cadena de mails.

-Y te esperabas encontrar un grupo de punks.

-Por lo menos no tantos gauchos. Pensé que los habíamos matado hace un siglo.

-Pero nos reproducimos mucho, viste.

El mozo nos alcanza la botella. Juan Cruz me sirve mi quinto vaso.

-¿O sea que sos de acá?

La pregunta me sorprende.

-Sí, obvio. Bueno, no de acá, pero cerca. ¿Vos no?

-Soy de La Plata.

No digo nada. Me quedo pensando en una ciudad que no conozco. En venir de una ciudad tan grande a un encuentro de coleccionismo de cuchillos para irse a la media hora. En que estoy un poco mareada.

Nos quedamos en silencio, mirando la persistencia del sol del atardecer. Me agarra algo así como melancolía. Me dan ganas de irme.

-¿Qué hacemos?- dice él y yo me sobresalto.

-Creo que me voy a volver.

-Te alcanzo.

Digo que dale. Se siente bien decirlo. No me importa que sea un extraño, de muy lejos, que vayamos a estar solos en la desierta ruta de ripio a General Lapache. No me importa estar un poco en pedo. No me importa avisarle a Cachorro. Sólo quiero alejarme del Encuentro y de mi tristeza.

Salimos y doblamos la esquina. La cuadra tiene seis autos estacionados. Juan Cruz se para al lado de un Renault Fuego negro con la pintura levantada. Palmea el techo y mete la llave. Sentado, me abre la puerta del acompañante y me dice guiñando un ojo:

-Subite a mi vuaturé.

Cinco minutos después salimos a la ruta. El viento en la cara me despeja un poco y caigo en la situación. Este chabón es un desconocido total. Esforzándome por sonar casual, le tiro:

-Al final no entendí si coleccionabas o no cuchillos. No te vi uno solo.

-Y no, no soy Rambo. ¿Fumás? -me ofrece un Lucky Strike.

-No -digo. Él sostiene el paquete y termino agarrando uno.

Él sonríe. Me ofrece el perfil sin cicatriz.

-Dejar se puede dejar toda la vida- sentencia, y me estira un Zippo plateado con un águila en relieve. Cuando lo voy a agarrar me saca la mano. Qué te pasa chabón. Pela la llama y con su dedo medio, adornado con un anillo, me señala que me acerque. Lo hago con el pucho en la boca. Le busco la mirada pero él está concentrado en el horizonte. Está serio. No entiendo el juego. Me estás empezando a cansar, Sinner. Miro su pelo azul eléctrico. Qué pasaría si me tiñese así. Mi viejo seguro junta las últimas fuerzas que le quedan y me mata.

Fumo rápido sin sentir placer.

Después de un rato me dice:

-Sí, me gustan los cuchillos. Pero no le digo coleccionar. Todo eso de comprar el último modelo me parece una cagada. Por eso salí, no me bancaba al pelado. Yo junto cuchillos que me encuentro.

-¿Cómo te encontrás un cuchillo?

En un movimiento relámpago su mano guarda el Zippo en la campera, saca del mismo bolsillo una navaja y la abre frente a mi cara. Yo contengo un grito. Él sonríe o mejor dicho muestra los dientes.

-Rio de Janeiro. En la entrada de una favela.

-¿Qué es una favela?

-Una villa. En el baúl tengo más. Uno que gané a las cartas, cuando trabajaba en un barco. Otro me lo vendió un artesano de allá de La Plata. Otro me lo regalaron.

Me pregunto quién regala cuchillos además de mi papá.

-Pensé que el encuentro iba a ser distinto. Esperaba otra cosa, no sé. ¿Y vos, Valiente? Los tenés en la valijita esa, supongo.

Dauna baila con el traqueteo abajo del asiento. Ya entramos en el ripio. A lo lejos me parece ver el molino de la chacra Techea, la más afuera del pueblo.

Dauna se llama.

-¿Tu valija tiene nombre?

-Ajá.

Espero la reacción. No dice nada. No sé si eso es bueno.

-¿Y con qué la llenas?

-Más que nada regalos de mi viejo. Pero mirá esto.

No se mueve, siempre de perfil. En el bar no dejó de mirarme. Ahora sólo tiene ojos para la ruta consolidada el muy idiota. Le meto mano a Dauna y saco una hoja oxidada. En vez de tener mango se curva y termina en un cilindro hueco. La sostengo por la punta. Ahora vas a ver.

-Mirá.

Gira la cabeza. El relieve de la cicatriz se recorta contra el atardecer.

-Bueno, supongo que ahora me decís qué carajo es esto.

-Es una bayoneta -explico orgullosa-. De las invasiones inglesas. Me la afané de un museo una vez que fui a Buenos Aires.

Juan Cruz vuelve a darme el perfil. ¿En serio no me vas a decir nada? Estoy a esto de pegarle cuando tira una carcajada profunda.

-Al final te queda bien el nombre.

Sonrío en silencio. Ahora los dos miramos la polvareda que tiñe el horizonte.

Al rato pasamos la chacra Suárez.

-Vivo en el próximo terreno.

-Bueno.

¿Bueno? ¿Cómo es con este tipo? ¿Qué mierda le pasa?

Me la juego.

-Antes de llegar, a mano izquierda sale un caminito que da al arroyo. Digo, si te pinta.

-Qué invitación valiente. Me pinta.

Estacionamos abajo de unos árboles. Él apaga el motor. Cantan chicharras. La luz empieza a morir. El sol se desangra en rosas y naranjas.

Juan Cruz reclina su asiento y se recuesta sobre la esquina que se forma con la puerta del auto. Otra vez el silencio, pero ahora me mira mientras se pasa una mano por el pelo. Su boca está recta pero siento que me sonríe con los ojos. Miro para adelante, por el vidrio. El arroyo está oculto pero se deja escuchar: un hilo de agua saltando entre piedras y pastizales.

Incómoda, me muevo en el asiento, que rechina.

-Vengo siempre acá a tomar mate, me encanta.

-¿Y traés a todas tus presas?- dispara él.

Me sonrío.

-No, vos sos el primero.

-¿Ah sí?- Su mano se trepa a mi pierna izquierda. Entrecierro los ojos. Ahora el asiento del conductor es el que rechina.

-Eso hay que festejarlo- me dice casi al oído y, agarrándome de la pera, me gira la cara. Apenas separo los labios y recibo su lengua. Tiene gusto a calor. Es un fierro al rojo vivo sumergiéndose en la humedad de mi boca. Se mueve despacio, rozando la mía que está quieta como un animal encandilado. La mano acaricia la cara interna de mi rodilla sólo para distraerme. Quiere subir. Lo hace. Cierro un poco los muslos. Los anillos se traban en mi jean.

Juan Cruz me besa más fuerte, más grande, más hondo. Yo me dejo besar y le acaricio la nuca, el pelo corto transpirado. Mis dedos patinan por la punta de su columna hasta la espalda anchísima. Palpo las tachas en la campera de cuero. La ese, la i, la primera ene. No llego al resto de las letras.

La presa entre mis piernas se retuerce, quiere seguir. Aprieto más, aunque ya siento mucho calor en todo el cuerpo. Espío con el ojo izquierdo: Juan Cruz, arrodillado en la caja de cambios, se me viene encima de a poquito.

Le corro la cara.

-Pará, ¿y si vamos afuera?- susurro, y escucho lo entrecortado de mi voz.

Él se aleja un poco y me observa con una sonrisa de lobo. Después vuelve a su asiento.

-No, acá estamos bien. Tengo una idea mejor- responde. -Abrí la guantera. Sacá una caja dorada que tengo ahí.

Se la alcanzo. Es una caja chata. El metal está opaco. Adentro aparece un cigarrillo armado, como los que fuma papá, pero más gordo.

-¿Fumamos?

Chispa. Llama. Papel. Humo. Un olor dulce a madera. Me lo pasa. Lo estudio. Chupo.

Se me incendia la garganta.

Juan Cruz me mira fijo.

-¿Nunca habías probado?

Quiero volver a mentir pero no paro de toser.

Él pita, tira una columna de humo y me lo vuelve a dar.

-Te va a encantar.

Fumo con miedo y delicadeza.

-Dale más fuerte.

Obedezco y vuelvo a ahogarme.

-Duele pero así te va a pegar de verdad.

Se lo devuelvo. Él lo disfruta entrecerrando los ojos, reclinado en su asiento con una mano en la nuca.

-Abrí la guantera- me vuelve a ordenar.

¿Qué otra sorpresa tiene?

-Ya está abierta.

-Bien. Buscá un disco que se llama Ciudad de Brahmán.

-¿Como la cerveza?

-No, Brahmán, con ene al final. La tapa es violeta y tiene una mina.

Después de contestar me pasa el porro. Fumo pasando los CDs. Sigue picando pero me aguanto. De pronto se ríe largando el aire fuerte y dice:

-Como la cerveza, qué hija de puta.

Me río sin entender. Encontré el disco. No entiendo la tapa: además de la mujer se lee algo así como “Natao” en una letra horrible. Le pregunto quién es.

-Los Natas- me corrige -La mejor banda de la Argentina- Lo mete en una ranura y pone el volumen al mango.

Una guitarra distorsionada le pega una cachetada a mi mente. Me hundo en el asiento. Me siento como un globo muy inflado. Miro a mi alrededor. Estamos cubiertos en un humo fino, que tiñe toda mi visión. Afuera está oscuro. No queda del día nada más que la huella de una explosión.

Me corro un mechón rubio de la frente y una mano ajena me acompaña. Juan Cruz me mira a los ojos. Parece que me viera por primera vez. Sonrío. Los párpados se me caen un poco.

Sus dedos anillados bajan de las ondas de mi pelo hasta mi hombro izquierdo, se meten en el cuello de tela y en el de piel. Me acarician la clavícula y después trepan hasta el lóbulo de mi oreja. Aprieto los párpados. Veo estrellitas blancas sobre manchas rojas mientras un mareo terrible me asalta, y los vuelvo a abrir rápido. Siento que de mi panza emana un calor que crece y se mueve por mi cuerpo, que me desparrama. La primer mano de Juan Cruz me acaricia la nuca. La segunda vuelve a mi muslo. Pero esta vez las piernas se me abren solas y estoy muy volada para decirle algo.

Las voces del estéreo dicen cosas sin sentido, o no son voces sino guitarras. Juan Cruz se acerca. En flashes veo cómo se saca la campera y la remera. Su torso transpirado y sinuoso parece la corteza de uno de los árboles que nos rodean. Me vuelve a besar mientras el botón de mi jean salta sin oponer resistencia. Sus dedos patinan contra la tela empapada de mi bombacha. El roce me hace arquear la espalda, tirar la cabeza para atrás y soltar todo el aire de golpe. La boca de Sinner ataca mi cuello, lo chupa, lo muerde. Corre la tela. Me mete un dedo que entra muy fácil hasta el fondo. Me escucho gemir y abro los ojos todo lo que puedo, pero ya no entiendo lo que veo. El auto empieza a girar, gira el humo y giran los árboles, y él me mete un dedo más y yo me caigo en la oscuridad.

* * *

-Ey, Valiente. ¿Estás despierta?

Estoy afuera del auto, acostada en el pasto. No hay chicharras ni música. En medio de la noche el arroyo se escucha muy fuerte, parece un río.

-Shifra.

Parpadeo. Todo me vuelve.

-Te desmayaste.

La voz sale de la nada y me da un poco de miedo. Juan Cruz es una sombra más.

-Es muy tarde- susurro.

-¿Qué?

-Te tenés que ir.

-Pero, ¿estás bien?

-Sí. Andate. Por favor.

Lo adivino moverse en la noche. Se agacha y deja algo al lado de mi cabeza, algo con un olor familiar a cuero y barniz. Me abrazo a Dauna mientras el auto arranca y desaparece.

Me quedo muy quieta, escuchando el agua entre las piedras. No sé bien cuánto tiempo pasa hasta que vuelvo a la casa. Entro resignada a comerme una lluvia de puteadas, pero adentro todo es silencio. Subo las escaleras sonámbula y me derrumbo sobre el acolchado color pomelo. Tiro la camisa al suelo. Intento sacarme también el jean pero el botón, que ahora está abrochado, se me patina en los dedos. Por más que insista, me doy cuenta que sigo muy drogada o muy débil para ganarle, que sola no voy a poder, y poco a poco me quedo dormida.

(Continuará…)

“San Gabriel” de Lala Sosa

Ella no sabe leer. El papel que deja en mi mano no fue escrito por la suya.
A veces me mira como si sospechara, como si en mis ojos viese la desesperación de un cuerpo vencido y fallado, y temiera el contagio.
Camina arrastrando sus pies, quiere hacer audibles las cadenas de una vida parasitaria.

Próxima estación: Facultad de medicina.

Hoy esta vestida de rosa y de espinas, como casi todos los días. Esta vez me toca la estampita de San Gabriel, y quiero tomarlo como señal de un anuncio esperado, ese que en mi naturaleza no se hará presente.
Lo ensayé todo esta semana durante el café. Repasé movimientos y distancias; la estrategia completa de un rescate ilícito, egoísta y necesario.
En casa hace tiempo que abunda el silencio. Mariano y yo tenemos la boca seca de palabras y eso ayuda a pensar  y un poco a morir.
Con ella volverían los sentidos a la casa, y tarde o temprano Mariano dejaría de reprocharme  mi desvarío y simplemente se entregaría a la recompensa de mi heroísmo.
A veces creo que él la necesita más que yo.

Próxima estación: Callao.

Transmitirle valores iba a ser difícil,  o al menos contradictorio, aunque explicarle  el significado de la  justicia no sería un desafío.  Ambas podíamos definirla por el simple hecho de jamás haberla encontrado en nuestros caminos.
Éramos reflejos antagónicos. Yo estaba destinada a no poder generar vida y ella había sido fecundada con una muerte prematura.  Un espejo dramático en el que nadie se animaría a mirarse.
Yo iba a ayudarla a soltar su mano de la fatalidad que amenazaba con atropellarla, con pasarle por encima en cada una de las estaciones  de su infancia. Nadie habría de juzgarme; todos a mi alrededor lo habían fantaseado alguna vez. Todos éramos cómplices pasivos del deseo de revertir su destino desgraciado.
Nadie se va a oponer, agacharán sus cabezas en señal de aprobación y sus silencios serán aplausos que elogiaran mi osadía.

Próxima estación: Tribunales.

Su rostro aniñado y anacrónico camina hacia mí como un  fantasma en trance. Ella nunca fue poseedora de su tiempo, ni del vestido rosa que la convierte en una bailarina subterránea rogando atención en puntas de pie excesivamente gastadas.
De mi asiento a la puerta hay cinco pasos, que deberé efectuar en escasos segundos, en el momento cuando la bocina anuncie el cierre. La tomaré en mis brazos rápidamente, escucharemos la puerta cerrándose detrás nuestro, y con ella todo rastro de una identidad no merecida.
Nadie la buscaría, y con el tiempo ella  podría  empezar  a encontrarse.

Con sus pequeños dedos toma mi dinero y levanta la vista para agradecerme, clavándome sus ojos  empañados de mutismo.  Entonces la veo de cerca, y con nuestras miradas nos contagiamos un miedo que ni San Gabriel arcángel es capaz de combatir. Y mientras nos dejamos aturdir por una bocina  metálica, pensamos que hoy no es nuestro día de parto, pero que inevitablemente está próximo a llegar. Y así, sin necesidad de hablar,  nos convencemos de que tal vez podemos resistir un día más la contracción de un abrazo reprimido, que puja desesperado por nacer.

“En partes” por Julia Taleisnik

Sabrina despertó esa mañana con un dolor intenso en el cuerpo. Sentía los músculos contracturados, las articulaciones blandas y el cuello tan duro que hizo crack apenas lo enderezó. No era la primera vez que el pecho le latía, que las piernas le parecían miembros fantasmas y que los ojos le ardían por las horas de llanto la noche anterior.

El dolor era similar pero diferente a lo que recordaba. La alarma no sonó, para que su compañero de cama no escuchara ruidos y así evitar las consecuencias de despertarlo. Se deslizó y en medias caminó hasta el baño. Chequeó sus piernas: no las sentía pero estaban ahí. En la distracción tropezó con un plato roto en el suelo, resabio de la noche anterior: tampoco era la primera vez que volaba vajilla por su casa y amanecía entre vidrios rotos. Por suerte ni el ruido de la porcelana sobre el suelo alcanzó a despertarlo.

Entrando al baño rodó hasta el pie del inodoro un ojo que había caído libremente desprendiéndose de su cara. Una esfera perfectamente blanca parecía brillar por sí sola en la media sombra de la casa por la mañana. El ojo rodó, pero Sabrina lo alcanzó antes que llegara a la rejilla, lo levantó y apoyó sobre el lavatorio. Cerró la puerta del baño. Se sentó en el inodoro. Para no tirar la cadena orinó en un frasco. Se vistió. Se lavó las manos, y se miró al espejo. Una cara agujereada.  Lavó el ojo y se lo colocó nuevamente, enmarcado entre ojeras negras y pómulos pálidos. Le sonrió al espejo, notó que el ojo le quedaba desviado. Lo acomodó suavemente.

Cuando se terminaba de maquillar, la parte superior del dedo meñique cayó dentro del lavatorio. Guardó el pedacito en un bolsillo. Pensó que no era un dedo muy útil y que en algún momento del día lo uniría al resto de la mano. Miró la otra y notó que había olvidado ocuparse del anular que se había desprendido la semana anterior.

Con el mismo silencio se puso los zapatos, cargó su cartera y se dirigió a la puerta. Dando vuelta la llave sintió un fuerte dolor en uno de los codos. Lo tocó y lo sintió flojo. Le volvió a dar una vuelta a la llave y de repente vio cómo medio brazo se le desprendía del cuerpo: el impacto sobre el suelo produjo un sonido que temió fuera a despertarlo. Por suerte eso no sucedió.

Era la primera vez que a Sabrina el antebrazo se le desprendía del cuerpo. Tenía experiencia perdiendo dedos, orejas y hasta la nariz, pero nunca medio brazo. Se impacientó. No estaba segura de poder zurcir algo tan grande con una sola mano. Intentó hacerlo: sacó hilo y aguja. Los movimientos eran torpes y el antebrazo con dificultad quedaba en su lugar. Al compás de la respiración intentó dar otra puntada, y no logró su objetivo. En una de las pruebas lastimó uno de sus dedos con la aguja. Entendió que esa mañana no podría hacerlo sola.

Guardó el brazo en la cartera. Salió de su casa. Le tocó la puerta a Teresa, a quien conocía por sus habilidades zurciendo a la perfección cualquier parte y a quien admiraba por sus terminaciones prolijas. Más de una vez la había ayudado con una oreja delicada o un muñón poco elegante. No atendía. Volvió a tocar, husmeó por la ventana. Insistió nerviosa hasta que se dio cuenta de que Teresa no iba a responder la puerta.

Se encaminó al trabajo con un brazo en la cartera y la cabeza gacha. Chequeó los bolsillos del saco para ver si tenía los dedos faltantes y repasó en su memoria todo lo que debería arreglarse ese día.

Caminó dos cuadras, como todas las mañanas, y esperó el colectivo. Temía lo peor, los pensamientos rumiaban: ¿era esto el comienzo de su desintegración? Nunca pensó que le pasaría justo a ella. El colectivo hizo algunas cuadras. Iba parada, sosteniéndose con la única mano útil. La otra mano asomaba por la cartera. Sintió la mirada un niño fijada sobre ella que la juzgaba en silencio. Se miró las piernas, las movió lentamente en círculos. Las sentía presentes y unidas a su cuerpo. Respiró profundamente, con alivio. Intentó mirar la hora, pero el reloj estaba en la muñeca amputada. Chequeó de reojo la mano que asomaba en la cartera y confirmó que llegaba tarde.

En un salto que dio el colectivo, la lengua se le desprendió de la boca. Tosió y le produjo arcadas, la lengua es más grande y porosa de lo que parece en el espejo. Llegó a detenerla a tiempo antes que pudiera atragantarse. La sacó carnosa y húmeda de la boca y la secó con su manga del saco antes de guardarla en un bolsillo.

Manca se bajó del colectivo. No quería que la vieran en la oficina con un brazo menos, sin dedos y con la lengua en un bolsillo. Corrió al zurcidor del edificio donde trabajaba. Estaba cerrado. Recordaba otro en una galería unas cuadras más al norte. Corrió a buscarlo pero en la puerta encontró un cartel que anunciaba que se había mudado. Pensó. Tuvo la certeza de que estaba desmoronándose. No había remedio. La angustia brotaba por los ojos.

Camino al trabajo se detuvo en una esquina, y con un espejito de mano se ayudó para coserse la lengua. No era difícil para Sabrina, que tenía experiencia uniendo la lengua al resto de la boca. Llegando al trabajo tropezó con una baldosa floja. El antebrazo que llevaba en la cartera cayó al suelo y voló varios metros. Mientras se acomodaba la ropa, una mujer se detuvo y le alcanzó lo que se le había caído. Sabrina vio cómo la miraba con pena, y se sintió juzgada nuevamente.

Entró a la oficina rápido, saludando de lejos para que no la vieran demasiado. Parece que tuvimos una mañana difícil, ¿no? se escuchó. Por tercera vez sintió el juicio ajeno. Llegó a su escritorio. Prendió la computadora, y se dio cuenta de que ese día no sería posible trabajar tranquila. A los pocos minutos llegó Mercedes, una compañera. Sabrina la saludó con la mano disponible y Mercedes le hizo una seña para que fuera al baño.

Se encerraron. Mercedes tenía en su  bolsillo hilo y aguja, y con un gesto le pidió que se sacara la camisa. Sabrina le alcanzó el antebrazo amputado. Mercedes comenzó a coser mostrando su talento. Las dos se mantenían en silencio. Cada puntada era perfecta, cada vuelta era exacta. Era difícil unir las partes sin que quedaran marcas. El brazo volvió a su lugar, y aunque lo movía con dificultad, lograba cumplir con sus funciones. Sabrina probó el brazo de varias maneras y agradeció a Mercedes.

Sabrina miraba a su compañera. Sin pronunciar palabra, Mercedes se sacó la blusa y descubrió un cuerpo tan reconstruido que con dificultad se notaba algo de tejido original. Un pecho plano, no había tetas. Todo se perdía en una piel arrugada, comprimida por partes, rejuntada en algunos sectores. Los hombros estaban anudados, parecían hombreras naturales. Era el cuerpo de un anciano, con las cicatrices de un quemado. Todo perfectamente disimulado por ropa holgada y recatada. Sabrina sintió nauseas. Hablaron sobre cómo había aprendido a zurcir de esa manera. Mercedes estaba orgullosa de sus talentos, se escuchaba en el tono de su voz y el énfasis que le ponía a sus logros. Hacía más de diez años que perdía partes todos los días y había perfeccionado su técnica. Ella se sentía una heroína por estar resistiéndose a la desintegración. Sabrina entendió que esto era un hábito indiscutible en la vida de su compañera.

El resto del día transcurrió lento. Sabrina repasaba el cuerpo de su compañera una y otra vez, preguntándose si ella llegaría a ese estado. Se tocó el zurcido por debajo de la manga. Le costaba respirar, tosía. El pecho se le cerró.

Se hizo el final del día y se despidió de la gente que trabajaba con ella. Cuando pasó por el escritorio de Mercedes la vio con la misma sonrisa de siempre, con una foto de su compañero de cama como fondo de pantalla. Suspiró profundamente y se fue a tomar el colectivo a su casa.

Se subió con un cansancio que no recordaba haber sentido en mucho tiempo. Estaba tensa, nerviosa, repasando los hechos del día. Llegando a la parada correspondiente a su casa, tocó el timbre para bajarse. Cuando el colectivo se detuvo, miró al chofer por el espejo retrovisor y se quedó parada sin bajarse. Volvió a suspirar. La puerta se cerró. Un joven de veintitanto le cedió el asiento y Sabrina agradeció con una gentil sonrisa. Ya sentada, zurció los dos dedos que le faltaban. Observó sus dos manos completas y sonrió. El joven que le había cedido el asiento había clavado sus ojos en las manos de ella. Sonrió, sin sentirse juzgada. Estaba disfrutando el viaje.

“Tolombón” por Ulises Rubinschik

Un caballero romano se enceguece mirando al sol. Su bastón de ébano está erguido sobre el suelo de tierra colorada. Lleva unas botas de arlequín adheridas a las piernas, hasta la altura de las rodillas. Una túnica adorna el cuerpo inmutable. Tiene el pelo ondulado, de un rubio gastado y un sombrero con forma de hongo le cubre gran parte de la cabeza. Más allá de la figura, se puede ver una cadena de sierras bajas. Nosotros lo observamos y él no parece percibir nuestra mirada fija. Estamos lejos, a varios metros. Las sierras, el hombre, vos y yo. El resto, polvo de ladrillo.

Me tiro un eructo bastante ruidoso. Muestra todo lo desagradable que puedo llegar a ser. Me río y vos me pegás una piña en el brazo. Sé que es amistosa; una sonrisa aparece en mi cara y vos no podés evitar imitarme. Te miro. Me pierdo en tus ojos castaños, como el caballero en el cielo. Me siento bien ahí, en el abrazo de tus pupilas dilatadas por el sol que nos derrite.

Volvemos para el lado de la ruta. La cerca de alambre es bastante alta y tenemos que hacer un esfuerzo grande para cruzarla y llegar de nuevo a la banquina. Estamos a dos metros del comienzo del asfalto. Miles de pedazos de vidrio verde siguen rompiéndose bajo nuestros pies. Agarrás uno de esos fragmentos de botellas y te lo acercás mucho a un ojo. Me mirás a través de él. ¿Me aparezco verde, abriéndome paso a codazos entre tus temores, para convencerte de que todavía te amo? Sonrío ante tu mirada atenta.

Aprecio tu imagen. Flaquita, indefensa, con la mochila gigante que cubre tu espalda transpirada. Eternizo esa foto en mi cabeza y luego te abrazo.

La ruta es temeraria. Los camioneros pasan rápido y aceleran todavía más cuando les mostramos nuestros pulgares tensos y cansados. Estamos aburridos. Yo me pongo a patear piedritas y pedazos de botellas de cerveza. Desde la ruta se llega a divisar la plaza del pueblo.

“¡Eh, cuidado!” nos grita un muchacho. Viene a caballo, bastante rápido, galopando por la banquina. Temiendo por nuestras vidas, te agarro de la cintura, sintiendo la tela jean de tu shortcito y la piel de la parte baja de tu espalda. Te abrazo fuerte y beso tu nuca disfrutando de la transpiración de tu pelo espeso, que me hace sentir un poco más vivo. Mientras, el jinete –evidentemente ebrio- te grita. Dice que, despojándote de tu musculosa y short, está dispuesto a compartir una tarde con vos. La bronca asciende por todo mi cuerpo y le grito algo para descargarme. Al instante veo como, algunos metros después de pasar junto a nosotros, una ola de vómito cae furiosa sobre la crin marrón del animal. Siento que merecía vomitar así.

Me proponés que recorramos el pueblo porque, de todas formas, nadie nos va a levantar. Pero primero te desafío a jugar una carrera hasta el caballero romano de piedra que sostiene el palo: “El que toca el bastón gana”. Como podemos, saltamos la cerca para volver a la extensión desértica al costado de la ruta y emprendemos la corrida.

Increíblemente, contra el historial, me estás por ganar. No puedo permitirlo. Justo antes de que tu palma toque el bastón, salto para adelante y abrazo tu cintura. Te caés al suelo sin lastimarte, nos caemos juntos. Logro mi objetivo: no alcanzás a tocar el bastón. Me insultás de arriba a abajo. Yo quedo exhausto, tendido en el suelo, con mi cabeza entre tus piernas caucásicas algo tostadas.

Me decís la tontería esotérica de que los de Aries no nos bancamos perder. Yo no te hago caso y empiezo a besar tus piernas viajeras. Aunque seguís un poco con tu escupida de insultos, noto que empezás a disfrutar. Por suerte, el caballero mira para el cielo, pienso mientras te saco el short y la bombacha roja y negra. Revoleo tu ropa para arriba y la veo caer sobre la cabeza del tipo. Ahora sí, con los ojos tapados, ya no podrá meterse en nuestros asuntos. Hacemos un colchón con nuestra ropa para no llenarnos los cuerpos de piedritas. Cuando me sumerjo con mi boca en la frondosa mata de pelo que cubre tu pubis, te relajas y te olvidas definitivamente de la victoria frustrada en la carrera. Acariciados por el sol intenso atacamos con nuestros cuerpos a la tranquilidad de la tarde.

Me despierto encima tuyo, boca abajo, ya flácido, todavía transpirado por la alta temperatura. Vos dormís, con los parpados apuntando al cielo. Tu cara está colorada y tiene marcas de la siesta de la mía sobre ella. Acaricio tu cachete y lo beso con ruido húmedo. Me incorporo, desperezándome. De repente, tuerzo mi cara para la derecha y veo que una señora vieja y encorvada nos contempla. “¿Zanahorias, mijito?”. Grito del susto y te despertás. Incrédula, avergonzada, te ponés boca abajo, tratando de taparte con el colchón improvisado. Yo cubro mi pito pudoroso con las manos. La señora apoya la canasta con zanahorias sobre tu culo desnudo. Vos ahogás un gritito.

“¿Qué hace, señora?” aúllo indignado. “Vendo para comer, como para vivir”. No parece descabellada la proposición de la anciana. Me acuerdo de que guardaste todo nuestro presupuesto en una bolsita entre tu teta y tu corpiño. “Permiso amor”, te silbo al oído. Me extendés la bolsa de nylon gastado y busco algo de cambio. Le compro a la vieja un kilo de zanahorias, junto con un pelapapas oxidado. Ella levanta la canasta dispuesta a irse, pero se queda admirando tu culo pequeño. El polvo adherido al mimbre manchó un poco tu piel blanca. Yo también miro tu carne curva. La señora sonríe y, cómplice, me guiña un ojo negro y gastado.

“¿Y a esa loca qué le pasa?” preguntás una vez que la señora está lejos. Te respondo que no sé, pero pienso que a mí me resultó, a pesar de todo, simpática. “Señor, ¿me alcanza la ropa de mi novia?”, le pido al caballero romano. Te reís. Que fácil me es hacerte reír y cuánto disfruto de tus carcajadas. Ya vestidos, nos levantamos. La luz del sol aplacó un poco.

Decidimos conquistar la llanura, caminar hacia la nada. A medida que avanzamos, nos encontramos con más caballeros de la puna. Todos tienen bastones. Algunos uno, otros dos. Los colores y las formas de sus ropas cambian, también sus cuerpos. Pero lo que los une es que todos clavan sus ojos de piedra en el éter.

“¿Zanahoria, mijita?”, te ofrezco. Vos decís que sí con el mentón. Saco una de la bolsa de papel madera y empiezo a luchar contra ella con el pelapapas. “¡NO! ¡Eso está muy oxidado!” Me muerdo el labio inferior, fastidioso. La cáscara sucia de la zanahoria seguramente sea más nociva que el óxido, pero te la doy, y empezás a darle mordiscos. Veo cómo las comisuras de tu boca se empiezan a llenar de pequeños trocitos naranjas y arremeto contra ella. Mis labios se juntan con los tuyos y terminan, también, llenos de zanahoria.

Nos vendría muy bien un poco de agua pero, en el pueblo anterior, nos olvidamos de cargar las cantimploras. Estábamos por ir a buscar alguna canilla y justo pasó un tipo en auto y nos levantó, avisándonos que llegaba hasta Tolombón. Aceptamos. Ahora estamos acá, con todo el paisaje a nuestra disposición, con el pueblo allá lejos, cruzando la ruta. “¡Mirá para ahí, eso azul, parece un lago!”

Seguimos con nuestra caminata y llegamos, como vos previste, a la orilla de un lago. Es grande, turquesa. El sol y las nubes se reflejan en el agua calma. Tratando de no mojarme las zapatillas de lona, me asomo para ver mi reflejo. La cara que a comienzos del viaje era pálida y sin pelos, ahora está tostada, cubierta de una barba áspera con tintes pelirrojos. Me gusta sentirme así, curtido por las semanas de viaje juntos.

Agarro piedras planas y las tiro al agua para hacerlas saltar. Un salto o dos y, resignadas, se hunden. Cuando vos intentás hacer lo mismo, se clavan en el agua apenas la tocan. Me río y te ofendés. Cuando estoy desprevenido mirando el lago, me empujás y yo caigo, mojándome las bermudas completamente. “¡¡¡Ey!!!”, me enojo. “No te quejes, bobito. ¡Hace calor!” Desde el lago me desnudo y tiro mi ropa cerca de la orilla. Como aceptando la invitación, tirás también tu ropa, para venir conmigo.

“Tus ojos pardos, inspiración para mi pluma de tinta azulada, en esta tardecita del viaje eterno”, te susurro al oído mientras nuestras pieles se abrazan. “¡Pero qué te hacés el poeta, vos!” Me separo del abrazo y me sumerjo con la cabeza en el agua. Me siento herido cuando se ríen de mi creatividad, especialmente cuando vos lo hacés.

Nado un buen rato, casi un metro por debajo de la superficie, saliendo a respirar sólo cuando es inevitable. Rumiando mi enojo exagerado, pienso cómo sigue todo. A dónde podemos ir después. Si quiero que sigamos viajando juntos, si no será mejor separarnos por un rato. De repente siento que algo me agarra de los tobillos con fuerza y no me deja sacar la cabeza a la superficie. Me desespero, siento que el aire se acaba. Pego una patada y finalmente logro soltarme, sin saber qué es lo que me impidió avanzar. Dibujando un crol desprolijo, voy rápido a la orilla. No sé dónde estás, sólo veo nuestra ropa sobre las piedras.

Sentado, abrazándome las piernas, veo que llegás nadando. Me asusto cuando noto que un hilo de sangre acompaña tus brazadas suaves. Salís del lago con el agua goteando por todo tu cuerpo desnudo. Una imagen maravillosa, pero opacada por el flujo de sangre que sale de tu boca. Tu cara colérica me empieza a explicar lo sucedido. “¿¡Cómo me vas a pegar esa patada!?¿Qué creíste, que era un pirata zombi que no te quería dejar salir?” Y, sumergiéndote en un llanto tímido, me decís que sólo estabas jugando, que no puede ser que haya hecho eso.

No te lo digo pero, efectivamente, yo temí una muerte segura en manos de algún personaje acuático monstruoso. Te voy a abrazar. “Perdón, no quise. En el momento me puse muy nervioso. Sabés que jamás tendría la intención de pegarte, de lastimarte.” Estás totalmente reacia a mis mimos, me respondés como si te hubiera engañado con otra chica en ese rato que estuve nadando dentro del lago. “Dejame un rato sola, por favor.” Entonces me visto, agarro mi mochila y bordeo la orilla varios metros, para dejarte un rato en compañía de tus pensamientos.

Mata de pelo cuelga serena,
como los pechos suaves,
bañados por el lago.
Sentada en las piedras deja verse frágil,
la sangre brota de su boca,
como un amor que se escapa,

escribo en mi cuaderno de espiral de alambre. Una lágrima salada, confusa, rueda por mi mejilla y cae sobre el papel, corriendo la tinta azul de algunas letras. No sé si la causa de mi llanto son los metros que me separan de vos, o tus palabras que resuenan en mi cabeza, diciéndome que no me haga el artista. Arranco la hoja y la entierro entre las piedras del suelo. Saco una novela para leer un poco. Luego de un largo rato, percibo que empieza a anochecer; hace mucho que no comemos nada. Me levanto y voy a buscarte.

Hace frío. Aunque estás en bombacha, sobre el torso desnudo te pusiste un buzo mío. Muestra suavemente la redondez perfecta de tu pecho. “Hola linda”, busco reconciliarnos. Con la mirada perdida en el agua, te sobresaltas, pero esbozás una sonrisa y haces un gesto con la mano extendida sobre las piedras. “Vení, sentate.”

Todo es silencio. Creo que ambos estamos aliviados, juntos de nuevo, sentados apreciando el lago, tu cabeza descansando en mi pecho. Ya es casi de noche y el cielo está bastante nublado.

De pronto, un rugido de tu panza rompe con el mutismo de la situación. “Sí, tengo hambre, no comemos desde que nos levantó el tipo”. Nos ponemos a buscar en las mochilas, a ver si nos quedó algo de comida. Encontramos dos latas de atún y unas galletitas de agua. Ya estamos acostumbrados a la frugalidad. “¿Armamos la carpa acá?”, sugiero. “Dale”.

“¡Ah!¡Tenemos las zanahorias también!”, gritás risueña mientras empezamos a revolver las mochilas para buscar las partes de la carpa.

El cuerpo de la carpa no está, sólo encontramos las varillas que, solas, no sirven para nada. La oscuridad de la noche, combatida solamente por las dos linternas, empieza a acrecentar nuestro fastidio. Con un imperativo poco sutil me pedís: “Hacé memoria”.

Pienso: nos estábamos yendo del camping, guardando apurados, porque a la mañana pasan más autos para hacer dedo y tardamos en levantarnos. Por eso, nos olvidamos de cargar las cantimploras, teníamos que terminar de armar la mochila. Me acuerdo de que la carpa estaba desarmada a unos metros de donde estábamos empacando. Y ahí debe seguir, lamentablemente.

Amigándonos con la idea de dormir sin carpa, preparamos la comida. Te convenzo de pelar las zanahorias que quedan y hacemos unos canapés de galletita, zanahoria rallada y atún. Simple, pero bastante rico. Mientras saboreo la cena, sintiendo el dulzor de la zanahoria, recuerdo a la señora, y se me viene a la cabeza la imagen de su pelo canoso y grasiento. En  una trenza, le caía por la espalda. Las tetas gigantes a la altura del estómago le daban un toque mágico a la vendedora de zanahorias.

Bajamos la comida con agua del lago, es la única alternativa. Recuerdo que, en la mochila, tengo una botella de vodka y la saco.

Sentimos cómo la bebida, seca e intensa, recorre nuestras gargantas. Tomamos de la botella, los vasos los perdimos hace unos días. Con el correr de los minutos veo que tus ojos se ponen brillosos y reflejan la luz de la luna llena. Tus dientes perfectamente blancos también resplandecen. Percibo que el vodka te ablanda. Ya no queda rastro de la pelea de la tarde. O quizás sí, en nuestras cabezas rencorosas.

Me recuesto sobre vos, con la nuca apoyada en tu regazo. Tus uñas bordó recorren mi pecho, asombrándose con cada uno de mis latidos.

Luego de un rato, me ves entrecerrar los ojos: “No te duermas, che”. Te parás, levantándome del suelo suavemente. Me tomás de los hombros. Estoy bastante borracho, siento que las yemas de mis dedos se funden con tu piel cuando te agarro de la cintura. Escucho tu silbido, es un tango triste, uno que te mostré hace unos meses con la guitarra. Entonces nos agarramos fuete y bailamos lento y fluido, al son de la melodía aguda que dibujan tus labios gruesos.

Vacío la botella de un trago. Una mezcla de alcohol y excitación recorren todo mi cuerpo. Imagino que llegan a esta noche tanguera la vieja que vende zanahorias, como multiplicada, varios ejemplares idénticos de ella; y muchos caballeros romanos, todos portando bastones y masticando zanahorias grotescamente. Se forman parejas entre las señoras y los caballeros, todos bailan, pero no sacan su mirada de nosotros dos. Qué estará pasando por tu cabeza, bajo esa melena de pelo negro cuyo aroma me inunda y no me deja escapar del impulso de apretarte y no soltarte más.

En un momento, siento que dejás uno de mis hombros y acercás esa mano a una de las mías. La guiás hacia tu bombacha. Puedo sentir la humedad, mis yemas ahora se derriten en el calor de tu entrepierna. Tus gemidos se mezclan con las risas de las vendedoras de zanahorias y los vozarrones solemnes de los caballeros. Nos siguen observando. Ahora soy yo el que silba el tango mientras produzco que tus gemidos vayan en aumento, hasta que en el estribillo de la canción soltás un gritito y me abrazás con toda tu fuerza. Luego te relajás y suspirás que “te gustó mucho” en mí oído.

Decidimos desplegar las bolsas de dormir en la orilla del lago. Cuando nos acostamos, todo sigue dando vueltas para mí. Entrelazo mis piernas con las tuyas suaves. La luz de la  luna y el canto de los grillos no me dejan conciliar el sueño. Siento inminente la aparición de algún bicho nocturno excéntrico. Vos roncás suavemente y de vez en cuando rechinás tus dientes.

Logro dormirme al fin. Te veo en la banquina de la ruta, desnuda. Se acercan muchos jinetes a caballo. Vos les sonreís. Desmontan y, uno a uno, empiezan a acariciar tu cuerpo sin ropa. Disfrutás cuando se turnan para penetrarte. Yo corro por la llanura en dirección adonde te encontrás. El suelo está  hecho de zanahorias, un gran colchón naranja que me quiere tragar. No logro llegar nunca a la cerca que me separa de la banquina. “¡Nooo!”, aúllo de forma desesperada.

Siento que algo me toca el hombro. Me despierto sobresaltado, sollozando. “Gritabas”, susurrás. Yo estoy transpirado, respiro con dificultad. Tus ojeras oscuras me permiten ver un dejo de angustia. Tenés en la mano una libreta, la que te regalé para tu último cumpleaños. Estuviste anotando algo. Te negás a mostrarme la libreta cuando te lo pido. Yo estoy intrigado, nunca te ví escribir. Forcejeamos un poco para quedarnos con el cuadernito rojo. Un poco intencionalmente, lo soltás. Mientras empiezo a leer, escucho que lloras suavemente.

El camino, largo y arduo,
tiene obstáculos disímiles.
Con llantos y caricias,
miradas esquivas e intensas.
El camino que elegimos,
seguir andando firmes,
la firmeza degradada,
antes de empezar dijimos,
si se vuelve evidente,
no hay otario que no vea,
que en un pedazo de asfalto,
el capítulo termina.

Cuando finalizan tus versos, mi cara esta inmersa en una mezcla de lágrimas y mocos. Nos miramos y lloramos más. Un abrazo nos envuelve, notamos nuestras caras muy coloradas. Con los cuatro ojos enrojecidos mirando al cielo, nos dejamos caer agarrados de las manos, exhaustos, sobre las bolsas de dormir. Esta vez los dos nos dormimos al instante.

El canto de unos pájaros lejanos nos despierta. Por un momento pensé que piaban el tango de la víspera. La resaca es notable. Tu cabeza también le debe estar pesando a tu cuerpo. “Buen día”, nos decimos secamente. Como por casualidad, nos levantamos al mismo tiempo y empezamos a enrollar las bolsas de dormir y a preparar los bártulos. Sin decir palabra nos ponemos las mochilas sobre los hombros. Sabemos lo que viene: desandar el camino hecho ayer, volver para el lado de la ruta.

Así, sin darme cuenta, llegamos a la cerca. Estuve abstraído todo el rato de caminata apreciando el paisaje y cómo vos formás parte de él, de manera tan pura. Nos sacamos las mochilas y las tiramos a la banquina por arriba de la cerca. Luego pasamos nosotros, bajando el alambre con esfuerzo.

Pasan muchos autos. Creo que ninguno de los dos quiere levantar el pulgar. Sentimos ese momento terrible, pero inevitable. Sabemos que por la hora que es, algún automovilista va a parar. Nos va a decir “No sé si entran ustedes con las mochilas”. Yo le voy a responder “Sólo va ella”.

Nos abrazamos ahí, firmes sobre la banquina cubierta de pedacitos de vidrio verde. Las lágrimas de los dos se confunden y alargan el abrazo que siento eterno y no quiero que se acabe nunca. En un momento se esfuma, nos separamos. Nos miramos una vez más. Vos me regalás tu linda sonrisa y mostrás el pulgar a la ruta.

No desayuné. Revuelvo en mi mochila y encuentro una zanahoria. La cáscara está muy sucia pero le clavo los dientes, decidido.

Enfilo para la plaza del pueblo, sin poder sacar mis ojos del auto gris donde se alejan, a una velocidad alta, una mata de pelo negro, un par de labios carnosos con su sonrisa bella, diez uñas despintadas y una húmeda bombacha de encaje roja y negra.

“Pesadillas” por H. Morel

Pesadilla 1. Caigo por un abismo. Me despierto cuando pateo a mi mujer en la cama.

Pesadilla 2. Mi mujer me patea, caigo de la cama a un abismo.

Pesadilla 3. Tengo mujer, tengo cama. No vivo cerca de ningún abismo.

Pesadilla 4. Mato al amante de mi esposa, debo enterrarlo en el baldío. Afuera llueve.

Pesadilla 5. Me mata el esposo de mi amante. Me van a enterrar en el baldío. Encuentran un bebe, lo adoptan por que no pueden tener hijos. Le ponen mi nombre.

Pesadilla 6. No muere nadie, ni siquiera el bebe de la vecina que llora. El marido sospecha que es mío.

Pesadilla 7. Todos caemos por un abismo, llego primero al suelo, los demás caen sobre mí. El ultimo es el bebe que rebota en las siliconas de la madre. Estallan.

Pesadilla  8. La noche no termina, me levanto de la cama, el amante de mi esposa está en el sillón mirando tele. Desarmó mi control remoto.

Pesadilla  9. Estoy en el baldío, hice un pozo profundo y sepulte al marido de mi amante. Ella me llama al celular, me dice que no olvide llevarle la alianza que la quiere conservar. Empiezo a desenterrarla.

Pesadilla 10. Adoptamos un bebe con el ex esposo de mi amante. Ella se suicida. Le ponemos su nombre.

Pesadilla 11: Vuelven todos los muertos, sucios de barros y con olor nauseabundo. Los tengo que volver a enterrar.

“Amargo” de H. Morel

– La cocaína es más rica en las encías.

Se lo digo en voz baja, sorprendiéndolo por detrás, aprovechando que se encontraba solo en la esquina distraído con el celular. Mis hijos aún están lejos. Arrastran los pies a mitad de cuadra, estirando con los dedos la bola de chicle que mastican y el beneficio de libertad que les da mi culpa de divorciado.

Lo reconocí de lejos a pesar de que solo veía una silueta oscura, delgada, como si fuera una de esas figuras simples de líneas de los carteles de tránsito. Supe que era él por esa forma de estarse quieto y oscilante a la vez. Hacía mucho tiempo que no lo veía, quizás diez años. Me alegré al reconocerlo a la distancia, pero ahora que estoy junto a él, no sé si me entusiasma tanto.

Se lo dije de memoria, sin pensar siquiera que la frase abre la puerta al mundo perdido, a la amistad más antigua de compañeros de escuelas y de la joda. Nos convertimos en concuñados y nos distanciamos por esas cosas que tienen las familias (aun las políticas). Simulamos cumplir los deseos de ese clan matriarcal mientras nos escapábamos por las puertas de atrás al mundo que compartíamos. Simulamos hasta que nos dimos cuenta de que no lo hacíamos, que éramos eso que querían, que no nos importaba serlo y que no había más puerta de escape. Creo que hasta nos peleamos.

Ahora, después de años, nos reencontramos ambos libres de esposas pero no de ataduras. Los dos divorciados nos hallamos devolviendo nuestros hijos a metros de la casa de nuestra ex suegra. Los suyos ya deben haber corrido adentro de la casa con la abuela. Sé que gozan con él de tanta libertad como los míos pero hay menos cajitas felices y cines. No la pasan tan bien supongo, y me da un poco de pena. Pero también me alegra saber que no soy el peor de todos los padres como dice la madre.  Ni siquiera el segundo peor, como dice mi ex suegra.

-Olvidate- me dice, cuando se recupera de la sorpresa, riéndose y levantando un poco la voz volviéndola a bajar en seguida. -Qué hacés, hermano- pregunta, exclama, ríe, todo en la misma frase.

Reconozco esa mirada de lobo pero algo más nublada, con marcas de haber sido mal domesticado a golpes y alcohol. Hay tipos que nacieron salvajes y deberían morir así. Para qué insistir en cambiarlos, pienso sin querer cuando lo veo y lo sé enredado en una maraña de problemas.

En apenas unos instantes somos lo que fuimos, un par de pibes libres, inmortales. Nos miramos con avidez como tratando de vernos, pero no estoy seguro de verlo a él. Hacía mucho que no me lo cruzaba, ni en una foto. Nada.

No puedo explicarlo, ni siquiera entenderlo, pero sigo viendo a mi amigo de veinte que está a varias vidas de este.

– El Black siempre me pregunta por vos, mostro- me dice.

Black era nuestro proveedor preferido hace dos vidas atrás. No puedo creer que siga en el negocio, no puedo creer que siga vivo.

No sé si éramos de sus mejores clientes pero sí de los más confiables o de los más confiados. Recuerdo su sorpresa la noche en que, desesperados, aparecimos en su conventillo en medio del Docke a comprarle. Nos quería matar. Por lo menos eso nos parecía cuando nos apuntaba con el revólver negro desde lo alto de la escalera. En otros rubros Black sería un vendedor muy confiable porque consumía su mercancía, pero en esta línea de trabajo eso endurecía un poco todas las transacciones.

-Ahora le compro al hijo. Vive ahí también. El Negrito ¿te acordás?

-Me acuerdo.

Me acuerdo la tarde que fuimos a la casa de Black a comprarle merca. Se había quedado con los chicos. La madre había ido a trabajar por que no tenían un mango. El Negrito volcó la taza de leche y no había más, ni leche, ni guita. Los noventas eran duros en todos los aspectos. Y Black, luego de retarlo, pensó en darle una uña de coca para que dejara de llorar y sacarle el hambre. Lo convencimos de no hacerlo no tanto por el Negrito, sino porque así conseguiríamos más.

Durante meses nos reímos pensando en el Negrito con los dientes de leche apretados surcando en su triciclo los pasillos del conventillo.

Mis hijos aprovechan mi viaje al pasado y corren en círculos, riéndose. No sé quién persigue a quién.

-¿Conocen al tío? – le digo a los chicos emocionado,

-Sip. Hola, tío – le dicen en un derroche de educación y de emoción para ellos.

-Chau, tío – lo saludan después casi a coro y corren hasta la entrada de la casa.

-Oíme, tenemos que hacer algo, eh- me dice y me toca el brazo porque no lo miro. Estoy viendo a mis hijos. -Salgamos a tomar, dale.

– Sí, sí –le respondo con la cabeza y lo miro a los ojos para que deje de tocarme. Me gustaría aspirar un par de rayas cortas, aunque no creo que sea la misma sensación de libertad y poder, pero qué importa.

-Yo invito. Tengo una ticita linda y conozco un lugar donde ir manija. Por un tiro las minas te hacen un bucal en el baño- me dice con entusiasmo.- Ojo, no son la Xipolitakis, pero nosotros tampoco somos pilotos de Aerolíneas.

-Dale, dale – le digo, un poco de compromiso, pero también bastante ilusionado con una noche larga que amanezca distinto.

-Te espero acá, mostro, llevá los chicos. Te espero acá.

-Dale.- respondo.

Sé que lo denunciaron por violencia de género. Por lo que conozco las veces que todo se fue al diablo era cuando regresaba borracho y duro.  Observo que se mantiene a una distancia prudencial como si pesara sobre él una restricción.

La entrega de mis hijos es rápida y eficaz, un trámite burocrático de una oficina aduanera cualquiera. La abuela chequea si está todo en orden: mochilas, gomitas para el pelo, el sobre para la madre, y después de eso los acepta con un “saluden a su padre”.

Los chicos no prestan demasiada atención a nada, cumplen y soportan los abrazos y los besos pero parece que ya están pensándose adentro, frente a la compu o la tele, con los primos, hasta que los vengan a buscar las madres.

-Chau, Rossi- me despide la abuela, mientras cierra la puerta pero antes de terminar me sugiere como suelen hacerlo en la familia: – Llevate a tu amigo.

“Yegua” de Sofía Badía

Si gana Mauricio Macri voy a ir a tocarle el timbre a mi ex kirchnerista para que me coja con toda esa bronca K y sea el mejor polvo de mi vida. Si gana Mauricio Macri quiero que una caravana de pijas K envalentonadas me destruyan la concha. ¡Ay, ese semen perfumado de militancia! Quiero que les hierva de odio progresista y me explote en las tetas. Que me lo sirvan con los ojos saltones de tanto bullir, redondos y despelotados como los de Néstor. Si gana Mauricio Macri voy a llevarle orquídeas a Lautaro para que se desquite conmigo. A todos los demás también, si asume Mauricio Macri les voy a llevar orquídeas a todos los pibes K encerrados en mi deseo tribunero, de los cuales me enamoré para que no se note que me parieron gorilas que recortan historietas de Nik.

Porque cogerse peronistas, dignifica.

Son los únicos que acceden a garcharte cuando estas llorando de estrés o ansiedad, paran para preguntarte si estás bien y obedecen cuando les decís “Vos seguí, no mirés”. Y ese llanto de angustia que busca el orgasmo a las corridas, un orgasmo cansado, agotado, al menos algo, un poquito de algo que no se sabe bien qué es, pero no es eso que sale de mis ojos y hace que me gotee la vagina. La lengua K en mi concha orquideada, esa que aprieta el punto que me hace pensar en todo menos en el polvo mismo, el que me distancia de lo que fui y de lo que soy de una forma de la que yo misma no me puedo alejar. Esa pija que entra, me captura y en un blandir de huevos me escupe en algo que me hace mejor.

“No me aflojes ahora”  es mi comando y él, obediente, me mete el chirlo que necesitaba. Dos veces. Mejilla derecha. Bien. El K no se rinde. El K me va a hacer acabar sea lo último que pueda dar. Si total ya está derrotado. Dale al K una posibilidad de victoria e irá por ella cueste lo que cueste. Veo lechazos como chorros sincronizados al canto de “¡Viva Perón, carajo!”, y se lo digo. Le digo que lo agarre a Perón, lo doble y me lo meta por atrás. Que me haga el orto más peronista desde la segunda presidencia. No sin antes tantear con su dedo de plan social, con su falange asignadora de calentura que traspasa el primer límite de mi ano, del ano de mis ancestros: el de mi mamá, papá, el ano de mi abuela, mi abuelo y me tiene galopando como una yegua que fue invitada a comer guiso en un patio de Lanús para conocer a su familia de quince, donde los extendidos son también los inmediatos. Unas lentejas con chorizo colorado de insipidez estatizada empujadas con pan contra mi paladar privatizado, que ahora mis labios sellan bien apretados para que no salgan los gritos, para que los vecinos no escuchen a todo el futuro de un país estimular mi vulva entera. Para que no se escuche cómo, por ésta pija K, por todas las anteriores y la promesa de muchas futuras, me cepillo el pelaje y se lo entrego a la Argentina en nombre del modelo.

“Día del padre” por Cecilia Canzonetta

Me despierta el celular con una llamada de mi viejo. Me dice de ir a almorzar y ahí me acuerdo, hoy es el día del padre.

Es domingo y el reloj todavía no marca las doce del mediodía. Me pasa a buscar y sólo estamos él y yo. No es que sea hija única sino que mis hermanos hace años que viven afuera y mamá viaja bastante a visitarlos. Por eso se dan estos momentos en que papá y yo nos encontramos solos.

El cielo está totalmente despejado. Decidimos almorzar en la Costanera. Bajamos del auto y camino al restaurant, lo agarro del brazo. Nos sentamos en una mesa mirando el río. Papá se pide una gaseosa porque está manejando, yo, una copa de vino. Se sirve y con el primer sorbo, me pregunta:

-Para vos, ¿dónde está el futuro?

Busco a mí alrededor a ver si puedo esquivar la pregunta, que, inevitablemente, está dirigida a mí. Voy a necesitar una segunda copa de vino. Le respondo levantando las cejas y la cabeza.

-No, el futuro está acá- dice y se toca la nuca -Lo que tenemos adelante es el pasado, porque siempre estamos mirando a través del pasado. El futuro, en cambio, lo tenemos atrás. Porque no lo podemos ver.

Miro por la ventana, el sol del mediodía acaricia el río que está calmo. El cielo azul, tan claro, parece estampado contra el horizonte como si al extender la mano pudiera tocarlo. Debajo, la superficie de las pequeñas olas se reflejan en un manto plateado.

Después del almuerzo papá me dice que me quiere llevar a un lugar. Cruzamos la Costanera y entramos a un predio enorme bordeado por el Río de la Plata. Es el Parque de la Memoria. Abierto y desolado. Cemento y pasto. Entramos.

-Empieza acá-me dice.

El sol pega de frente. Delante de mí se levanta un paredón gris de unos cinco metros de altura. Se extiende a lo ancho hasta chocar con otro paredón que nace en perpendicular  y que se extiende hasta chocar con otro y, así, hasta  perderse en el horizonte. Cada paredón se divide en columnas donde están escritos el año, nombre completo y edad de la persona. Se aclara, también, si estaba embarazada. Miro para adelante, el paredón es infinito. Comenzamos a recorrerlo por la rampa que lo bordea, empieza en el año 1970.

Primera columna.

-Estos son los que mataron en Trelew.

Siguiente columna.

-Los caídos en William Morris. Mirá, acá esta Ramus.

Pienso en las veces que paso por esa estación con el tren de San Martín, cada vez que voy a trabajar. Apoyada sobre la ventanilla imagino aquel tiroteo.

Otra columna.

Se sabe el nombre de pila o el nombre de guerra de las personas que figuran.

Otra columna.

El sol me pega en los ojos y las letras sobre el paredón gris se hacen ilegibles. El camino por la rampa en subida es cada vez más pesado. Sé que vamos a llegar al año en que murió la primera mujer de papá. No quiero ver su nombre.

Otra columna.

Mire donde mire mis ojos chocan contra paredes de hormigón que me separan de un posible mundo exterior.  Las columnas son todas iguales y aunque mire para adelante no logro orientarme para alcanzar la salida.

Otra columna.

Cerca nuestro hay una señora mayor  acompañada por un hombre más joven. Escucho que también hablan de nombres.

Otra columna.

Falta menos para llegar a ella.

Otra columna.

En medio de la calma y el silencio, pasa una chica de no más de treinta años. Está corriendo por el medio del parque escuchando música por sus auriculares. Corre, liviana, ajena a la realidad que la rodea y que, a mí, me aplasta.

Otra columna.

-Acá está. Y acá está la hermana.

Se acerca y toca los nombres.Los leo. La menor, la que vive, la que yo conozco, debería tener en ese momento 17 años. La hermana del medio, 23. Ella, 27. Superé en edad a la primera mujer de papá.

-¿Cómo murió la hermana, pá, sabés?

-Se tomó la pastilla porque la agarró una pinza.

Pinza, dedos, embute, cita cantada, orga, sala Q, ovejear, lanchear. Me gustaría no saber lo que todo eso significa. No saber que era mejor tomarse una pastilla de cianuro a que te torturen.

Otra columna.

La señora y el hombre se apoyan contra el paredón y se sacan una foto. No sonríen a la cámara.

Otra columna.

Me quiero ir de acá.

Otra columna.

-Mirá, Oesterheld. Una, dos, tres, cuatro. Cuatro hijas.

Otra columna.

Quiero un día del padre normal.

Otra columna.

16, 17, 15, 16, 16, 18, 15, 15.

Mis pacientes tienen esa edad y lo único que hacen es jugar a la play.

Otra columna.

Papá se agacha leyendo las edades, apoya una mano contra la pared y con la otra se agarra la cabeza moviéndola en negativa. Murmura milicos hijos de puta, milicos hijos de puta.

Otra columna.

Pasa un hombre en bicicleta con su hijo. Se acercan y tocan lo que está escrito.

Otra columna.

Acá hay nombres, no hay cuerpos.

Llegamos al final del camino donde por fin ceden las paredes y se abren ante nosotros nuevamente el pasto y el cielo. Respiro lento y profundo para atrapar la brisa reconfortante que llega del río. Respiro, respiro y pestañeo, mirando a mí alrededor, abro y cierro los ojos porque siento que voy a llorar y no quiero. Éstos no son mis muertos. Papá, al lado mío,  no se entera de nada de lo que me pasa. Se queda parado y mira la inmensidad del Parque.

-Lo construyeron al lado del río porque ahí tiraban los cuerpos.

Salimos en silencio y subimos de nuevo al auto.  Me habla y yo miro por la ventana sólo para evitar hacer contacto visual con él. Nunca lo vi llorar. ¿Por qué debería verme él?  Las personas se unen cuando comparten el dolor, lo que no sé es si todos los dolores pueden ser compartidos. Miro por el espejo retrovisor cómo nos alejamos del río, que ahora lo veo marrón y me huele a carne podrida.