El faro, por Héctor Bavastro

Frente a la casa del faro golpeo la aldaba.
La luz de los relámpagos iluminaba rítmicamente su rostro mojado.
El retumbar de los truenos acentuaba su respiración agitada.
Luego de unos segundos eternos volvió a llamar con más fuerza.
La maciza puerta se abrió con un rechinar pesado que se escuchó a pesar de la lluvia y los estruendos del mar contra las rocas.
Una muchacha apareció mirándolo.
Una vez adentro él miró su rostro, su pelo rubio que caía irregularmente sobre sus hombros cubiertos por una capa azul y sus ojos color miel llenos de sorpresa.
¡Estas empapado! –le dijo ella con ternura.
Él se sacó el abrigo, lo colgó en un perchero sobre la pared contigua a la puerta y apoyó una mochila en el piso.
El lugar estaba iluminado tenue e irregularmente, las luces y sombras jugaban con los recovecos y los muros de piedra.
Se quedó mirándola.
Se secó un poco con las manos, moría por abrazarla, su piel estaba sedienta de ella. La abrazó fuertemente y la besó en la boca.
Se quedaron así un rato abrazados y besándose.
Él alejó un poco su cara para mirarla.
– ¿Trajiste todo? – le preguntó ella.
Él asintió entendiendo exultante la certeza en sus ojos.
Ella lo miró con dulzura, él le despertó imágenes de sus vidas, que se abrían como un abanico en su mente. De pronto se forzó a cerrarlo y lo miró decidida.
Había cosas que ni necesitaban decirlas, mirarse era suficiente para mancomunar sus voluntades.
Entonces, como despidiéndose de algo, subieron en silencio la escalera circular que llevaba a lo alto del faro.
Una vez arriba ella se apoyó en el vidrio del mirador salpicado por la lluvia y él la abrazó desde atrás. Sus miradas observaban el mundo allá lejos, el mundo del futuro.
Ella se dio vuelta y le sonrió con un amor extraño e intenso, por momentos el reflejo de la luz roja cíclica del faro bañaba su cara.
Le dibujó los labios suavemente con su dedo.
Él le abrió un poco la capa y le acarició los pechos.
La miró mientras su mano bajaba y se metía entre sus piernas.
Con sólo rozarse sus seres se atraían, la sangre pugnaba por mezclarse.
Fueron cayendo sobre el piso donde se habían amado desde la eternidad.
Lo estaban haciendo por última vez en aquel lugar, su nido desde siempre.
Acariciaron cada segundo.
Sólo la perspectiva de lo que venía hizo que no lo repitieran.
Bajaron.
En la sala principal se pararon frente al hogar encendido.
Ritualmente descargaron el contenido de varias cajas en el fuego: cartas, fotos, tarjetas. Letras y caras se consumían en un humo exterminador.
La danza de las llamas se proyectaba intermitente sobre sus rostros.
Cuando todo estuvo dentro de las brasas ardiendo, él se puso el abrigo y ella un impermeable.
– ¿Tenés todo? – le preguntó él.
Ella lo besó.
Dos sogas colgaban desde lo más alto del faro por el hueco del centro de la escalera.
Cada uno de ellos tomó una y mirándose tiraron al unísono, con una fuerza que pareció salir de un único ser.
Allá arriba se abrieron las tapas de unos barriles y en cascada comenzó a caer combustible por las escaleras, desbordándolas.
Salieron rápidamente.
Cuando llegaron al pie de la loma donde estaba la casa, se escuchó una explosión ahogada que golpeó la puerta.
La torre del faro se encendía por última vez.
Miraron al cielo, la lluvia había parado.
Caminaron de la mano en silencio por un sendero que llevaba a un pequeño embarcadero.
Subieron a una lancha.
Mientras él soltaba las amarras ella ponía en marcha el motor.
Las llamas iluminaban su recorrido y las ondas del agua a su paso.
Cuando se alejaron lo suficiente ella lo miró sombrIamente.
Él la miró con un suspiro entrecortado.
En un rincón oscuro descansaba una forma indefinible.
Sacó una lona que cubría dos bultos atados a unas pesas de concreto.
– Es el último esfuerzo. –dijo él.
– Todo va a terminar. –dijo ella acercándose.
Entre los dos agarraron los cuerpos cubiertos en mantas y los arrojaron al mar.
En pocos minutos se hundieron en la profundidad.
El faro ardía majestuoso en medio de la noche.
La embarcación siguió su camino.
La macabra fogata hizo arder el beso de la pareja que como un solo ser pensó: “Adiós papá, adiós mamá.”

Abducción, por Noelia Abad

Usted ha sido abducido. Eso decía la rampa en la esquina de Esmeralda y Paraguay. Usted ha sido abducido. Grabado en el cemento, la travesura de alguien que no resistió el material fresco, virgen. Usted ha sido abducido, leyó ese día mientras caminaba desde el trabajo a ninguna parte.

Treinta y cinco años vivo. Cinco los que llevaba sin ella. Ese día parado en la esquina pensó en el paso del tiempo. Nunca pensaba en eso. No le daba importancia. De repente estaban ahí todos esos ridículos datos, fechas exactas, horarios, el tiempo cuantificado. Los recuerdos se chocaban en su cabeza y lo ahogaban. Era uno de esos días de octubre en que Buenos Aires cambia de clima tres veces en veinte horas. Faltaban quince minutos para las dos de la tarde y la lluvia corría por su cabeza. Era refrescante. Leonardo odiaba tener calor tanto como odiaba sentirse atrapado. Le pasaban las dos cosas. Dejó que las gotas corrieran por su cabeza, cerró los ojos y la vio a Sofía. La imagen duró solo un instante, recuerdos más viejos y más pesados se apuraron por reemplazarla.

Se vio chiquito, como en una foto de bordes redondeados y colores que con el paso del tiempo se volvieron amarronados. De nuevo en el living del departamento de la calle Ugarteche. Tenía cuatro años y lloraba en silencio. Llorar con sonido no era algo que tuviera permitido. El golpe que él no resistiera iba directo a la cara de su mamá. En el oído el susurro de su papá se lo advertía mientras lo zamarreada del brazo. De un grito saltó a otro, de un golpe a otro golpe, de un llanto a otro llanto. A los siete había descubierto que el armario de su habitación era el único lugar seguro. No era un armario común. Era como un pasillo estrecho y algo profundo en el que un chico cabía perfectamente. Ahí resistía el paso de la tormenta. Inventaba mundos, historias y personajes que lo alejaran de la guerra. Era un lugar húmedo, oscuro, aterrador para cualquiera pero menos aterrador que el afuera. Sentado en el piso con los brazos estirados podía tocar la ropa colgada. La piel de un tapado de su abuela le hacía cosquillas en la nariz cada vez que se paraba. En el piso dormían sus soldaditos guardados en cajas de zapatos. Los había heredado de un tío, estaban algo despintados, heridos por el paso de los años y las batallas. Se hubiera quedado ahí toda su vida.

Un colectivo pasó demasiado cerca y lo despertó del ensueño. Miró hacia adelante y vio una pareja sentada en el café de la esquina. Peleaban, eso parecía desde su lado del vidrio. A la derecha, el diariero se apuraba para guardar las revistas. A su espalda los obreros paleaban arena como si nada pasara. Las gotas se hacían más gruesas. Otra vez miró la rampa para discapacitados, desprolija a medio terminar pero con las palabras grabadas: usted ha sido abducido. Los bocinazos no lo movieron del lugar. Viendo a la pareja del bar, recordó las peleas en la adolescencia con una novia cansada de descubrir mentiras. Nunca le dijo que llegaba tarde, y  la dejaba plantada, porque su casa se parecía a un club de pelea. Miró su tobillo, le dolía. Las piernas le fallaban, la humedad parecía revivir una antigua torcedura.

De nuevo ese sábado. Listo para salir, los gritos en la habitación de su mamá no eran para ella. A él lo esperaban en un cumpleaños, su hermana había cometido el error de enfrentar al padre. La explosión era inevitable, la escalada de las voces adelantaba el final. Quiso irse, por primera vez en meses iba a llegar temprano. Se festejaban los 20 de un amigo. El perfume, el cinturón, la camisa prolijamente desacomodada. No iba a meterse. Fue más fuerte que él. La señal de la cruz con la mano derecha, un hábito aprendido de memoria. Entró en acción. El armario estaba tan cerca, ya no lo protegía. Por fin el silencio, todo termino con él rodando por la escalera desde el primer piso. El pie derecho esquinzado, la guardia del hospital y otro cumpleaños al que nunca llegó.

“Córrete”, gritó un ciclista que casi se lo llevó por delante. Ni siquiera lo miró. Respiró sobresaltado, se ahogó con el aire entrando de golpe por sus pulmones. Entendió que seguía en la esquina. La camisa blanca arremangada, gastada, arrugada de un día que todavía no llegaba a su fin. Sus ojos marrones se fijaron en las manos de la mujer que trataba desesperadamente de hacerse entender en la mesa del bar. No notó que los mozos comentaban sobre lo extraño que se veía parado bajo la lluvia. La ropa empezó a pegársele al cuerpo. El agua se acumulaba en el cordón de la vereda. Las gotas sobre el vidrio hacían difícil que pudiera ver la escena de la pareja. La adivinaba, se sabía las rutinas. Era lo mismo navidad, cumpleaños  o cualquier día.

Lo había intentado todo. Todo menos alejarse. Durante años supo ser el pacificador familiar, un pacificador de a ratos. Un pacificador que aguantaba la embestida si era necesario. Sofía había llegado a él, justo cuando empezaba a perderse. Se volvieron inseparables hasta que respirar sin ella fue imposible. Cuanto más espacio ocupaba Sofía, más se alejaba la locura. Pero el infierno nunca desapareció del todo. Acechaba desde la oscuridad, atacaba en los espacios vacíos. Llenaba los huecos que dejaban la rutina de la convivencia con ella.

Las gotas se hicieron más ligeras, casi una leve llovizna. No pudo acordarse de la noche de la separación. No pudo acordarse porque lloraron y no pelearon. No pudo acordarse de nada después de esa noche. Sabía que había cosas que recordar, pero no sabía que eran. Cerró de nuevo los ojos, respiró profundo. El ruido de la calle se volvió un murmullo compacto, indivisible. Ruido a estática. Oyó su voz “Si no salís de esa casa en una hora llamo a la policía y no me importa si lo meten preso”, “¿Qué no te afecta, me estás cargando, se te cayó todo el pelo a los dieciocho años de gusto, no?” ,“No vuelvas, quédate a vivir en Alemania, o subite a un barco o lo que quieras”, “No sé qué más hacer, nos separamos para que fueras libre y mira cómo estás”, “Seguís en ese trabajo que odiás, rodeado de la gente que odias”, “Siento que te estoy dejando entre pirañas, que te van a devorar y no me dejas hacer nada para evitarlo”, “No puedo ver cómo te matas en vida”.  La sirena de una ambulancia lo asustó. Como quien se despierta de golpe de una pesadilla, miró sus manos y no las reconoció. Tocó su cara, buscó el reflejo en la ochava vidriada. Se vio así mismo. La pareja no estaba, tampoco había rastros de ellos en la mesa. Estaba húmedo pero era su propia transpiración. La calle polvosa, el fastidio del calor en la cara de los que pasaban le recordaban su propio fastidio. El diariero se ocultaba de la molesta resolana. Los obreros descargaban arena. Los autos pasaban cerca, muy cerca. Giró la cabeza y buscó el cartel de la calle. Esmeralda y Paraguay, la puerta de madera en diagonal era la puerta del trabajo de Sofía. Era el lugar, la esquina, el cemento pero no entendía. Paso la mano por su cabeza, desde las cejas hasta la nuca. Después la misma mano recorrió la boca, la pera y volvió a subir por la mejilla hasta la oreja. Preguntó la hora a una chica que se detuvo en el semáforo. No era posible que el tiempo se hubiera detenido. Otra vez la mano en la cabeza, su garganta seca, los pies pegados al piso.  Un mozo del bar se apuraba a entrar la pizarra con el plato del día que el viento amenazaba volar. Un hombre y una mujer aceleraron el paso y se refugiaron en el café. Eran ellos, la pareja que peleaba. Usted ha sido abducido, leyó confundido. Las hendiduras de las letras grabadas en el cemento se llenaron rápidamente con agua de lluvia. La voz de su abuela se sentía cerca “Leo, ¿dónde estás? ¿otra vez en el placard?”.

Toro, por Griselda Balian

El toro está atado. La soguilla está tirante y lo mantiene paliado. Don Antonio y Emiliano actúan con confianza. Mi padre, desde que yo era chico, siempre contrató a Don Antonio. Trabaja lento, seguro y sin detenerse. Emiliano más activo, yendo y viniendo. Me ven apoyado en la tranquera y me saludan con un ademán y una expresión melancólica; ya están al tanto de todo. Respondo igual. No quiero alterar la tranquilidad del campo. Atardece. Es domingo.

Mi cuñado es un imbécil. Nuestra relación es amable, pero nunca pudimos profundizar en nada. Es un tipo que ríe para no escuchar silencios. Que usa chombas de colores pastel para asociarse con la felicidad, que viaja a lugares cuidados, a hoteles limpios y a estrenar. Mi hermana comenzó a militar en esta imbecilidad desde que se casó con él. Los fines de semana asisten a lugares donde el pasto está recién cortado y los muebles son de maderas claras, preparan wafles los domingos, trabajan en edificios que tienen ascensores con muchos espejos y sus computadoras son siempre blancas. Pareciera no haber ni un solo agujero para asomarse al abismo.

Don Antonio agarra el hacha y con la parte trasera apunta hacia el cráneo del toro. El animal no se mueve, espera. Un solo golpe: seco, pesado, letal.  Cae desplomado al piso. Con la misma lentitud del golpe, el cuchillazo se hunde hasta el fondo del corazón.

Hace medio año murió mi papá. Infarto por obstrucción de arteria coronaria. Mi hermana y mi cuñado fueron al entierro disfrazados de velorio yankee. Mis sobrinos también. Lo enterraron en un cementerio de Pilar. Chacarita los deprime. Preferí no oponerme. Estaba demasiado convulsionado, ocupándome de que el campo siguiera funcionando con normalidad.  No me pude concentrar en el entierro. Me parecía todo una actuación. Ni mi hijo ni yo nos emocionamos en ningún momento. En vez de sogas para bajar el ataúd usaron una grúa eléctrica, en vez de sepultureros había dos señores con traje y corbata, en vez del ruido de la tierra seca contra la madera pusieron una alfombra de pasto sintético.

El despellejamiento de la cabeza siempre me ha hipnotizado. Separar el cuero de la carne, dejar al animal en carne viva. Usando siempre el mismo cuchillo Don Antonio se arrodilla y traza una línea por el centro interno del toro. Comienza por separar el cuero de las extremidades, por último la cabeza. Una vez aflojados todos los extremos, tironea  el cuero, separándolo prolijamente. Usando el puño y no el filo. Dando golpes de ayuda. Emiliano baja de la chata cuatro tachos de veinte litros vacíos.

Mi hermana organizó una reunión para “hablar de las cosas de papá”. Hace diez años que no toma ninguna decisión. Atrás de todo esto está mi cuñado. Impecable, afeitado, ordenado, funcional. La reunión consistía en que yo escuchara la propuesta ya diagramada para dividir los bienes heredados. El departamento en Villa Urquiza para mí, el ph en Colegiales para ellos. Ya lo habían vaciado completamente. Me invitaban a revisar todo lo que estaba en el cuarto de los chicos, que me llevara lo que quisiera. La ropa la iban a donar a la fundación donde mi hermana colabora, los libros a la biblioteca del colegio, las cámaras de fotos las habían separado para mi hijo, los muebles los regalaban a un asilo. Con respecto al campo, del cual ellos eran parte mayoritaria, no querían discusión: se vendía y se repartía el dinero. Ya tenían una primera oferta.

El toro ahora es blanco y rojizo. El cuero se convirtió en un paquete prolijamente plegado. Su cabeza es blanca y unos hilos de sangre le chorrean entre los ojos abiertos. Emiliano se mueve enérgico, alcanza los tachos, guarda las sogas, acopla el guinche a la camioneta. Don Antonio no abre la boca, no se limpia las manos, no se mancha la ropa. No pide nada.

Consiguieron un comprador. Una empresa que se dedica a trabajar campos, algunos arrendados, algunos propios. Hablamos con distintos gerentes. Le propuse a uno de los ingenieros agrónomos hacer una recorrida por el campo, mostrarle el historial que llevábamos con mi padre, los lotes de trigo y los de sorgo, contarle como venimos combatiendo la isoca y la chinche, mostrarle los rindes de los últimos años. Me agradeció, pero me dijo que no hacía falta. Que ellos se dedicaban a la siembra directa de soja y que ya conocían la zona.

La cabeza sigue teniendo algunos movimientos nerviosos, contracciones cerca de los ojos. Cuidadosamente se elije por donde cortar. Se degüella con una sola mano. Sin mover al animal. Solo el cuchillo. Don Antonio limpia la sangre del filo en el pasto. Hace una seña. Emiliano agarra la cabeza por las orejas, la mete en un tacho y la sube a la camioneta. Su mirada está encendida. Hace chistes, se ríe. Sus dientes son grandes, amarillos, carniceros. Sujetan las patas del toro al guinche; Emiliano enciende el motor, arranca rápido, acelera, y eleva al toro, que ahora queda colgando vertical apenas separado del piso. Hace marcha atrás y se lo vuelve a dejar a Don Antonio, que no se había movido. No había desperdiciado pasos.

Hace dos días vacié mi habitación y mi escritorio, guardé todos los biblioratos con las planillas y los partes de cada cosecha, también me llevé viejos contratos. No quise tirar ni separar nada.  Metí todo en una valija grande. Fui a la higuera y agarré los mejores higos, junté también unas hojas del eucaliptus viejo. Guardé todo en el baúl del auto. Mañana a la mañana, lunes, será mi último día aquí. Y creo que no voy a volver nunca más.

La ausencia de la cabeza  desencadena con naturalidad todo el proceso.  Ahora no es más un toro. Es carne colgada de un gancho. Usando las dos manos Don Antonio vacía el interior del animal. Caen al pasto estómagos blancos y brillantes, tripas, riñones, vísceras, chinchulines y la esperada criadilla. Aparecen cientos de moscas y se posan sobre los órganos blancos. Se ve el interior del animal limpio, como una carcaza perfecta. Se reconocen los cortes de carnicería.  Con mucho oficio comienzan a distribuir las cosas en sus respectivos tachos, estiran y vacían las tripas, tajean los estómagos y los retuercen, separan, distribuyen. Mientras Emiliano sube todo a la caja de la camioneta, Don Antonio encara el corte final. Con una sierra larga hace un tajo longitudinal exacto, la medula ósea es un cordón, las dos medias reses se independizan. Las cargan también en la camioneta. Ahora sí, con un trapito sucio se limpian las manos, me saludan sonrientes los dos, me desean buena suerte, arrancan la camioneta y me vuelven a hacer el ademán de mano. Prendo un cigarrillo, el sol naranja se filtra por los troncos en el horizonte. Cuando se extingue el ruido de la camioneta, se empiezan a escuchar los grillos y el sonido de la noche. Antes de volver para la casa miro de nuevo hacia el sector de la faena. Parece que no hubiese pasado absolutamente nada. Solo una mancha oscura en el pasto.

Pendeja, por Micaela Pino

Entre sueños veo a un hombre desnudo abrazado al inodoro. Las arcadas lo asfixian hasta que expulsa una ráfaga de achuras en descomposición. Sigo durmiendo. Suena el teléfono. Apenas puedo abrir los ojos. Lo primero que observo es mi pelo desorbitado en el espejo del techo. Soy un cachivache. Tengo la boca pastosa, adormecida, con sabor a vodka berreta. Me late la cabeza, me quema el estómago. Miro debajo de las sábanas. Estoy vestida. Húmeda como meada. Reviso rápido y descubro una aureola de sangre en el pantalón de corderoy lila. Mi toallita desborda. Quiero enterrarme viva entre las sábanas. No tengo flashes de nada. No sé cómo llegué ahí. Sólo tengo la certeza de haber bebido como un dromedario. El mismo hombre que estaba vomitando ahora está vestido, con el pelo mojado y atiende el teléfono.

–Hola… Sí, sí. Ya salimos.– Corta. Me mira –Está tu vieja afuera.

Mi mamá me busca desde la 8 de la mañana. No le atendí el celular, no me encontró en la casa de ninguna amiga. Me buscó en el hospital, en la comisaría, en las zanjas. Lo único que sabía de mí es que había discutido con el empleado de la fábrica a las 5 de madrugada. Borracha me terminé llevando la camioneta de mi mamá.

–Llamala y decile que estás yendo para tu casa.– me dice mientras se pone las zapatillas.

Se me parte la cabeza y no puedo pensar. Busco el celular. Tengo 64 llamadas perdidas, mensajes de voz, la casilla de mensajes de texto llena.

Me entra una llamada de Carla, una amiga. Quiero cortar pero atiendo.

–¿Rafaela?, ¿me escuchás?

–Hola, Car – tengo una voz de trabuco que impresiona.

–¿Rafaela, sos vos? – es al primer ser humano al que le doy una señal.

–Sí.

–¿Estás bien? Te está buscando tu mamá re preocupada.

– Sí, sí, ya sé. Después te llamo, Car.

Corto. Llamo a mi mamá.

–Hola, má. Estoy yendo para casa.

–No, no. Salí de donde estás.

Me corre un frío por la espalda. El tono de voz es determinante, inamovible.

– ¡Si se entera tu hermano me mata!–  dice Varilla y tira una toalla al piso. Se hace el loco, como si la situación lo desbordara.

Que lo mate, pienso, que le quiebre un tobillo jugando a la pelota. Mi hermano estuvo con casi todas mis amigas. Las mataría pero me quedo sin amigas. Sufrimos de celos. Nunca estoy con nadie. Me los espanta. Me cuida como si la tuviese de oro.

– Sí. Y no te olvides de Leo– le digo ponzoñosa.

Su mejor amigo, es mi ex. Me siento importante. Me disputan. Lo miro. No lo obligué a estar ahí. Tampoco lo puedo sacar con una bolsa en la cabeza. Estoy sentada en la punta de la cama, me hago la pobrecita. Tengo un aliento a foca que aniquilo. Quiere besarme. Sé que tiene los huevos duro como una roca.

Qué pendeja hermosa sos.se acomoda el paquete.

Tengo la puteada en la boca. Odio que me diga pendeja. Es la primera vez que me dice hermosa. Pero, ¿pendeja? Hace 12 horas cumplí 18 años. Ya soy mayor. Me besa, me raspa con su barba de tres días. Me arde la pera, la tengo paspada de tanto franeleo. Si se afeitara no parecería de 40. Lo dejo que toque. Toca. Me tira de los pelos de la nuca. Pasa su lengua a fondo. No me animo a pasar la mía. Estoy hiper lubricada. Empuja mi cabeza hacia abajo. Me enojo.

Bueno, basta

Hago la escena de la histérica. Frena. Me respeta.

Obligame, somete, enseñame, no quiero ser una virga toda la vida, pienso. No hace nada. Agarra sus cosas. Salimos de la habitación. Lleva su buzo como una pelota de rugby. Es una bestia. Mide tres centímetros menos que yo pero es macizo. Sube el portón del garage. Se le marcan todos los músculos de la espalda. Está tallado. No puedo dejar de mirarlo. Veo mi pantalón y salgo del mambo. Pienso que voy a manchar el tapizado, me ato el saco a la cintura. Subimos a la camioneta, está intacta, sin un raspón. Damos la vuelta. Las habitaciones son como casitas, una pegada a la otra con los autos estacionados en las cocheras. El telo parece un country. Llegamos a la recepción. Me da la plata, pago, recibo cinco caramelos de souvenir con el vuelto. Se lo doy a Varilla. Se abre el portón principal. Veo el auto negro de mi mamá en la vereda desolada. Del otro lado de la calle, de fondo, el cementerio de Guernica. Es mi auto fúnebre. Me acerco. Sigo borracha, me cuesta caminar derecho. Se baja la ventanilla. Maneja mi mamá y al lado mi hermana. Desde que murió mi papá funcionan como un matrimonio. Hubiese preferido un patrullero en la puerta y que me lleven presa. Detesto a mi hermana desde que se puso el bigote de papá. Seguramente le taladró la cabeza con indicaciones sobre cómo tenía que hacer para ponerme mano dura. Les hablo de lejos

–Lo llevo a mi amigo y voy para casa.–  insisto.

–No. Subí al auto–  dice mi mamá.

–Vos, subí al auto y él que se tome un colectivo o un remis.–  agrega mi hermana.

–No, yo lo llevo, yo lo llevo.

–¿Qué te pasa? ¿Podés subir al auto? ¿Sos pelotuda? – mi mamá habla mientras fuma. Me quedo callada pensando qué carajo decir, –¡Hablá!

Me angustio y lloro
–No quiere que lo vean.

–¿Pero, quién es?– me preguntan.

–Varilla.

Varilla es el herrero de la fábrica desde hace 12 años. Tengo la misma edad que su hija mayor.

–Decile que no vamos a decir nada.– sé que me mienten. El rayo del sol me perfora el cráneo, me encandila, tengo los ojos inyectados en sangre. Trago el sabor a bilis que me sube y apoyo la mano en el capot. Accedo.

Camino a la camioneta, atrás me siguen los pasos de mi hermana. Cuando Varilla la ve se pone blanco. Se saludan con un “hola”.

–Varilla, te vas a tener ir en colectivo o en remis, mi hermana se lleva la camioneta. No van a decir nada–  transpiro alcohol, quiero que se quede en la sangre, lo necesito más que nunca para seguir en la nebulosa.

–Esperá, que voy a hablar con tu mamá.

Varilla se baja de la camioneta y se acerca al auto.

–Señora, disculpe…

–No te preocupes que con vos no es la cosa.–  lo corta en seco. –Subí Rafaela.

Varilla se va caminando para la ruta. En la puerta del telo está la parada del 404.

Subo al auto. El rostro de mi mamá está desfigurado, colorado, de tanto llorar. Logré sacar lo peor de ella. Comienza una oleada de cachetazos. Los dos primeros entran perfectos. Uno de derecha y el otro de revés con la alianza, el San Benito y el anillo que trajo de Panamá. Un tercer manotazo me deja sorda. Grita.

– ¡PENSÉ QUE ESTABAS MUERTA! ¡TE BUSQUÉ POR TODOS LADOS! ¡NADIE SABÍA NADA! Hasta al hospital fui. ¿Qué hacía si te pasaba algo, pendeja de mierda?– como si cada golpe la tranquilizara.

– ¡PARÁ! – me cubro la cabeza.

Miro la sangre que cae de la nariz. No siento dolor. Arranca. Va a fondo. Pasamos el primer semáforo de la escuela de chicos especiales, no frena. Un perro sarnoso camina por el medio de la ruta.

–¡Pará! – le digo.

Yo sé que aparte de estar sacada no ve un carajo de lejos.

– ¿QUÉ PARÁ?, ¿QUÉ PARÁ?

– ¡Pará, loca! Casi chocamos un perro en la ruta. ¡Nos vamos a matar, loca de mierda!

– ¡A vos te voy a matar! ¡Te voy a desfigurar! Y no me pidas más de salir. Olvídate de salir. Se te corta todo. – Me zamarrea, me tira del pelo.

Si me hubiese encontrado tirada en una zanja tal vez me estaría abrazando.

–Qué me importa, cortame todo. Me bajo acá.– abro la puerta del auto. –Frená que me bajo.–  otro cachetazo me sacude y me quedo quieta.

Atrás nos escolta mi hermana en la camioneta, la veo desde el espejo.

– ¿A dónde te vas a ir ridícula?

Soy mentalmente inválida. No puedo hablar. No sé comunicarme. Las dos padecemos el mismo defecto.

–¡Pero dejá de pegarme! Perdóname. –  vuelvo a llorar. Pero ahora con congoja. Se tranquiliza un poco. Nunca la había visto tan preocupada por mí, nunca supe que le importaba tanto, verla sufrir así  es el límite de la fisura. Yo soy la fisura del límite.

Entro al baño. Me miro la nariz, no se nota el corte, tengo el labio hinchado. Capaz se pone morado. Escucho a mi mamá hablar por teléfono. Me desvisto, el cuerpo me pesa. Huelo a alcohol, a cigarrillo, a sábanas húmedas, a menstruación. Me siento en el inodoro, no sé cuánto tiempo hace que estoy abstraída mirando la montaña de ropa. Mi hermana abre la puerta del baño.

– ¿Te cuidaste o hay que ir comprarte la pastilla del día después?

–No pasó nada. Estoy indispuesta. –  abro las piernas para que lo compruebe.- ¿Podés cerrar la puerta, por favor? – se va.

Duermo un día entero. La situación en casa es heavy. No quiero salir de la habitación. Me da vergüenza. Necesito llamar la atención, siempre derrapo. Soy la mejor facturita del domingo cuando se juntan los grupos de amigas a charlar sobre los acontecimientos del finde. Las dejo engolosinadas, extasiadas. Pero ésta vez me quiero disolver, desaparecer, irme de éste pueblo de mierda.

Si me queda un poco de dignidad, la voy a derramar por completo. Consigo el número de teléfono de Varilla. Lo llamo.

–Hola, Varilla…

–Sí… ¿Quién habla?

–Rafa, ¿podés hablar?

–Sí, sí, decime. –  se quiere cortar las bolas.

–Te quería pedir disculpas.

–No te hagas drama. Está todo bien.

–¿Hacés algo ésta noche?

Mi semana con los humanos, por Agustín Vidal Saavedra

Los humanos viven solo el momento. Es un concepto difícil de explicar: viven una cosa por vez, ordenada. Su cerebro es tan limitado que conocen mediante la experiencia.

Un terrícola me hospeda por siete días de su tiempo en la tierra. Su nombre es Agustín. Me abre la puerta y me saluda con un mal humor que no es muy común en él. Me sorprende dado que siete días más tarde me despide con gestos muy diferentes. Todavía él no me conoce. Como cualquier otro ser humano, su comprensión está limitada a la noción de tiempo y una ilusoria relación de causa-efecto.

Me dice que tiene que trabajar. Que está muy atrasado. Yo ya lo sé porque me lo repite durante toda la semana. Su trabajo consta de producir y animar objetos en una realidad virtual que simula las tres dimensiones que el cerebro humano reconoce. Agustín encuentra fascinante aquél arte de matemática vectorial.

Mientras trabaja me cuenta que hace dos años que se dedica a la animación 3D y que antes intentó ser diseñador, y que antes de eso intentó ser psicólogo, y que antes de eso intentó ser abogado, y que antes de todo eso intentó ser escritor. En la pantalla veo cómo manipula el color, la forma y la textura de unas letras infantiles. Agustín me dice que tiene que terminarlo para dentro de una semana. No lo termina al final. Me explica que lo van a echar si no llega a tiempo y que tiene que apurarse. Pero no lo echan.

Comemos frente a la computadora. La mesa es grande y en ella se apoyan tres pantallas. Es la misma mesa que dos años atrás está llena de libros. En determinado momento esa superficie es ocupada por una televisión rodeada de vasos y botellas. Alrededor de la mesa hay ocho sillas sin pintar. Hay ocho sillas pintadas. Hay cuatro sillas. Hay seis sillas Hay dos sillas. En una de esas sillas se sienta una mujer. La mujer no está. Hay una sola silla y en lugar de la televisión están los tres monitores en los que ahora se ve el diseño de unas letras infantiles.

Voy a buscar agua a la cocina. Abro la heladera. En el cuarto Agustín está leyendo. La heladera está ordenada. Llena de frutas y milanesas de pollo. Se escucha de lejos la televisión a todo volumen y la heladera está llena de pizzas y sobras. Coca cola. Mucho fernet. Agustín está tirado en el sillón mirando la televisión, viendo nada. Botellas de cerveza descansan vacías por todos lados. Vuelvo al cuarto y me siento al lado de Agustín que mueve el cursor de un lado al otro dándole forma a las letras infantiles.

Terminamos de comer y Agustín se tira en la cama con el celular.

Con joda, Agustín se refiere al momento de ocio que rompe la rutina en la que los humanos viven. Bailan, saltan, cierran los ojos. “Vamos a salir de joda” me dice. Es un lugar de muchas luces de colores que aparecen y desaparecen. Como si fuera una animación, como si fuera una realidad diferente. Hay música muy fuerte vibrando en el aire. Agustín en la cama saca la vista del celular y me explica. “La joda es la manera de romper con la rutina” Saltamos junto con un montón de otros humanos que nos rodean, convirtiéndonos en música. Nuestros niveles de serotonina suben, hay un cambio significativo en la liberación de endorfinas. Agustín me mira raro cuando le digo que me gusta la joda. Y me dice que me cambie para salir, que vamos a ir a bailar a un boliche de música electrónica.

Me pide que le busque una botella de agua, que se olvidó de traerla y que ya se sentó a comer en la computadora. Que no tiene tiempo porque no llega a terminar el trabajo. Le sirvo el agua en un vaso, me sirvo a mí también. Me dice que tiene que terminar esa animación para dentro de una semana sino lo echan. Mi cuerpo humano calcula mal la distancia y mi brazo choca con un vaso. Se vuelca un poco de agua y se esparce de manera parecida al Fernet que alguien volcó años atrás. Hay tanta gente alrededor de la mesa que nadie se da cuenta y nadie lo limpia. Todos están demasiado en la suya. Agustín me insulta y con un trapo seca el agua que derramé. Su mirada se pierde unos instantes en la mancha de Fernet.

Se levanta de la cama con el celular todavía en mano y me mira raro. ¿Cómo podés saber si te gusta la joda si todavía no salimos? Le explico que su cerebro funciona diferente al mío que conoce por mera intuición, pero tras repetírselo de distintas maneras me doy cuenta que es en vano. Hay cosas que los humanos no quieren entender. Me limito a cambiarme para salir, bailar y saltar. Mis niveles de serotonina están por las nubes. Me encanta la joda. La música explota.

Agustín se sienta y empieza a comer. Me cuenta que sus padres siempre lo hicieron sentir especial porque lo querían mucho. Que sus compañeros de colegio también lo habían hecho sentir especial pero por lo contrario. Por eso conecta tanto con él mismo. Agustín disfruta de estar consigo mismo porque tuvo que aprender a bailar solo. Aprendió a lidiar con el silencio y la soledad dibujada en una mancha de Fernet un domingo de resaca. Esa mancha le dio la pauta de que a veces es más sano construir mundos nuevos que destruir aquél en el cual uno se encuentra. A partir de entonces hizo consciente su pasión por crear realidades ficticias. Algunas hechas de colores, formas y texturas, otras hechas de palabras. Salimos del boliche, y los oídos me quedan resentidos con un ruido fantasma.

En el camino de vuelta al departamento me dice que no le importa que lo echen. Que buscará otras productoras que necesiten de él. No piensa terminar el trabajo. Porque es divertido pero no lo llena.

Me abre la puerta.

Me dice que se llama Agustín y mientras me ayuda a entrar mis cosas, me pregunta de dónde vengo. Le respondo que no vengo de ningún lugar porque no existo en lugares. Le explico que igual existo, pero de otra manera. No lo comprende. Está de mal humor. Los seres humanos son muy limitados. Trata de sonreírme y me muestra el departamento como si no lo conociera. Pasamos por el cuarto, el baño y la cocina.

Antes de irme, me dice que fue muy interesante conocer a alguien como yo y que se dio cuenta de que no le gusta ser humano. Me pregunta si yo siendo tan evolucionado puedo hacer algo por él, por su limitada naturaleza. Está triste como cuando aquella mujer cierra la puerta. Lo miro a los ojos. En mis pupilas ve el reflejo de lo que yo veo. Se pierde en las imágenes que se superponen pero logra entender que hay un futuro esperándolo.

Ahora sabe y es consciente. Intuye que me conoce y entonces lo hace. Me da un abrazo y me voy de la misma manera de la que vine; sin hacerlo.

Explorador novato, por Ignacio Imbrogno

Esa mañana no fue como todas las demás. Era su primer día en el grupo de exploración. Desde la más temprana edad todos saben que mantener alta la reserva en los almacenes es primordial. Permite que el orden y la armonía sigan en pie.

Fue la primera vez que alguien tan joven ingresó en el grupo de exploración. Las normas sociales son muy estrictas. Sin la experiencia suficiente en los almacenes no se puede ser explorador, recolector y menos aún, soldado. Pero por sus aptitudes, valentía y criterio en el aprendizaje tuvieron que hacer una excepción a las reglas. Se creó una nueva categoría: explorador novato. Destinada a que los jóvenes calificados tengan una experiencia temprana en el campo de acción.

La noche previa estuvo plagada de ansiedad y expectativas. Sabía que había mucha fe depositada en él y no quería defraudar a la comunidad. Llegó al cuartel minutos antes de que amanezca y se dirigió a su nuevo grupo. Mientras atravesaba los túneles que lo llevaban al nuevo puesto, miraba los almacenes. Soñaba con ser capaz de colmarlos de alimentos. Soñaba poder ser el mejor soldado de la comunidad. Soñaba con dirigir todo un ejército. Caminaba y soñaba.

La primera tarea fue despejar una zona que sufrió anegaciones a causa de una tormenta. El grupo estaba formado por treinta exploradores y cinco soldados. Estos últimos protegían al grupo y bajo ninguna circunstancia se rebajarían a  despejar obstáculos de los caminos.

Nunca imaginó que resultaría tan agotador. Siete horas seguidas de quitar ramas, piedras y obstáculos del camino. No era la misión que él imaginaba. Quería luchar, vigilar o encontrar intrusos husmeando zonas no permitidas. Pero no. Aunque hayan transgredido las normas para incorporarlo a la nueva categoría, no lo expondrían a un peligro mayor. Lo consolaba pensar que los batallones más grandes, dedicados a la obtención de recursos, llevarían más rápido el botín a la aldea. Así veía su aporte como una parte fundamental en la mantención y subsistencia de la comunidad.

Había pasado media hora más cuando el capitán de la expedición ordenó terminar con las tareas. El grupo se alertó. Faltaban un par de horas para culminar pero los guerreros habían informado que la colonia estaba siendo atacada y necesitaban a todas las unidades para defenderla.

Emprendieron el retorno a toda velocidad. La intensidad de la vuelta lo cansaba. No conseguía recuperar el aire y por más rápido que corriera no alcanzaba a su grupo de trabajo y, menos aún, a los soldados. En momentos de crisis lo principal es defender la aldea. Nadie se detendría a esperarlo. Luego de unos minutos de trote hacia la base, dejó de ver a su último compañero. Estaba sólo. Perdido. El miedo, el cansancio y la excitación no le permitieron encontrar las huellas claras que dejó el grupo en el repentino regreso.

Demoró unos minutos en llegar. Al doblar el último codo del camino principal, la imagen lo devastó. Toda la aldea estaba destruida. Los almacenes, los túneles y su  cuartel fueron arrasados. Vio muertos en todas las direcciones. Distinguió al jefe de la expedición y luego a todos los compañeros agolpados, sin vida, en la entrada principal. Continuó unos pocos pasos más, pero la desolación del paisaje lo detuvo. Entró en pánico. Si alguien había salido con vida de esa catástrofe se había ido hacía rato. No era posible permanecer ahí. Dio la vuelta y volvió corriendo sobre sus pasos, hacia el sendero. Mientras lo hacía escuchó una risa detrás de él. Era un niño pelirrojo de unos ocho o nueve años que saltaba y zapateaba sobre su hormiguero. Saltaba y reía. Reía mientras él lloraba la destrucción de su colonia. De su casta. De su casa.

Van dos días y no sabe cómo continuar. Intentó comer algunas hojas que encontró tiradas, pero lo intoxicaron. Sólo logra beber de los charcos y por más que se esfuerce, no recuerda las técnicas de supervivencia que le permitieron ascender. No sabe qué hacer ni a dónde ir. Todo lo que conocía está muerto o destruido. Ya no se siente bendecido por estar con vida. Cree que es mejor estar muerto a vivir sólo, sin organización y esperando a que alguien lo mate de un momento al otro.

Radicarse en otro hormiguero no es una opción. Aún tiene presente la desconfianza hacia los intrusos y el celo por el territorio que tenían las hormigas adultas de su hogar. Entrar en territorio extranjero lo expondría con los soldados enemigos y lo matarían antes de poder explicar por qué está ahí. Es más sensato sobrevivir sólo y por sus propios medios que suicidarse de esa manera.

Mientras busca un refugio donde afrontar la noche lluviosa, piensa si no era  preferible morir como obrero a sobrevivir como explorador novato. Estaría muerto, claro. Pero lo hubiese hecho sin enterarse lo qué estaba pasando y, sobre todo, acompañado.

La raíz del problema, por Julia Taleisnik

Estaba sola en su casa, y no podía parar de contar los días. Miraba el calendario y la respuesta a su pregunta aparecía sola cuando contaba frenéticamente las semanas y los días. Veintiséis, veintisiete… cuarenta, cuarenta y ocho, cincuenta. Cincuenta días desde la última menstruación, el cálculo era infalible.

María esperaba la menstruación con alegría y ansiedad. Era el momento donde sentía que su cuerpo hablaba y se expresaba como mujer. Había logrado calendarizar su cuerpo y tener ciclos de veintiocho días, que ella consideraba perfectos y hacía transcendentes marcándolos en su calendario con sangre. Eran esos días donde no había sexo, se daba permisos con las comidas, se permitía faltar a la facultad y mentía para no ir a trabajar. Sus menstruaciones le recordaban que la vida estaba primero. Para eso, era necesario evitar los errores de los cuales no había vuelta atrás. María era un ejemplo de respeto a la vida.

Esa noche se encontró en el baño sin saber qué hacer. Parada desnuda frente al espejo se miraba y se gritaba reproches. Se preguntaba qué estaría pasando, si ella había tomado todos los recaudos necesarios: conocía a la perfección cualquier medio anticonceptivo, desde los médicos hasta los de sabiduría popular y eso era algo que no se le podía haber pasado. Las lágrimas del llanto desconsolado se mezclaban con las gotas de transpiración de esa noche de diciembre. María estaba alcanzando bordes que nunca antes había conocido.

Tiene treinta días, pensó y a los pocos segundos volvió a gritar, mirándose la entrepierna: sangre ya, por favor sangre. Buscó en el cajón un espejo de manos, el que usaba para depilarse las cejas, levantó una pierna, la apoyó en la pileta del baño y se miró. Hizo fuerza, le susurró a sus entrañas y respiró profundo antes de volver a contraer los muslos y la pelvis. Su cuerpo tenía que escucharla, su cuerpo tenía que sangrar, el espasmo tenía que doler y la sangre tenía que manchar. Pero no sangraba y no dolía y no manchaba. Escuchó un ruido en la casa, había creído que estaba sola.

María tiró los últimos calendarios al suelo, repasaba sus últimos movimientos y pudo encontrar la fecha que la había arruinado. Armó una rayuela de calendarios con los cerámicos del piso del baño. Comenzó a saltar, para que el útero afloje y largue todo lo que tenía contenido. Pero el útero no respondió. Se sentó en el piso nuevamente. Estaba agotada.

María, vos sabés qué tenés que hacer. Escuchó una voz que le hablaba. No le hizo caso. El baño era demasiado grande y le daba vértigo, sentía que las paredes se movían y se le venían encima. María, se hace tarde; volvió a escuchar la voz y miró para sus costados y por la rejilla del piso. Quién le hablaba, quién estaba ahí, pensó. ¿Acaso era su papá? Hacelo, estoy con vos, volvió a escuchar. Pero no pudo reconocer la voz. María bajó la tapa del inodoro, y luego de arrodillarse, apoyó sus brazos sobre el mismo, y rezó por última vez, pidiendo ponerle fin a su sufrimiento y al horror que cargaba en su cuerpo. Mientras le rezaba, se dio cuenta que desde aquella oscura noche no le hablaba.

El baño permaneció en silencio, y María miró a su alrededor de nuevo. Estaba la escobilla del inodoro, el peine, su cepillo de dientes y el cajón entreabierto dejaba a la vista una vieja hoja de afeitar. Notó que el uso la había oxidado, probó su sabor con la punta de la lengua y su filo sobre su dedo índice. Tuvo que hacer fuerza para que cortara y el tajo fue perfecto e indoloro: un tajo de un centímetro en menos de un segundo le hizo recobrar la sonrisa a María. Había encontrado la solución a su problema.

Volvió a subir la pierna al lavatorio y se vio feliz frente al espejo. Estaba transpirada y tenía la cara roja por el llanto. Encontró un ángulo perfecto donde veía contra el espejo todo su sistema: estaba hermosa y cuidada, como siempre, pensó, mientras se acariciaba con la Gillette suavemente toda la zona. Tomó aire. Efectuó el primer corte: profundo y doloroso. Efectivo, abría el paso hacia la raíz del problema. María tomó la Gillette con una mano y con el pulgar y el índice de la otra separó los labios menores. ¿Siempre habían sido tan grandes y flexibles?, se preguntó. Los miró y acarició. Supo que tendría que sacarlos del medio para que no interrumpan y los cortó. La piel era dura pero con un poco de fuerza pudo separarlos del resto del cuerpo. Pudo sentir cómo la piel se desprendía y la sangre corría. Uno de ellos cayó entero sobre el suelo pero al otro tuvo que destrozarlo por partes. La carne ensagrentada caía en el suelo como gotas y se esparcía como polvo. La primer parte del trabajo le dejó las manos llenas de sangre fresca y roja. Se limpió en las piernas. Nunca pensó que la piel absorbería tan bien un fluido tan denso.

Volvió a mirarse. El camino estaba despejado. Intentó entrar de a poco, pero el músculo era resistente. Cortaba con fuerza. El trabajo era lento. Empezaba a impacientarse. Ya le ardía la piel viva y la transpiración no le daba tregua. Se secó la frente con las manos llenas de sangre y se acomodó el cabello para atrás.

Decidió desgarrarse para poder terminar el trabajo. Cortó a los lados y en cuanto tuvo espacio, tomó aire, cerró un puño, se lo metió e hizo fuerza para los lados. El grito del dolor le salió desde lo más profundo y la dejó tirada en el piso. Siguió gritando mientras respiraba agitada. Se sentó apoyando la espalda en la pared, separó las piernas. María tenía que llegar a la raíz del problema y estaba cerca de su salvación. Entró con la Gillette por última vez: esta vez el espacio sobraba. Una hoja de ocho centímetros cuadrados alcanzó para raspar hasta romper todo lo que tenía adentro. Sintió que había tocado el monstruo que cargaba en sus entrañas. Siguió raspando, sintiendo con placer cómo quedaba vacía. Veía los pedazos salir por el enorme agujero, la sangre espesa se colaba entre sus dedos y se desparramaba formando canales por el suelo.

La luz que reflejaba el rojo en todo el cuarto creaba un espectáculo hermoso para María. Estaba cansada. Se recostó. Se relamió los labios, sintió el gusto salado de la transpiración mezclada sangre que le chorreaba por la cara. Intentó sacar la gilette de su cuerpo pero la perdió adentro. La buscó pero no la encontró. Le dolían las manos, sentía los dedos entumecidos. Había perdido registro de todo lo que pudiera existir debajo de la cintura. Ya no intentaba moverse. Suspiró. Dejó caer sus brazos cansados sobre el rio de sangre. Supo que el trabajo estaba terminado.

 

Primera vez, por Nicolás Fortunato

Personajes:

Ella
Yo
Mi madre

El exnovio pijudo de ella (de ella, no de mi madre, lo único que falta)

Tengo 17 años, uso jogging todo el día y estoy enamorado de mi mejor amiga. Hace dos años que la amo, pero ella no lo sabe. Hace dos años que mi primera vez es una escena en su casa, en su cama, ella arriba, yo abajo.  La escena se repite infinitas veces, con distintos niveles de detalle, hasta que acabo, me limpio y me duermo, todas las noches.

No quiero nada más en el mundo que a ella. La amo.

Bariloche, viaje de egresados. La beso una noche, borrachos. Transamos en Grisú hasta el amanecer. Volvemos al hotel. Me pajea, pero termino yo. La amo más. Creo que estamos de novios. Floto en el aire.

 

Primer intento. Mediodía, mi casa, mi cama. Me da vergüenza comprar forros. En el cajón, sin embargo, hay muchos: mi madre los compró para cuando los necesitara. Pero no quiero usarlos, porque tengo la sospecha de que mi madre revisa ese cajón periódicamente, para saber cómo viene su hijo.

 

Ahora estoy recontra caliente, estamos en llamas los dos, son las dos de la tarde y voy a buscarlos. Me da vergüenza también que mi madre sepa que cogí. No sé qué hacer, estamos los dos a full. No sé qué hacer, estoy desesperado. Quiero coger, los forros en el cajón, mi madre expectante, y ella ahí, desnuda.

 

Huele bien, besa mejor. No quiero coger con nadie más. No se puede coger con nadie más. No voy a coger con nadie más. No quiero que exista otra mujer en el mundo. No existe nadie más en el mundo. Es ella y nadie más. No entiendo nada.

 

No entiendo por qué está conmigo, acá, ahora, desnuda, al mediodía, en mi cama, en mi casa. Debería estar con el exnovio pijudo. Pero está conmigo. Ganó el manicero. La amo. La amo también por eso.

 

Al exnovio pijudo lo dejó hace unos meses. El pibe era un salame, dice.

 

Basta. La amo y está desnuda en mi cama. Es ahora o nunca. Cruzo la habitación en culo. Abro el cajón. Saco los forros. Abro la caja. Corto uno. Vuelvo a la cama, con mi maní en llamas. Ella desnuda, en mi cama, en mi casa, al mediodía. La amo.

 

Me pongo el forro y se me baja. No se me bajó al toque sino que se fue poniendo blanda y ella estaba arriba intentando metérsela en la concha, pero no podía.

-Necesito que esté más dura- me dijo y yo no entendía lo que estaba pasando.

 

Se acuesta al lado mío. Me saco el forro de mi pija muerta. La beso sin ganas. No entiendo nada.

 

No se me paró en toda la semana. Se lo cuento a ella: -No se me para- le digo, -no se me para con nada-. Ella se ríe y me dice que es normal, que nunca le había pasado pero que es normal y yo no sé si me está jodiendo o qué, no entiendo nada, pero la amo, la amo como a nadie más.

 

Segundo intento. Ahora ella está arriba, yo abajo, es mi cama, en mi casa, es domingo, y yo me encierro con ella en mi habitación y le digo que ya fue, que garchemos sin forro, que total no pasa nada. Ella se sorprende, me pregunta qué cambió, y yo le digo que nada, que así es mejor, que no hay problema.

 

Pero yo sé que ésta es mi última oportunidad de una primera vez con ella porque nos vamos de vacaciones en un par de días, no nos vemos por un mes, y sé que todo se va a ir al carajo, y que nada va a ser lo mismo, que nos reímos juntos pero yo más, que le pasan cosas pero hasta ahí, que yo la amo, pero ella a mí no.

 

Y sé que, cuando vuelva, me va a cortar. O no, quizás me deja por mail porque conoció a alguien en la playa. O no, quizás me deja de hablar y no me contesta el teléfono. O no, quizás no la veo nunca más en mi vida. O no, quizás me pide que sigamos siendo amigos, que hagamos como si nada hubiera pasado, que nos llevábamos tan bien y mejor seguir así, que la cagamos.

 

Sin forro, y ella está arriba, yo abajo, en mi cama, en mi casa, un domingo a la tarde, y yo no entiendo nada.

 

Se la meto (o ella se la mete adentro) y a mí me duele la pija. Se siente caliente y húmedo y me duele y ella se mueve y yo no lo puedo creer y no entiendo nada.

 

Quizás le toqué las tetas, quizás le chupé las tetas, quizás intenté moverme, quizás me dolía mucho.

 

No acabé, ella se secó antes y salió (se la saco de adentro) y yo no lo podía creer, no entendía nada, en mi casa, en mi cama, un domingo. La amo.

La continuidad de los sueños, por Diego Martiniano

La escena está suspendida. Es de día. Un buey solitario arrastra una carreta. La carreta está llena de heno. Encima del heno descansa la hoz. La hoz es de quien cosechó dando muerte a esos pastizales. Esa persona no está. Se ven verdes colinas. Colinas en las que podrían correr y pastar caballos salvajes. Un sendero las atraviesa. Por el sendero, a lo lejos, se divisa la figura de un arriero. El arriero lleva otra hoz y su rostro muestra preocupación. No es el dueño del buey que acarrea los pastizales muertos. El dueño del buey es Dios.

La escena ahora cobra vida. El buey respira plácidamente. Cerca de las ruedas de la carreta revolotean felices dos mariposas azules. A  lo lejos, aun se distingue la figura del arriero. Ahora su rostro denota una profunda tristeza. El arriero camina hacia una casa. De la casa solo se ve el techo. Se encuentra en parte oculta detrás de una de las colinas.

Con movimiento y continuidad, la escena causa la sensación de destierro y desamparo. El buey está solo, se lo ve conforme y hasta feliz. Posee una mirada inteligente, la mirada de un hombre. Un hombre de ideas, un hombre sensato con los pies en la tierra. Un hombre que arrastra la culpa y fue castigado. Condenado a cargar con el fruto de la naturaleza.

El buey abraza su destino y da la espalda al arriero que a lo lejos continua caminando por el sendero hacia su hogar. Sus rumbos son distintos y ambos transitan su camino sin saber nada del otro.

El arriero llega a su casa. Su mujer no está. Sus hijos no están. Todo es silencio en el hogar. En el recibidor encuentra a la paloma mensajera. La paloma es blanca y fría como la nieve. Viene de otras tierras, lejanas y gélidas. El mensaje es confuso. El arriero lo lee una y otra vez antes de partir. La simbología es extraña pero desde que sus ojos entran en contacto con la tinta del papel los sonidos resultantes se suceden en su mente. Comprende lo que lee aunque no logra entender cómo.

Parte a caballo. Cabalga de día y duerme de noche. Las colinas se convierten en llano, el llano en estepa, la estepa en roca y la roca se eleva. Ha quedado atrás su pasado de arriero. Su hoz fue abandonada. Su hogar ya no existe. Lo que empezó como un sueño se convierte en su realidad. Su pasado es un viejo sueño ya olvidado. Solo lo mueve la urgencia y la seguridad del mensaje recibido. Ahora es simplemente un hombre.

El hombre continua avanzando. Las noches son mas frías. El caballo sufre el desgaste de las temperaturas y las distancias recorridas en terrenos hostiles. Por las noches, el hombre sueña con la fuente. Esa fuente de la niñez por la que la doncella pasea. En la que los cisnes se bañan. La fuente custodiada por las gárgolas de sonrisa demente que alguna vez también fueron hombres. Sueña con la fuente en verano y despierta. El clima nocturno es helado pero no siente frío.

Continua avanzando con la única certeza de una dirección. Una noche despierta con las reminiscencias estivales de su sueño: el de la fuente con la doncella, los cisnes y las gárgolas sonrientes. Descubre que su caballo ha muerto. No hay espacio para el razonamiento. Cercena al caballo, guarda algo de carne en su bolsa de viaje y continua a pie.

Luego siguen días, quizás semanas. El clima es cada vez mas helado e impiadoso. El hombre ahora gatea. Las palabras del mensaje resuenan en su mente. Las escucha y las repite en voz alta. Escucha su voz y no entiende lo que dice. Todo se nubla, pierde el conocimiento.

Despierta con el movimiento. La tierra se bambolea. Siente un calor agobiante y el olor es nauseabundo. Huele a animal. Animal grasiento, transpirado y sucio. Una manta de lana cubre su cabeza. Al quitársela, asoma su rostro y descubre que se encuentra sobre el lomo de un animal de carga. La bestia respira bufando ruidosamente y camina tras otro animal. Ambos son arriados por un peregrino. El peregrino avanza por un sendero pedregoso entre riscos. Hay precipicios a ambos lados. El calor, el movimiento y el olor de las bestias lo adormecen.

Sueña plácidamente con una princesa persa. La princesa sostiene entre sus brazos a un cerdo para el sacrificio. La piel del cerdo contrasta con la de la princesa. Las imágenes de la princesa y el cerdo se ven dentro de un espejo. El espejo devuelve el reflejo del hombre. Tras la princesa el hombre también ve la fuente, las gárgolas sonrientes, los cisnes, la doncella y mas allá el buey, el heno, la hoz, la casa.

Antes de despertar la princesa pregunta: ¿Qué harías si supieras que todos los espejos mienten?

Despierta. Es de día. Es consciente de que está donde debe estar. Siente felicidad y su rostro lo refleja. Es dueño de una mirada inteligente, acepta su destino con desenfado y en soledad. Cerca revolotean las mariposas azules. A sus espaldas está la carreta, sobre la carreta el heno y encima descansa la hoz.

 

John Flower, por Joaquina Be

Me visto para mis fracasos mejor que para mis aciertos. Voy vestida para vos, con un short apretado de cuero y la remera que tenía puesta el día que nos conocimos. Entro al oscuro cubo musical donde alguna vez te vi por primera vez. El olor a vacío es familiar. En un escaneo mental del lugar ubico tu posición. Soy un misil teledirigido objetivado a captarte.
Pero no me ves.
O hacés como no me ves.
No importa. No estoy ahí para verte. Lo repito dos o tres veces hasta que llega a sonar real. Compro una lata de cerveza que porto conmigo como carta de presentación que imita la cordura. Estuve en este lugar tantas veces que por momentos ya no necesito estímulos para sentir: mi cuerpo puede recrear todo eso por sí solo. Un par de tragos más logran, de todos modos, que las paredes que separan a mi ser de las vibraciones no tarden en cansarse y ceder. Me vuelvo una con los sonidos. Un desconocido me ofrece medio cartón. ¿Pega? Se ríe, ridículo, con las mandíbulas tintineantes. ¿Vos qué creés?No, gracias. Capaz más tarde. – Vos te lo perdés, bonita. Le sonrío. Intento recordar qué soy o qué vine a ser esta noche. Se reproducen en mi cabeza tus pestañas; tus dedos flaquitos, bien flaquitos, y todas esas cosas que dije que ya no iba a recordar. Retomo los movimientos repetitivos que se asemejan a algún baile. Y bailo. Bailamos por separado. Cierro los ojos e igual te veo. ¿Por qué? Si yo no te quiero ver mientras no me estás mirando. Champagne. Más champagne. Me acerco a vos cuando voy a comprar la segunda botella. Las manos me tiemblan. Transpiro. Te toco el hombro. Hola. – Hola. No sé qué decir. No sé por qué hice eso. Antes de que llegue a pensar en las razones lanzás un ¿Todo bien? tan despreocupado que es inevitable preocuparme. Titubeo. Sí, ¿vos?Bien. Uno de ésos silencios llena el aire. Una persona se tiene que ir de ahí. Esa persona soy yo. Te observo desde lejos y los deseos de que hagas algo me desgarran la cordura mental. Que digas algo. O que no digas nada. Que simplemente te acerques o me mires bastaría para recordar que soy un ser que existe. Aunque mi autonomía esté ligada a la tuya. Me meto media pastilla picada por la nariz. Así sube más rápido. No recuerdo quién me enseñó eso. La sensación del polvo entrando en mi torrente me devuelve una parte de mí que nunca encuentro cuando aún estoy algo lúcida.
No hay amor, en las noches de antros oscuros y miradas encandiladas.
Hay Apple Verdes, hay Delfines Azules, hay Corazones Amarillos, hay Rolex Blancas, hay Playboy Rosas.
El subidón llega más fuerte y me olvido de las razones y de las no razones. Toda esa gente que va por ahí diciéndote que no mezcles pastillas con alcohol no sabe nada.
Nada.
Mi corazón a ritmo tambor indica que todo va bien. Lo único que escucho es su alineación con las 135 pulsaciones por minuto de la música, silenciando mi cabeza, silenciando mis sentidos para volver a llenarme de toda esa energía que se desborda de mis dedos transportándome a donde en realidad quería estar.
Somos parte de las luces.
No hacen falta estrellas cuando tenemos esta eternidad que sólo los que estamos ahí entendemos. Creamos nuestra propia corriente de emociones desalineadas. Somos los pedazos vomitados de la cena de nuestros padres, ésos padres que nos pusieron el nombre del abuelo por tradición, esperando que sirvieran como garante de nuestro buen futuro. La corriente de la contracorriente. Y entre tanta luz, se acerca un sentimiento que puede ser sólo una idea.
Necesito tomar algo más.

Le pido al pibe de antes el cartón que me había ofrecido. Tiene sabor, mucho sabor, muy amargo. Seguro esa mierda está cortada. Me acuerdo de que mi abuelo me decía siempre que no acepte regalos de desconocidos.
Me lo quedo igual.
Bajo el sabor asqueroso con más champagne. No sé de dónde sale pero siempre tengo un vaso en la mano.
¿Seguís ahí?
¿Por qué?
Entre las luces, con tu cuerpo que se enciende y se apaga, puedo ver tus vibraciones. Puedo sentir tu respirar aunque estés a personas de distancia de espaldas a mí. Algo de que existas me reconforta. Hasta que me nublo, cuando te veo con otra persona que no soy yo, ni se parece a mí, pero a quien sin embargo le das todas esas muestras de afecto que nunca me diste.
Soy ridícula. Los efectos comienzan a desvanecerse. Una parte de mi ser vuelve pensar, mientras la otra parte toma el control y la calla con más champagne.
Ya no veo bien. Quiero escaparme a una realidad que compartamos. Agarro a la primera persona que tengo cerca del brazo. Auxilio mecánico. ¿A dónde vas hoy después?¿Cómo?¿Que a dónde vas, digo, cuando salgas de acá? El tipo se ríe. Todavía no lo pensé, recién son las tres. – Si querés nos podemos ir juntos. Por mí está bien. Le doy uno de esos besos sucios y sedientos que esperan que los echen a patadas. No lo hace. Noto la diferencia entre el ph de su saliva y el que recuerdo como tuyo.
Necesito tomar algo más.
En su auto camino a su casa me ofrece otra pastilla, dice que son traídas de afuera. No le creo, pero igual acepto, porque ya fue. Porque es lo que hay. Porque si estás en el baile tenés que bailar. No me dijiste cómo te llamás. – Sí te dije. – ¿Cómo era?Me llamo Juan Flores, pero no me gusta mucho, así que prefiero que me digan John Flower, viste, como que tiene más onda.
John Flower tiene un auto de alta gama, está un poco pelado y es un poco más idiota de lo idiota que me siento cuando me miro en el espejito de copiloto del coche y veo mis ojos, igual de tristes que inexpresivos. Se les marcan las venitas rojas y no saben si quieren descansar o seguirla pero ante la duda, mejor alucinan. Veo mejor y noto como todos mis poros se resaltan imponentes en mi piel, como marcas de tiempos que aún no sucedieron, mientras mis pecas se reacomodan de un lado a otro entre mejilla y mejilla. Paseo la vista por cada lado de lo que el reflejo me deja ver, a la vez que tiemblo. El tipo cuenta una historia que no sé por qué empezó a contar, aunque creo, segundos antes, haberle pedido que me dijera algo para distraerme. Seguimos fumando porro a velocidad linyera. Interrumpo el relato para preguntarle: Qué es más intenso, ¿la droga o el amor? No contesta.
Mi cuerpo flota ya no tan frágil sobre el asiento. El parabrisas se nubla y parece que estamos en nuestra pequeña realidad ajena, hasta que me acuerdo de vos porque al imbécil de John Flower, que no se puede quedar callado ni medio segundo, se le ocurre preguntarme por qué fui a ese lugar esa noche.
Es la vulnerabilidad propia del exceso de sustancia la que articula las palabras: mi consciencia moduladora de información está completamente sedada. ¿Querés la historia larga o la corta?La que sea. Elijo la larga. Es ésa estúpida idea, que casi cataloga como necesidad: pensar que algo que pasó vuelve a existir sólo por estar contándolo. Me enferma. Le cuento todo lo que sé de vos, todo. Hasta le hablo del lunar que tenés a la derecha de tu nariz. ¿Se piensa que me va a venir a joder a mí? Yo ya estoy jodida. Y ahí finaliza la historia, mi historia. La historia de la noche antes del resto de la noche. Hay un instante de silencio en el que comienzo a reír sola, sin parar. John Flower también se ríe, porque él se ríe de todo lo que digo. De vez en cuando me mete su mano por abajo del short y casi parece que quien tiene el control en todo este circo situacional es él. Cierro los ojos y me voy a otro lugar donde hay colores más brillantes que los de las luces de los semáforos o los de todos esos lugares que frecuento. Los vientos que amenazaban con tirarme ahora me acarician, fríos, pero no tanto. Mis arterias se despiertan y revolotean. Estoy viva. Por primera vez en mucho tiempo. Aunque no sé si pueda volver al otro mundo, al de los vivos, así. No sé ni por qué me está cogiendo este tipo que ni siquiera precisó usar el chamuyo de que soy demasiado inteligente para mi edad para tenerme en cuatro en su cama. En un atisbo de lucidez pregunto: ¿A dónde estamos?¿Qué?¿A dónde estamos?En mi casa. La discusión sobre si me quedo o me voy se prologa más de lo necesario mientras empiezo a marearme y sentir náuseas. El aire pesa. Me doy asco. Lo convenzo de que me lleve a mi casa con la excusa de que igual podemos coger, que vivo sola, que igual no es tan lejos, que tengo más pastillas. No es hasta el último porro en el coche que bajo del todo a Tierra. Por Av. Libertador volviendo a Capital, ahí, con el sol pegándome por la ventanilla en los ojos, empapándome de una luz que carezco, no puedo hacer más que sentirme vacía. Totalmente vacía, vacía hasta el fondo, hasta que dudo de la propia existencia de carne debajo de mi piel.
John Flower insiste con que le de mi celular, o mi nombre o algo. Le sigo diciendo que no, hasta que por fin larga un: ¿Sabías que no tenés una dureza a la altura de tu agresividad, no?  Yo me río y río y río y río. Hasta que la risa choca con su propio eco y surge en mi cabeza una idea tan tentadora que no puedo hacer otra cosa más que seguir alimentándola. ¿Qué hacés, cuando no querés repetirle esta historia contada ni a vos mismo, pero no podés, porque la historia ya está ahí? La sabés. La sé. ¿Por qué no acelerás un poco? John Flower se limita a mantener la mirada fija en la avenida. ¿Y? Yo quiero que este sea el lugar en que entierre mi presente conmigo. ¿Qué hacés? Pego un volantazo que apenas logra chocarnos contra el cordón de la vereda. ¿Qué te pasa pendeja, estás loca? Sin mirarlo, prendo un cigarrillo mientras imagino un mundo en que el humo que me entra por los pulmones es producto del motor del auto y no del tabaco. Bajate acá, me cansaste. Cierro la puerta de un portazo. Cuando noto que se alejó lo suficiente, me desplomo en el cordón. Ya no me importa llegar a casa. Las náuseas vuelven y esta vez cedo ante ellas. Sale de mí el champagne, la birra y hasta el arroz que había comido unas diez horas antes. Sale de mí todo ese relleno que en realidad era vacío. Mis músculos vuelven a pesar. Es un efecto, repito. Una, y otra, y otra vez. Ya se va a pasar, es un efecto: ninguna sustancia es eterna. Me acomodo como puedo en el hueco de la calle que tomé como mío, abrazo mis piernas y dejo que mi cabeza descanse sobre ellas mientras pienso en qué bueno hubiera sido si me hubieses venido a buscar, o simplemente me hubieses saludado en la fiesta. ¿Pensás en mí? Ojalá no me vuelva a despertar. Poco a poco me voy durmiendo ahí, sentada, mientras sólo pienso: quiero que me quieras, quiero que me recuerdes, ¿pensás en mí?