“Fiebre en Buenos Aires”, por Tirso Camilo Fernández

En tercer año del colegio hicimos un viaje de estudios a Buenos Aires. Algunos iban a Península Valdés a ver ballenas; nosotros a la capital a visitar un obelisco, un barrio, un cementerio y un teatro.

El día que tocaba ir al Colón yo me hice el enfermo: me froté los ojos para que se pusieran colorados, fruncí un poco el ceño y puse voz agonizante. Le dije a la directora que me sentía mal, que quería quedarme en el hotel.

-Además creo que tengo fiebre –dije 

Es bastante estúpido decir que uno tiene fiebre si no es verdad porque es muy fácil comprobar la mentira.

El profesor de educación física también nos acompañaba. Se acercó y me tocó la frente. Me miró a los ojos y miró a la directora.

-Sí, está bastante caliente –le dijo–. Vayan al teatro que yo me quedo a cuidarlo.

El colectivo estaba en la puerta, todos los chicos haciendo lío en el lobby, y el tiempo justo.

-Bueno, vamos –dijo la directora antes de arrear a mis compañeros al micro.

El profesor me tocó la frente primero y la nuca después.

-Vamos a tu habitación así te das un buen baño.

El profesor tenía poco más de 30 años y era el más querido por los alumnos. Era piola, hacía chistes, nos entendía cuando le hablábamos de algún problema. Por eso el curso lo eligió por unanimidad para que nos acompañe.

Al llegar a la puerta –me acuerdo que era la última de un pasillo, a mano derecha– me frené.

-Gracias profe, ahora me baño y me acuesto a dormir.

-No –me dijo–. Vamos que quiero asegurarme de que estés bien. Tenés bastante fiebre, estás caliente.

Entré al baño, la puerta quedó abierta, el profesor quieto en el vano. Me saqué la ropa hasta quedar en calzoncillos y abrí el agua. Miré al profesor para indicarle que ya estaba bien, que me iba a bañar. Lo miré, pero no le dije nada. Él me respondió con un ademán señalando la ducha, y se quedó en su lugar.

Me terminé de desnudar y me metí. No había cortina, sino que era una mampara transparente, apenas empañada, pero no lo suficiente. Me bañé dándole la espalda. Primero me enjaboné el cuerpo de arriba hacia abajo y después me lavé la cabeza, como hice siempre.

Tenía el cuerpo erizado de nervios y no me animé a darme vuelta mientras duró el baño. Cuando apagué el agua y giré para buscar la toalla encontré a un metro de mí al profesor, toalla en mano, con los pantalones en los tobillos, y con toda su hombría en alto, firme. La puerta estaba cerrada y el vapor hacía traspirar a las paredes. Se acercó, me cubrió la espalda con la toalla y miró su erección en pompa. Yo me arrodillé en la alfombra del baño.

No sé cuánto tiempo duró eso. Recuerdo mi miedo de rasparlo con los dientes, de lastimarlo. Y me acuerdo de que se estremeció justo antes de terminar adentro mío.

Cuando salió de mí, me acarició la cabeza como a los perros.

-Escupí en el lavamanos y lávate los dientes –me dijo.

Así lo hice. El profesor se subió el calzoncillo y el pantalón y me dijo que ahora sí me vaya a dormir. Él se fue de la habitación.

Estuve un rato parado en el baño, tapado con la toalla, temblando. Me sentía sólo y confundido. Pero más que nada, me sentía terriblemente solo.

Me sequé el pelo, me puse una remera y me metí en la cama. Antes de dormir me masturbé pensando en él.

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