“Chancha” de Yael Tejero

Con los lápices de colores había que ser muy cuidadosa y tratar de no cambiar la dirección del trazo. El maestro Mac Entyre me lo había enseñado cuando apenas tenía cinco años. Con las acuarelas era diferente. Podía hacer manchas y girar con el pincel para el lado que quisiera, aunque a veces me quedaba mucho tiempo en el mismo lugar de la hoja hasta que se humedecía. Yo acompañaba a mi tío a sus clases de pintura y mientras él recibía su lección, el maestro me daba alguna consigna. Pasar de los lápices a las acuarelas me había puesto muy contenta, pero como el tío iba muy tarde y yo sólo tenía cinco años, mi mamá decidió que no fuera más.

Cuando empecé primer grado, conocí a Vicky, la profesora de plástica. Nos gustaba mucho esa materia, decíamos que era como tener tres recreos juntos. Uno antes de la clase, otro después, y los cuarenta minutos con Vicky, que nos enseñaba a trabajar con arcilla, tergopol, papel maché y cartulinas. Lo que más me gustaba era la arcilla. Sobre todo cuando Vicky se encargaba de vaciar las piezas que habíamos armado para enviarlas a hornear. Habíamos empezado con máscaras. Luego pasamos a las tres dimensiones y pudimos esculpir cabezas. Finalmente logramos sacar cuerpos enteros a partir de un bloque del tamaño de un ladrillo. Con el trozo de arcilla que nos tocaba podíamos hacer y deshacer, mojarnos los dedos, empastarnos y amasar hasta saber qué forma darle. Mientras tanto, imaginábamos de qué color pintaríamos la pieza cuando volviera del horno. Si nos equivocábamos, bastaba echarle un poco más de agua y reformar. Había otra alternativa: cortar y volver a coser con la espátula. Si se terminaba la clase, lo cubríamos en una bolsa de nylon para evitar que se secara. Teníamos que tener mucho cuidado con eso. Vicky se enojaba mucho si no le prestábamos atención. Gritaba muy fuerte, con todos sus pulmones. Los enojos de Vicky, su histrionismo y su voz se escuchaban en todo el colegio. Incluso en la sinagoga de al lado. Los vitrales se estremecían indicando que Dios tenía voz de mujer y además, tenía voz de Vicky.

En ese mismo colegio conocí a Adrián. Adrián era un nene muy lindo. Tenía el pelo negro y lacio, medio llovido. Seguro que si le pasabas la mano de un lado al otro de la cabeza se sentiría recontra suave. Lo más lindo de Adrián eran sus ojos, medio chiquitos, medio achinados, medio verdosos. Su boca era muy pequeña y tenía un hoyuelo en el mentón, como su papá. Seguro que se comía las uñas, porque las tenía muy cortitas, y algo de la piel del dedo sobresalía en altura. La primera vez que Adrián me preguntó si quería ser su novia, yo estaba terminando primer grado y su prima Magalí se iba a vivir a Israel con su familia. Como Magalí y yo éramos muy amigas, mi mamá organizó una despedida en casa, a donde vinieron muchos nenes y nenas a jugar junto con sus papás. Adrián tenía un año más que yo y un hermano en mi grado. Así que ese día, él también estaba en casa. Armamos grupos, los desarmamos, corrimos por toda la pieza y jugamos a las escondidas.

En un momento, mis amigas Laura y Mariana agarraron mis marcadores de todos los colores envueltos en el estuche de plástico y comenzaron a escribir en un cuaderno Rivadavia que yo tenía por ahí.

-Entonces –dijo Mariana con gesto de líder- a vos te toca con Luciano. A Maga con Matías, a Deby con Uriel, a Laura con Nico y a mí con Adrián.

Fue la primera vez que me tocó bailar con Luciano. Al año siguiente, yo sería su dama antigua un 25 de mayo. Me dio pena. Había que aceptar las reglas del juego.

-¿Pero qué vamos a hacer?- preguntó Uriel- ¿Para qué son las parejas? Si no sabemos a qué vamos a jugar…

-Vamos a jugar a eso, a las parejas.- respondió Mariana como si nada más debiera ser explicado. Mientras Uriel intentaba comprender, todas comenzamos a buscar ropa de grande para disfrazarnos. Yo le abrí el primer cajón de la cómoda a mi mamá y saqué seis hombreras que repartí entre las nenas. A todas se nos caían de los hombros porque no llevábamos corpiño. Pero insistíamos. Nos pusimos unas polleras largas que en realidad eran cortas, pero nos llegaban casi por los tobillos. A Magalí, que era la más chiquita, se le caían.

-Ponete esto, mirá -dijo Deby, sacando un cinturón de Sarah Kay de mi placard.

-Es re lindo -dijo Maga, sugiriendo que era tiempo de regalárselo.

Todas logramos sujetarnos las polleras con algún cinto. Había otros motivos: uno de Frutillitas, otro de Le môme qui pisse y uno de Las tortugas ninjas, que pertenecía a alguno de mis primos.

Mientras completábamos con las carteras y un pintalabios, los varones armaban un tanque de guerra con las cinco latas de OshKosh. Me gustaba ser la proveedora de los materiales. En medio de la película bélica de los nenes y el juego romántico de las nenas, Matías logró darle sentido a la asignación de parejas.

-Ya sé. ¿Dale que nosotros tenemos que salvarlas?

-¿Salvarlas de qué? -preguntó Uriel.

-No sé, de algo. Un monstruo, un tornado…

Decidimos jugar a que las nenas nos hundíamos en el agua y nos daban fuertes calambres. Entonces venían los varones a rescatarnos. Lo del calambre y el agua creo que había sido idea mía. Probablemente, la había sacado de esa escena de La historia sin fin II, cuando Bastián está por saltar a la catarata violenta y alguien, creo que Atreyu, le advierte: cuidado con los calambres, y él se toca el Aorín. En ese momento, las serpientes cruzadas se despiertan y brillan para mostrar su poder. Bastián salta y vuelve a lo real. O algo así. En nuestro mundo, estábamos todos en mi pieza y los padres lejos, así que nosotros también nos encontrábamos fuera de lo real. Yo me tiré en mi cama y comencé a fingir un temblor físico.

-¿Y a vos qué te pasa? -dijo Uriel.

-Tengo un calambre.

-Pero si tenés un calambre no te podés mover -respondió.

Y ahí me avergoncé mucho porque puse en evidencia que yo no sabía lo que eran los calambres. Sólo quería acostarme y fingir que alguno me rescataba.

El juego terminó cuando Mónica, la mamá de Uriel y de Matías, entró a la pieza y nos llamó a todos para compartir una enorme torta decorada con un mapa. Hacia el sur, estaba Buenos Aires, desde donde despegaba un avión de la línea israelí El al (aunque El al no llega nunca a Sudamérica). Hacia el norte de la torta, estaba Israel (aunque en realidad está en Medio Oriente), que aparecía como una tierra bordeada de coco. Al este y al sur, dos superficies de masa pan color celeste aludían al Mediterráneo y al Mar Rojo. En el centro de ese país, tres amarettis con forma de cúpula representaban Jerusalén y toda la región del sur, de color marrón clarito, era al desierto del Néguev. En letras chiquitas, al final del trazado de dulce de leche que partía de Buenos Aires, se leía Tel Aviv, y yo no podía creer que todo eso se pudiera comer. Andábamos descalzos. A medida que los demás iban saliendo, Uriel y yo nos quedamos solos con Mónica, que miró a su hijo con mirada réproba y lo inquirió:

-¿Así descalzo vas a conquistar a una nena?

-Yo no la quiero conquistar. Luciano la quiere conquistar -y cuando hubo dicho eso, salió corriendo en busca de la torta. Entonces recordé una canción que sonaba en Pumper Nic el día de mi último cumpleaños, una que decía: “I need you, I need you, I need you también. Yo sé que te conquistaré”, y así aprendí el significado del verbo conquistar.

Esa jornada había sido inolvidable. Esa vez, no me había tocado Adrián como pareja. Pero al día siguiente, en el colegio, me preguntó por primera vez si quería ser su novia. Adrián, pensé yo. No me había dado cuenta, pero me gusta Adrián. Sí, quiero. A los pocos días me cortó. Y un ratito después, todo segundo grado estaba festejando la unión de Adrián y Mariana en el patio más grande del colegio. Dale, Mariana, acostate en las ruedas, le decían unas nenas. El patio del colegio tenía un juego curioso hecho de neumáticos de transportes ordenados por tamaño. Desde una bici hasta un tractor. En las más grandes, te podías meter adentro, en la concavidad de la rueda, de un lado y del otro. Ahí, Magalí y yo nos escondíamos para charlar y aprovechar nuestros últimos días de cercanía antes de su viaje a Medio Oriente. Y ahí también se había acostado Mariana, con un ramo de flores en sus manos, mientras las otras nenas de segundo lo llamaban a Adrián para que venga presto a despertarla con un beso de amor. Era casi diciembre y no sé si Adrián despertó o no a Mariana con un beso de amor o qué. Pero durante todo ese verano me ponía triste cada vez que veía en la tele la propaganda del programa de Adriana Salgueiro. Me recordaba su nombre.

Cuando empecé segundo grado, él volvió a preguntarme si quería ser su novia. Obviamente, yo le dije que sí y volví a casa demasiado feliz. Ser novia de Adrián significaba perder su atención y disimular mi interés, porque nos daba demasiada vergüenza que los otros nos viesen juntos. También significaba que, cada tanto, recibiría un osito de peluche de esos que se sacaban de las maquinitas sacaositos. Lo segundo ocurría muy poco, especialmente porque era muy difícil lograr que la pinza se cerrara como debiera cuando se posaba sobre el osito deseado. Pero lo primero era bastante frecuente. De hecho, era mejor rechazar la propuesta de Adrián, porque así siempre me hablaba más. Total, si no éramos novios, estábamos seguros de que nadie nos iba a cargar por conversar en los recreos. Esto era una ley comprobada. A los nenes, había que decirles que no. Después de cada regreso con Adrián, pasaba siempre lo mismo: a los cuatro días me decía que no quería ser más mi novio. Y en el siguiente recreo, iba a buscar a Mariana (siempre a Mariana), y le iba a ofrecer su noviazgo. Ella, por supuesto, le iba a decir que sí. Y así transcurriría todo el ‘92. Así que Mariana y yo compartíamos esa debilidad por Adrián, que luego la dejaría a ella y vendría en el siguiente recreo a preguntarme si yo quería ser su novia de nuevo.

En una oportunidad, tuvimos una excursión a la panificadora de Fargo. Fue la mejor salida escolar que yo recuerdo. En parte porque en el micro, ubicada en la anteúltima butaca, me di vuelta, me senté sobre mis rodillas y me pasé todo el viaje hablando con Adrián. Como en ese momento no éramos novios, podíamos charlar sin vergüenza. Y ahí fue cuando me confesó que para él, Cecilia Dopazo era re linda y que sus papás habían visto en el cine “Tango Feroz” y que él se enteró de que aparece sin ropa. Si fuera en el teatro, yo iría todos los días, me dijo. Y yo me puse contenta porque mi color de pelo se parecía mucho al de Cecilia Dopazo. Eso, y el pack completo de Fargo que me comí en el camino a casa, fueron los mejores recuerdos de esa jornada.

Mientras se avecinaba marzo del ’93, yo me preguntaba si Adrián volvería a acercarse a mí. Así fue. Un día cualquiera, vino un tercero a decirme que Adrián lo había mandado a preguntarme si yo quería ser su novia. Los mensajeros eran muy frecuentes y no causaban desconfianza. Así que no dudé. O quizás sí dudé. La cuestión es que queriendo decir sí, dije no por timidez. Por miedo a que el sí revelara mi amor incondicional y prematuro. Prematuro porque mientras Luis Miguel preparaba la edición de Aries, yo me preguntaba cómo podía gustarme tanto así un chico a los siete u ocho años. ¿No son estas las cosas que le pasan a los grandes? ¿y si Adrián y yo fuésemos grandes, nos daríamos besos y otras cosas? ¿Es normal ser tan chiquita y tener sentimientos tan grandes? Y todo esto lo pensé un día cualquiera en que me quedé a dormir en la casa de una amiga y me desperté a mitad de la noche porque había soñado con él. Me daba mucha vergüenza. Sentía que mi mamá sabía todo sin que yo le dijera nada. Y encima, a los ocho años ya no era igual que a los siete. Algo había cambiado ese verano. Yo ya no me veía igual. Tanto sol, colonia y pileta me habían dejado brotada de unas pecas horribles que antes no tenía. Y quizás también unas gotas de madurez habían comenzado a complicar lo simple. Y por eso, dije que no. Nunca más volvería a tener a Adrián con su pregunta mágica y, sin embargo, él continuaba siendo el chico que me sonrojaba secretamente. Y lo sería hasta los once, pasando a ser el dueño de mis primeras fantasías, esas donde te imaginás cosas que no sabés aún que es posible hacer.

Yo no sé si fue también la edad, pero cuando mi “no” dio por terminada esa etapa de pregunta recurrente y aceptación incondicional, Adrián no me habló más, excepto para molestarme. Eventualmente. Y yo me sentía tan humillada y furiosa que agarraba los lápices de mi cartuchera y los rompía uno por uno debajo del banco.

Un día de tercer grado, mientras una Vicky todopoderosa nos daba la consigna de plástica, ocurriría la anécdota más curiosa de mi historia con Adrián. Era un trabajo de ilustración donde teníamos que pensar una historia y narrarla a través de imágenes. Un cuento con viñetas. Lo que comúnmente se conoce como historieta. Yo tenía que trabajar con Mariana, la que siempre se ponía de novia con Adrián, y también con su hermana melliza y otras dos nenas. La idea era dibujar en hojas grandes un episodio de la historia. La nuestra hablaba de una pareja que tenía un bebé. Nosotras no quisimos sacar ninguna escena de la secuencia narrativa. Si un hombre y una mujer tenían un hijo, la lógica indicaba que se habían acostado. Era simple. Lo habíamos aprendido con telenovelas como Princesa, con Gabriel Corrado o alguna repetición de Los ricos también lloran, con Verónica Castro. Cuando los adultos se acostaban, podía nacer un bebé. Durante un tiempo no entendí qué cosa misteriosa pasaba para que dos personas se acostaran desnudas en una cama y de ahí saliera un bebé. Además, me preguntaba dónde se ponía el pito para que no estorbara el encuentro físico, los besos y todas esas cosas que hacía Carlos Mata en la tele. Antes de terminar primer grado, no recuerdo a santo de qué, el dato que faltaba llegó a mí y yo obtuve la comprensión más cabal de toda mi vida. Una vez atados los cabos sueltos, ya todo encajaba perfecto. Así que para entonces, en la clase de Vicky, a mis ocho años, yo estaba en perfectas condiciones de dibujar esa escena que mis amigas no se animaban a hacer. Yo quería sentirme madura pero también me gustaba la idea de provocar a los demás y ver qué decían. Entonces me ofrecí. En el fondo, guardaba la intuición de ser una buena dibujante. Nadie me había dicho que lo era ni nadie me lo había negado. No esperaba un reconocimiento por eso, o quizás sí. Pero me bastaba demostrarme a mí misma que era capaz de asumir ese desafío. Incluímos la escena de sexo con naturalidad y Vicky no se espantó por nuestra precisión narrativa. Las que se indignaron fueron mis amigas cuando descubrieron que en la habitación donde yo había dibujado a la pareja haciendo el amor, había, detrás de la cama, una ventana con un sol radiante:

-¿Es de día? No puede ser de día. -dijo Mariana.

-A ver… -gritó Solange con brusquedad. Miró la imagen y esbozó una “o” con sus labios.- ¡Qué hambre! Chicas, vengan a ver el dibujo.

Se produjo un pequeño consejo de nenas escandalizadas y Leila sentenció:

-Hay que solucionarlo. Algo tenés que hacer. Tiene que ser de noche.

-Si no lo arreglás -amenazó Laura- no te voy a dejar llevar mi vianda ni te voy a regalar el chupete transparente color rosa.

Era un sacrilegio. A mí no me importaban los chupetes de moda colgados al cuello. Sí me gustaba llevarle la vianda después del almuerzo porque tenía una de esas heladeritas que usaban los grandes para ir al club, pero en tamaño nena. Tampoco era algo grave. Lo que pasaba es que tenía un poco de miedo de enfrentar al resto y preguntar lo que me parecía normal: ¿por qué no se puede hacer de día? Yo no podía tachar una ventana entera, habría arruinado mi dibujo, para el que recordé todas las enseñanzas del maestro Mac Entyre sobre el trazo del lápiz. Pero mis amigas estaban convencidas de que el amor se hacía solamente de noche y yo sentía mucha vergüenza por la ventana que decía lo contrario. Pensé con rapidez. Agarré los lápices y dibujé un piolín y un clavo. La ventana, mágicamente, se convirtió en un cuadro. Un cuadro con una ventana en la que salía el sol. Y en la otra pared, perpendicular a la cama de los amantes, dibujé la verdadera ventana, con la noche pertinente y la luna de testigo. El intruso sol se volvió de óleo. Y así ambos permanecieron en mi viñeta. Volví a sonreír.

En eso empieza el recreo y de golpe aparece al lado mío nada menos que Adrián. Rápido, pienso, hay que tapar el dibujo.

-¿Qué pintaste? -me preguntó.

-Nada -le dije mientras aplacaba, con mi hoja dada vuelta, mis genuinas ganas de que él viera mi creación. El sol y la luna velaban ese encuentro mientras yo lo veía alejarse, sin insistir, y me arrepentía de no haberle revelado lo que había sido capaz de dibujar. Qué tonta, pensé, quiero que lo vea. Sí, se lo voy a mostrar. Y corrí entusiasmada sintiendo que algo importante iba a compartir con él. Lo busqué por todos lados. Lo encontré en la escalera del patio que daba a la cancha de fútbol. Qué bueno. Ahí lo tenía, parado, a punto de corretear tras la pelota, sin todavía entrar al partido. Aún estaba a tiempo.

-Adrián, ¿vos querías ver mi dibujo? –le dije. Asintió con la cabeza. Apreté entonces mi mano derecha en el bolsillo del guardapolvo blanco y con la izquierda levanté el papel. Adrián lo miró, me miró. Sonrió con picardía y abrió los labios:

-Chancha. -me dijo, y salió corriendo.

“Volar” de Tamara Ulla

A Pedro le gustaba ser como era, o no podía ser de otra manera. Así, tan enredado que se volvía simple y fácil de leer.

Como un cuento escrito con rigurosas frases cortas, él podía ser definido casi por completo en una sola oración sin comas y con punto y aparte.

Hay personas, en cambio, que ocupan párrafos y carillas. Personas cuyo ADN fue diseñado cósmicamente para volar, para salirse de la comodidad y animarse a soltar para ir más allá de lo establecido.

Aunque nunca se consideró un envidioso, en cierta manera Pedro tenía un anhelo no expresado de poseer aunque fuera una pizca de esa capacidad que él ni siquiera estaba en condiciones de imaginar. En un forcejeo constante de tire y afloje casi adolescente, su yo temeroso casi siempre terminaba por convencerlo de que así, con los pies firmes sobre la tierra –y con zapatos para no ensuciarse-, estaba mejor, mucho mejor.

De chico, cuando sus compañeros tenían amigos imaginarios, él sólo podía ver la realidad del espacio vacío. Sólo de vez en cuando, cuando el día ayudaba, lograba ver las partículas de tierra en el aire a contraluz. Cuando comenzaron a inventarse travesuras valerosas, él no podía más que relatar aburridas anécdotas en la casa –pulcra y ordenada- de su abuela. Cuando empezaron a desproporcionar sus andanzas amorosas y de conquista, él sólo podía hablar sobre sus tristes pajas a la hora de la siesta.

Pero a pesar de esa envidia en clausura, su incapacidad de ser de otra manera nunca lo llevó más allá del simple resoplido por lo bajo. Es que claro, era incapaz de siquiera imaginar qué era lo que había o podía haber más allá.

De esta manera, su vida transcurría sin demasiados sobresaltos dentro de los límites de sus propios muros. Para alguien así, lo seguro era sinónimo de tranquilidad, lo conocido de placer, lo establecido de felicidad. No concebía posibilidad de cambio alguno en el pequeño mundo que se había forjado tan quisquillosamente cual führer de una realidad paralela.

De casa al trabajo, del trabajo al gimnasio, del gimnasio a casa. Los sábados iba al supermercado, los domingos a lo de su madre. Cualquier otra actividad requería planificación, justificación y razón de ser. De lo contrario, no valía la pena.

Las sorpresas lo apabullaban y los imprevistos eran un tsunami barriendo su pequeña y perfecta tranquilidad. Por eso cuando su jefe pronunció las palabras “viaje” y “conferencia” Pedro dejó de registrar el resto de las frases que salían de su boca. Una especie de niebla espesa comenzó a cubrir cada centímetro de la oficina, y él inmediatamente empezó a desesperar. Tanta densidad le cortaba la respiración y su tembloroso par de manos empezó a transpirar mientras intentaba imaginar –infructuosamente- cómo sería tener que cambiar su rutina.

¿Fuera del país? ¿Él? Bueno, tal vez si tenía tiempo para planearlo, para avisarle a su madre. Bueno, tal vez no sería tan malo. ¿O sí?

Pese al autoboicot inicial, las posibilidades de escape se le fueron disolviendo una a una. Excusa tras excusa fue llegando a la resignación del que se abandona a los hechos contra los que no puede ni sabe luchar. “No hay mal que por bien no venga” se repetía para sus adentros.

Así, entre idas, vueltas y valijas sin armar, llegó el día del tan poco esperado viaje. Forzado por su tibia voluntad llegó al aeropuerto, despachó su valija y atravesó los controles sin problemas, pero no se dejó tentar ni distraer un segundo por el free shop. Siempre mejor la privación que el temor al error potencial. 

Contando los minutos para la salida del vuelo, la saliva se le atoraba en la garganta. La aerolínea llamó a embarcar y él tuvo que esforzarse por afirmar sus piernas. Ya no había vuelta atrás. Llegó a subirse al avión y a sentarse en el asiento del lado del pasillo -por las dudas-.

Le ofrecieron una tolla higiénica húmeda de esas que huelen a algo que recuerda a un bebé, y luego pasó la azafata despidiendo ese humo blanco desinfectante. Ambos le parecieron detalles destacables; lo único que le faltaba era pescarse algo de ese asiento en el que dios sabe qué culo había estado sentado.

En el mismísimo instante en el que el avión empezó a moverse hacia la zona de despegue, ahí -justo ahí- cuando el avión comenzó a carretear, fue que Pedro cayó en la cuenta de que su aversión a volar era también literal. Tan irónica parecía su vida en ese momento, que hasta sonaba poético.

Pero lo suyo no era la poesía. El despegue comenzó a hacer temblar sus estructuras. Palideció y desesperó al punto de pensar que la muerte no era tan mala opción después de todo. Quiso pararse y una azafata le cortó el movimiento en seco con tan sólo mirarlo. El avión estaba elevándose y él se sintió morir por dentro, por fuera, y por todos lados. ¿Cuál será la tasa de accidentes de estas cosas?, pensaba mientras unas gotas heladas de sudor dibujaban líneas rectas en su frente.

Aún vivo, la desesperación no cedía. Bueno tal vez, no moriría, pero ¿qué haría en las 12 horas de vuelo que le quedaban por delante? ¿Viviría 12 horas desesperado y al borde del colapso? Era el colmo de la consternación irónica. A riesgo de caer en una desesperación aún mayor, se dirigió al baño en busca de soledad. No necesitaba más ojos instigadores que los propios.

Frente a sí mismo, observándose la cara roja y transpirada, los ojos desorbitados y las manos temblorosas, sintió que era su peor momento en todo ese tiempo en que había convivido consigo mismo. Se hablaba, se decía cosas con la mirada, y por primera vez deseó no ser él mismo, quiso ser diferente, otro, y envidió al resto sin la voz de su yo temeroso mordiéndole los talones.

Una leve turbulencia lo hizo sentarse de golpe en esa especie de inodoro que descarga hacia el vacío. Con su mirada alineada a la del espejo trató de concentrarse en su respiración en un intento fallido de tranquilizarse y dejar de lado el temblor. Pero tuvo que refregarse la cara dos, tres y cuatro veces para asegurarse que esa mancha verdosa en la frente era indeleble.

Sin más recursos que los que encontró en el metro cuadrado del baño, improvisó una mezcla de crema humectante, colonia de perfume penetrante y jabón para manos en un intento de borrar esa especie de mamarracho infantil que coronaba su cara. Sin éxito, la sustancia se empecinó en entrar a su ojo causándole una tremenda irritación. Volvía la niebla y la intranquilidad.

Con un ojo rojo y una mancha verde sintió un ruido y vio la sombra de algo moverse detrás de él. Fue tal el susto que del salto que pegó terminó con medio zapato sumergido en el líquido azul que cae por el borde del intento de inodoro. En un milisegundo atinó a agarrarse de lo primero que alcanzó para no caerse, y sintió cómo con la ayuda del agua su pie se hundía y era chupado con la fuerza de una aspiradora hacia el vacío del cielo debajo de él.

Así como pasó el pie, pasó la pierna. Y si pasaron las piernas y la cadera, pasó luego la cabeza. Con una fuerza descomunal en los brazos logró sujetarse del borde de ese compartimento mágico por el que se tiraban los desechos, mientras creía que las piernas se le desprenderían como el zapato que se la acababa de caer.

Al borde del abismo y casi a punto de perder el equilibrio, una fuerza interior desconocida lo impulsó lejos del cielo abierto y hacia adentro del avión golpe de cabeza mediante. Los raspones le ardían por culpa de algún químico de ese líquido azul en el que estaba bañado. Todavía con un pie adentro del inodoro y tirado en el suelo respiró y sintió por primera vez el hediondo sabor de haberle escapado a la muerte.

Sortear la visita de la parca era una hazaña de esas que tanto le hubiesen servido en la escuela. “Si nos hubiese visto el gordo Pérez”, le dijo entre carcajadas al chico que vestía tiradores y lo miraba orgulloso ahí parado al lado del lavatory con un vaso de Vascolet en la mano.

Pedro sacó el pie sin zapato del inodoro y se enderezó. Agarró el vaso lleno de leche mezclada con ese polvo mágico que le ofrecían y los ojos se le nublaron. Esta vez no era la niebla espesa que le cortaba la respiración, eran lágrimas de emoción que se mezclaban con el cacao amargo de su niñez.

Ya no podía parar. Era momento de ganar tanto tiempo perdido, de vivir esas anécdotas victoriosas de robos de mandarinas a través del alambrado, de copiarse magistralmente en el examen de historia, de agarrarle la mano a la chica más linda del curso enfrente de la mirada de todos.

El diminuto baño en las alturas no daba abasto, se estaba llenando poco a poco de personas e historias de un pasado que no había vivido. Sin casi poder moverse, Pedro empezó a percibir que las líneas de transpiración comenzaban a desdibujarse y el temblor de su cuerpo empezaba a ceder.

Ya no sintió pánico, pudo sonreír tranquilo y respirar profundo.

Estaba volando por primera vez, y ya nada más importaba.

“Cicatrices del tiempo – Recreo” de Héctor Bavastro

Mientras esperaba en la parada del colectivo, José sonrió pensando -¿Qué pretendo con esto?

No hacía mucho que había dado el primer salto en el tiempo. No habían sido muchas las veces. Recién estaba empezando a descifrar las claves. Todavía no sabía si era casual que él se hubiera convertido en una especie de viajero anónimo, pero había logrado recopilar algunos datos y entender la evolución de algunos acontecimientos históricos.

Sospechaba que había alguien o algo detrás de todo. Pero no mucho más.

Siempre le había apasionado el tema, como ficción, claro, como especulación científica.

Paradójicamente, el haber leído tantas historias, haber filosofado tanto sobre el tiempo, le producía dos sensaciones contradictorias.

Una gran capacidad de asombro ante un hecho rayano a la locura y a la vez la capacidad de entenderlo como posibilidad sin perder la cordura, de a poco, comprender que era muy real, que no iba a despertar de ningún sueño, ni en una sala acolchada rodeado de psiquiatras.

Nada de esto había sido fácil. Alguien podría perderse en el desierto, naufragar en una isla solitaria en medio del océano y no sentir semejante soledad. Incluso rodeado de gente en la ciudad donde había crecido. Incluso transitando períodos de tiempo en los que él mismo existía.

Era un extranjero temporal.

Llegó el ómnibus, lo paró y subió. –Hasta el puerto, por favor. – el colectivero movió el pulgar en la máquina de monedas y le cortó el boleto. Se sentó en un asiento por atrás en la fila individual mientras reflexionaba que los descendientes de estos choferes, cuarenta años más tarde, iban a tener una predisposición genética para digitar mensajes de texto en esos telefonitos llamados celulares que había visto en la primer década del siglo XXI.

Miró el boleto instintivamente. – capicúa, pensó, y otra vez su rostro sonrió con cierta picardía, imaginando lo que venía, removiéndose nervioso en el asiento.

Bueno -concluyó. -Ya pasé por algunas situaciones difíciles, vengo de intervenir en un asunto de la resistencia, espero relajarme un poco y vivir bien esto.

Mientras miraba por la ventanilla y disfrutaba de ese día soleado en esa Buenos Aires del año mil novecientos sesenta y ocho, reflexionaba acerca de si su paso por otras épocas ajenas a la suya podría generar cambios en los acontecimientos, ser causante de la apertura de otra realidad paralela, o bien, que todo lo que hacía ya estaba hecho y sutilmente siempre había sido parte de la historia. Eso aún no lo sabía.

Mientras divagaba sobre estos temas, el ómnibus llegó al final del recorrido. Bajó y comenzó a caminar hacia la zona portuaria.

Cuando pasó por el control de Prefectura le pidieron la cédula, por suerte, en el futuro había hecho algunos documentos con impresoras que podían hacer estos y otros más complicados todavía. De todas formas no le prestaron demasiada atención.

A medida que se acercaba al lugar, se iba poniendo más nervioso. Sentía un cosquilleo en el estómago. Cada vez mayor.

Allá se veían los típicos movimientos, unas casas rodantes, reflectores, cámaras, operadores, todo un set de filmación.

-Hola, buen día, vengo a la filmación. –dijo.

Usando información propia de su ventaja temporal había logrado introducir su nombre en la nómina de actores de S.I.F.A. (Sociedad Independiente Filmadora Argentina).

– ¿Quién es usted? – preguntó el encargado de la entrada.

– Vengo para extra. -le mostró la acreditación y su cédula.

– A ver, bien, pase, es allá, preséntese al hombre de gorra, se llama Domingo.

– Gracias. – le dijo y comenzó a caminar mirando ávidamente todo. Siempre lo había fascinado el cine, los sets, las luces, las cámaras, los actores, el maquillaje, pero a todo eso se sumaba que estaban filmando una película que, para él, ya era un clásico.

Llegó al galpón y se presentó al asistente. -Señor Domingo, me dijeron que hable con usted. –le dijo mientras le entregaba un papel.

Domingo a secas. –dijo el asistente. Andá allá dónde está esa gente, son tus compañeros, les vamos a ir avisando y mostrando lo que tienen que hacer. ¿Tenés alguna experiencia en esto?

– Algo, estuve en algunas publicidades, la de Capuccino, la de Ferrocarriles Argentinos, algunos cortos, uno de Subiela.

– ¿Capuccino? ¿Subiela? ¿quién? – preguntó extrañado el asistente.

José había hablado de más. Había estudiado actuación y hecho esas cosas en el año ochenta y uno.

– No, claro, acá no se conoce, en Montevideo fue. –dijo

– Ah, bueno, igual no te preocupes, esto es todo muy a pulmón, el director, ya sabés, es muy buen tipo, un incomprendido.

– Ya lo van a entender, va a ser cine de culto. -dijo José sin importarle.

El hombre se quedó extrañado. Miró a José con simpatía.

– ¿Qué querés decir? –Por suerte lo llamaron para algo y se tuvo que ir, no sin darse vuelta un par de veces a mirarlo con curiosidad.

José se hizo el distraído. Tenía que tener más cuidado.

Charló un poco con los demás extras, salió del galpón y comenzó a mirar el lugar hacia donde apuntaban los reflectores, a unos cuarenta metros.

Allá estaba el camión. Cerca de allí, sentados en las típicas sillas de madera plegables y lona estaban sentados unos actores. Los reconocía. Sonrió con el recuerdo.

Y más allá estaba él, el director, dando indicaciones.

José se distrajo obnubilado con todo ese mundo cinematográfico, cuando

una mano le tocó el hombro por detrás. Se sobresaltó y se dio vuelta rápido. Era el asistente que lo miraba con el ceño fruncido.

– Vos. -le dijo apuntándolo con el índice.

– ¿Qué? ¿Qué pasa? -preguntó asustado.

– Acá dice que estudiaste algo de actuación.

– Sí, sí, ¿Por qué? –José no entendía.

Vení, acompañame al set.

– Eh, sí, bueno. –José lo siguió. Su corazón latía rápido, se estaba metiendo en problemas. ¿No era eso lo que había venido a buscar?

Llegaron al lugar y vio a todos más de cerca.

– Esperá acá -le dijo Domingo.

– Bueno, ¿qué tengo que…- pero se fue dejándolo a mitad de su pregunta. José estaba cagado en las patas.

– Los actores estaban sentados tomando mate. Lo miraron, murmuraron algo y se sonrieron.

José sabía quienes eran. Conocidos en el sesenta y ocho, en el ochenta y dos eran famosos.

El más grandote, había trabajado en “El hombre que volvió de la muerte” con Narciso Ibáñez Menta. Recordó, que una año antes de la partida de su línea temporal, en el ochenta y uno, había viajado con él en un apretadísimo vagón de subte de la línea “D” y el tipo había hecho reír a todos diciéndole a una mujer: -¡Señora no abuse de mi!

– Tomá, -le dijo ofreciéndole un mate. José no lo podía creer. Un segundo después pensó, había viajado en el tiempo, había visto cosas verdaderamente increíbles, ¿Porqué no podía cree que un actor le convidara un simple mate? Después de todo José estaba recibiendo un mate del tipo al que le iban a decir en unos momentos una frase clásica del cine nacional.

Mientras lo tomaba pensó si no estaría introduciendo en esa bombilla alguna bacteria que debería permanecer en el futuro y no en el gremio de actores de los años sesenta.

– Gracias. – y con algo de culpa, finalmente chupó.

– Pasá bien la letra eh. –le dijo

José no entendía de qué le hablaba.

– Que le pases bien la letra a la señora –le dijo él con su voz gruesa.

Se quedó mirándolo aún más confundido.

– Tranquilo, se ve que tenés pasta. – Los actores se rieron, eran cuatro hombres, José los miró estupefacto.

El asistente volvió, -José, ¿te animás a pasar letra? Un ensayito antes de filmar, ella no tiene buena memoria. Después volvés a tu puesto de extra. Pero, quien sabe, si lo hacés bien… -la frase quedó flotando.

– Sí, bueno, pero –no podía creer hasta dónde había llegado.

– Vení, sin miedo –le extendió un par de hojas. – Sentate ahí, leelas tres o cuatro veces y te vengo a buscar.

Los actores lo miraban. Él miró las hojas mientras se sentaba. Luego de leer un poco, tragó saliva y levantó la cabeza con el guión resonando en su mente. Se encontró con la mirada de los actores que lo observaban, el cebador le ofreció otro mate con un gesto burlón.

No, gracias –no le convenía seguir tomando nada.

Los actores se rieron.

El asistente volvió. – Seguime –le dijo. Él lo siguió. Mientras caminaba se dio vuelta para mirar al grupo.

El grandote le levantó el pulgar en un gesto de aliento, sonriéndole.

Él siguió caminando detrás del asistente con las hojas temblando en su mano.

El hombre se adelantó. Subió una escalerita hecha con cajones que estaba detrás del camión.

Golpeó la puerta trasera, se asomó. –Permiso, está el ayudante para la letra. –Que pase Domingo, que pase –se escuchó de una voz femenina.

El asistente bajó y con el brazo le indicó a José que subiera.

Él lo hizo y antes de entrar cerró los ojos y tomó aire. Retiró la puerta un poco y pasó.

Las paredes y techo cromados del interior del camión eran como un túnel hacia la escena principal.

Allí estaba ella, hermosa, le sonreía simpática mientras hacía balancear su torso hacia un lado y otro, sensual y algo tímida. Su pelo negro caía hacia ambos lados de su pecho ajustado por el saquito azul.

José caminó por el túnel plateado hacia ella en unos segundos que le parecieron eternos.

Cuando estuvo a su lado y la vio sentada en ese camastro, le vino la escena a la mente, y le sonrió tratando de ocultar su emoción.

– Hola, José. Un gusto. – le dijo con una voz conocida, mientras extendía su mano.

– Es un placer y un honor –José tomó su mano y le beso el dorso en un gesto que se le

antojó atinado a pesar de que era la primera vez que lo hacía sin que significase algo ampuloso y en broma.

– ¡Un honor! ¡Que exagerado! -dijo ella en ese tono que había escuchado tantas veces.

– ¿Comenzamos?

– Sí, claro, como quiera. –dijo José mientras dejaba caer las hojas al piso a su lado.

– Tuteame. -Corrigió ella.

De pronto ella lo miró levantando su cabeza altivamente, se puso seria, y en una especie de queja llena de indignación, le dijo:

-¡Canalla!, ¡Qué pretende usted de mí!

“General Madariaga”, de Laura Benítez.

Capítulo 1: Chele Seca

Cuatro: La cosmovisión es la parte más importante del asunto. El eje del pensamiento de una persona, reprimido o no, determina totalmente su accionar. Lo hace todo en función de eso, o de taparlo y pretender ignorarlo.

Cinco: La percepción básica que nos rige es la sexual. Todo lo que hacemos es tunearnos para el encuentro basándonos en la potencia del deseo. Lo primero que reacciona en el cuerpo cuando nos acercamos a otro es exactamente eso. Antes que cualquier emoción y mucho antes que el pensamiento. El problema está en la decodificación.

Dana leía el libro de autoayuda sintiéndose estúpida y redundante. ¿Qué es esta mierda? A mí que me dejen tranquila con mis vicios y ya. Mirá si voy a dejar de fumar un porrito de vez en cuando. Y eso de lo sexual, cualquiera. A mí con que me digas algo inteligente ya está. Me explicás cómo se hace un paty y a la bolsa. No deja títere con cabeza, dicen las pibas. Y los tipos son todos iguales. Vienen, te garchan y se van. Nada de llamarte para ir al cine, qué va. Aunque yo no sé cómo hacen Flopita y Marie para andar siempre con uno solo. Casi 20 años llevan de casadas las dos. Tendrían que hacerles un monumento.

Dejó el libro sobre el asiento del colectivo y se bajó. Su andar era monótono y casi convexo. Los hombros tironeados hacia atrás, la cola repingueando para arriba, como si incitara a que la apoyen. No tenía mucho busto y por eso empujaba con fuerza hacia adelante. La nariz apuntaba 45 grados hacia el cielo y para ver donde pisaba tenía que entrecerrar los ojos. Frenó en una esquina y reforzó el rouge desparejo de sus labios. Giró sobre su eje buscando a los supuestos representantes de la ley, y se alegró de no encontrarlos. Siguió caminando mientras encendía el porro.

Fernando la esperaba en la otra esquina. Habían quedado seis y media, pero los dos llegaron temprano. Entraron al telo, cogieron, fumaron un cigarrillo y cada uno se fue por su lado. Ahora no tenía ni mierda que hacer. Quiso llamarla a la Luli, que siempre andaba en la misma que ella, pero pensó que se iba a aburrir con sus historias y que la iba a terminar agarrando de los pelos como hacía una semana, y cortó antes de que ella atendiera.

Siguió caminando. Una luz en el bar de la esquina. Estaba cerrado, pero había luz. Noche de timba, pensó. Esta es la mía. Sin dudarlo tocó el timbre. Mario abrió la puerta. Tenía ojeras y estaba más gordo que el mes anterior. Flaca, vos acá no podés entrar. Debés mucha guita, loca. Andate ya, antes de que aparezca el Chueco y te haga sonar. Dale, Marito. Estoy aburrida, dejame pasar a ver si meto unos plenos. No piba. Rajá de acá.

Dana se preguntó por qué había dejado el libro de autoayuda en el asiento. Era una mierda, es verdad, pero a caballo regalado no se le miran los dientes. Se lo cuida y ya. Se sentó en la vereda y se quedó dormida. Cuando se despertó un linyera le meaba las piernas. Acá duermo yo nena, le dijo. Puta madre. Ahora olía a meo también. Y la voluntad no aparecía por ningún lado. La Boca estaba desierta y ya casi amanecía. Se tomó el bondi de vuelta a casa y cuando se iba a sentar lo encontró. En el mismo lugar, el libro la esperaba. Nadie había querido llevárselo, tan pedorro que era. Lo guardó en su cartera. En su casa se bañó, hizo un té y se sentó a leer de nuevo. Abrió el libro en una página al azar.

Algunos consejos para no desesperar:

Pregúntate siempre si lo que haces comienza en el odio o en el amor. Si sientes amor, vas bien. Si te empuja el odio, detente un momento a respirar profundo. Mira un árbol. Intégrate con la naturaleza.

Dana se preguntó a sí misma si lo que hacía era odio o amor. Por supuesto que no sentía amor. No por sí misma, ni por los demás. Le parecía un concepto viejo y sobrevalorado, completamente desmotivante. Decidió que el libro era una mierda otra vez, porque no lo entendía. Lo odiaba. Sí, Lo Odiaba. Hijos de puta, me están manipulando para que siga leyendo. ¡Me quieren confundir! Lo escondió para no verlo y respiró profundo, tres veces. Tenía un potus de hojas bellas y lo miró. Algo de todo eso la tranquilizaba realmente, pero en seguida se sintió incómoda con la relajación de sus músculos y salió a la calle. Tomó el celular y pulsó el discado rápido.

-Luli, vamos de joda, loca. Estoy cagada de embole y por lo menos de vos me puedo reír un rato.
-Dana, sos una mierda, pero dale. No tengo planes hoy. El Facu me dijo que pase a buscar unas pastas muy buenas que le llegaron. Encontrémonos en la puerta, pero vos no entrás, eh. Ya te tiene junada desde la vez que le cagaste el negocio con el rati. Mirá que serás puta, eh.
-Bué. Dale, nos vemos ahí.

Cerró el startack con violencia. Esta vez percibió claramente los músculos del rictus contraerse. ¿Una pasta un miércoles a la tarde? Qué va. Si ya ni trabajaba. El seguro de vida de su marido muerto cubría los más oscuros vicios. Pelotudo, ¿por qué te moriste? Me dejaste sola y yo no sé hacer nada. Ni pajearme puedo. Me aburro.

Llegó antes que Luli. Se sentó en el escalón del edificio, dejando a la vista su bombacha deteriorada entre las piernas de minifalda. Divisó a su amiga acercarse desde la esquina. Mirá esta forra la pollera que se pone. ¡Y cómo camina! Parece un maniquí con un palo en el orto.

-Qué linda que estás, trolita.
-Vos también, flaqui. Se ve que te entusiasma salir de tu casa. ¿Vamo a buscar garching hoy?
-Claro, nena. Pero bien puestas así no me da remordimiento.

A Luli le divertía verla desbarrancar. La había cagado tantas veces con guita, hombres y trabajo que sólo se juntaba con ella para enchufarle drogas y verla hacer el ridículo. Dana creía que era al revés.

Luli subió al departamento de su dealer y estuvo dentro unos veinte minutos. Le practicó sexo oral a cambio de un descuento en las rolas, y luego se las vendió a Dana por el triple de su valor. A Dana le importaba poco el precio de las pastillas. Desde el accidente de Jorge, la empresa que lo había empleado se encargaba de llenarle el freezer con comida congelada que ella detestaba, pero comía igual porque le daba pereza hacerse otra cosa.

Cuando llegaron al boliche pidieron el trago que las hermanaba, fernet con tónica. En una noche de rock se habían cruzado con un músico de cabello rojizo y él les había contagiado la magia. Cuando se veían no tomaban otra cosa. Dana tomó un sorbo y luego una pastilla.

Luli tenía 32 años y trabajaba de tarjetera para los boliches, promotora de un spa que ofrecía masajes con final feliz, stripper y dama de compañía. Los sábados iba a jugar al tenis con su sobrina. La primera vez que la vio a Dana le envidió el marido. Jorge era un hombre corpulento, 95 kilos de masa muscular entrenada de manera diferenciada. De cara feucho, pero compensaba con el porongo. Se hablaba bien de él en la cama. Por supuesto Dana no era su única mujer, y Luli no tardó en meterse en sus calzones. A ella nunca se lo contó. Lo guardaba para algún día en que realmente necesitara lastimarla.

Jorge murió a los 40 años en un acontecimiento dudoso. Accidente de tránsito con complicaciones en la cirugía, dijeron. Había nacido en el campo y se había criado con animales de granja. El secundario lo dejó en primer año para ayudar a su padre moribundo en el trabajo. Cuando finalmente falleció, Jorge vendió todo, le pidió matrimonio a Dana y se mudaron a la ciudad.

Dana bailaba frenética en la pista. Se sentía feliz, pero no tanto como otras veces. Después de la primera pastilla, ninguna había sido tan buena. Sentía su corazón latir fuerte y parejo. Se acariciaba el saco de piel imitación con sus manos hipersensibilizadas. Comenzó a buscar texturas que le gustaban en la ropa de quienes bailaban a su alrededor. Luli ya estaba frotándose entre dos jovencitos que destilaban pubertad y asombro. No iba a acostarse con ellos, pero le divertía sentir la suavidad de la piel y que se fusionaban en cariño espontáneo y totalmente basado en el contacto físico.

Dana seguía alienada en su mambo kinestésico. Había encontrado un muchacho en su misma situación. En el boliche todos eran más pichones que ellas. Entre 18 y 25 años, pasados de rosca, alimentándose con alcohol y químicos duros hasta el amanecer. Dana acariciaba el cabello ruloso de su compañero circunstancial y se reía a carcajadas.

Se despertó en una habitación horrible. Las paredes chorreaban chele vieja, amarillenta. Generaba un relieve asqueroso. El celeste desteñido del techo, la luz mortecina, ella desnuda y sola. La habían penetrado, lo sentía, pero no lo recordaba. ¿Con cuántos había estado? Vomitó sobre su saquito de piel, se puso las prendas que encontró y salió de la habitación.

En los pasillos una mujer anciana cocinaba tortas fritas. Dos niños corrían de lado a lado y se encontraban en el medio del corredor para colisionar. Sus gritos agudos penetraban cual cuchillo en el cráneo de Dana. Le dolía. No tenía su cartera. Señora, ¿dónde estoy?

Salió a la calle y vio que el sol estaba alto. Mediodía. Verano. Muchísimo calor. Dana miraba los nombres de las calles pero ninguno le resultaba familiar. Se sentó en la vereda y miró sus piernas. Estaban sucias, con rayones negros y costras de tierra pegoteada con alcohol. Se sintió completamente vacía. No tenía razones para sentirse bien, ni para andar, ni para volver a su casa. Pensó en su pueblo. En su madre, en su propia hija. Pensó en cómo había huido de todas esas cosas. Vanesa debía tener unos 18 años ya. Dana la había parido a sus 16, y Esther Abuela se hizo cargo. Dana no la quiso. Le parecía un bebé horrible, azul y deforme. Ella se quería ir de ahí y Jorge había sido el escape perfecto. Nunca pensó que podría querer volver. Estaba completamente paralizada, mirando ausente los autos pasar.

Al rato se puso de pie. Pidió referencias en un quiosco de diarios. Estaba lejos de casa, y limosneó unas monedas para el colectivo. Al llegar le pidió al portero que le abriera el departamento y se echó a dormir así como estaba, sucia y desganada.

Los sueños se sucedieron violentos. Una cama. Hombres fornicándola una y otra vez, ella inmovilizada. Su padre gritándole que era una inútil y pateándole el vientre. Jorge la miraba de lejos con gesto desesperado. La Luli contando dinero junto a su cuerpo desnudo, riéndose a carcajadas. Luces blancas intermitentes, mostrando las caras deformadas; caras de bebé, caras de su hija. Flopita y Marie, sus hermanas, llorando sangre.

Se despertó. Recordó su libro. Lo tomó de entre las sábanas y comenzó a leer desde el principio, con desgano, resignada.

Uno. La simbología que envuelve todo evento paradigmático suele metamorfosear, pasado el hecho, en un divague total. Las palabras se traducen a otros idiomas y pierden completamente el sentido original convirtiéndose en meras sombras de lo que alguna vez fuera luz y creación.

Dos. Dicen que para nosotros, los supuestos seres humanos, es más fácil seguir cometiendo los mismos errores una y otra vez que prestar atención para dejar de lastimarnos. A nosotros mismos y a los demás, por supuesto. Ni hablar de la madre tierra y el deseo.

Dana sintió la incomodidad en sus tripas. Giró sobre sí misma y el pedo salió con un chorro de mierda. Había tocado fondo, y por alguna razón seguía ahí, en ese mundo que no le sonreía y la dejaba sola. Se metió en la ducha. Pensó en matarse. Armó una mochila con una muda de ropa, dinero para el pasaje y una botella de whisky.

Un pasaje a Madariaga, por favor. Pidió en la estación de ómnibus y se sentó a esperar.

Lúcido, por Agustín Vidal Saavedra

La alarma del subte sonó larga. Las puertas se cerraron y empezó a tomar velocidad. Sentí el envión hacia atrás mientras las luces del túnel fueron transformándose en flashes fríos detrás de las ventanas.

Miré mi reloj. Saqué la mano y a los cinco segundos volví a verlo, como de costumbre. Había una calcomanía mal pegada en una de las ventanillas. Estaba desgarrada a la mitad, pero aún así se podía interpretar como la publicidad de una obra social. Desvié la mirada a mi reloj y de ahí otra vez a la publicidad rota. No era de una obra social, eran clases de teatro.

La busqué entre los pasajeros. Estaba casi vacío. Zarandeado por el traqueteo del subte fui caminando a través de los asientos. Esperaba encontrarla rápido, pero tuve que recorrer cinco vagones. La vi sentada, mirando hacia el otro lado pero la reconocí instantáneamente. Me acerqué y la levanté. Tenía la misma camisa y un paraguas  colgando del brazo. Ella soltó su cartera y el paraguas cayó al suelo. Contra una de las puertas nos empezamos a desnudar, con fuerza y torpeza. Le besaba el cuello y la oreja, miraba cada tanto a los pasajeros que seguían sentados como maniquíes. Las luces del subte menguaron.

La di vuelta y la agarré de atrás con las dos manos, ella me bajó el pantalón bruscamente y la llevé al suelo.

Las luces parpadearon otra vez hasta apagarse por completo.

Durante unos minutos cogimos como animales, iluminados por la tormenta del túnel. Sus gritos se mezclaron con el rugir del subte. Sentí que iba a acabar, pero aguanté un poco más. Bajo las luces salvajes brillaba su pelo, sus labios, sus tetas acuosas sacudiéndose con cada arremetida. Acabé y sentí que mi cuerpo despertaba en un oleaje de entumecimiento con mi ingle de epicentro. El bombeo me hizo percibir las sábanas de nuevo, mis manos comenzaron a sentir el colchón y finalmente me encontré en la misma posición en la que me había acostado.

Me quedé ahí, tendido, mojado y agitado. Me despegué de las sabanas y fui al baño. Miré el reloj. Me dolía todo el cuerpo.

Hacía años que soñaba lúcido. Era mi único escape de ese lugar en el que siempre despertaba. Al principio no era todas las noches como ahora, no. Recién meses después de mi primera vez había logrado constancia y costumbre. Nunca había podido mantenerme dentro del sueño después de acabar, aún así todavía seguía intentándolo. Eyacular es una reacción física demasiado fuerte como para que el cuerpo real no se de cuenta de nada.

Tiré la cadena.

Miré el reloj. Me volví a acostar; el cielo debía de estar todavía oscuro. Mirando el techo recordé la escena del subte. Tan real. La tibieza de la piel, la perfección de su textura. Quería volver.

Cerré los ojos. Entrar a un sueño lúcido estando despierto no es lo mismo que lograr consciencia ya dentro de él. Pero tampoco es imposible una vez que uno tiene mucha práctica. Me relajé y me puse cómodo.

Sentí el colchón sosteniéndome y sin mover un músculo de a poco fui perdiendo la percepción de la postura de cada uno de mis miembros.  Los minutos pasaron silenciosos. Cuando lo creí oportuno, levanté unos centímetros mi mano izquierda para comprobar si se despegaba de mi cuerpo. Lentamente, mi brazo fantasma se fue separando del brazo que dormía en el colchón. Todavía con los ojos cerrados lo levanté más y ondeé la mano sintiendo como los pedazos de realidad se deshacían y caían como telarañas sueltas. La gravedad de mi cuerpo fue girando hacia mis pies, como si hubiera un imán debajo del colchón.

Ya casi estaba del otro lado. Llegué a sentir el peso del suelo del subte en la planta de mis pies, pero escuché un sonido a mi izquierda y abrí los ojos antes de tiempo. En vez de ver el interior del subte, estaba el techo de mi cuarto. Instantáneamente se rompió el hechizo que engañaba a mi cuerpo y caí en la cama, volviendo a la posición del principio.

Quise darme vuelta, pero no pude moverme. Miré el techo y traté de calmarme. Tan sólo tenía que evitar la sensación de pánico y esperar que pasara. Era algo normal; el cuerpo se paraliza cuando uno duerme y yo me había quedado en el medio de ambos mundos. Duraría un minuto más o menos. Esperaba que menos. Recordé las otras veces que me había pasado. Evitar el pánico, eso era todo.

Escuché otro golpe al lado mío y sentí que me faltaba el aire. Había alguien gritando y golpeando la puerta. Lo normal se me fue al carajo. Fue en ese momento cuando me agité y cerré los ojos para concentrarme. Pensé rápidamente en darle sentido al ahogo; sabía que se debía a que mi cuerpo estaba dormido y respirando a una velocidad menor a la necesaria para mi cabeza despierta y asustada. Porque me estaba ahogando, porque me faltaba el aire y el pecho se me hundía en una opresión horrible. Resbalé al pánico. Movía los ojos de un lado al otro eléctricamente intentando que alguno de mis miembros reaccionara y ninguno lo hacía.

Cerré los ojos. Negro.

Volví a abrirlos. El techo.

Los cerré. Negro.

Los abrí.

El subte tenía las luces apagadas pero los fugaces latidos de luz del túnel indicaban que iba a gran velocidad. Ella estaba enfrente mío. Su figura se recortaba en la oscuridad.

La luz blanca que escaneaba una y otra vez todo el vagón iluminó parte de su rostro. Revelaron unas marcas cerca del ojo izquierdo, un color extraño en una de sus mejillas y un hilo de sangre que se escapaba por una de las comisuras de su boca.

Ella gritaba. Intenté moverme de nuevo y no pude. Ya no estaba en la cama sino de pie, apresado por muchos de los pasajeros que también gritaban a mis costados. Me arrojaron de cara al suelo con rudeza.

Cerré los ojos con fuerza y volví a la superficie de las sábanas. Mi cuerpo reaccionó dando un salto en la cama y todo se volvió un pesado silencio. Los abrí y me quedé mirando el techo de madera mientras me serenaba. Miré la puerta y esperé. No se escuchó nada.

El día pasó repitiéndose una vez más como tantos otros.  

Abrir la canilla, shampoo en una mano, cerrar la canilla. Mirar el reloj, agarrar las llaves.

¿Había cerrado?

Volver, cerrar de nuevo. Acercar la tarjeta al lector, pasar por el molinete. La alarma larga.

Un click en abrir sesión, mirar el reloj y click en cerrarla.

Molinete, alarma. Abrir puerta, dejar las llaves colgadas. Tirarme en la cama.

Miré el reloj. Recordé la imagen de ella golpeada. Miré mis manos. Las usé para refregarme los ojos. Sentía angustia y no podía traducirla en lágrimas aunque quisiera. No encontraba el modo.

En el techo me perdí viendo imágenes y formas que se dibujaban en la madera. No quería cerrar los ojos; cuando uno sueña lúcido la cabeza no descansa. Hacía mucho tiempo que no lograba dormir profundo, tanto que mi cabeza se olvidaba las cosas o se le confundían. Me quedé dormido. Necesitaba descansar.

El viento me acariciaba la cara. Estaba caminando por un campo, en medio de un oleaje de trigo. Recuerdo el sol. Miré mi reloj. Me hice consciente. La concha de la lora. Me dejé caer en la hierba.   

Quería dormir. Necesitaba dormir. Maldije la puta costumbre del reloj que ya tenía demasiado arraigada. No podía escapar. Me agarré la cabeza.

Gruñí.

Dejé caer algunas lágrimas de impotencia. No podía pensar en otra cosa que no fuera dormir. El sol se escondió tras unos nubarrones oscuros que se arremolinaron a mi capricho. Los pocos árboles que se veían a la distancia se mecían en la tormenta. Los relámpagos iluminaban el horizonte como sábanas blancas a lo lejos y una cortina de lluvia se desplomó sobre mí.

No resultaba una descarga; no era real. La tormenta era un rejunte de recuerdos de películas y de la vida real traducidas en imágenes mentales. Los rayos cayeron a tierra, con grandes explosiones de sonido. Yo no los veía porque había agachado la cabeza, harto de todo aquello. Pero sabía exactamente dónde y cuándo caían. No había sorpresas, estaba todo controlado. Lo odiaba.

¿Por qué ella se había ido? ¿Por qué me había abandonado?

La tormenta empeoró. A mi alrededor el viento huracanado transformó la lluvia en humo blanco que barría con todo.

En el gruñir del viento y la lluvia escuché unas palabras. En los sueños las palabras son dichas o escuchadas, nunca escritas ni leídas. Sentí que estaba perdiendo el control, tal vez a propósito. Necesitaba eso. Descargarme, dejar de controlar. Era la voz de mi madre, aquella vez en la cocina.

-No es nada, me caí esta mañana.

-Pero mamá, no me rompas las pelotas. ¡Decime, decime que lo mato a ese hijo de puta!

-Por favor, no me hizo nada. No es cosa tuya. Yo estoy bien, en serio.

-Mamá, dejá eso y mirame. Estás llorando.

-Estoy cortando cebollas, zonzo. Tengo que hacer la ensalada, en serio. Está todo bien. Andá y te aviso cuando esté la comida lista. Te quiero mucho.

 La emoción se hizo imagen. Sabía que a mi alrededor  la lluvia giraba cada vez con más fuerza. Levanté la cabeza y el viento se llevó de a ráfagas mi llanto. Intenté dejar la mente en blanco. Sabía que en los sueños lo emocional se dispara de un segundo al otro y ése era un control que no me gustaba perder, ni siquiera en los sueños.

Y entonces cuando pensé que había pasado, en el cielo resonó una voz femenina mucho más joven. La de ella.  

-Me voy.

-No te vayas, puedo cambiar.

-Yo no voy a ser tu vieja. Acá tenés las llaves.

El sonido de las llaves cayendo al suelo se transformó en el último rugido de la tormenta. Desperté llorando.

 Sonó el timbre de entrada.  

Dentro del departamento el silencio pesaba cargado de estática dentro del departamento. Miré el reloj. Me levanté un poco confundido limpiándome la cara con la camisa. Abrí la puerta. Al otro lado del pasillo oscuro había un hombre demasiado delgado. Tenía una gorra para ocultar la calvicie y unos pantalones sucios. Me saludó con una sonrisa y me entregó una botella mientras pasaba adentro.

-Lo prometido -me dijo mientras entraba.

-¿Qué es esto, Tati?

-El absenta -se sentó en el único sillón del diminuto cuarto. -Te tomás media botella y dormís en serio. Me dijiste que necesitabas un descanso del sueño lúcido, así que…

-Pero me dijiste que pasabas el viernes. ¿O no?

-Estás re mal, hoy es viernes. ¿Hace cuánto no dormís? -me preguntó mientras se puso a hojear los libros de la biblioteca.

-Recién casi logro el sueño normal y así quedé.

-Sí, veo. ¿Qué pasó?

No tenía ganas de hablar del sueño. Es decir, del recuerdo.

-¿No hay otra manera de dormir que no sea consumiendo algo?

Miré con un poco de pena la cara de Tati. Él me llevaba 15 años. La edad lo había dejado pelado y la falta de sueño normal le había robado el cuerpo que antes tenía. Él me enseñó toda la técnica para soñar lúcido, y al mismo tiempo me había demostrado cuánto te consumía. No quería llegar a ser como Tati; era un miedo que nunca le había confesado, pero que él siempre leyó en mis ojos. Supongo que eso lo enojaba.

-¿Querés dormir y descansar o no?

-Yo no te pedí nada. ¿qué problema te hacés? -le respondí.

-Yo no necesito absenta, ni alcohol, ni nada, ¿Qué te pensás? Ya pasé por toda esa etapa horrible de no poder descansar -me gritó -. Yo ahora puedo soñar lúcido y levantarme al otro día como si hubiera dormido de verdad horas enteras. No tenés idea.

Apoyé la botella en la mesa ratona.

-Perdoname, tuve una noche difícil.

-Ni siquiera empezó la noche, ¿ves? Necesitás dormir. Haceme caso, tomate media botella.

-Tati -noté mi voz quebrarse -No quiero más esto. No aguanto más. Se me está rompiendo la cabeza. No quiero consumir nada para poder dormir, quiero volver a como era antes, cuando estar despierto en un sueño no era cosa de todos los días.

-Calmate, no es para tanto -dijo a mis espaldas. Me costaba mirarlo y ver en él mi futuro. No quería terminar así. -Además, te voy a contarte algo que te va a hacer cambiar de idea.

-No.  -lo miré sobre un hombro -En serio. No quiero saber nada más. Por favor. Lleváte la botella, quiero estar solo.

-Escucháme. Lo que te voy a contar te va a cambiar la vida. Es algo que descubrí. Vení, sentáte.

Accedí de mala gana. Me senté al lado y prendí un cigarrillo. Él se prendió otro. Miré su muñeca.

-No tenés reloj -le dije sorprendido.

-Hace rato que no lo necesito. No me escuchás; yo estoy mucho más avanzado.

Accedí en silencio.

-Yo sé que a vos te rompió en mil pedazos cuando ella te dejó.

Lo frené con un ademán. El humo del cigarrillo dibujó tiras blancas.

-No tengo ganas de hablar de eso.

-Pero bancá, escucháme. Si vos querés podés olvidarte de ella.

-Basta, Tati. No es el punto. Ella no tiene la culpa, yo la tengo.

-Vos venías del velorio y entierro de tu viejo. Y ella debería haber ido, al menos por respeto. Estabas muy confundido y enojado. Ver a tu viejo en un cajón no es cualquier cosa. Nunca le deberías haber puesto una mano encima, pero venías del entierro.

Di otra pitada y escondí mi cara con las manos. Quería decirle que se callase, explicarle que la situación fue mucho más compleja que un mero golpe, pero él siguió hablando.

-Escuchame. -hizo un espacio, tomó aire y siguió -Hace un tiempo estaba adentro de un sueño, reviviendo algunos recuerdos de mi infancia. De chico vacacionábamos con mis viejos en el Sur, ¿te acordás que te conté? Yo tendría diez años.

-¿Qué tiene que ver conmigo? -le dije recostándome en el sillón, mirando de nuevo la madera del techo. Jugué a encontrar formas mientras él siguió hablando.

-Hubo una vez que me fui solo al bosque, y encontré la cascada más hermosa que vi jamás. La tengo grabada; inmensa, estruendosa, de agua clara. La recuerdo perfecta. Casi que puedo sentir todavía la potencia con que caía el agua contra las piedras.

-¿Cómo sabés si la recordás bien o si la adornaste toda? -pregunté en medio de un suspiro. El techo de madera me adormecía.

-Entonces me vi, con diez años, ahí, jugando con el agua. Metiendo palitos y clavándolos en la orilla. En un momento me acerqué más. Y ¿sabés qué?

-¿Qué?

-El chiquito de diez años me miró. Hice que me mirara. Yo mismo me miré. Como si sólo fuera un sueño sueño manipulable y no un recuerdo firme.

-¿Y eso qué tiene de raro? – de a poco me fui incorporando porque algo en mi cabeza comenzó a zumbar.

-Cuando desperté, el recuerdo había cambiado. Yo ahora cuando recuerdo ese día, recuerdo la cascada, los palitos y recuerdo un hombre que se acercó y me miró.

-No entiendo. ¿Eso pasó o no pasó?

-No pasó, pero yo recuerdo haber visto a ese hombre que soy ahora. Se introdujo en mis recuerdos a partir de ese sueño lúcido. Modifiqué mi recuerdo. La cabeza es algo muy extraño, pero tiene su lógica. Si es tan simple manipular los sueños una vez que lográs consciencia, qué tan difícil puede ser cambiar lo que uno recuerda, que en definitiva es el material de los sueños. Es el camino inverso. Es ir más allá de una vivencia en un sueño. Es poder cambiar tu vida.

Me quedé en silencio. Era algo que no terminaba de comprender. Había algo siniestro en todo eso, algo que me confundía a un nivel muy profundo. Tenía sentido, los recuerdos son siempre transformados; nunca son fieles. Quizás si la memoria podía ser manipulada a través del sueño lúcido como estaba diciendo Tati…

No. Era muy extraño. Apagué el cigarrillo y me prendí otro.

 -¿Cómo te das cuenta de que lo que recordás después es lo que pasó y que no lo cambiaste en algún momento?

-Ahí está la magia. Podrías hacer que ni siquiera vos sepas que cambiaste algo.

Sentí un nudo en el estómago. Mi cabeza empezó a crisparse en ideas peligrosas. Si hacía lo que Tati me decía, nunca más podría confiar plenamente en que mis recuerdos estaban intactos. De repente me atraganté con una idea horrible. ¿Cómo podía asegurar que no lo había hecho ya? Y si lo había hecho, ¿cuántas veces? ¿Qué habría eliminado? ¿Habría algo en mi memoria más penoso que el recuerdo de lo que le había hecho a ella después del entierro?

Sabía que no. Pero sentía lo contrario.

Le grité a Tati que se fuera. Que me estaba confundiendo, que yo no quería ser él y que lo detestaba. Salió dando un portazo.

Desvié la mirada del techo a la botella en la mesa ratona. La abrí y le dí un trago. Otro trago más.

Tras un buen rato mirando las formas en el techo, me pareció como si éste empezara a gotear. Volví a sentir la lluvia de aquella tarde cayendo en mi cara. La garganta me ardía. Recordé entrar a la casa, empapado. Ella me esperaba con las valijas hechas. El entierro de mi viejo, mi madre llorando y ella que me abandonaba. Todo en un mismo día.  

Tuve que hacer un esfuerzo para no abrir los ojos; volvía a sentir el dolor que me producía su mirada. Me quemaba. No quería volver a vivir lo que le había hecho. El momento en que me había vuelto loco y perdido el control. Cuando la había agarrado del brazo. Escuché su grito. Ella estaba en tetas, con la camisa arrancada.

Abrí los ojos. Me agarré la cabeza y volví a tomar absenta. Unos tragos más me tranquilizarían y en una de esas quizás lograba quedarme dormido.

Las siluetas de la madera del techo se fueron volviendo rostros antes de apagarse.

Abrí los ojos.    

Estaba caminando entre ángeles de piedra gris. Mausoleos gigantescos, apilados unos con otros; un desfile inmóvil de rostros y figuras inertes en las puertas y columnas. En las entradas a las criptas había palabras grabadas, que no podía leer porque no eran palabras. Miré mi reloj y, resignado a la costumbre, seguí caminando sabiendo que por más que no hubiera palabras, esto que estaba viendo no era un mero sueño. Era algo raro, un híbrido.

Un claro se abrió entre la micro-ciudad de criptas. El suelo fue desapareciendo y la hierba se multiplicó como un virus. Ahora estaba pisando pasto. Un cúmulo de gente rodeaba lo que reconocí como el cajón de papá. La gente no reparó en mí. Me abrí paso y vi que estaba mi vieja llorando sobre la madera lustrada. Había letras grabadas en el cajón, lo que me asustó un poco porque significaba que entonces yo tenía razón y que estaba caminando en el borde donde se encontraban los sueños y los recuerdos conscientes. Era el nombre de papá.

Me acerqué a la figura de mi madre y me di cuenta de que tenía un cuchillo en la mano. Me detuve y giré con cautela para cambiar el ángulo de visión. Mi madre lloraba y cortaba cebollas sobre el cajón de papá.

Levantó la cabeza y me miró con un ojo oscurecido y deforme. Sonrió sobre el cajón.

-Estoy cortando cebollas, zonzo.

La imagen era diabólica. Sentí que me faltaba el aire. Quise despertarme. Miré el reloj y con los llantos de mi madre de fondo, intenté con todas mis fuerzas cambiar la escena, transportarme incluso a otros recuerdos. A cualquier parte. Los llantos se hicieron gritos desgarradores. Cerré los ojos con fuerza, agité mi cabeza para un lado y para el otro pero no daba resultado; estaba demasiado perturbado como para lograr la tenacidad mental necesaria. La gente ahora me miraba.

Empecé a correr para salir del entierro y volver a las criptas por donde había venido. Me sumergí en el laberinto de tumbas y sentí como la realidad del recuerdo quedaba atrás para volver a un terreno más onírico. Frené agitado frente a una de las puertas de un mausoleo oscuro; cuando uno pierde el control en el sueño lúcido, huye incorporando la lógica. Y cualquier puerta es un pasaje a otro lugar.

La abrí, y la cerré a mis espaldas. Tardé en reconocer nuestra casa, en la que habíamos vivido juntos. La lluvia golpeaba las ventanas con violencia. Ella tenía un bolso cargado al hombro y detrás de sí un cúmulo de valijas con todas sus cosas.

-¡¿Qué pretendías?! ¿Que fuera al entierro de ese hijo de puta?

Todo pasó muy rápido y tardé en entender que no sólo había caído en otro recuerdo, sino que éste era mucho peor que el anterior. Ella se acercó y me agarró el brazo.

-¿Me vas a pegar como el otro día? ¿O me vas a coger?  -dejó caer el bolso de su hombro y se arrancó la blusa blanca. Me mostró sus tetas y las apretó con furia. -¡Violame si te gusta! ¡Acá, ahora en el piso! ¡Dale cogeme! ¡Pegáme cagón, y dejáme en paz!

El recuerdo se reprodujo exacto a como lo había estado evitando todo ese tiempo. Su cara se tiñó de miedo al verme perder el control. Cuando se dio vuelta e intentó salir, la agarré de atrás. Intentó pegarme con el paraguas pero éste cayó al piso con peso muerto. La tiré al suelo. Las luces de los rayos entraban por las ventanas y nos iluminaban con epilepsia. Cogimos como animales.

Sus gritos se apagaron de a poco y se mezclaron con el ruido del agua cayendo. Ella estaba empapada. Se había quedado quieta. Me separé de su cuerpo con horror y sentí la lluvia cayendo encima mío. No era lluvia. De pronto mis pies estaban pisando tierra mojada, me di vuelta y vi un río cayendo detrás mío. La cascada tronaba furiosa y me mojaba con su aliento. Di unos pasos torpes para atrás, sin poder sacar los ojos de la inmensa columna de agua que se estrellaba contra la roca.

Giré de nuevo la cabeza, y en vez de ella había un chico de unos diez años mirándome con ojos llorosos.  El agua me explotó encima del cuerpo como pesadísimas capas de espuma.

Desperté gritando como nunca había hecho. Salté del sillón y tropecé con la mesa ratona. La botella cayó al suelo y estalló vacía en mil pedazos. Mientras me alejaba hacia una esquina del departamento como un insecto asustado quise mirar mi reloj. Me di cuenta que mi muñeca estaba desnuda.  

Me arrinconé llorando y gritando. Un reloj. Necesitaba un reloj o algo que me diera la seguridad de estar en un sueño. Fui hasta la biblioteca enfrente al sillón. Agarré un libro y desesperado, miré el tomo. Con horror vi letras.

“Controlar los sueños”

No podía ser. ¿Esto era un recuerdo entonces? Me negué a pensar en la posibilidad de estar despierto en la realidad misma. Empecé a tirar los libros y abrirlos. Letras, párrafos enteros perfectamente visibles se deslizaron frente a mis ojos.

“Experiencias fuera del cuerpo”

“Amnesia disociativa”

Me costaba respirar a ese ritmo. Con un grito de esfuerzo y furia terminé por arrancar la biblioteca entera y arrojarla al sillón. Los libros se desparramaron llenísimos de letras, de conceptos y de realidad. Cerré los ojos y escondí la cabeza.

Mis manos tocaron mi cabeza calva. Las saqué como si me hubiera quemado. Sentí pánico. Salté los libros y la botella rota para llegar al baño. El espejo me devolvió la imagen de Tati y el horror me expulsó contra la pared. Resbalé sobre mi espalda y ahí me quedé. Sin llorar, sin gritar, sin hacer otra cosa que mover la cabeza de un lado al otro.

De a poco iba entendiendo, mientras caminaba con paso lento y la mirada perdida en el horizonte. Era como si las nubes rosáceas y los árboles me saludaran. Los conocía. Sabía de cada hoja, cada textura, cada imperfección. La brisa me movía el pelo, era una brisa fresca, que hacía unas horas me había secado las lagrimas.

Al lado me acompañaba Tati, con su gorra y sus pantalones sucios.

– Me dejaste sin nada -le espeté sin mirarlo.

-Fue por una causa mejor -me contestó. Era muy extraño hablar con uno mismo. A medida que lo escuchaba sentía que yo mismo decía la respuesta, pero no las podía saber hasta el exacto momento en que las oía, como una especie de deja vú.

-¿Una causa mejor?

-No es tu culpa. Las cosas se fueron de las manos con el tiempo. Hacía falta que pasara todo esto para que volviéramos a diferenciar y reconocer la realidad. Tanto tiempo negándola que al final terminó siendo sólo el alimento de nuestros sueños.

-Estoy más tranquilo, lo reconozco -miré el atardecer hermoso, que terminaba en el horizonte prendido fuego por el sol que se escondía debajo.

-Sí, necesitábamos estar más tranquilos.

-¿Pero valía la pena esconder el dolor y terminar así?

-Sí.

Me quedé pensando. No quería mirarlo, todavía no me acostumbraba. Estaba enojado y defraudado.

-¿Cómo valió la pena si al fin y al cabo no pude eliminar nada de lo que hice con ella ni el dolor que sentí en el entierro?

-Olvidaste su nombre al menos.

Me detuve. Tenía razón. Perdí un poco de estabilidad y el escenario vibró. Sentía que lo sabía, pero no podía decirlo. Lo tenía en la punta de la lengua. Su nombre no estaba.

-Entonces es posible eliminar recuerdos -medité en voz alta.

-No del todo. Desaparecen cosas puntuales. Los recuerdos están todos conectados, así que lo único que no se puede borrar es la falta de uno, el espacio que queda.

-Sigo sin entender por qué tuve que pasar por todo esto.

-Olvidar un trauma es un trabajo bastante pesado, más cuando uno mismo intenta hacerlo desde adentro. Fue un largo camino, era de esperar que las cosas se mezclaran.

-Todo en vano, entonces.

-No. Necesitás volver a la realidad, dejar de negarla.

-No sé -le dije y lo miré -. No me siento completo. Mi cabeza está desordenada. ¿Por qué teníamos que manipular tanto estos recuerdos?

-Están todos conectados; para eliminar un recuerdo hace falta olvidar la mayor cantidad de rastros. Ahora es mejor dejar las cosas como están.

Hice que Tati se desvaneciera en el viento. De nada servía. Mientras más trataba de entender, menos lo hacía. Miré las nubes y me quedé ahí dándoles formas, girándolas. Sentía que en todo esto faltaba algo, algo grande. Como si estuviera en mis narices y yo todavía no lo viera.

Sin que yo las controlara, las nubes habían bajado. Ahora se arremolinaban en una bruma que flotaba sobre el suelo. Los árboles quedaron suspendidos como fantasmas sobre blanco. Era esa extraña sensación de saber algo pero no poder verlo. Como me había pasado con el nombre de ella.

Algo más escondían mis recuerdos de ella y mi vieja en la cocina. Y me pregunté qué podría haber arrancado yo de allí que fuera más doloroso que lo que pasó. Sin saber con lo que me enfrentaba, cerré los ojos con cautela y tomé aire.

Sentí la niebla subiendo, deslizándose a mi alrededor como sedas por mi cuerpo. Pero no eran ellas que subían sino que yo estaba bajando.

Abrí los ojos. La niebla se había oscurecido y me rodeaba en jirones grises. Seguía descendiendo. Comencé a ver enormes burbujas acuosas, fluctuando desde las profundidades hasta que me vi rodeado de ellas. Resplandecían pálidas con extraños destellos internos mientras yo bajaba. Sin poder evitarlo seguí mi camino atravesando una de ellas. Me fagocitó hasta quedar dentro.

La textura eléctrica y viscosa de la burbuja se transformó en la imagen de un bosque. Era la primera vez que escuchaba ese grito tan particular de mi mamá. Esa pelea entre ellos dos que por primera vez había derivado en sangre. Corrí con mis pequeñas piernas a través de los árboles mientras papá me gritaba que volviese o me cagaría a trompadas a mi también. Sin aliento llegué a aquella cascada y me arrojé al suelo golpeando la tierra mojada. Escuché con pánico los gritos de mi padre clamando mi nombre cada vez más cerca y quise esconderme detrás de la cascada. Me acerqué para rodearla y quedar oculto tras ella pero el miedo entorpeció mis movimientos. El agua reventó en mi pequeño cuerpo haciéndome perder el equilibrio al mismo tiempo que la burbuja gigante se despegaba de mí con la voz de mi viejo enfurecido tronando dentro.

Lentamente aquellas formas líquidas fueron desapareciendo por sobre mí, dejándome solo. Comenzó a hacer mucho frío y de pronto sentí en lo más profundo de mi corazón un dolor que me consumió el aire. Negrura, oscuridad y un vacío muerto, inerte. La angustia se disparó; ahí estaba la falta, el agujero en mi memoria confinado a un lugar al cual finalmente estaba accediendo. Entonces noté que algo olía raro.

Mi corazón se aceleró; así cómo no hay palabras en los sueños, el olfato es propio de otro lugar más oscuro. Mucho más profundo. La nariz me ardía. Miré hacia abajo y sentí vértigo frente a la oscuridad más absoluta. Empecé a llorar sin saber por qué y entonces me detuve. Miré la superficie que brillaba por encima mío con algunas burbujas que todavía se veían a la distancia.

Tati tenía razón; nada de esto había sido en vano. Allí debajo había algo muy doloroso, grande y terrible, alejado de mi consciencia por una buena razón. Decidí volver y de a poco retomé mi camino hacia la superficie pero mientras subía por entre aquellos glóbulos, volví por última vez la mirada hacia a oscuridad. Los ojos seguían llorándome; y entonces reconocí el olor a cebollas.

Pensé en mi viejo y en que no sabía cómo había muerto.

Desperté lentamente. El techo no era de madera.

“El ataque de las palomchinas mutantes – Episodio I: Chiru”, por Adriana Dominguez

Y llegó el día. Gerardo no podía creer lo que veía en el noticiero. “Pánico en Rusia por plaga de palomas zombies”. Agarró su celular, marcó un número y esperó.

¡Ya empezó!- dijo y cortó.

Unos días después estaba sentado en un banco de Plaza de Mayo, esperando a Nico, su amigo y colega. Los dos eran colombófilos y pertenecían a la Asociación Colombófila Argentina. Él tenía 68 palomas, Nico 46. Mientras esperaba recordó a Mariana, su ex, la única mujer que había tenido en su vida.

-Si ve la noticia tal vez empiece a creerme- pensó.

Mariana fue su mujer por cuatro años, La conoció en el negocio de computadoras donde laburaba. Ella hacía la limpieza, tenía 28 años, era chaqueña, y fulera, pero fulera con ganas. Él tampoco era Brad Pitt. Caminaba despacio, era flaco, desgarbado, con lentes, no veía un choto. En la cara una cosa que asemejaba a una barba de hombre. Los conocidos se dirigían a él de diferentes formas, che boludo, eh zombie, colombito. Entre ellos decían no tiene todos los patitos en fila, le faltan un par de caramelos en el frasco, le echaron el técnico y esta acéfalo, y otras boludeces. A él no le importaba, ya se acordarían de el cuándo llegara la invasión zombie.

Nico y el venían estudiando hace rato el comportamiento de las palomas y estaban seguros de que había una conspiración entre China y Rusia para mutar palomas y volverlas zombies asesinas y así dominar el mundo.

Gerardo vió a Nico desde lejos. Tenía el cuerpo raro, era gordo, pero con la cabeza chiquita. Mofletes grandes, doble pechuga. Parecía un palomo. Caminaba rapidito y apretadito y se mecía como una paloma. Recordó la noche en que su ex lo dejó. Estaban haciendo el amor, o algo parecido a eso, lo de siempre. Él se tiraba encima de ella con los calzoncillos puestos, le daba un par de piquitos, sé bajaba un poco los calzoncillos, la colocaba, se movía un poquito, después pegaba un grito y ya estaba, igual que una palomita. Mariana estaba re podrida de semejante pelotudo. Mientras tenían sexo o como carajo se llamara lo que hacían, ella pensaba en el verdulero de la esquina que se parecía al Pocho Lavezzi y que le daba matraca sin parar. Pero esa noche fue mortal. Mientras Gerardo hacia lo suyo, ella empezó a escuchar un ruido raro.

-¿Escuchaste?

-No, ¿qué?

-Ese ruido

-Soy yo mi cielito

-No boludo, vos haces chiqui…chiqui…. Y el ruido es huu huuu huuu

-No sé, no dejes de moverte. Ahhhhhhhh…

En el momento en el que Gerardo explotaba de extasis se abrió la puerta del placard y salieron cuatro palomas totalmente sacadas y se les tiraron encima. Mariana empezó a gritar. Sobre la cabeza de Gerardo había una paloma que la miraba con ojos desorbitados y movía el cogote para todos lados como Paolo el roquero. Mariana le metió un sopapo y la tipa voló. Gerardo saltó como loco con los calzones por la mitad, la cosa colgando, corría por la casa, queriendo agarrarlas, hasta que la alcanzó y empezó a hablarle. Mariana observó la imagen. Muy fuerte. Un boludo, desgarbado, blanco teta, con el calzoncillo a la mitad, el pito colgando, abrazando una paloma que estaba totalmente drogada y hacia huuu huuuu y él le respondía huu huuuu. Eso era peor que la noche que fueron a comer al chino. En le medio de la cena Gerardo se metió en la cocina diciendo que tenía que liberar las palomas. Un par de chinos le daban con la escoba y él se hacía el karateca. Sí. Esto era peor. Mariana se fue a la mierda y se terminó revolcando con el verdulero.

Nico ya estaba cerca. Traía sus portafolios, una cámara y una caja. Gerardo había llevado a Chiru, su paloma mutante, resultado de una cruza de una paloma china con una rusa. Le había dado de tomar durante dos meses Red Bull. Era medio falopa la paloma esta y encima medio rara. Atacaba al gato y se lo quería voltear cada vez que lo veía. Gerardo había tratado de cruzarse él mismo con una paloma. Pero terminaban todas hechas mierda. Así que decidió dejar de intentarlo después de destrozar 15 palomas (no se daba por vencido fácilmente). Se había hecho traer una paloma de china y otra de Rusia. Cruzarlas no fue fácil, pero lo logró y de ese amor fugaz nació Chiru (por China y Rusia, obvio).

Nico sacó de la caja una paloma.

-¿Es una zombi mutante?

-Sí, me la mando un amigo de Rusia que está en la misma que nosotros. Tiene un comportamiento increíble. No sé cómo lo lograron.

Nico dejó la paloma rusa zombie en el piso y a los segundos había miles de palomas alrededor. Gerardo puso a Chiru junto a la paloma zombi y esta cayó de espaldas y empezó a mover las patitas cual bailarina de can can. Chiru aprovecho. No pudo resistirse, se le tiró encima y le dió matraca sin parar. Nico filmaba. Gerardo se empezó a calentar. La pobre zombie murió de un infarto en medio del goce. Chiru descanso un toque y después la miro, se le subió encima y le empezó a sacar los ojos. Los dos estaban azorados.

-Hemos evolucionado- dijo Nico

-Estoy al palo- dijo Gerardo

-¡No sea desubicado Gonzalez!

-Perdón.

Siguieron un rato más documentando lo que sucedía entre Chiru y las demás palomas. La pobre palomita zombi de Rusia ya no tenía los ojitos, pero murió feliz, pensaba Gerardo.

-Habría que llamar a Don Pedro para decirle que estamos listo para hacer la cruza.

-Sí, pero yo intenté y se me murieron 15 palomitas.

-¿Con la fertilización in vitro?

Uh qué boludo, pensó Gerardo, ¿era así como había que cruzarlas con humanos?, y él que le había dado matraca a 15 palomas sin asco y se habían muerto todas destrozadas y con los ojos pa fuera. Por más que las acariciase y les cantase antes de empomarlas, se morían igual. Se acordó de su ex. Terminó con Nico y se fue a su casa. Agarró el teléfono y la llamó.

-¡Hola Marianita mía! ¿Sabes quién habla?- ¿Cómo no iba a saber? No conocía otro boludo que hablara así.

-¿Qué haces?

– Nada, te quería contar que mi experimento dio resultado, ¿viste la tele?

-Se… Me alegro

-Te extraño, negrita.

-Olvídate, estoy con Tito ahora.

-¿Lo hace mejor que yo?

-¡No! ¡Él lo hace!

Mariana cortó la comunicación de un golpe seco. Ese golpe le partió el corazón en mil pedazos. De pronto comenzó a subirle por el cuerpo un fuego muy fuerte. Un sentimiento de odio generalizado en contra del verdulero. Al ver los ojos de su amada Chiru, supo lo que debía hacer.

Chiru estaba encima de la mesa de luz tomando su dosis de Red Bull diaria y movía desorbitadamente su cogote. Miró a Gerardo que estaba en calzoncillos y ojotas rascándose los huevos. La mirada de los dos se encontraron y ahí lo supo. Lo supieron los dos.

¡Tenían que matar al Pocho Lavezzi de los verduleros!

Tres viajes al hospital, por Corina Mc Loughlin

A las tres de la tarde se va a morir, me dijo el médico. ¿A las tres? ¿En punto? Así era esta enfermedad. Junto con el diagnostico venían los cuidados paliativos y la hora de la muerte. Los médicos la podían calcular. Así de avanzada estaba la medicina.

Estábamos en una clínica, no me acuerdo el nombre pero me acuerdo de que era todo blanco y que había olor a hospital. Con el tiempo aprendí que ese olor a hospital es el olor de un desinfectante. Había médicos con cara de que no había nada para hacer, enfermeras con cara de que el sueldo es poco. Pensar que se va la vida de algunas personas en las manos de esta gente.

Matilde es tan joven. ¿Por qué le va a pasar esto? ¿Por qué pasan estas cosas? ¿Por qué a las tres de la tarde? Eran las 10 de la mañana. Fui a hablar con ella, a ver cómo estaba.

Era increíble, yo no podía controlar las lágrimas y ella estaba tranquila. Hablamos un poco de nuestras noches de boliche, tomábamos whisky berreta en vaso de plástico para sacarnos el frío. También nos sacaba el equilibrio y hacíamos cagadas.

Una de esas noches lo conoció a su novio, el Mila, porque no tiene nervios. Y yo me apreté a un rubio que estaba un diez. Eran buenas salidas, épocas de pesca. Lo mío siempre fue la pesca deportiva. En los momentos importantes de mi vida ella estaba y yo estaba en los suyos.

Había mucha gente afuera de la habitación pero éramos pocos los que podíamos entrar. Yo seguía sin entender por qué a las tres de la tarde. O sea, todos nos vamos a morir, no sabemos cuándo. Pero ella sí sabe, se va a morir hoy y a las tres.

Me fui al cuarto piso a la cafetería de la clínica, era carísima. Todo tenía gusto y color a hospital. O sea poco gusto y colores pasteles. Ya eran las doce. Tenía tantas cosas para decirle, pero no quería ponerme a llorar en frente de ella. Al final la que se iba a morir no era yo. Decidí escribirle una carta.

Bajé a hablarle. Le pregunté cómo se sentía, qué pensaba. Me dijo que la lleve a casa, que quería que sean las tres.

Volví a salir de la habitación. Estaba abombada. No sé si por el olor, por lo blanco del hospital, por el asco que me daba la cotidianeidad que tenía para algunas personas esa situación. Nadie parecía conmoverse. Cuánta indiferencia, cuánta burocracia.

Me acordé de cuando mi viejo estaba internado, me pasé los últimos tres meses del embarazo en el hospital. Iba todos los días, o casi todos, a verlo con mi panzota. Le cortaba la comida, le hacía masajes con una crema de pepino porque se le hinchaban las piernas. Mirábamos la tele, nos abrazábamos. Comíamos jamón crudo y a veces le llevaba cerveza de contrabando.

Una de las últimas veces que lo vi fue un sábado a la noche. Él estaba muy anestesiado ya, por los dolores. No me reconoció. Me miró la panza y me preguntó si iba a ser papá. Me lo preguntó con esa voz afónica, de una persona que tiene parálisis. Esa enfermedad le cambio hasta la voz. Mi primo me dijo “Porque él hablaba con la panza.” Todos hablamos con la panza, haciendo fuerza con la panza.

En ese momento ya sabíamos que él se iba a morir, pronto. No nos dijeron la hora pero sí que no faltaba mucho. “Tengo que conocer a Benicio” me repetía.

A los pocos días pasó a terapia, estaba exitadísimo. Creo que de los nervios, con mi psiquis, fisuré la bolsa. Me fui a la guardia de obstetricia del Hospital Italiano. Me hicieron unos análisis y se constató que perdía líquido amiótico. Mi obstetra me dijo “Te quedas internada Mc Loughlin” con una sonrisa. Estaba en la semana 37, faltaban 20 días para la fecha del parto. Yo estaba cagada hasta las patas, tenía miedo por el bebé, por mí, por todo. Lo llamé a Leandro y él me calmó, como siempre.

Nos dieron una habitación y nos instalamos ahí. Mi vieja me trajo mi bolso con la ropa. Tenía contracciones pero eran leves. A eso de las nueve de la noche rompí bolsa y empecé a sentir lo que era una contracción. En el curso de preparto me dijeron: “chicas, las contracciones duelen” qué tipas mariconas pensaba.

Nunca en mi vida sentí un dolor así y eso que a mí me operaron de la espalda. La contracción empezaba como un calambre que se iba acentuando cada vez más hasta que la panza se te ponía dura como una piedra, una roca. Ahí te dolía la espalda, la pelvis y te daban ganas de matar gente. Después se iba aflojando. No sé cuánto tiempo pasaba hasta la otra contracción pero para mi eran segundos. Se me desfiguraba la cara del dolor, y no estaba lista para parir todavía porque faltaba dilatación y no sé qué más.

Leandro estaba al lado mío, se dejaba insultar. No sabía qué hacer, pobre. Respirá como nos enseñaron en el curso, me repetía, estoy respirando. ¿No ves?, le contesté con odio. El rol del hombre en el parto es como de observador inútil. Él me miraba como con ganas de ayudar, yo puteaba a todo y a todos. Cuando me dieron la peridural le pedí perdón a Leandro, le dije que lo quería. Al anestesista le agradecí, es que su pichicata me había gustado mucho.

Entramos a la sala de partos como a las cinco de la mañana. Leandro vino vestido de Doctor, me hubiera gustado sacarle una foto. Me dio ternura porque parecía un pitufo.

-Mirá quien llegó. ¿Cómo estás papá? Qué facha – dijo el obstetra
-Bien, bien, tranquilo.
-¿Cómo te llevás con el tema de la sangre?
-Y… me da un poco de impresión.
-Bueno, si te sentís mal, apoyate contra la pared. Después del parto te atendemos.

Me sorprendí de la cantidad de gente que había: mi obstetra, la partera, dos enfermeras, el anestesista, un tal Jorge que parecía un camillero rústico y no sé si había alguien más. Todos en ronda alrededor de mi concha. Nunca tuve tanto público. Leandro estaba de mi lado derecho, se la bancó. Me miraba solo a la cara. Nos agarramos de las manos.

El parto fue rápido, una vez que el bebé se encaja no hay mucho tiempo que perder. Pujar es hacer mucha fuerza, con la panza, con la pelvis, con el corazón y con la cara. Yo quería que Benicio naciera ya, con cada puje dejaba el alma. Me doblaba como haciendo un abdominal. Los médicos me alentaban, que lo estaba haciendo muy bien, que siga, que estaba por salir. Yo estaba muy concentrada, en la fuerza, en la respiración. Estaba cansada también. Quería verlo, quería ver a mi hijo nacer. Fueron cinco pujes nomás, para el último el enfermero rústico se subió arriba mío y me apretó la panza, ahí salió.

Benició lloró, me lo pusieron en el pecho enseguida. Estaba azul y tenía la cabeza deformada. Me temblaba el cuerpo pero eso no obstaculizó nuestro primer contacto. La primer mirada de mamá y bebé fue hermosa. Pensé que esos ojos los iba a mirar muchas veces para decir infinidad de cosas. Al fin nuestra primer mirada, bebé. De las muchas otras que vendrán. Creo que en ese momento me enamoré. Me puse a llorar, de la emoción, del alivio.

Cuando nos dieron el alta fui a ver a papá, ya sabía que estaba mal. Nadie me había dicho nada pero sabía que faltaba poco.

Matilde estaba esperándonos en la puerta de la clínica. Por primera vez subí esos tres escalones de la entrada sin panza. Siempre me costaban esos escalones, medio separados, cuando estaba embarazada.

Llegando al segundo piso una enfermera me frenó. Lidia. Ella me vio crecer la panza. Me dijo que era un riesgo entrar al bebé: “Una vida viene y otra se va, no lo podés entrar ahí. Es un riesgo”. Yo me ofendí, era mi hijo. Quién sabe qué es mejor para su propio hijo que alguien que es madre hace tres días.

Matilde se hubiera agarrado a piñas, pero no era el momento. Bajamos al hall, a pensar qué podíamos hacer. Me puse a llorar. Era una cagada esa clínica porque no tenían pediatría. No tenía por qué haber bebés ahí y eso que se llamaba “La Sagrada Familia”. Qué les importaba la familia a estos chotos.

Matilde me dijo que ella me iba a ayudar. Ella iba a distraer a las enfermeras del office para que Benicio y yo pudiéramos pasar a la habitación 202, para que papá y Benicio se conocieran. Ahí me tranquilicé.

Cuando subimos al segundo piso yo trate de esconder a Benicio atrás de una campera. No era tan fácil como contrabandear latitas de cerveza. Me metí en un baño de discapacitados. Se escuchaba todo desde ahí. Matilde empezó a gritar que se desmayaba, que necesitaba aire, agua, algo dulce, algo salado. Exagerada, como siempre la guacha, gran actriz. Creo que dijo algo como que llamen al SAME, qué disparate. Yo me reí un poco en el baño hasta que salí.

Entramos a la habitación de papá. Estaba con respirador, con morfina, con suero, con las piernas hinchadas, con la porquería del oxigeno, con la mirada perdida. Estaban mis tíos. Le agarre la mano, él siempre me pedía que le diera la mano cuando caminábamos por la calle y yo le decía que no, que ya era grande. Junté las manos de Benicio, papá y la mía y le dije: “Papá, estamos bien. Benicio y yo estamos bien. Está todo bien”. Yo no sé si me escuchó. A la mañana siguiente mi hermano fue temprano al hospital, a las 8. Ya había fallecido.

Miré mi reloj, eran la una y media. Pensé en darle un último beso a Matilde. Esta vez Benicio no estaba, no lo podía esconder en una camperita porque gateaba y tocaba todo. Me sentía muy triste. No pudo tener hijos, no pudo viajar, pensaba en todo lo que no pudo. Tenía 24 años. Hicimos tantas cosas juntas, pero nos faltaban tantas otras. Entré a la habitación, ella estaba dormida. Agarre mi carta y la pegué en la pared.

Esta es una semana muy especial para mí. El 24 cumple un año Benicio. El 28 se cumple un año de la muerte de papá. Quería terminar de escribir esta historia antes de estas dos fechas, como un homenaje. Porque la verdad es que papá nunca conoció a Benicio. Ojalá que cada vez que alguien lea este cuento, ellos se conozcan, gracias a Matilde.

Gomez, por Rareza Gonzalez

Las mañanas eran simples y rutinarias, con un café petróleo que odiaba pero al cual se había acostumbrado para no olvidarse nunca de Carolina. Alistaba su portafolio marrón, dos lapiceras (una negra, otra azul), un cuadernito que le servía de agenda y unos papeles que decía ser importantes, pero se apilaban desordenados y arrugados en la valija y al abrirla se formaba la sensación de una gran explosión papelística que daba nauseas y nublaba la vista. Se miraba los pies un rato largo antes de ponerse sus medias de vestir, reflexionaba, pensaba en Carolina, en los hijos que ahora ella tenía con otro que no era él, se acordaba de su pelo, de sus manos largas y finitas, de su buen humor en la mañana y la extrañaba, la extrañaba mientras veía sus pies gastados, de uñas casi raspantes al piso y negras de dolor. Sus pies estaban ya tapados y con ellos los pensamientos y recuerdos de Carolina. Antes de cruzar la puerta tiraba una pequeña mirada a la casa, todo estaba en orden, todo en su lugar, limpio y sano como lo había dejado la noche anterior y como la iba a dejar esa noche. Y así pasaban los días para Gomez, ligeros y raspantes, limpios y tristes.

Una mañana Gomez se levantó enojado, una gran ira desconocida salía por sus poros. Su respiración era agitada, el corazón le latía rápido. Pensamientos violentos rondaban en su cabeza. Un fuerte pensamiento de asesinato. Asesinar al esposo de Carolina, a sus hijos, a cualquier tipo de vínculo de ella y por último (que es peor que primero) matarla a ella, matarla lenta y dolorosamente, verla sufrir como él sufrió por ella, verla sufrir con indiferencia, la indiferencia que tuvo ella con él cuando pegó un portazo y le gritó psicópata. Pero hasta su sombra sabía que no lo haría, Gomez no podía matar ni a una mosca y ese horrible hecho lo llenaba de tristeza y melancolía.

Esa mañana se sentó delante del reloj de la cocina, sentía en sus sienes la aguja segundera marcando el compás infernal, tratando de hacerle entender algo que no entendía. La idea de no entender lo puso nervioso, inquieto, se paró y abrió la heladera, no había nada, la heladera se había quedado vacía cuando Carolina había puesto una mirada de hasta nunca. Cerró la heladera, la volvió a abrir, sacó un tomate y lo miró con detenimiento como buscando algo, una señal o una mancha con forma de animal, pero solo vio el paso del tiempo en él, unas líneas rugosas que dejaban al descubierto la soledad del tomate y de Gomez. Su estómago crujió, se estrujó y Gomez se dobló del dolor, tenía hambre y mucha. El tomate estaba en su mano izquierda como mirándolo, esperando algo de Gomez, un saludo, una caricia, cualquier cosa. Gomez miró el tomate, era el tomate que había dejado Carolina antes de irse, el tomate que nunca se había tocado. Lo miró un rato más, su mente estaba en blanco, no pensaba en nada o en todo a la vez, tal vez en tantas cosas que no se podía concentrar en ninguna en particular. Su mandíbula se abrió, pero se abrió diferente, se había abierto más grande, casi inmensa, casi infinita. El tomate fue devorado de un bocado. Gomez sintió tristeza, culpa, miedo. Saboreaba el tomate como un perro muerto de hambre, lloraba y digería. Pero la idea de habérselo comido lo hizo pensar que tal vez, comiéndose el tomate, se comía el corazón de Carolina, que la mataba despacio. Se imaginó a Carolina retorciéndose en su cama, muerta de dolor, rota, sangrando poquito pero con un dolor que pocos podían imaginar. Ya no había más tomate. Gomez volvió a abrir la heladera, la miró, aquel blanco era un desierto con cadáveres de quesos podridos y leche cortada. Un poco escondido se veía un limón entero, el limón de Carolina, su último limón, el que usaba para tomar ese té de algo que la dejaba dormir mejor, que olía muy mal. Gomez agarró el limón, lo sostuvo en una mano, lo sostuvo en la otra como pesándolo, lo olió y cuando estuvo listo agarró el cuchillo más filoso de la cocina y lo cortó por la mitad. Sentía como Carolina iba perdiendo una pierna, su pierna izquierda se cortaba en dos cual palito. No había sangre en ninguno de sus pensamientos, en ninguno de sus puros sentimientos. La sangre lo había desmayado varias veces. Vio el limón cortado, vio la pierna de Carolina cortada, una mitad se la puso en la boca y la masticó sintiendo el ácido cayendo en sus dientes, lastimando sus papilas gustativas, dejándolo achinado a causa del fuerte gusto, pero sin dejar de masticar, masticando siempre enojado y nervioso. En cada mordida había un sentimiento diferente, de pronto era felicidad, una inundación de alegría que pasaba a tristeza y la culpa, pero en segundos se convertía en un ser despiadado lleno de maldad y venganza, ansias de matar por un sufrimiento poco digno. Y así, la pierna izquierda de Carolina fue masticada, digerida y pronto iba a ser desechada. Se entusiasmó, tenía ganas de seguir despedazándola. Miró otra vez la heladera, había un huevo. No podía pensar, solo sentir, estaba envuelto en un remolino de sentimientos puros, de cosas nunca sentidas, estaba emocionado, sorprendido, al punto del llanto emocional, pero se contuvo. Hizo una isla en un platito de Donald  con la yema del huevo, inclinó el plato y tragó asqueado pero feliz. Sentía que se comía uno de los ojos de Carolina, esos ojos color avellana, saltones y abstraídos por quién sabe qué cosa. Estaba tragando la pupila, el iris. Miró la cáscara del huevo, veía sus pestañas, aquellas pestañas de vaca que daban viento cuando parpadeaba, su párpado rugoso haciendo líneas rectas perfectamente desparejas y hermosas. Masticó la cáscara con dificultad, pequeñas partes se clavaban en sus encías como vidrios rotos.

Las horas pasaron, Gomez, sentado en el piso frente a la heladera, pensaba que parte de Carolina podía matar con sus propios dientes. Pero ya le había comido una pierna, un ojo y quizá una pequeña parte del corazón. Era suficiente por aquel día. Quería dejarla sufrir un poco más. Miró el reloj, ocho y veinte de la noche, el día había pasado sin que se diera cuenta, todo había pasado sin explicación. Gomez estaba cansado, le dolía el estómago. Muchas partes del cuerpo juntas, pensó. Se levantó del piso de la cocina, acarició la heladera y salió al pasillo que lo llevaba a un baño pequeño. Caminó tres pasos cortos y lentos, su estómago estaba estropeado, giró la cabeza hacia la izquierda y vio el teléfono negro que juntaba polvo desde que Carolina no estaba, al que nadie llamaba ahora y que Gomez no usaba más. Estropeado se acercó a él, marcó unos números que se sabía de memoria pero que nunca había marcado

-¿Hola?- Era ella, su voz era limpia, sana, sin dolor, como si tuviera ambas piernas-¿Hola?- insistió otra vez.

Gomez colgó desilusionado, no entendía, aquello comido ¿era Carolina o qué era? Le comenzó a doler la pierna izquierda, un fuerte dolor lo llevó al piso, parecía que se partía. El ojo le comenzó a palpitar, fuerte como un tsunami de energía y furia, una furia de dioses. Y por último sintió un dolor único, un peso entero en el medio del pecho, como si alguien le hubiera clavado un sacacorchos en el medio del corazón para arrancárselo y tomar de su sangre. No podía gritar, se estiraba la camisa como queriendo sacarse aquel dolor inmundo que no paraba, sentía que no tenía más sangre, que se secaba de apoco, que la huesuda lo agarraba del pecho y lo tironeaba hasta arrancárselo. Se golpeaba el pecho dejando salir unos ruidos secos como un niño tocando un tambor, unos ruidos que indicaban que allí adentro ya no había nada.

El limón derrideano, por Maximiliano Cosentino

Chocolate con pasas al rhum: son un asco las pasas y no sé qué es rhum. Chocolate suizo: con dulce de leche repostero y trozos de chocolate, un exceso. Banana Split: ¿quién carajo pide esto? Sambayón: viejos. Maracuyá: muy hippie. Quinotos al whisky: sin palabras. Coco con dulce de leche: quiero un helado, no una tarta. Limón: no falla nunca, pero me gustaría innovar. Chocolate con almendras: clásico, pide limón.

Martina recorría, cuidadosamente, los sabores que el cartel luminoso frente a ella le ofrecía. Pablo, cuchara y cucurucho en mano, la miraba expectante. Martina volvía a recorrer todos los sabores, le costaba elegir dos. Pablo, mientras tanto, jugueteaba con la cuchara entre sus dedos. Martina se acercó los anteojos a su cara, se corrió los rulos negros que le impedían ver con claridad, y frunció el ceño buscando, quizá, la epifanía que le permitiese saborear la resolución de su duda. Pablo la miraba, le gustaba. No era la primera vez que Martina iba a la heladería ni, tampoco, la primera vez que realizaba su ritual electivo que terminaba siempre de la misma manera:

Chocolate con almendras y limón. El limón abajo, por favor.

Pablo tomó la cuchara, armó un cucurucho paradigmático y se lo entregó a Martina, quien le devolvió una sonrisa amable -esa sonrisa que sacaba los dotes de escultor de Pablo-. Había que ver a Pablo coronar el cucurucho con una cucharita de plástico a tono con la ropa que llevaba puesta Martina para darse cuenta de que había algo más que una obligación laboral en su elaboración.

Son veinticinco pesos

Martina apoyó en el mostrador los libros que le impedían buscar el efectivo en su cartera. Pablo quería decir algo, pero no encontraba nada sensato. Miró los libros que Martina había dejado y todos compartían una palabra en común: Derrida. Martina le entregó los veinticinco pesos y se marchó.

Ese día, al salir del trabajo, Pablo se dirigió a la librería que encontró más cerca. Entró dubitativo y un vendedor, con tono amable pero cansado, le preguntó si podía ayudarlo.

-Eh, sí, ¿qué es Derrida?- dijo acentuando la i.

-¿Derrida?- el vendedor corrigió la pronunciación. -Es un filósofo-

-Ah, un filósofo, bueno, quiero un libro de él-

-¿Buscabás alguno en especial?- preguntó el vendedor rozando el cinismo.

-Eh, ¿cuáles tienen?-

-En este momento, sólo tenemos en stock La escritura y la diferencia

-¿Cuánto sale?-

-Doscientos cincuenta pesos-

-¡Uh!- Pablo recordó que eso era lo que tenía para pagar las expensas.

-Sí, es un libro importado…- explicó el vendedor.

-Eh, bueno, lo llevo-

-¿Es para regalo?-

-No, no, es para mí-

Pablo salió a la calle con su libro de Derrida en una bolsa y el pecho agitado. Apuró los pasos hasta su casa. Subió las escaleras rápidamente, no quería esperar al ascensor. Abrió la puerta, tiró la bolsa y se sentó en el sillón con el libro ardiendo entre sus manos. No sabía por dónde empezar. Leía por fragmentos, su ansiedad le impedía sostener la lectura desde el comienzo hasta el final. Las palabras que iba leyendo no le hacían mucho sentido, pero, de pronto, encontró un párrafo que le llamó la atención:

Se podría mostrar que todos los nombres del fundamento, del principio o del centro han designado lo invariante de una presencia (esencia, existencia, sustancia, sujeto, trascendentalidad, conciencia, Dios, hombre, etc.)

Y continuó más abajo:

Se concluyó que el centro no tenía lugar natural, que no era un lugar fijo sino una función, una especie de no-lugar en el que se representaban sustituciones de signos hasta el infinito.

Cerró el libro y se fue a dormir meditativo. Esa noche soñó con Martina. Ella estaba acostada a su lado jugando con sus rulos. Él la miraba extasiado. Se besaban, se tocaban y se calentaban. Se desnudaron. Él la quiso penetrar, pero, para su horror, su pija se había convertido en una cuchara enorme y lo que hasta hacía un momento era una concha hermosa, se había transformado en un tacho de helado de limón. Pablo sacó del tacho mucho helado de limón. Despertó confundido.

Toda la semana siguiente cumplió con sus tareas en la heladería. Sirvió kilos de helado, limpió el mostrador y repuso los sabores que se vendían con más frecuencia. Luego, al volver a su casa, leía párrafos sueltos de La escritura y la diferencia y pensaba en Martina.

Una tarde, mientras repasaba con un trapo el mostrador, entró Martina a la heladería.

-Hola, un cucurucho, por favor-

-¿De qué gusto?- Pabló siguió el juego.

-A ver, esperá, dejame ver-

Martina, como siempre, recorría los sabores del cartel. Pablo pensaba en Derrida.

-Chocolate con almendras y limón-

Pablo preparó el cucurucho de Martina con total dedicación.

-Veinticinco pesos-

Martina le entregó un billete de cincuenta. Pablo buscó el vuelto y, mientras se lo acercaba, soltó:

El problema de la metafísica occidental es identificar al ente con el tiempo presente y hacerlo fundamento

Martina se quedó en silencio un instante, dejo caer el cucurucho al suelo y sintió una fuerza incontrolable que subía desde sus pies hasta su cabeza

-Garchame- dijo mientras se pasaba las manos por las tetas.

Pablo cruzó el mostrador, la agarró del culo, la besó con fuerza e insistió con la reflexión filosófica: –No hay principios

Martina le tomó la cara con fuerza y le pasó la lengua por el cuello emulando al cucurucho que ahora cortaba la monotonía del mármol nacarado del piso de la heladería.

– Hay un cuarto privado atrás del mostrador…- sugirió Pablo con más dudas que certezas, aunque la situación no necesitaba desambiguaciones.

No pudo terminar de pronunciar la frase que Martina lo tomó de la mano y lo llevo hasta el cuarto.

La habitación era, más bien, el lugar dónde Pablo guardaba los productos y elementos de limpieza. Olía a humedad y lysoform. Se besaban, se tocaban. Pablo estaba muy caliente con la pija lista, pero, en ese instante, sus figuraciones oníricas se hicieron presentes y lo llenaron de miedo, ¿no sería ahora una cuchara? Se tanteó la pija y mantenía su consistencia carnal, suspiro aliviado. Martina seguía besándolo. Se sacaron la ropa en una fracción de segundo.

-Pasame helado de limón por las tetas- dijo entre gemidos.

Pablo acató el pedido de Martina, fue hasta el mostrador y agarró el tacho de limón completo. El sueño otra vez, pero, esta vez, imperativo. Pablo, que continuaba con la pija dura, la metió en el tacho de limón. Sintió una corriente fría que subía por su espina dorsal hasta su cabeza.

¿Dónde estás, Heladero?

Pablo sacó su pija del tacho y lo llevó rápidamente al cuarto.

Voy a hacer una diseminación ontologofalocarnocéntrica de limón en tu cuerpo– soltó Pablo que, a esa altura, era un maestro en el dirty talking derrideano.

Martina corrió con fuerza los productos de limpieza que yacían sobre la mesa y se recostó. Pablo, mientras tanto, sacó helado de limón con la cuchapija, se lo pasó a Martina por las tetas y siguió con el resto del cuerpo. Martina se estremecía, tenía la tachoroncha humedecida. Pablo continuó repitiendo la acción de forma obsesiva con su pijaracha.

Heladero, ni me la metas, ni no me la metas. Quiero tu contradicción.

Pablo tomó la cucharipija y la metió en el concharro de limón. Primero, suavemente; luego, con fuerza y decisión. Ambos acabaron. Hubo un momento de silencio y contemplación.

-¿Querés un pucho?- ofreció Pablo

Martina dudó un instante.

-No, creo que prefiero un helado de…-

-¿Chocolate con almendras y limón?- completó Pablo

-No, deconstruyamos occidente. Tramontana y banana split.