Hoy escribo, Por Maximiliano Cosentino

Hoy escribo. Hoy elijo escribir, leer y no hablar, para recordarme que hoy escribo. Antes también escribía, pero académicamente. El formato paper: pregunta, hipótesis, argumento uno, argumento dos, argumento tres y conclusión. Una maquina. Una maquina que reproducía el formato hasta el cansancio. Una maquina con un único objetivo: producir textos para entrar a Conicet. No había cuerpo, no me pasaba nada, no vibraba. Hoy me emociono al elegir cada palabra, hoy me veo reflejado en el texto. Algo cambió, algo se hizo más propio, algo en el cuerpo. Por eso, hoy escribo.

Conocí a Juan en en bar Duarte. Era por lejos el peor momento de mi vida. Sin referencia, sin techo ni piso. Quizás fue eso lo que me guió a preguntarle a Lucas por un taller de escritura, quizás fue eso lo que me conectó con algo más íntimo. “Sí”, me dijo, “un amigo está armando uno”. Terminó de decir esas palabras y Juan apareció como por arte de magia con un trago en la mano. “Él es Juan. Maxi quiere empezar a escribir”. Juan se sonrió, no lo dudó ni un segundo: “vení a mi taller, el Cuaderno Azul”. Le agradecí, pero le expliqué que no tenía un mango. Me repitió que vaya a su taller, que iba a ser su becario o que se lo fuera pagando a lo largo de la vida de la forma que quiera o pueda. Hasta ese momento, todos mis esfuerzos estuvieron orientados a presentarme, a armarme un curriculum vitae para que Conicet me diera una beca. Había escrito cientos de ponencias, artículos, reseñas para Inglaterra, clases, hice todo el caminito del buen puanner, pero los evaluadores no me aceptaron la solicitud. ¿Quién es este chabón que me está becando sin conocerme? Quizás para Juan (perdón si te incomodo) ese ofrecimiento entraba en una lógica que yo desconocía. Quizás ni se acuerda de ese día. No importa, yo voy a recordarlo por los dos. Por primera vez en mi vida me daban una beca y sin hacer nada para agradar a nadie.

A los pocos días me llamó por teléfono, me dijo que el taller era ideal para mí, para gente encorsetada en el formato académico. Le dije que nunca había escrito, “mejor todavía” respondió y cortó.
Es difícil reponer todo lo que aprendí en el Cuaderno Azul. Mucho de ese aprendizaje no se puede traducir en palabras. Si tuviese que rescatar una cosa, entre tantas, sería que volví a jugar. Dejé de lado la supuesta seriedad de los textos y jugué, jugué mucho. Y todos sabemos que jugar es más divertido de a muchos que solo. Jugamos todos. Nos divertimos mucho con los que están y los que se fueron. Me acuerdo de un sábado a la mañana inventando neologismos con la palabra “pija” y “concha” para el cuento “Limón derrideano”. ¿Cómo explicar esa emoción aniñada? ¿Cómo dar cuenta de ese encuentro?
Escribir es jugar, pero también confiar y trabajar. Trabajamos mucho los textos y entre todos se armó un clima de confianza. Todavía persistía el miedo cuando hicimos la muestra de fin de año. ¿A quién le va a gustar esto? Y resultó que le gustó a un par de personas. “¿Viste qué lindo que te lean?” “Sí, Juan, es muy hermoso”.
Un maestro es alguien que te ayuda a encontrar un rumbo propio, una voz auténtica y no una repetición. En todo el camino que recorrí con el Cuaderno Azul aprendí a escucharme, a ver qué me gustaba escribir, qué me hacía vibrar. Ahí fue apareciendo la poesía. Todavía no entiendo cómo fue –nunca lo hubiese imaginado-, pero es lo que más disfruto leer y escribir. Y si la tarea del maestro es la de abrir la puerta, la del alumno es cruzarla. Hoy escribo que voy a cruzar esa puerta con la tristeza de abandonar lo que nos hizo crecer, pero con la alegría de descubrir un mundo nuevo. Hoy, más que nunca, escribo.

Gracias a todos por esta experiencia.
Los quiero mucho.

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