De cómo el Bravo Matamoros de Castilla se bate valientemente en las tierras bajas que rondan Toledo ajusticiando una turba impía (por Nicolás Fortunato)

Rodrigo Diaz de Vivar cabalga solo al amanecer
por una pradera inhóspita.
El Sol asoma trémulo en el horizonte
los cascos de Babieca estremecen la tierra
el rocío del pasto salpica su cabalgadura.
Tizona descansa en su vaina
al vaivén del corcel

Se recorta heroica
la figura de Rodrigo
sobre la colina yerma

Es una sombra, el Cid,
escudriñando el horizonte

Piensa, el Cid,
y en sus cavilaciones
Castilla es libre
Gibraltar cae
Valencia se rinde
y España es una

Todas las mañanas recorre los alrededores
de su acampada,
de su nueva conquista,
de los pueblos que libera de los infieles moros.

Piensa, el Cid,
y cabalga la pradera
a veces al galope
a veces a la carrera
a veces a paso manso
a veces al trote suave y sereno
como el canto de las mujeres de Andalucía

Otea el horizonte, el Cid
inmerso en sus tribulacionescuando divisa,
a lo lejos pero acercándose a toda prisa,
una turba de infieles con turbante
blandiendo sus cimitarras
los ojos brillando en las rendijas oscuras
los nobles caballos sin montura
la carrera desbocada

Sonríe, el Cid
y sus ojos apuntan cual ballestas tensas
hacia la horda que se acerca al galope.
Calcula entre ocho y diez herejes
sonríe
y detiene el paso tranquilo del caballo.
Siente en su cadera izquierda el temblor de Tizona
ardiendo
por entrar en batalla
por cortar carne, nervio y hueso
por pulir con sangre infiel su noble acero de Bilbao
sonríe, el Cid
y desenfunda.

Espera, el Cid
y los moros, a todo galope, quieren matarlo.
Los escucha jurar por Alá
escucha sus rezos en la lengua de Mahoma
escucha, Rodrigo
y sonríe

Ya lo alcanzan a Rodrigo los moros a todo galope
cuando al grito de
¡Por la Santa Hispania!
el Cid azuza su caballo,
que desafiante se yergue sobre sus cuartos traseros
y dispara contra la mugrienta caterva de turcos

Así van,
diez contra uno
diez bárbaros, el Cid Tizona en mano deseando sangre,
galopan fuerte
se encuentran
y ¡Viva La Virgen María Santísima!

Dos gargantas que se bifurcan en un tajo
ancho como el Tajo
caen de sus nobles bestias las bestias infrahumanas
se desangran
Ay,
una estocada artera en una pierna de Rodrigo lo hace tambalear
pero no lo tira
firme, el Cid,
sobre su caballo
que respira fuerte
el viento en los pulmones
y el medio giro
y vuelta a arremeter contra la turba
y ¡Viva el Espíritu Santo!

Otra tizonada al cuello de Alá
otra maldición al aire
más sangre para Tizona
y para regar la tierra libre española
¡Viva Cristo Rey!

Lo rodean los sarracenos furiosos al Cid
que maniobra el corcel con maestría
empuña a Tizona en su mano firme
la blande y en su puño toda España
es una sola
y otra cabeza persa gira por la pradera santa

Ay,
un golpe astuto voltea al Cid
lo deja a pie entre los blasfemos
Rodrigo grita
un juramento atroz
y en maniobra exquisita
por lo precisa y eficaz
voltea dos moros más
de sus caballos
y los ultima en un solo movimiento

Los cuatro lo circundan
a Rodrigo
se cruzan las miradas abyectas
y la mirada piadosa
de Rodrigo
Los cuatro a caballo
a pie, Rodrigo

Mio Cid, el de la barba prístina
sabe que cruzó esos ojos
en batalla
Es el hijo de Búcar
el rey de allende los mares
el linaje de los herejes se multiplica
como la hierba mala
en la Península.

Busca venganza
vindicar a su progenitor
al que eliminó el Campeador
a punta de lanza

Chocan los aceros cristianos
contra la herrería infame de la Arabia
¡Viva el Papa en Roma y el Santo Sepulcro en Jerusalén!

Vacilan los moros
su fe débil los traiciona
vacilan
y sus espadas,
lirios salvajes y no filos implacables.

Y el Cid arremetiendo
y blandiendo
y tan cortando
y tan hiriendo
y tan sangrando
y tan luciendo
Tizona
su filo inmortal

Caen dos moros más
los desmembra, el Cid, sin vacilar
con fiereza, sin dudar,
con entereza, sin hesitar,
los moros gritan
el Cid les perdona el alma
antes del suspiro final.

El hijo de Búcar
guerrero joven,
fuerte como su padre,
agita su empuñadura
corta el viento
corta los mares
corta la luz
corta el tiempo y su fluencia

Estremécese Rodrigo
Búcar formó un demonio atroz y sanguinario
Rodrigo y sus estocadas
Rodrigo y su yelmo
Rodrigo y Tizona
Rodrigo y España

Se alza terrible la espada infiel
amenazante, tremebunda
desafiante, iracunda
encarnizada contienda

Acomete Rodrigo
contra el moro furibundo
las hojas férreas bajo el sol
destellan
¡Dios mio, que coraje!
¡Dios mio, que belleza!
¡Dios mio, dale fuerza a Rodrigo!
¡Dios mio, fortaleza!

Infernal danza
Rodrigo y el moro
resoplan exhaustos
El Matamoros de Castilla se defiende
El marroquí es Luzbel
emergiendo del Infierno

Arde la ira blasfema
en la pútrida carne del infeliz
Fulgura odio
el islamita bastardo
sostiene la embestida
retiene Rodrigo
mantiene la vida

Ay
Mio Cid cae, rodilla en tierra
embates, relámpagos de acero morisco,
Rodrigo aguanta,
aguante Rodrigo, Dios mío
que la esperanza flaquea
se derrumba Rodrigo

Búcar
Un odio ancestral
carece de alma
siente la falta
de un Dios real

Mas Tizona se despierta
refulgente de sed, ansia sangre
renaciente de las cenizas
esplende tempestades

Rodrigo se levanta, es Lázaro
Levántate y anda, Campeador
degarrando el viento
deteniendo el tiempo
desarmando el miedo
arremetiendo infiernos

Se enciende Mio Cid
es un fuego eterno
un Vesubio vivo
es un fuego el Cid
quema

Arde Tizona
arde Rodrigo
atacan y son uno
el Cielo y la Tierra
Adán y Eva
Santa Maria y José
fundidos
arremeten

¡Viva Dios Padre Todopoderoso!
¡viva Jesús, el Espíritu Santo
la Virgen María y los Apóstoles!
¡Viva los Arcángeles y todos los Santos!
y ¡viva la Santa Iglesia Católica!

Rueda la cabeza de Búcar
infiel descendiente bárbaro
feroz contendiente
digno oponente de Rodrigo

No queda fe pagana
no queda nada
el Sol
la tierra libre
lóbregas las almas
de los infieles
en el Averno

Vuelve Rodrigo a su morada
trae consigo los corceles
otrora infieles

Se apea, el Cid,
acusa golpes, cardenales y cortes
le duele a Rodrigo
su soledad

Babieca rebuzna
Tizona descansa eterna

Sonríe, el Cid,
y se apoltrona
añora en silencio
un hijo bravo
que lo defienda
como el Islam

Vuelta a casa, por Joaquín Pardo

“¿Si tuvieras que volver a algún momento puntual de tu vida, a cuál volverías?”. La pregunta le quedó rebotando en la cabeza.

Con las manos en los bolsillos vuelve a su casa. Camina por la calle. Rama siempre camina por la calle cuando está en su barrio. Es lo más lindo de no vivir en el centro. Después de las doce de la noche casi no pasan autos. Se siente libre. A veces se enoja y putea porque ahí no pasa nada, no hay cosas para hacer, ni bares modernosos con muchas minas, pero se conforma con tomarse unas cervezas con amigos en un bar de mala muerte y volverse caminando a su casa.

Patea una piedra. Da golpes certeros, con la fuerza justa para que, en caso de un posible desvío,  no tenga que cruzar toda la calle para volver a patearla. Aunque en realidad no le molesta cruzar. Se entretiene. Por momentos cierra los ojos y cuenta los pasos que puede hacer sin ver absolutamente nada. Una sensación de adrenalina en dosis mínimas que crece a medida que avanza. El miedo de irse contra un cordón y tropezarse. Le gusta hacer eso, la última vez al abrir los ojos se encontró casi subiendo a la vereda de enfrente.

Rama disfruta caminar esas quince cuadras en las noches de verano. Respira profundo y siente el perfume de los jazmines. Recuerda la libertad de estar de viaje. Se le viene a la cabeza aquel verano en el sur. Recuerda ese amor que no fue. Solo él lo sabe. Era ella. Ninguna otra. Y lo sabe porque hoy, diez años más tarde, sigue pensando en ella. Nunca creyó en el amor a primera vista, pero esa vez algo extraño pasó. No está seguro de que haya sido amor, más bien es añoranza o algo así, raro. Sabe que no hizo nada, la dejó pasar. No se quiere castigar, tampoco se lo perdona.

Patea otra piedra. La puta suerte hace que con el primer golpe, y gracias a un rebote extraño en el pavimento, la piedra suba a la vereda y se quede trabada sobre el pasto. Debe seguir caminando hasta encontrar otra. Vuelve a pensar en ella. Suspira y estira sus brazos al cielo. La recuerda de pelo corto y sonrisa perfecta. Cualquiera pensaría que es una exageración sentir algo así por una persona a la que solamente vio tres veces en su vida. Él sabe que no lo es. Piensa en la pregunta que le hizo Martín un rato antes en el bar. “¿Si tuvieras que volver a algún momento puntual de tu vida, a cuál volverías?” La respuesta de Rama fue evasiva, contestó algo de unas vacaciones para salir del paso. Recordaron anécdotas de ese viaje, y la charla derivó hacia otro lado. Así fue.

Rama sabe perfectamente que volvería a ese momento. Al del tercer encuentro con ella. A esos dos o tres minutos, o cinco. El más imperfecto y torpe de los momentos de su vida.

Recuerda cuando la vio. Esquel, enero, año 2003. El pequeño quincho de un camping. Era tarde, más de la una de la mañana, pero como recién habían llegado con sus amigos, se pusieron a cocinar. Ella tomaba vino con sus amigas. Cruzaron unas palabras. Hablaron del itinerario de las vacaciones. Todo estaba por improvisar. Se recomendaron lugares. Ella le dijo que su cara le resultaba conocida. Hablaron de que los dos habían estado en un pueblito de pescadores en Brasil en la misma época, pero dedujeron que una coincidencia era imposible. Coincidieron en lo lindo que sería la vida en ese pueblo. Él la vio hermosa. No recuerda como terminó la noche. Al día siguiente no la vio, ni al otro. Recuerda que le dijo que era de zona sur, aunque ahora lo duda, tal vez era de Capital. De todas maneras lejos de su casa.

Pasa por una garita de seguridad. El tipo duerme. Rama no hace nada, solo lo mira. Antes hubiese tosido fuerte o hecho algún ruido para que se despertara. Ahora lo ve al hombre dormir sentado, encorvado, en un cubículo de uno por uno y le da algo de lástima. Sigue caminando y recuerda la segunda vez que la vio. Habían pasado varios días desde la noche del quincho. Estaban en El Bolsón, en un pequeño supermercado La Anónima. Rama dio la vuelta por un pasillo y se encontró con ella. De golpe, una situación inesperada, sin tiempo de reaccionar. Ella estaba con la parte de arriba de una bikini negra. Unos pechos hermosos. Ni grandes ni chicos, perfectos. A él le generaba admiración que esté así en un supermercado, la veía suelta, distendida. Tenía la misma sonrisa que la otra noche. Hablaron de su remera de Los Redondos y de algunos recitales ricoteros a los que habían ido, también de algunas bandas del Oeste que estaban surgiendo. Coincidieron en lo lindo que es viajar por el Sur. Cada uno siguió con sus compras. Rama la vio en la cola de la caja del supermercado y, ahora sí, estaba seguro de su perfección.

La caminata a su casa continúa. Piensa si en aquellos años hubiera existido el celular y el whatsap. Esa tecnología que odia por hacer mierda cualquier conversación, pero que tanto usa. Que útil le hubiera sido. Cierra los ojos. Trata de concentrarse en caminar derecho. Veintidós pasos, una cagada. Admite la dificultad cuando abre los ojos y ve que ya está pasando la mitad de la calle en dirección hacia el otro cordón. Eso lo reconforta. Quedan cuatro cuadras hasta llegar a su casa. Cree que puede distraerse, pero de la nada el tercer encuentro con ella ocupa su cabeza.

Esta vez hacían dedo en la ruta rumbo a Bariloche, con su amigo Román. Habían decidido separarse del resto para facilitar el traslado. Levantaron a todos menos a ellos dos. Pasaron un par de horas y nada. Si bien en esa época, a esas latitudes, oscurece muy tarde, el sol dejaba de verse y estaba comenzando a refrescar. Decidieron tomarse el colectivo de las ocho. Habían acordado con el resto que en caso de que llevaran solo a algunos, el valor de los pasajes se dividiría entre todos. Faltaba poco para la hora. Rama decidió acercarse al camping de la cervecería a buscar agua para el mate, Román se quedó acomodando las mochilas. Mientras esperaba en la proveeduría, ella apareció. Tenía en la mano “Historias de Cronopios y Famas”, de Cortázar. Libro favorito de él en ese entonces. Se saludaron. Por lo que habían hablado unos días atrás en el supermercado, ella, con su grupo, irían algunas noches a un refugio de montaña. Rama se desconcertó al verla. Todo lo que había pensado decirle si la veía nuevamente se le fue de la cabeza, se esfumó.

Rama le preguntó que hacía ahí, por qué no fueron a la montaña. Ella le contó que todos los demás sí fueron, pero que decidió quedarse porque sufre vértigo y en el camino hay un par de puentes que le resultarían muy difíciles. Él le preguntó qué iba a hacer ahí sola. Ella respondió que nada, que de todas maneras era un buen plan quedarse y leer, venía recorriendo mucho y era una buena oportunidad parar un poco. Además tenía la carpa para ella sola, iba a estar cómoda.

El agua estaba lista, la encargada de la proveeduría le devolvió el termo lleno a Rama. El colectivo estaba por llegar, debía irse para no perderlo. La saludó y apuró el paso hasta la ruta. Le contó a Román que la vio, él comentó que era una lástima que se perdiera de conocer ese lugar, que es espectacular. Eran las ocho. El colectivo llegó puntual. Se subieron y se dirigieron al fondo para poder tomar unos mates tranquilos.

Rama piensa en la pregunta de Martín. Volvería a ese día, a ningún otro. Sabe que no se subiría al colectivo. Que debería haberse bajado cuando advirtió la cagada que se había mandado, aunque hayan pasado unos kilómetros. Sonríe y niega con la cabeza mientras camina. Ve una nueva piedra y la patea. Esta vez con bronca. Sale con mucha más fuerza de la esperada. Otra vez un rebote extraño en el pavimento. Se levanta e impacta en un auto estacionado. En el silencio de la noche el ruido parece multiplicarse, expandirse al infinito. El tipo de seguridad sale de la garita de la esquina con cara de dormido y enojado. Rama comienza a correr.

No quiero terminar como mi tía Adriana, por Rosario de Vedia

Con mi familia viajamos mucho. Somos tres. Mi papá, mi mamá y yo. Papá, maneja. Mamá, no. Porque es mujer y mi papá dice que a las mujeres no les conviene manejar. Me parece que mi mamá sabe manejar, pero él no la deja. Igual a ella mucho no le importa y se toma remis a todas partes.
Mi mamá vive de la plata de mi papá. Él tiene plata heredada. Un día yo le pregunté de qué trabajaba porque le tenía que hacer una entrevista para el colegio. Estábamos haciendo un proyecto sobre “Los oficios” y mi maestra quería que viéramos en todo lo que puede trabajar el humano. Mi papá me contestó que él tiene plata heredada. Le pregunté qué era “heredada” y me dijo que es plata que le viene sin que él haga nada. Cuando tuve que pasar al frente a leer la entrevista, mi maestra se rio y me dijo que eso no era una respuesta, que le tenía que preguntar a mi papá de dónde había heredado la plata. Toda la clase se rio. Yo fui al baño y me puse a llorar. Odio a las maestras.
El verano pasado viajamos a Villa la Angostura. Mi papá en un momento se cansó de manejar y dijo que íbamos a parar a dormir en algún hotel. Ya era de noche. Dimos muchas vueltas con el auto porque no encontrábamos ningún lugar. De repente mi papá paró en un hotel que tenía un dibujo de una chica desnuda y al lado había un cartel que titilaba en azul y decía “Tú y yo”. Me dio risa. Mi papá se dio vuelta y me dijo que era hora de dormir, no de reírme. Mi mamá ya estaba dormida y como sonámbula, lo seguía a mi papá. Cuando lo miré, le estaba hablando a un parlante y le decía:
– Somos una familia. No encontramos lugar en otra parte.
Mi papá insistió muchas veces porque no lo querían dejar pasar. Estaba desesperado. Al final, se abrió una puerta automática, mi papá estacionó el auto y entramos a la recepción.
Adentro, todo estaba iluminado de azul y había olor a chicle Bazooka de tutti-frutti, mi sabor favorito. Casi al lado mío había una pareja que no paraba de darse besos. Ella tenía la mano adentro del pantalón de él. Se daban besos de lengua. La chica que atendía el hotel le dijo a mi papá que primero les tocaba a ellos y después a nosotros. Que teníamos que esperar hasta que limpiaran la habitación.
Era un hotel muy raro. Le pregunté a mi papá por qué no había sala de jueguitos ni restaurant. Él no me respondía, estaba nervioso. Cuando nos dijeron que la habitación estaba lista, mi papá me alzó y me llevó por la escalera hasta la habitación. A mí me pareció extraño porque ya casi nunca me alza.
La habitación tenía solo una cama grande así que tuvimos que acostarnos todos ahí. Mi papá puso música fuerte y yo le pedí que la apagara porque así no me iba a poder dormir, pero no me hizo caso. Cuando miré para arriba, me asusté porque me vi en un espejo que estaba justo arriba de la cama. Le pregunté a mi papá para qué estaba ese espejo ahí y no me contestó, ya se había quedado dormido. Mi mamá, también. Tal vez el espejo era para verse acostado. Pero ¿quién quiere mirarse al espejo mientras duerme?
Estuve un rato tratando de dormirme y haciendo caras en el espejo. No tenía sueño así que me puse a inspeccionar el cuarto. En el inodoro del baño había una cinta que decía “Desinfectado”. No me pareció raro porque esto también lo vi en los hoteles normales. Abajo del espejo había dos jabones y un pote chiquito que decía “Gel íntimo”. Pensé que por eso mi papá nunca se pone gel adelante mío. Directamente entra al baño y sale peinado.
Al lado de la mesa de luz de mi papá había una estatua de un faraón que me hizo acordar a la película “El príncipe de Egipto”. La vimos una vez en el colegio con Griselda, mi maestra de tercer grado. Era gritona y tenía el pelo sucio. Del otro lado, había un perro que con la boca sostenía una bandeja con dos vasos. Agarré uno y se me cayó. Por suerte, el piso era de alfombra. Si no, mis papás se iban a enojar conmigo. En la pared descubrí unos botones que eran para cambiar la música. Toqué todos. Podías poner canciones en inglés o en castellano. En un momento, apagué la música y escuché unos gritos como de un gato, pero eran de mujer. Parecía mi gato Ernesto, pero en versión humana. Me imaginé que mi gato estaba ahí y me reí. Nunca me dejan viajar con Ernesto.
Como seguía sin tener sueño y no quería hacer más ruido, salí al pasillo a ver de dónde salían los gritos. Eran de la habitación de al lado. Me acerqué despacito a la puerta porque no quería que me escucharan. Creo que ahí adentro estaban haciendo el amor. Empecé a transpirar. Me dio un poco de miedo, pero no me quería ir de ahí. Sofía me había explicado en un recreo del colegio que cuando se hace el amor, las mujeres gritan.
Me acuerdo de que una noche escuché gritar a mi mamá. Gritó dos veces y se calló. Después, mi papá salió del cuarto, se cruzó conmigo y me abrazó. Creo que habían hecho sexo. Sofía dice que después de hacer el amor, el hombre se pone más amable.
De repente, sentí un ruido. Tuve miedo de que fuera alguno de mis papás que se había levantado. Estaba nerviosa, temblaba, me quería quedar ahí. Estuve quieta un rato. El corazón me latía muy rápido. Después espié la habitación de mis papás y los dos dormían.
En el cuarto de al lado, seguía el ruido. Me quedé ahí escuchando. De pronto me puse triste y empecé a llorar. Porque yo tengo un miedo muy grande que a veces me viene y no se me va rápido. Tengo miedo de ser grande y no conseguir a nadie, no tener esposo y ser como mi tía Adriana que se la pasa llamando a mi mamá para que la invite a mi casa, te abraza muy fuerte y dice cosas que nadie entiende.
Yo ya sé que todavía soy chica para pensar en el futuro, pero a veces me siento triste y sola, entonces me viene el miedo y se me queda un rato. En el colegio no tengo muchas amigas y ningún chico gusta de mí. El año pasado Matías gustaba de mí, pero es el chico más feo del grado.
La mujer del cuarto no paraba de gritar. Parecía como si con una mano la golpearan y con la otra, le hicieran cosquillas.
Traté de imaginarme cómo era ella y cómo era él. Para mí, eran jóvenes. Como mi prima que es hermosa y su novio que le da besos en la boca y le toca la cola. En un momento, me toqué las tetas y sentí que ya me estaban creciendo. Me puse contenta. Creo que voy a ser tetona como mi mamá. Cuando pensé en mis tetas, la mujer dijo “¡Sí!” y lo dijo bien fuerte. Entonces pensé que tal vez lo de las tetas lo había dicho en voz alta y no había sido un pensamiento.
De pronto la chica dejó de gritar y escuché el sonido de la cadena del baño. Tuve miedo de que saliera alguien y me fui a mi cuarto. Mis papás dormían profundamente. No sé cuánto tiempo había pasado. Creo que poco. Quise despertar a mi mamá, pero me dio vergüenza contarle todo.
Esa noche dormí con la cabeza en las tetas de mi mamá y soñé que la chica del cuarto de al lado era yo, que usaba corpiño y que estaba con un hombre que me pedía casamiento y me daba besos por todo el cuerpo.

Reversión de R. Dalton, por Lucía Cancelada

Ellos
Enemigos de la libertad
Al servicio de la comunidad

Ellos
Germen de su destrucción
Guardianes de la prohibición

Ellos
Caminos cerrados
Palabras silenciadas
Hambre en carne viva
Pensamientos tachados
Gritos ahogados

Sangre

Miro mis manos impotentes
Abrazo mis pies disconformes
Les digo a quienes no esquivan la trampa
Creen que son garantes de la existencia
¿La existencia de qué?
Existir sin quebrar el trazo
Es asfixia

Ellos
La mano que te aprieta el cuello
Cuando te cansaste de aguantar la respiración por tu cuenta

Estado Eunuco, por Rafael Escalante

“En la lucha entre uno y el mundo, hay que estar de parte del mundo”

Franz Kafka

 Te querés cortar las bolas por varias razones: cerrar la puerta y no tener las llaves, timbearte el sueldo, romperte algún hueso, recurrir a atención a clientes, perder tu trabajo y alguna otra más que no recuerdo.

La ley marca que ante el pensamiento de me quiero cortar las bolas uno debe proceder a hacerlo voluntariamente o será penado por la fuerza estatal. Vaya paradoja, el castigo es que te corten las bolas.

El Estado es certero y descubre a la brevedad a los rebeldes que ante el pensamiento inicial de me quiero cortar las bolas evitan hacerlo. El Estado no tolera a los revoltosos y revolucionarios. Su omnipresencia es tal que nadie escapa de su alcance.

No fueron mis acciones sino mis pensamientos. El tiempo sentado sin acción que te lleva a pensar. Estando enfrente de una planilla de cálculo empecé a rastrear mis decisiones pasadas. Las causas de mi destino frente a una computadora. El famoso qué hubiese pasado si en vez de tal hacia cual.

Fue fácil darme cuenta de qué hubiese preferido. Una vida al aire libre. Seguramente en las montañas con una afición a las travesías. Me vi cargando números en la planilla y también atravesando montañas. El teclado me dio rabia, no era un árbol. Quise arrojar el ratón por la ventana, no era una piedra. Sin miedo, sin gloria, sin vergüenza, sin razón, pensé: Me quiero cortar las bolas.

La alarma de pensamiento del edificio se encendió. Mis compañeros no se dieron por entendidos. Ricardo siguió fotocopiando y Laura hablando sobre el fin de semana con sus suegros.

No pensé en el Estado, ni en mi jefe apurándome, ni en la canción de música de ambiente. Pensé en aquel lago turquesa y el aire fresco de la cordillera y me quedé en mi mente. Pero el Estado, sin pedir permiso, subió por el ascensor y me acostó sobre la mesa.

El Estado se ubicó en la cabecera de la mesa, del lado de mis piernas, y me reflectó con una intensa luz blanca, tan potente que oscureció el resto del cuarto, dejando el plano de mi existencia en soledad.

La omnipresencia estatal, combinada con una sensación de insignificancia ciudadana, paralizó mi cuerpo y no pude volver a mover mis brazos que caían a cada lado de la mesa. Postrado en mi escritorio, aunque lo deseara, no podía cerrar mis ojos ni apartar la vista del Estado. La sensación de inmovilidad me dio calor y gotas de flaquezas se deslizaron por mi frente hacia la sien. El miedo del incierto porvenir era absoluto y no podía llorar. Grité y el eco retumbó en mi consciencia.

Al  principio me sentí ajeno y distante el sonido del Estado. Pero a medida que transcurrían las palabras noté que era mi propia voz. Como si estuviera escuchándome en mi propia grabación. Dándome la sensación de ser un extraño a mi mismo.

“Ciudadano número trescientos dos mil ochocientos diecisiete, el Estado se presenta ante usted por la violación de la norma de apaciguamiento humano” retumbó mi propia voz en mi mente.

“El castigo es cortarse las bolas, voluntariamente o la fuerza”. Cada palabra tronó en mis huesos y diez de ellos se retorcieron. El dolor sofoco mi mente y mi espíritu se quebró. Quise que todo termine, anhelé ser feliz con mi mediocre trabajo, soñé ser un ciudadano promedio, codicié la felicidad de un administrador de empresas y mi mente gritó en la celda impuesta por el Estado.

“Ciudadano, usted pensó en cortarse las bolas. Proceda a la brevedad o la fuerza pública lo hará  por usted” dijo la voz, que era la mía, aumentando la intensidad del reflector sobre mi cuerpo. La luz me encegueció.

El despertador sonó a las siete y media de la mañana del lunes. Salí de la cama a las ocho y fui directo al baño. Oriné mientras me duchaba y me llamó la atención un grano en mi mentón. Luego tomé de fondo un vaso de leche descremada y  me vestí de camisa blanca y pantalón azul oscuro. Salí de mi casa apurado porque ya tenía vencida la ficha del parquímetro. Viajé cómodo en mi auto escuchando la radio y prestando especial atención a los informes de tránsito. Al salir del estacionamiento encendí el primer cigarrillo del día y caminé hasta las oficinas del trabajo. Pasé la tarjeta y fiché a las nueve puntual. Saludé alegremente a mis compañeros. Ricardo ordenaba los expedientes para fotocopiarlos. Laura bebía café de una taza con la foto familiar estampada. Ambos me devolvieron el saludo. Un clima de bienestar y satisfacción fluía de esas oficinas céntricas sin ventanas. Trabajé toda la mañana con la planilla de cálculo. Almorcé sobre el escritorio. A la tarde hice lo mismo que a la mañana. Cuando fiché mi salida me dí cuenta de lo afortunado que era haciendo lo que amaba.

Respuesta, por Luciana Cittanti

Llueve pero no me importa. El piloto no sirve y mis pantalones chorrean. Por mis zapatillas corre un río incesante. Las gotas mojan mi cuerpo fisurado tras un fin de semana de hospital. Lo único que quiero es llegar a casa, desvestirme y taparme hasta la nariz.

Estar en el hospital no requiere de nada más que la presencia, pero la interrupción que surge entre cuerpo y alma te deja exhausto. Simulás que todo está bien y que nada te afecta. Tu pena no es justa porque el que está mal es otro. Idas y venidas atravesando la calle vacía para arribar siempre al mismo lugar: la habitación inundada por la incertidumbre. La eterna espera por un resultado que no llega.

Un médico sin vida llega acompañado por su séquito de residentes. “Todavía estamos esperando la anatomía patológica”. Sus palabras no esclarecen la caverna de nuestros interrogantes. Se marcha dejando exhaustos los tendones de nuestras almas. Seguimos esperando.

Mi mamá descansa en su cama. A las 7.30 traen la cena: bolitas de carne con bolitas de puré con bolitas de arroz. Con el tenedor toma una y la parte al medio una vez y luego otra. Pincha esa pequeña porción y lentamente la introduce en la boca. Su expresión se transforma. Un regurgitar metálico invade su garganta. Nada es rico, nada es feo. Cada bocado le da más náuseas y luego de tres ya no puede seguir. El plato medio lleno descansa en la bandeja de plástico. Ya van cuatro kilos menos.

Llenar las horas de vacío de hospital es casi imposible. Todo se vuelve insípido en la asepsia de las habitaciones. La tele que nunca se apaga aporta algo de ruido a este silencio. Un cuerpo famélico y sin hambre descansa en la cama tibia. Hombres de mil mundos se asoman desde sus habitaciones envueltos en acolchonados pañales. “Ahí va la nena” le dicen cuando la ven pasar. Así fue desde el día en que llegó. La bautizaron “La niña bonita del piso 16” por ser la que vestía menos arrugas. Ahora, eso que al principio nos pareció simpático se volvió insoportable por el acto de la repetición.

Mi abuela llama todos los días varias veces. Quiere saber cuáles son las novedades, cómo se siente mamá, y si dijo algo más el médico. No escucha, solo pregunta. Mi tío cambió el enojo por el asombro. Sigue sin entender nada de lo que pasa. “Todavía no hay diagnóstico” les repetimos. Entre él y mi abuela arman un clan de insistencia inquisidora. Las explicaciones no cambian y las preguntas tampoco. Por ahora hay que esperar.

Pareciera que la única forma de calmarlos es dándoles una respuesta que por más incierta que sea les de alguna esperanza. Algo como “Sí, tiene tratamiento” o “Respondió bien a la medicación. En dos días se va a casa”. Pero todavía no sabemos.

No puedo describir la impaciencia que sentimos, las ganas de que vuelva. Que se termine este fin de semana que no se acaba nunca. Viernes, sábado, domingo viendo pasar las horas con una revista de palabras cruzadas. Nueve letras. Reacción ante un estímulo. Solo espero eso. Saber qué pasa. Alguna palabra de aliento en medio de esta nebulosa del imaginario.

Por mi cabeza deambulan mil opciones cada una más fantástica que la anterior: es cáncer, es lupus, es una enfermedad que aún no ha sido diagnosticada porque ella es la primera paciente. Mi hermana en cambio cuenta con más armas, la medicina le da las herramientas para limitar sus fantasmas. Sin embargo, cuando le pregunto qué piensa, solo responde: “Yo ya no pienso más. Dejáselo a los médicos. Por ahora hay que esperar”.

Llego a mi casa. El silencio me espera sentado en el living. Un departamento ridículamente enorme para mi sola. La tan anhelada soledad se ríe en mi cara. La heladera vacía y la lluvia que no se detiene. Cuanto me gustaría poder apagarme por un rato y hacer de cuenta que esto es solo literatura. Que lo que escribo no pasa y que ninguna de estas palabras son en realidad lo que siento. Que se solucione todo y que mi mamá este bien. Pero por ahora sigo esperando.

Me llaman Chick Tornado, de Nicolás Riccio

Desembarcar en el puerto, atrás de Retiro, y caminar. Descubrir una ciudad violenta, enorme. No entender los límites, las intenciones. Buscar la playa y no encontrarla. Desconfiar, admirar. Alquilar una pieza. Virrey Ceballos y Carlos Calvo. Comer un bife. Conseguir un laburo en un supermercado chino. Limpiar, cargar cajas. Buenos Aires es una ciudad acogedora con sus turistas, pero sumamente puta con quienes vienen a ganarse el pan. Con 20 años recién cumplidos, Ismael Hurtado la estaba padeciendo.

Treinta días y los más variados medios de locomoción le costó llegar desde San Marcos Sierra, Panamá, hasta la Reina del Plata. Nieves, su hermana, lloró al despedirlo. Hace poco había hecho lo mismo vía Skype con Celso, su prometido, quien buscando una mejor vida en EEUU se había enlistado en los marines y había sido embarcado a Palestina para entrar en funciones.

Ismael salió de su casa solo, con su bolsito al hombro, la campera roja de Maicol Jackson, dos mudas de ropa y un cuadernito para anotar las letras de sus canciones. Soñaba con triunfar, ser el nuevo Marc Anthony. Cantar, bailar. Merengue, bachata y reggaeton. Tenía nombre artístico: “Chick Tornado y sus Diamantes”.

Dos meses en Buenos Aires y el sueño pinchado. Nada brilla. Nadie te hace un favor. Todo vale más dinero del que se tiene. El papel con los teléfonos de los contactos de familiares lejanos ya está arrugado. Nadie atiende, debe tener mal anotado, no corresponde a un abonado en servicio.

No hay giras por boliches, no hay club de fans ni entrevistas en la radio. Hay comida grasosa y bebidas lima-limón con gusto a dentífrico. Limpiar debajo de las heladeras del chino el hielo descongelado y cortar fiambre.

Sábado, primer día de franco. Ismael apura un pancho en calle Florida, cuando entra al local un señor rubio, cincuentón. El señor mira, sonríe y se sienta en otra mesa. Al rato, la chica de la barra le alcanza a Ismael otro pancho y un vaso de gaseosa. Te lo manda el coso de allá. Segunda sonrisa del señor. Ismael no entiende. Come y mira para abajo.

– Hola, ¿me puedo sentar acá? Disculpame la intromisión. Me llamo Marito

Marito viste elegante. Contrasta con la suciedad de la panchería, con las servilletas de papel que no secan, las Goliat y la pintura multicolor de comida rápida en las paredes. Lo primero que llama la atención de Ismael son los grandes anillos que porta en ambas manos y el perfume, frutado, tropical.

– Ism… Chick Tornado soy. Siéntese nomás, sobra lugar.

Marito es rápido y elocuente. Habla durante media hora. Maneja un privado por la zona, un pisito con mujeres que trabajan para él. Quiere ampliar el staff, sumar tipos. Está viniendo mucha europea con guita a Buenos Aires y hay que aprovechar.

– Chau, Chick. Llamame, 24 horas, cualquier día. Es buena guita, la mitad en dólares. Pensalo, sos negro, vas a laburar un montón.

Ismael vuelve a su pensión. Se mete en el baño compartido y se hace una paja mientras se ducha. No es una paja de calentura. Es de impotencia. Necesita tener la cabeza despejada.

Al día siguiente recibe su paga. El Chino le da 800 pesos en un rollito prolijo. Es el sueldo de esta quincena. No alcanza para nada. Si no le choreara todos los días algo, no podría ni comer.

Marito atiende y le dice que se pase en dos horas. Se perfuma y se calza su campera de cuerina roja. Improvisa unos pasos de salsa frente al espejo de su habitación y repite como un mantra para sus adentros: Chick Tornado, Chick Tornado, Chick Tornado. Es un coctel de temor, inocencia y perversión. Está haciendo todo lo que se prometió a sí mismo y a Mamita que nunca haría. La sola idea de compararse con su cuñado le revuelve el estomago.

Uruguay 237, 7mo H. El departamento es grande, lleno de habitaciones. Un laberinto urbano. Lo recibe una mujer obesa, que camina bamboleándose. La mujer lo hace sentar en la sala de espera, donde unos sillones recorren tres paredes. En una esquina hay un pibito de 15 años, ojos vidriosos, en sus manos un vaso de litro de cerveza. Está hecho un bollito y mira poseído a la pequeña tv que transmite una de tiros en Space.

– Chamuyerooouush, murmura el pibito.

De una puerta, aparece una rubia teñida. Es linda de cara, está vestida de marinerita sexy. Una segunda mirada, más atenta detecta las carnes flojas y unas ojeras azuladas. Pareciera que nunca tonificó los músculos. Como si viviera postrada. Se acerca y lo besa indiferente en el cachete.

– Hola lindo, soy Solange. 70 la media, 130 la hora con todas las participaciones que vos quieras.

La interrumpe la gorda a los gritos

– ¡Volvé al piso de arriba, nena! El señor no es un cliente, está para ver a Marito. Avisale que baje.

Solange desaparece por otra de las tantas puertas. De otra habitación sale un hombre bien trajeado, metiendo la camisa adentro del pantalón. Sale apurado, con la cabeza baja, oliéndose los sobacos mientras baja la escalera. La gorda entra a la habitación con un trapo, una palangana y una botella de Pinolux.

– ¿Nunca le dan uno? ¿Ni uno le dan?

– ¿Eh?

El pibe le alcanza otro vaso que saca de la oscuridad a Chick. Acerca el suyo en una inequívoca señal de brindis.

– Por Viindise!

– Disculpe, no le entiendo

El pibito se acomoda y aclara la garganta. Escupe en la mitad de la habitación un gargajo sólido, una esquirla de lava que surge de su interior.

– ¡Por Vin Diesel, que nunca le pegan un tiro!

– ¡Salud!

– ¿Cómo te llamás, negrito?

– Me dicen Chick… Chick Tornado

– ¡¡El Tornado !!! Luquitas acá, de Tribunales

Chick toma otro trago de su cerveza. Los nervios de la situación lo ameritan. Con el vaso en la mano, Luquitas señala el televisor.

– ¿Lo tené a Vin Disel vos?

– ¿El actor?

– Si, el cabeza de poronga ese. El de los autos. ¡Vin Disel!

– Lo ubico

– Vo´decime, ¿Cómo mierda hace ese Vin Disel para que los tiros no le den? Lo recontra cagan a tiros siempre y nunca le pegan.

– Son películas…

– ¿Me entendés, Torbellino? Setenta millones de tiros y no lo embocan. No existe eso.

Se levanta la remera y asoman del pantalón dos chumbos. Saca uno y se lo entrega a Chick, que se sobresalta y cogotea para todos lados. A pesar del miedo, acepta el regalo.

– Agarrá, Tormenta. No seas cagón. Así, apuntame a mí. Dale, puto, todo piola, apuntame.

Chick empuña torpemente el arma con una mano. Tendría que haberle prestado atención a Celso, que en cada visita insistía con enseñarle los mil y un secretos de las armas. Con la otra mano sostiene el vaso. Por el rabillo del ojo Chick observa a La Gorda que vuelve a pasar con la palangana en la mano, pero no los ve. Luquitas sonríe.

– ¿Vos crees que no me das así de cerca? Son todas mentira esas películas, los tiros te dejan todo agujereado.

Chick relaja su brazo. Luquitas saca su chumbo y extrae 2 balas. Una la arroja dentro de su vaso y la otra la sostiene entre sus dedos, apuntándole a la cabeza de un personaje en la tv.

– Un cosito de estos te arruina. No estás más. Te pinchas como una bombucha llena de sangre.

Se escuchan pasos. Marito viene caminando con Reynoso, un hombre rechoncho de bigotes. Se saludan afectuosamente, dándose palmadas en la espalda. Se despide de la gorda y luego de un par de chicas que justo se cruzan con él. Las chicas fingen felicidad. “¿Ya se va Reynoso? Venga más seguido Comi, que lo extrañamos” Le agarran el bulto y le dan piquitos. El Comisario Reynoso se va feliz.

Chick Tornado guarda el arma en su cintura. ¿Por qué carajo aceptó agarrarla en primer lugar? Está temblando. Marito se acerca. Luquitas vuelve a su esquina, en posición fetal.

– Que bueno que viniste Dick

– Chick

– Dick, Chick. Me encanta ese nombre, da muy porno, a las gringas les encanta eso. ¿Cómo venís de instrumento?

– ¿Disculpe?

– ¿Calzás? De verga digo, sos grone, tenés que tener alta verga. A ver… hagamos una cosa, yo no soy rarito, ni nada por el estilo. Voy a llamar alguien. ¡Estelaaaa! ¿Venís un segundito?

La gorda avanza balanceándose en sus minúsculas patitas. Los ojos de Chick Tornado saltan de sus órbitas y la pija se le esconde entre los huevos. Luquitas ríe para sus adentros.

– Estela, ¿Quién está despierta y sin clientes?

– La Yesi entró recién a la pieza… Jazmín… y Sofía. A Solange la mandé a reposo recién.

– Sofía mandame.

Chick Tornado se relaja y se acomoda en el respaldo. El roce del chumbo en su cinturón le recuerda que tiene que sacárselo de encima cuanto antes. Marito habla sobre Panamá, cuenta que trabajó con varias chicas panameñas.

– Son un poco tímidas al principio, nada que ver con las dominicanas. Son laburantas, no le hacen asco a nada. Tienen su carácter. Tuve una que la tuvieron que sacar entre cuatro cabos de la federal porque quería matar a una compañera por robarle un cliente de buena propina. Igual una dominicana te dura tres años como mucho, después empiezan a engordar como cerdas. Es algo metabólico con la comida de acá, no están acostumbradas.

Aparece Sofía, equilibrista en sus tacos altos. Ojos marrones claros, bizca, lindas piernas, largas y pálidas. Marito le habla al oído. Chick aprovecha ese momento para sacarse de encima el chumbo y esconderlo debajo del almohadón. Su impericia lo delata y sus movimientos lo evidencian. Cuando se da vuelta para mirar a Marito, siente el frío cañón de una 22 hundiéndose en su frente morena.

– Tranquilo negrito, no te pasés de vivo que no salís caminando de acá ¿Sabés? Estela, buscalo a Reynoso, que se fue recién, debe estar en el café de la esquina, decile que venga que tengo un negrito que quiere pasar unas noches en el calabozo.

La gorda Estela se manda un sprint escaleras abajo. Chick tartamudea e intenta dar explicaciones pero no le sale nada. Siente hundirse cada vez más el cañón. Le suda la espalda. Un flashazo de luz, un movimiento casi imperceptible sacude su visión lateral.

– Sacale el chumbo de la jeta al negro, hijo de puta. Te quemo sorete, te quemo. Soltalo ya, la concha de tu madre.

Luquitas está de pie. Tiene hundido su chumbo entre las nalgas de Marito. Con la otra mano no suelta su vaso de birra. Sofía se desmaya contra la pared, meada encima, muerta de miedo y de frío.

– Soltá el chumbo, porque te agrando el ocote, al negro no lo tocas, ¿entendiste?

Marito suelta el arma. Luquitas le pega un culatazo en las costillas que lo deja inmóvil en el piso.

– Huracán, agarrá tu chumbo y pasame el 22 del viejo pedorro este.

– Tomá.

– Agarralo así, firme, mirá si se escapa un tiro. No me escuchaste nada lo que te dije antes…

– Gracias

– ¿Qué gracias? Ayudame. Puto, sentate acá en el piso, al lado de la pendeja esta. Vos, negro, apuntalos, que no se muevan.

Luquitas actúa como experto. Chick se pasa de torpe. Luquitas abre a la fuerza la puerta de una habitación. Adentro encuentra a La Yesi sentada arriba de la cara de su cliente. Mientras se mira la basurita de las uñas, dice sus líneas en tono monocorde.

– Ico ico, caballito…Sí, papi. Eso. Chupala. Me encanta. Sos el mejor. Potro.  Hmmm. Sí. Me encanta eso. Así. Dale, seguí. No pares nunca. Sos el mejor papi.

Luquitas espabila y patea un velador para que también lo hagan ellos. Los apunta. Yesi lo toma con naturalidad, se pone la bombacha y se queda sentada en un rincón, sin hacer ningún escándalo. El cliente se cubre el cuerpo entero con una frazada, refugiándose de balas y miradas.

– Negro, traeme a esos dos. Apurate carajo.

Chick arría lentamente hacia la habitación a Marito y a Sofía.  Luquitas se impacienta y les pega unas patadas para que se apuren.

– Se quedan todos acá adentro piolas. No me hagan enojar. Temporal, atale las manos en la espalda al viejo y al chupapapos ese.

Mientras intenta atar las manos de Marito, Chick Tornado se abstrae del momento en que está y vuelve a San Marcos Sierra. Su mente vuela hacia el pasado. Es domingo y Mamita está por servir arroz con frijoles. Nieves cuenta que llegó carta de Celso, su futuro esposo. Cada quince días escribe. Hace tres meses que está apostado en Medio Oriente, primero en Jordania y ahora en una base en la Franja de Gaza, adonde bajaron durante la noche, en paracaídas. Por un momento Ismael se imagina flotando en el aire seco y cálido de Palestina, cayendo lentamente, pesado,  a tres mil metros del piso. El ruido constante del roce del cuerpo en caída libre. Luquitas le corta el viaje en seco.

– Dale Tormenta, rajemos que en cualquier momento vuelve Dumbo con el poli ese.

Bajan corriendo por escalera los siete pisos. En el trayecto Ismael deja caer su arma y la vuelve a levantar dos veces. Misteriosamente Luquitas sigue sosteniendo con una mano su vaso de birra, con la bala adentro. En cada descanso de la escalera prueba un sorbo. Salen a la calle abruptamente. Ismael no puede más, apenas puede respirar. Enfilan hacia Lavalle recuperando el aire. En ese momento, aparece Reynoso dando vuelta la esquina. Está a quince metros. Viene con otro, un cabo primero que labura de civil por la zona.  Es petiso y tiene una sola ceja. Parece un jockey. Ya desenfundaron. Luquitas apoya una rodilla en la vereda, tira el vaso a la mierda y dispara antes de apuntar.

– Dale, Torbellino, tirá, tirale al rati mugriento ese!

Reynoso no trabaja en Hollywood, pero las balas no le entran. Avanza como un loco disparando hacia delante sin cubrirse. El jockey valora más su vida y se cubre detrás de un Palio. Luquitas dispara a lo pavote. Ismael está inmóvil.

– Dale, morite gato, ¡Vin Disel de mierda, morite loco! ¡Cubrite, Tifón carajo! ¡Cubrite y tirá pelotudo! ¡Tomá Vin Disel, tomá!

Ismael se esconde detrás de un kiosco de revistas mientras escucha los tiros rebotar en los autos, el pavimento, las ventanas. Siente una humedad debajo de las costillas. Se deja caer al piso. Constata que el rojo de su sangre no es del mismo tono que el de su campera de Thriller. Cierra los ojos. Sus pies están por tocar el suelo arenoso de Palestina.

Siempre hay niños y balcones, por Patricio Manco

-En mi vejez no quiero ir a un geriátrico  – En mi vejez no quiero ir a un geriátrico – En mi vejez no quiero ir a un geriátrico.

Virginia tiene cuarenta años. Está casada hace quince y desde ese momento no trabaja: dedica sus días a mantener el orden de la casa. Limpia, cocina, hace compras y, si es necesario, cubre a sus tres hijos. Todo lo hace por miedo.

Si alguna de las tareas que tiene no se cumple, su marido le pega. Ya lo hizo un par de veces. Pero los golpes son lo último. Antes le deja de hablar y antes de eso la insulta y antes de eso le grita cerca de la cara, y antes la amenaza con irse, con dejarla. El mecanismo se repite como un engranaje automatizado. Él nunca se va. La abandona, pero nunca se va.

Viven en un departamento. Primer piso por escalera con balcón a la calle. Dos cuartos para sus hijos, un cuarto para el matrimonio. Ella duerme en el sillón del comedor.

Siempre cenan con la televisión encendida. Inclinan su mirada al aparato para no verse. Generalmente, él se queja de algún detalle de la comida, y generalmente, ella le responde: con los $30 que me dejas por día no se puede hacer mucho.

Discuten. Ella hace foco en la plata pero lo que la perturba es otra cosa. El castigo permanente. La castiga con la dependencia. Vive sujeta a él.

Luego de la cena Virginia se refugia en la cocina. Antes de lavar los platos se sienta en la misma silla de caño roja y fuma. Desde ahí apunta su vista hacia el sillón del comedor donde se sienta su marido. Mira ese oscuro rincón de la casa como si mirara al futuro con el mismo tono. Llama a uno de sus hijos, casi siempre al mismo, al menor, y le dice con la mirada fija en el sillón:

-En mi vejez no quiero ir a un geriátrico.

Y aplasta la colilla del cigarrillo contra el cenicero dorado.

***

-¿Cúando me vas a venir a visitar?  – ¿Cúando me vas a venir a visitar? – ¿Cúando me vas a venir a visitar?.

Virginia tiene cincuenta. Le cuesta y no es por la menopausia. Crecieron los hijos y creció su soledad. Su única amiga falleció de cáncer. Durante los últimos diez años nunca se fue de vacaciones. Apenas conoció algunas quintas de la periferia de Capital Federal. Los veranos los pasó haciendo crucigramas sentada en una reposera amarilla en el balcón.

En las navidades nunca cambió de lugar. Cocinó los mismos postres, abrió sin mucha sorpresa los mismos regalos y a la una de la mañana ya se acostaba. Ponía Crónica TV con los recitales del Club del Clan y se dormía.

Sus recorridos por la ciudad los resume la línea 19 de colectivos. De Villa Ortuzar a Once para visitar a su madre. De Villa Ortuzar a Vicente López para ir a ver el río. Una vez a la semana iba al río.

No dejó propinas en ninguna confitería por qué nunca fue a ninguna. Cocinó menos y pidió más deliverys de pizzas y empanadas. Pasó de fumar un atado de diez a uno de veinte. Y al medio valium diario le agregó la otra mitad.

No engordó y dejó de ir a la peluquería.

Las remeras que sus hijos usaban de niños ella las usaba de pijama. Casi todas le quedaban grandes.

Eso sí: comenzó un taller semanal de pintura. No faltaba nunca y hasta fue premiada en un concurso, pero no fue recibir el premio. Era de noche y prefirió quedarse con su marido.

Las facturas de teléfono pasaron de $100 a casi $300. Todas las tardes llamaba a sus hijos al trabajo y repetía la mismo:

-Hola

-¿Cúando me vas a venir a visitar?

-¿Cúando me vas a venir a visitar?

-¿Cúando me vas a venir a visitar?

Así con los tres, durante más de un minuto.

***

-Mi hermano -Mi hermano -Mi hermano.

Marzo del 2002 y el país está arrinconado contra las cuerdas. Devaluación, cuatro tipos de moneda, revuelta social y corralito.

El marido de Virginia arrastra un juicio civil desde hace siete años. Si quiere arreglar tiene que depositar u$s30.000 o en su defecto le embargan el departamento en el que viven. El juez da un ultimátum de cuarenta días. Si no está la plata, manda a un oficial de justicia para que ejecute la vivienda.

Un mes antes la mamá de Virginia muere por un enfisema pulmonar. Antes de morir le dice que con su otro hijo, Ángel, comparten una caja de ahorros en dólares.

Virginia le cuenta a su marido y él le mete presión para encarar a su hermano y pedirle el dinero. En la cuenta hay u$s36.500. La plata está atrapada en el corralito.

El marido de Virginia tiene un contacto en el Banco Provincia y le pide que le extraiga la plata. El tipo le dice que es imposible. Negocian. Le pide u$s10.000 por sacarla. Arreglan en seis. El día que la retiran tuvo que ir Ángel a firmar la autorización. Todo era muy trucho.

Después de firmar le aclaró a su hermana: “Virginia, esa plata te la presto a vos. No a tu marido. Son todos mis ahorros. Me estoy a punto de jubilar y la junte para este momento.. Por favor no me cagues. Devolvemela como puedas, pero devolvemela”.

El marido de Virginia levanta el juicio.

Pasan cinco años y Ángel jamás ve un centavo. Ni verde ni de otro color. Vive casi en la miseria. Le pide fiado a todo el barrio. Para comer se endeuda. Durante un tiempo llama todos los días a la casa de su hermana. Le ruega que le devuelva aunque sea algo.

-Que tu hermano no joda por qué esa plata estaba perdida. Se la iba a comer el banco. Te tiene que agradecer que se la sacamos de ahí. Esa plata, tu hermano, se la iba a gastar en un año. Toda la vida vivió bajo la pollera de la madre. Que culpa tengo yo si el país no me ayuda. No se dan cuenta que esta todo a punto de explotar de nuevo. Esto no da para más. ¿Qué querés, que vaya a robar? ¿Vos en vez de defenderme a mí, defendés a tu hermano? Andá, loca. Vas a terminar cartoneando.

Las discusiones transcurrían desprolijas. Y siempre la terminaba agrediendo.

Virginia respondía tartamudeando pero enérgica. Tenía tantas palabras para decir que se las llevaba por delante y se le juntaba saliva en los costados de los labios.

Duraban como media hora. Sin parar.

Ángel no llamó más. Empezaron a llegar cartas. Eran todas escritas por su hermano, y la trataba de chorra, de mala persona, de cagadora y cobarde. Estaban llenas de errores de ortografía.

No respondió ninguna.

Una tarde de mayo en la casa de Virginia sonó el timbre. El portero eléctrico nunca anduvo así que había que asomarse al balcón para ver quién era.

Era Ángel. Bajó a recibirlo. Después de años sin hablarse ese era el primer momento en que se veían.

Ángel estaba muy desmejorado. Cerca de la nariz tenía unas erupciones.

-Virginia, tengo cáncer de piel y me tengo que operar -le dijo con la mirada de un niño.

Se abrazaron y lloraron juntos. Merendaron en el departamento. Ángel mezcló pepas con un sandwich de salame y queso. Su pulóver tenía mucho olor a transpiración.

Virginia le prometió que, de algún modo, lo iba a ayudar. Juntos se fumaron un paquete de Parisiennes rubios. Ángel se fue antes de que oscurezca. Cuando los movimientos se iban guardando en las casas y la calle solo mostraba el ruido de su naturaleza, Virginia atendió un llamado. Una vecina de su hermano le decía que Ángel se descompuso al bajar del colectivo. Que tuvo un ACV. Que estaba muerto.

Afuera, el empedrado brillaba húmedo. Una breve lluvia de otoño le ponía música a un grito rasposo que repetía:

Mi hermano.

Mi hermano

Mi hermano.

***

-En mi casa me ahogo -En mi casa me ahogo – En mi casa me ahogo.

Virginia no pudo más.

Después de la muerte de su hermano dividió sus hábitos en dos: las misas y los talleres “Volver a empezar a los 60” , “¿Qué hacer frente al nido vacío?”. En su cartera guardaba estampitas, cigarrillos, encendedores de diferentes colores, cancioneros de la iglesia y un cuaderno sucio donde pegaba recortes con frases de autoayuda.

Salía todos los días al comienzo de la tarde y volvía por la noche.

Pedía plata por la calle, cruzaba mal las avenidas, o aparecía meada y temblando en algún bar o alguna plaza.

Tampoco dormía de noche.

Por la ansiedad le agarraban constantes ganas de hacer pis. Desde el sillón donde dormía hasta el baño prendía todas las luces una y mil veces. Así, también, sufría insomnio y para volver a dormirse prendía la televisión a las cuatro de la mañana.

Fue poco el tiempo que hizo esto. El marido encontró la solución: todos los días antes de irse a dormir le ataba las piernas al sillón.

Una noche que soñó con sus hijos siendo pequeños, logró soltarse.

Esa madrugada, el portero del edificio llamó por teléfono al hijo menor de Virginia. Le dijo que su madre estaba casi desnuda, arrinconada en un costado de la puerta de entrada repitiendo:

En mi casa me ahogo.

En mi casa me ahogo.

En mi casa me ahogo.

***

-Denme un cigarrillo -Denme un cigarrillo -Denme un cigarrillo.

Virginia está internada en un hogar.

Ahora, tiene el pelo corto.

Recibe la visita de sus hijos una vez por semana.

Su marido va todos los días y le dice que la extraña.

No tiene problemas para caminar pero prefiere andar en silla de ruedas.

Alrededor de gatos malolientes, en el hall de entrada, se la pasa mirando televisión.

Pide que le pongan el Chavo del Ocho.

Habla poco pero en la sala es querida.

En todas las actividades que el hogar ofrece, ella se anota. Incluida la de pintura. Pero pinta sola. Sus cuadros están colgados en los pasillos.

Su vida ya no tiene absolución. Tampoco tiene diagnóstico.

Algunos profesionales dicen que es demencia, otros que es una depresión profunda. Hablan de síndromes con nombres alemanes pero ella insiste siempre con lo mismo:

Llévenme al parque y denme un cigarrillo.

Llévenme al parque y denme un cigarrillo.

Llévenme al parque y denme un cigarrillo.

Lo repite muchas veces en un mismo minuto.

Hasta que no siente la nicotina entrar por su boca no se calla.

En el parque se pone cerca de un banquito verde.

Pide hoja y lápiz.

Siempre en todos sus dibujos hay niños y balcones.

Después de la tormenta, Denise Goldman

-Atrás del sillón.

-¿Dónde?

– Ahí mamá, al lado de la maceta.

Mónica se da cuenta que su hija tiene razón: el agua había entrado por el balcón durante la noche. Lucila no se detiene en su triunfo y se aleja por el pasillo hasta su habitación. Mónica permanece de pie, mira el piso de madera levantado. Al fondo yace el cemento duro, lo puede ver a través de las ranuras que separan una madera hinchada de otra. Ella no se mueve un centímetro y mira ese sector opaco. Mira entre el sillón gris y la maceta que contiene una Costilla de Adán. La planta había soportado el descuido de Mónica, quien hace unos meses riega solo cuando tiene ánimos de levantarse. Las hojas agujereadas filtran de a retazos la luz que entra por el balcón. Mira la superficie agrietada del living. Todo tiene ese matiz de tarde de invierno. Ahí, en el relieve, se concentra un punto de dolor estallado sobre una planicie de parquet. Algo explícito y puntual contrasta con una llanura lisa, cuidada, un sufrimiento callado por donde Mónica se había deslizado hace unos meses. Escucha lejana la música suave que viene de la habitación de su hija.

*

Lucila mira el techo blanco, sigue acostada antes de levantarse. Sin notarlo se había despertado por el ruido de la puerta de la casa que se cerraba. Todavía ve nítidas las esferas que rodaban sobre un hilo azul. Abre la puerta de su habitación, la imagen del sueño se desvanece por un tinte extraño en la atmósfera del pasillo. El tiempo apaciguado se mezcla con una ráfaga que la toca como a un cigarrillo que se consume por el viento de la playa. El impulso es abrir la puerta de la habitación de su madre. La cama estaba hecha y tirante, el cuarto demasiado vacío.

– ¿Mamá? –grita por el pasillo

Llega a la cocina, recorre el resto de la casa, llega hasta una ventana que deja pasar los rayos hostiles del sol. Frena y retrocede, como quien se percata de la ausencia de un objeto. Vuelve a la habitación de Mónica. Mira el hueco rectangular y profundo. Entrega al único espacio vacío de la biblioteca la forma de un prisma. Esa figura se diferencia de los lomos vistos como líneas pegadas sin respiro, una tras otra.

Sabe lo que significa. Decide ir a buscar a su madre. Sabe que va a irse en el primer micro que salga y que no se va a llevar casi nada. Sabe que va a sacar un pasaje para La Lucila del Mar, pero que probablemente el micro va a estar anunciado para Mar de Ajó y se advierte no olvidar eso en la estación. Recuerda el error de dejar pasar un micro la primera vez que fue sola cuando tenía dieciséis. El movimiento de la planificación mental se va apaciguando mientras su cabeza va lenta de un lado al otro, a medida que su cuello vuelve y va de izquierda a derecha para leer títulos y autores. Saca de un apretado estante “Los que aman, odian”, el resto de los libros aflojan.

Lo empieza en Retiro. No para de leer. La imagen de Mónica partiendo en silencio interrumpe la lectura, y basta para un pensamiento de rechazo e insultos hacia su madre. En el micro viajan algunas personas. La postura de cada de ellas parecen marcar la visita necesaria a un pariente cercano o el retorno al hogar. En una parte de la página 27 dos hombres disputan sobre un traje de baño para meterse al mar y salvar a una mujer arrastrada por la corriente. Uno pretende ir al rescate, pero no sin traje de baño y pide uno prestado; el otro, con traje de baño no tiene la intención de meterse al agua, y se niega a prestar la prenda. Lucila sonríe sin darse cuenta.

*

Lucila llega al chalet y se asoma por la ventana. Adentro, la luz apagada, las sillas patas arriba sobre la mesa. No había estado en la casa. Conoce bien la costumbre de su madre, la de llegar, y sin dejar el bolso ir directo a mirar el mar.

Una playa extendida, Mónica está sola, de frente al mar. Lucila la ve chiquita, reconoce su campera blanca e inflada, su espalda erguida dentro de esa franja llena de granos de arena que se eleva del suelo. Se acerca y todo se vuelve más cercano. El bolso azul está apoyado en la arena, los zapatos con taco de madera, arriba del bolso.

La mira a su madre desde arriba, y ella levanta la cabeza. Le quiere decir algo, pero su expresión, la de alguien que no puede prender un cigarrillo mezclada con un verdadero agobio, es suficiente para justificar la forma en la que se había ido. La entiende, le da fuego y se sienta al lado. El mar picado propaga cierta intranquilidad. El viento obliga a entrecerrar los ojos. Mónica solo puede dar algunas pitadas, hace un pozo y entierra la colilla naranja. Lucila distingue la silueta recta, rectangular, sus vértices, a través de la tela del bolso. El invierno es total, Lucila apoya su cabeza en el hombro de su madre, y la rodea con el brazo.

-¿Ya lo hiciste?

-No-responde Mónica con la cabeza.

-¿Querés estar sola, mami?

Mónica no necesita responder. Se incorpora y abre  el bolso azul. Una urna de madera es casi todo lo que hay dentro. Corre hacia atrás el agua de unas lágrimas saladas que se esparcen por la cara. Abre la tapa de madera, el puño se aferra al contenido y suelta. Los puntos grises se escapan sin dirección. El llanto se trasforma en risa, después en risa incontenible. Las dos mujeres se figuran inoportunas y ridículas tirando las cenizas en un mar picado. El viento, contrario a lo que aparenta, está a favor de la situación, descontractura. Borra la cuestión formal, y no hay cuota de solemnidad, exactamente como no la había habido nunca en él. Un sentido del humor, una calidez que bordeaba lo fantástico, se reproducía en el sentido climático, en el temporal que obligaba a detener el ritual.

Mónica sostiene sus zapatos, Lucila carga el resto. Caminan contra la corriente del viento, pasan un mástil vacío, sin bandera roja que indique estado ni peligro del mar. Llegan a la casita del guardavidas, y abajo de la estructura de madera despintada y húmeda hacen un pozo. Entierran la urna con el resto de cenizas que quedan dentro.

El regreso junto a la dirección del viento es ligero, liviano. Mónica siente el pelo en la nuca, y en la espalda algo que la empuja hacia adelante. Los pies descalzos dan pasos naturales en la arena fría, en esa superficie histórica, sensible a desarmarse y cambiar de forma. Kilómetros de bruma.

*

Mónica y Lucila en la puerta del chalet al atardecer. Un olvido, fruto de esas excepcionales ocasiones en las que una sola cuestión ocupa tanto lugar que borra todos los detalles logísticos hasta estar frente a la puerta.

-Qué tonta, no traje la llave.

-Ay, mamá…

-En serio

La ducha caliente sería en Buenos Aires. Sacaron un pasaje para las cuatro de la mañana. Cenaron una cazuela de arroz con maricos y compartieron una botella de vino. En el momento de la cuenta, conversaron con el muchacho que las atendió. Mónica no salía de su sorpresa por la noticia: los antiguos dueños habían vendido el restorán. Se habían retirado. El hijo de los nuevos dueños no parecía muy interesado, pero igualmente Mónica le explicó que conocía ese lugar de toda la vida, que había sentido distinta la cazuela de arroz con mariscos, que con razón, que igual estaba rica, pero distinta que la de siempre, que su marido era de La Lucila, que de quién era hijo, y que de cuál casa era su familia.

Lucila terminó su postre. La miraba a Mónica.  Era la primera vez que la escuchaba hablar de su padre desde que murió. Esas palabras superaban la vergüenza ajena tan usual que sentía por su madre. No le importó para nada presenciar cómo retenía al joven desinteresado, hasta acotó algo, y ahora las dos retenían al mozo.

-Era guardavidas –dijo Lucila

No le contaron todo al extraño, se guardaron la cuestión de las cenizas, y el primer episodio: en un veraneo con su familia, Mónica había sido rescatada del mar por Luis, y así se habían conocido.

Después de cenar fueron al muelle. Se adentraron en la noche hasta el fondo. El inaplazable mediomundo de los jueves por la madrugada obligaba a algunos pescadores a exponerse a ese frío punzante. Pero era un plan deseado, que a la vez permitía resistirlo. Todos se acompañaban callados, y el sonido del mar chocando contra el muelle era imponente y parecía cargado.

Las dos se resguardaron del frio en un cuartito de vidrio, un refugio construido sobre el muelle. Tenía la misma humedad de siempre, olía igual. Lucila recordaba jugar ahí con los hijos de los pescadores, cuando algunas veces la llevaron de chica. El aire entraba por el piso, la separación entre las tablas dejaba entrever el mar oscuro en movimiento y mareaba. Mientras compartían un cigarrillo y esperaban a que se hiciera la hora de irse, Mónica contó una vez más la razón indirecta de por qué Lucila se llamaba Lucila. Es decir, la razón por la que el pueblo se llamaba La Lucila. Aunque las dos sabían bien que no era la primera vez que se relataba la historia, Mónica desató una especie de secreto. “Tu padre me contó el verano en el que nos conocimos sobre el nombre de este lugar, pero antes me aclaró que la versión que me iba a contar era invento suyo porque la original era demasiado aburrida. Era nuestra versión”. Lucila ni preguntó por la verdadera historia del pueblo costero. Era cierto que era aburrida: incluía un correo y una reina.